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viernes, 7 de noviembre de 2025

Noiret - Tavernier 08 - La hija de D'Artagnan


 

Y la octava y última colaboración entre Philippe Noiret y Bertrand Tavernier fue casual y accidentada, no intencional.

 

Riccardo Freda, un director de filmes de bajo presupuesto y que había paseado por multitud de géneros (el peplum, el giallo, el de espías, el policial, el de capa y espada, entre otros) había dirigido en 1950 Il figlio de d’Artagnan (en inglés se distribuyó como The Gay Swordsman) sobre idea y guion propios.

 

En 1994, Tavernier dispuso producirle a Freda su vuelta al cine después de 14 años, con una versión de su historia de mosqueteros, aunque esta vez con una hija en vez de hijo. Y así pasaron de Il figlio di d’Artagnan a La fille de d’Artagnan.

 

Sophie Marceau, la protagonista, se llevó mal lo que se dice mal con Freda y a los pocos días de iniciado el rodaje, le dio a Tavernier el ultimátum: o ella o Freda.

 

Marceau era la estrella del momento y Freda un director casi olvidado. Despedirlo era más barato que despedirla. Adiós, Freda, entonces. Y Tavernier para evitarse más problemas asumió la dirección.

 

La hija de d’Artagnan es un divertimento a la manera de los que Philippe De Broca y Jean-Paul Rappeneau concibieron para Jean-Paul Belmodo, Cartouche (1964) Les mariés de l’an deux / El aventurero del año II (1971), respectivamente. Aunque no tan logrado como los ejemplos señalados.

 

Se trata de un buen ejercicio de estilo sobre una película de matiné con más profesionalismo que inspiración.

 

El convento donde está internada la hija de D’Artagnan se ve envuelto en una intriga que involucra el derrocamiento del rey, negociados con esclavos y asesinatos impunes.

 

D’Artagnan, la hija y los mosqueteros que aun viven, con las mañas residuales que persisten a pesar de la edad avanzada, ordenaran los entuertos, impedirán los atropellos y salvarán el día.

 

La hija del título de paso florecerá como espadachina guerrera y se reconciliará con el padre y obtendrá pareja.

 

Es una película sin alegría ni ingenio que, sin embargo, se ve con agrado, porque siempre se aprecian los salvatajes inusitados de proyectos condenados a no realizarse y a perderse en el fondo de un cajón.

 

Estas quijotadas son un homenaje al oficio. Porque como dice María Elena Walsh en Como la cigarra: “A la hora del naufragio / Y de la oscuridad / Alguien te rescatará / Para ir cantando”

 

Por eso da ternura que la última colaboración de Philippe Noiret y Bertrand Tavernier no sea otra obra maestra, como alguna de las que les tocó crear, sino una de “hay que sacarla como sea, pero hay que sacarla”

 

Cuando trabajaron juntos por primera vez en 1974 en El relojero de Saint-Paul / L’horloger de Saint-Paul, Bertrand Tavernier llevaba años cumpliendo varias tareas en las bambalinas de las producciones cinematográficas, pero salvo un par de cortometrajes que se incluyeron en películas de episodios a mediados de los sesenta, no tenía pruebas de su talento para mostrar. Se hablaba de él y se suponía que “prometía”, pero no había nada que asegurara la creencia.

 

Philippe Noiret era por entonces una estrella consagrada, con gran llegada al público y experiencias con grandes directores. Leyó un guion primerizo de El relojero y se comprometió de palabra.

 

Cuando Tavernier consiguió la financiación y la producción estuvo en marcha, Noiret dijo que la haría, aunque eso significara aceptar que le redujeran mucho, menos que a la mitad, lo que cobraba por película.

 

Años más tarde, Tavernier se animó a preguntarle por qué se la había jugado por un desconocido. Noiret con sencillez le contestó: Te había dado mi palabra, ¿no?

