Cuando vi el tráiler de A cualquier precio (By
Any Means, Elegance Bratton, 2026), supe que cuando la viera tendría la
mejor predisposición para que me gustara por lo que prometía: moler a
garrotazos a los hijos de puta.
Estoy hasta la coronilla de que los vivos de siempre gocen
de impunidad, nos maltraten, nos avasallen, y estén a punto de sumirnos en la
inercia de la inacción, de la resignación, del sometimiento.
Si la mansedumbre del acobardamiento nos llega a dominar
socialmente, quiero al menos mantenerme furioso. Estoy harto del tengamos
paciencia, ya va a pasar, porque al paso que vamos no nos va a quedar derecho
que gozar, libertad a la que aspirar, bienestar al que añorar.
Si esto es un experimento sobre los límites del
quebrantamiento, no hay por qué llegar al borde del aniquilamiento para
reaccionar y gritar basta.
Pero volvamos a la película. La acción de A cualquier
precio transcurre a principio de los años sesenta en el Sur profundo de los
Estados Unidos.
La lucha es por el voto. Ahora los negros pueden votar, se
invita a que lo hagan, pero la inscripción cuesta un par de dólares que muchos
no pueden gastar. Un comerciante negro al que le está yendo muy bien (para
resentimiento de algunos blancos) se ofrece a correr con los gastos cívicos de
quienes no puedan hacerlo.
Los supremacistas blancos se resisten a perder
preeminencia, no quieren que el voto se universalice y le prenden fuego a la
casa del comerciante. La familia huye, pero él se queda para distraer a los
atacantes y que no persigan a los fugitivos y muere.
La policía es supremacista y el FBI está inerme porque no
respetan su autoridad. El agente negro Wayne Strider (Yahya Abdul-Mateen II) es
ninguneado como si no ostentara cargo alguno.
El FBI extraoficialmente recurre a los servicios de un matón
de la mafia, Greg Scarpa (Mark Wahlberg) que tendrá carta blanca para obtener “a
cualquier precio” la información que se busca.
El director Elegance Bratton y el guionista Sascha Penn
procuran que el relato sea claro y directo y lo logran a expensas de perder
profundidad y bordear el maniqueísmo. Eso sí, nadie los podrá acusar de tibios
o ambiguos a la hora de tomar un punto de vista y defenderlo. (Y es el
correcto, sin duda)
El prólogo se detiene brevemente en un caso anterior de
burla cruenta de la ley: el asesinato y desaparición de tres jóvenes activistas
que buscaban inscribir nuevos votantes entre los remisos negros que no
confiaban en las nuevas disposiciones.
Una lectura me recuerda que es el tema de Mississippi en
llamas (Mississippi Burning, Alan Parker, 1988), entonces vuelvo a
verla.
Efectivamente el crimen de los tres activistas es el
detonante de la trama de la película de Parker, que se ocupa en su desarrollo
de la investigación del caso. Dos agentes del FBI la llevan a cabo, Ward
(Willen Dafoe) como líder y Anderson (Gene Hackman) como subalterno. Este
clásico de Parker, con guion de Chris Gerolmo, sigue vibrante y preclaro.
Como una cosa lleva a la otra, recordé Al calor de la
noche (In the Heat of the Night, Norman Jewison, 1967), un policial
con Sidney Poitier y Rod Steiger sobre un crimen que no involucra la
prosecución de derechos civiles.
Sin embargo, dentro de la trivia sobre el film en IMDB,
figura esta nota: “Sidney Poitier insistió en que la película se rodara en el
norte, debido a un incidente en el que él y Harry Belafonte estuvieron a punto
de ser asesinados por miembros del Ku Klux Klan durante una visita a
Mississippi. Por este motivo, se eligió Sparta, Illinois, como lugar de rodaje.
No obstante, el equipo de producción y los actores se adentraron brevemente en
Tennessee para filmar las escenas en exteriores de la plantación de algodón, ya
que en Illinois no existía ninguna plantación similar que pudiera utilizarse.
Durante el rodaje en Tennessee, Poitier dormía con un arma bajo la almohada. Tras
recibir amenazas por parte de individuos racistas de la zona, el rodaje se
interrumpió antes de lo previsto y la producción regresó a Illinois.”
Esto ratifica que incluso a fines de la década del sesenta,
el Sur seguía candente y los supremacistas blancos seguían sin aceptar que
había un nuevo orden que los despojaba de los privilegios detestables que
habían ostentado hasta no hace mucho.
Pero volvamos al programa doble que nos ocupa. A
cualquier precio y Mississippi en llamas tienen varias
coincidencias, tres son notables.
Uno, las dos se ocupan de crímenes sobre voluntarios que
procuraban extender los derechos civiles, ardua y lentamente conseguidos, sobre
todo en el renuente Sur: la igualdad ante la ley sin discriminación racial y el
voto universal.
Dos: la dinámica de la pareja protagonista. El personaje de
Wayne Strider (Yahya Abdul-Mateen II) en A cualquier precio y el de Ward
(Willen Dafoe) en Mississippi en llamas son muy apegados a los
protocolos, las normas, la palabra escrita y se resisten al pragmatismo de sus
compañeros, Greg Scarpa (Mark Wahlberg) en la primera película y Anderson (Gene
Hackman) en la segunda.
Tres: en ambas películas los supremacistas ya no respetan
la autoridad, los contratos sociales, los acuerdos de convivencia y creen que
pueden salirse con la suya porque cuentan con la corrupción de la justicia, de
la política y de las fuerzas policiales.
Tan corridos están de lo legal que caen en hechos tan
deleznables que solo pueden calificarse de monstruosos. Las autoridades del FBI
deciden también correrse por un rato de la ley y jugar con las mismas armas de
los supremacistas: la intimidación, el matoneo, la tortura, todas formas de la
violencia extremas. Y una vez que los tienen encausados otra vez, vuelven a
atenerse a la ley.
¿Discutible?, por supuesto. Pero, ¿cómo se vuelve a las
cacareadas ley y orden cuando representantes de esa ley y orden, más muchos ciudadanos
de a pie, se han corrido de toda norma, código o restricción a niveles
inaceptables?
Con la misma ley no se puede combatirlos, no la aceptan ni
la obedecen y se han asegurado con corrupción de seguir en sus treces. Se abre
el debate.
Y ya que estamos entre clichés, si la noche es más oscura
en los minutos previos al alba, y el león es más mortífero cuando está herido y
ve menguar sus fuerzas, los que se niegan a ceder un poder que ya no tienen se
vuelven más peligrosos y cometen las peores tropelías cuando se ven cercados.
Seamos entonces muy cautos, la amenaza está más cerca de lo
creemos. Si no que te lo cuenten los viejos a los que apalean todos los
miércoles y los encarcelados por jueces celosos que aplican, desviando un par
de comas, las leyes endurecidas y no muy claras que castigan la protesta. Y con
las comas corridas, no hay guardián de derechos humanos que te salve. Comencemos
a asumir que la realidad hace rato que se fue al carajo.
Gustavo Monteros

