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jueves, 13 de octubre de 2016

Las inocentes



 Polonia, diciembre de 1945. La guerra acaba de terminar. Todos, sin excepción, están heridos, física o espiritualmente. Una joven médica francesa (Lou de Laâge) que en misión de la Cruz Roja atiende solo a franceses se topará con una situación inédita que le exigirá la mayor cautela, un estricto sigilo, la máxima discreción y un absoluto secreto. En un convento monjas polacas, que han sido violadas por las tropas soviéticas, están, ahora, embarazadas. Las inocentes del título. La historia se basa en hechos reales, contados, a su debido momento, por la médica.


Anne Fontaine (Coco antes de Chanel , 2009, Adoration /Madres perfectas, 2013, Gemma Bovery/La ilusión de estar contigo) hace dos películas en una, la primera mucho mejor que la segunda. Durante los primeros 50 minutos deja que la historia se imponga con su sequedad, con su contundencia sin agregados ni subrayados. No hay música incidental, la que se oye es la lógica, si van a un club a bailar es la del grupo del lugar la que se oye, o si estamos en la capilla escuchamos solo el canto de las monjitas. No hay regodeos en la reconstrucción de época ni encuadres preciosistas. La emoción surge con naturalidad. Sin embargo, algo pasó en la sala de edición. Decidieron entonces recurrir a los trucos habituales de la manipulación al público. Comienza la lacrimógena música incidental, se imponen los subrayados, se multiplican las obviedades. Una pena porque la historia tiene una fuerza que no necesitaba adornos. Además el guión se preocupa por dar la mayor cantidad de puntos de vista posibles, ofrecer aristas relevantes y reveladores de los personajes, contrastar por ejemplo el comunismo práctico y ateo de la médica con los fundamentalismos religiosos que padecen algunas de las monjas, no todas, porque las hay también pragmáticas, curiosas o flexibles ante la terrible experiencia que les tocó en suerte. Es muy interesante comprobar cómo el guión ilustra personajes y conductas sin caer en didactismos ni demagogias.


La improbable amistad entre la médica Mathilde (Lou de Laâge) y la monja Mary (Agata Buzek) encuentra en las actrices mencionadas una dinámica tan reveladora como conmovedora. La gran Agata Kulesza (la tía de Ida, Pawel Pawlikowski, 2013) perfila la madre superiora con todos los matices a su alcance, que no son muchos sino casi infinitos. El médico que hace Vincent Macaigne sabe hacerse odiar y caer simpático, a la vez o sucesivamente, un logro nada menor.


En resumen, una historia profunda que a pesar de las concesiones innecesarias al cine habitual de masas se vuelve inolvidable. Muy recomendable.

Gustavo Monteros

jueves, 12 de febrero de 2015

Ida (reestreno)

A propósito de su nominación para el Óscar como Mejor Película Extranjera (sí, compite contra nuestros Relatos salvajes) vuelve a exhibirse Ida. Invitamos a releer la crónica publicada cuando se estrenó: http://cronicas-de-cine.blogspot.com.ar/2014/06/ida.html Gracias. (Está en el Cinema Paradiso y va a las 16:40 y 21:20)


sábado, 28 de junio de 2014

Ida




Ida (2013) de Pawel Pawlikowski es una película a la última moda del cine autor. Es en blanco y negro como La cinta blanca (2009) de Michael Haneke,  El artista (2011) de Michel Hazanavicius, Frances Ha (2012) de Noah Baumbach, o Nebraska (2013) de Alexander Payne; y usa el antiquísimo formato de la pantalla cuadrada como El artista ya mencionado, o El gran hotel Budapest (2014) de Wes Anderson. Su rasgo distintivo (el de Ida, claro) es que parezca una película de los años 60, época en la que transcurre la acción, es decir pretende que luzca como una película contemporánea a los hechos que narra. Y lo logra plenamente, gracias a una cuidadísima rigurosidad formal, luce como un film de los sesenta de Milos Forman, Roman Polanski, Ingmar Bergman o Robert Bresson.


La historia parece surgir de la línea graciosa que le dice Liza Minnelli a Marisa Berenson en Cabaret (Bob Fosse, 1972). Luego de que el personaje de Berenson le cuenta que ha perdido la virginidad por el arrebato pasional de Fritz, Liza le dice: “Pobrecita, supongo que no podés meterte en un convento, ya que no hay monjas judías, ¿verdad?” Porque Ida es (o va a ser en realidad) una monja judía. Claro, aquí las circunstancias no tienen ninguna levedad o frivolidad, son trágicas. Aclaremos.


Anna (tal el nombre que le dieron las monjas) es una joven novicia huérfana, refugiada en un convento desde niña, que está por tomar los hábitos. Como es de rigor ante una decisión tan importante, Anna es enviada a pasar “el tiempo que sea necesario” con la única pariente que le queda, su tía Wanda (Agata Kulesza). La tía Wanda es la que le dice que su verdadero nombre es Ida y que es judía.


Wanda, el personaje más apasionante de la película e interpretado maravillosamente por Agata Kulesza, es una mujer endurecida, rozada por varias muertes, las que ha contribuido a provocar cuando fue fiscal y las que padeció familiarmente y el film develará.


Ida, interpretada con envidiable luminosidad por la debutante y no profesional Agata Trzebuchowska, es la inocente que deja de serlo. La religiosidad que puede ser un ancla es aquí, para suerte de Ida, un salvavidas que la mantiene duramente a flote en medio del naufragio. Polonia es un país sufrido, desgarrado por heridas profundas (como las que aquí se cuentan) que uno espera que no gangrenen.


Debo confesar que la obvia artificiosidad artística (logradísima como ya dije) con que está resuelto el film más que meterme en la historia, me alejaba. Y que una vez que Wanda sale de escena, dejó de interesarme por completo. De todos modos no me hundí en los abismos del aburrimiento porque es muy corto su metraje, solo 80 minutos.


Creo, sin embargo, que por sus personajes y su sensibilidad, es una película que quizás “funcione” mejor con el público femenino, como pude comprobar en la función a la que asistí. Cortedades mías al margen, es una muy buena película.

Un abrazo, Gustavo Monteros
 
Ida se exhibe en el Cinema Paradiso y va a las 13:50, 19:15 y 21:00