 

Noiret murió a los 76 años, el 23 de noviembre de 2006, luego de padecer lo que eufemísticamente se llama una larga y dolorosa enfermedad. Trabajó hasta el último segundo que le fue posible. Al día siguiente de su deceso tenía programado otro encuentro con el actor que lo sustituía en la obra de teatro que hasta hace poco estaba haciendo.

 

Se trataba de Cartas de amor de A.R. Gurney, una pieza para ser leída por un actor y una actriz. Es una historia de amor que se cuenta a través de cartas que se envían los protagonistas, desde que son niños hasta que alcanzan la madurez física.

 

El montaje habitual es con dos mesitas o con dos atriles, a los que están ya los actores cuando se corre el telón o se ilumina el espacio escénico. O sea que no se los ve entrar a escena. Cuando la obra termina, hay un apagón y al volver la luz, la escena está vacía. Entonces los actores entran desde las bambalinas a ambos lados del escenario para el saludo final.

 

Noiret hasta la última función que dio pegó una ágil corridita hasta el centro del escenario y recibir el aplauso. La actriz que lo acompañaba le dijo que lo sabía con dolores y limitaciones y no pensaba que podía lucir tan ágil, algo que hasta a ella que estaba bien, le costaba. Él sonrió y le dijo: Es que lo actúo para que los malestares no salgan a escena.

 

Bertrand Tavernier murió a los 79 años, el 25 de marzo de 2021, por complicaciones de una pancreatitis. Su última película de ficción es de 2013, Quai d’Orsay, una comedia sobre entretelones del manejo del poder político. Y su última película es un documental de 2016, Voyage à travers le cinéma français / Viaje por el cine francés. El film dura 3 horas y 20 minutos y se estrenó en el Festival de Cannes de dicho año.

 

Es, por supuesto, un homenaje a las películas francesas que Tavernier amó durante su vida. Este material extendido y dividido en 9 episodios se estrenó al año siguiente en la televisión francesa.

 

Dejó una productora cinematográfica en funcionamiento a cargo de sus hijos, Tiffany y Nils Tavernier. Este último escribió, dirigió y estrenó este año (2025) La vie devant moi / La vida ante nosotros. Es también un actor prolífico.

 

Philippe Noiret y Bartrand Tavernier cumplieron su derrotero artístico con creces. El mundo, gracias a su obra, es un lugar mejor.

 

Gustavo Monteros

viernes, 1 de julio de 2022

Programa doble: El búho y la gatita - El salvaje



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: El búho y la gatita – El salvaje

 

Uno de los ejes de la comedia del siglo XX fue la guerra de los sexos, la confrontación de lo entendido como esencialmente femenino contra lo entendido como intrínsecamente masculino. Se hallan ejemplos ineludibles en las principales comedias de George Bernard Shaw: Candida, Pygmalion, César y Cleopatra, Las armas y el hombre, La conversión del capitán Brassbound, El hombre del destino, entre otras, por suerte, varias más.

 

La variable más deliciosa se centró en la irrupción de un huracán femenino en un apacible rincón masculino. En cine hay dos ejemplos supremos de Howard Hawks: Bringing Up Baby (1938) (conocida aquí como La adorable revoltosa) con los insuperables Katharine Hepburn y Cary Grant y Ball of Fire (1941) (conocida aquí con la traducción literal de su título: Bola de fuego) con los maravillosos Barbara Stanwyck y Gary Cooper.

 

Los dos títulos que revemos hoy pertenecen a esta variante.

 

En The Owl and the Pussycat / El búho y la gatita (Herbert Ross, 1970) en un edificio de departamentos tan diminutamente claustrofóbicos como imposibilitados de habilitar algún tipo de intimidad, el aspirante a novelista Félix (George Segal) ve su necesitado silencio permanentemente interrumpido por los ruidos que hace su vecina, Doris (Barbra Streisand) tanto cuando está con sus clientes (es prostituta part time, aunque se presente como una aspirante a actriz) como cuando está sola porque le gusta la televisión al volumen intolerable. La vociferante pelea en la que se enredan hace que los echen del edificio en plena noche y deambulen hasta recalar en el departamento de un amigo de él. La promiscuidad obligada los hará conocerse, apreciarse y enamorarse.

 

En Le Sauvage / El salvaje (Jean-Paul Rappeneau, 1975) Nelly (Catherine Deneuve) es una muchacha francesa que vino a Caracas para casarse, pero se arrepiente y huye de la inminente boda con un italianísimo Vittorio (Luigi Vannucchi) que no acepta un no como respuesta. Nelly termina por pedirle ayuda a un desconocido Martin (Yves Montand), que hará lo que esté a su alcance para sacársela de encima, algo que no logrará y terminará por albergarla, o más bien soportarla en la paradisíaca isla del Caribe en la que vivía apartado, recluso y tranquilo.

 

El búho y la gatita fue en su origen una obra de teatro de Bill Manhoff, de suerte inmerecida (se representó profusamente en todo el mundo) porque es pobre en la caracterización de sus personajes, escasa de ingenio y mecánica en el desarrollo de sus conflictos. La suerte le alcanzó también en la versión cinematográfica puesto que sus tres responsables principales, el director Herbert Ross y los actores Streisand y Segal ponen en juego su arte y oficio para disimular las cortedades de un producto vacío y medio tonto. Los años desnudan con impiedad las falencias y salvo algunas líneas, el compromiso actoral de Segal, Streisand que está en su mejor etapa de comediante y el baby-doll que se ve en el afiche, el resto es para el olvido.

 

El solitario, en cambio, a pesar de los años, exhibe jovialidad y lozanía. Jean-Paul Rappeneau es siempre recordado por su maravilloso Cyrano de Bergerac (1990) con el gran protagónico de Depardieu, pero su impar talento florece en la comedia. Tanto La vie de château / La vida en el castillo (1966), como Les mariés de l’an deux / (aquí) El aventurero del Año II (1971) como Bon voyage (2003) para mencionar mis favoritas ofrecen detalles magistrales. El salvaje con gran lucimiento de sus carismáticos protagonistas no le va a la zaga.

 

En definitiva, una tanto, la otra tan poco. Aunque un buen par de protagonistas en su salsa hacen digerible el bodrio más soso.

Gustavo Monteros

miércoles, 27 de febrero de 2008

Bon Voyage - Como robar un millón de dólares



Queridos amigos,este fin de semana si andan cerca del control remoto y con ganas de olvidarse del inminente inicio de las clases o los encantadores problemas laborales, familiares, sentimentales, profesionales que nos acucian, les recomiendo un par de comedias.

El sábado (1 de marzo) a las 22hs en Hallmark dan Bon Voyage (2003), una deliciosa comedia de Jean-Paul Rappeneau (el de Cyrano, Los casados del año dos, El jinete en el tejado), con Isabelle Adjani y Gerard Depardieu, entre otros muchos notables del nuevo cine francés. Es una película coral muy divertida. Además mi poca experiencia personal con las estrellas me lleva a afirmar que son un poco como el personaje de la Adjani; bellas, seductoras, egoístas y manipuladoras. Aspiran tanto a la divinidad como a la inimputabilidad. Va de 22hs a 0:20hs (por si quieren grabarla); y si la ven en directo en ese canal hacen pausas publicitarias de tres o cuatro minutos cada cuarenta minutos de película, así que se puede viajar tranquilo al baño o a la heladera.

El domingo 2 a las 22hs en TCM dan Cómo robar un millón de dólares (1966) de William Wyler (el de Ben Hur, La princesa que quería vivir, La carta, Jezabel, La loba, La heredera y otras maravillas clásicas) con Peter O'Toole cuando era joven y galán y Audrey Herpburn cuando estaba como siempre la recordaremos. Va de 22hs a 0:20 también, sin publicidades en el medio; así que hagamos pis antes de que empiece y acerquémonos las vituallas y las bebidas con antelación. Cuando termine, yo al menos suspiraré y diré: ya no las hacen como antes. Y... ya estoy en esa edad en la que la nostalgia se da fácil.

Un abrazo,

Gustavo Monteros