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viernes, 21 de abril de 2017

El porvenir

Nathalie (Isabelle Huppert) es una profesora de filosofía que tiene la vida “ordenada”. Bueno, ordenada quizá no sea la palabra exacta, a lo que voy es que ha logrado que cada cosa esté en el compartimento que ella le ha asignado. Por eso cuando su esposo, Heinz (André Marcon) otro profesor de filosofía, le confiese que tiene una amante, Nathalie le contestará “¿Y por qué no te guardaste la información?”, o sea ¿para qué me lo contás, si yo estaba bien como estaba? Cuando los alumnos del secundario donde enseña le quieren impedir entrar, porque hacen un piquete de protesta, intentarán convencerla de que se ponga del lado de ellos, mencionándole que si triunfan mejorarán los términos de su jubilación, ella admitirá discutir el problema, pero que ni le mencionen la jubilación (que entre paréntesis está a la vuelta de su esquina). Su madre, Yvette (Edith Scob) una exmodelo y ahora actriz part-time la acosa con sus ataques de pánico, un problema que curiosamente Nathalie atiende con paciencia y generosidad. Se reencontrará con un exalumno, Fabien (Roman Kolinka) que ella ha ayudado y protegido, hasta lograr incluso que la editorial en la que ella publica un manual de estudios y dirige una colección de ensayos, le saque un libro a Fabien. Editorial con la que Nathalie tiene serias diferencias respecto a cómo vender sus libros. Todo parece apuntar a que ella se está quedando atrás en ciertas cosas, que ya no la atraen las posturas radicalizadas, ni que los libros se vendan con portadas coloridas de revistas. Está entre la determinación de que nada cambie por un tiempo más y la aceptación de que ya quiere apartarse, o sea la antesala al ocaso definitivo. Pero la vida hasta el mismísimo final es cambio, movimiento, caos. Sus hijos quizá sean quienes más la comprendan, se burlan  cariñosamente de ella y la dejan hacer.


El porvenir, sin duda, es una película que los filósofos y profesores de filosofía le sacarán el jugo y comprenderán todos los guiños de los autores que se leen, se mencionan, se discuten (en su mayoría son franceses). Pero los que sabemos poco, o como en mi caso, casi nada de filosofía podemos también sacarle provecho, porque es una película, como casi todas, bah, sobre la vida. Esa vida que es contingencia pura, que jamás se queda quieta, que nos pone en contradicción con lo que decíamos ayer o con la idea de mañana. Terminada de verla, me quedé pensando en el destino de la gata, Pandora, porque si bien la película se abre con la visita a la tumba de Chateaubriand y se cierra con un nacimiento, ilustrando un círculo de vida, el otro elemento que enhebra todas las vicisitudes de los conflictos es la gata Pandora, testigo de las tristezas de quien se cree en permanente abandono y del amor que puede ser si tan solo dejaran de pensar un rato. Pero al margen de lo que atestigua la pobra gata, su destino es curioso.


Este film, escrito y dirigido por Mia Hansen-Løve, por el que ganó el Oso de Plata del Festival de Berlín a la Mejor Dirección, se engrandece por el protagónico de Isabelle Huppert, que tiene una manera única de adueñarse de los papeles que le tocan en suerte, tanto es así que uno no imagina a ninguna otra actriz en esos roles, lo cual es un logro mayúsculo.


Al bebé le regalan un libro sobre Sócrates al final de la película y se bromea sobre la pertinencia del regalo. Alguien dirá que nunca es demasiado temprano para adentrarse en la filosofía. Puede ser, porque según Sócrates, la filosofía es como una preparación para la muerte. Pero no nos pongamos lúgubres, este film es luminoso en más de un sentido. Se lo recomienda.


Gustavo Monteros

jueves, 27 de octubre de 2016

El hombre perfecto

No hay que robar zapatos / sin saber correr primero, decía la canción de Carlos del Peral y Jorge Schussheim que cantaba Nacha Guevara en los tiempos del Instituto Di Tella. Parafraseándola podría decirse: No hay que robar manuscritos / sin saber escribir otra novela. O sin saber lidiar con los chantajes y revelaciones que trae publicar con nombre propio una novela escrita por otro.


En Un homme idéal (2015) de Yann Gozlan, Mathieu Vasseur (Pierre Niney) es un joven novelista sin suerte, su esforzado trabajo ha sido rechazado por una respetable editorial. Se gana la vida como peón de una empresa de mudanzas. Un día la empresa recibe el encargo de desarmar una casa en la que un viejo inquilino ha muerto. Salvo algunos muebles, deben tirar todo lo que encuentren, ropa, papeles, enseres, etc. Entre los papeles, Mathieu encuentra un diario de las luchas de Argelia, que bien puede leerse como una novela. Copia este manuscrito y lo envía con su nombre a otra editorial, distinta de la que lo rechazó, para probar suerte. Sorpresa, hay verdadero interés de que firme con ellos un contrato. No se necesita ser muy perspicaz para suponer que será saludado como un grande de las letras francesas.


Esto del robo de manuscrito corre el peligro de convertirse sino en un género al menos en tendencia. En el 2012, los directores Brian Klugman y Lee Sternthal en The words (apodada por estas tierras Palabras robadas) contaron cómo un autor bloqueado, el bueno de Bradley Cooper, hallaba por casualidad un manuscrito perdido con una historia de amor en tiempos de la segunda guerra y decidía publicarlo con su nombre. En algún momento se le presentaba el verdadero autor, el legendario Jeremy Irons, y la cosa se ponía espesa.


Y si en Palabras robadas todo derivaba para el lado de la parábola del autoconocimiento, la retribución, la expiación o la capacidad de vivir en la mentira (Jeremy le decía  a Bradley la frase matadora de que “todos tomamos decisiones, lo difícil es vivir con ellas”, por ejemplo), en El hombre perfecto la historia se inclina por el viejo y querido thriller. Llegado este punto, se puede presumir de erudición y dejar caer al pasar, como quien no quiere la cosa, los nombres de Alfred Hitchcock y Patricia Highsmith (en realidad, obviedades a evitar cada vez que hay un poco de suspenso o un personaje miente).


Mathieu debe enfrentar unos cuantos demonios que le aparecen. El director Yann Gozlan juega muy bien sus cartas, porque a pesar de unas cuantas crueldades y bajezas que Mathieu comete, nuestra simpatía siempre está con él. Deseamos que se salga con la suya. Simpatía y deseo que le debe no poco a la caracterización de algunos personajes y a una pertinente planificación.


El cine francés ha propuesto desde siempre protagonistas masculinos que se apartan del típico atlético carilindo (Jean-Paul Belmondo, Yves Montand, Daniel Auteuil, Vincent Lindon, Gérard Depardieu, Vincent Cassel, Mathieu Amalric, Jean Rochefort, Philippe Noiret, Michel Piccoli, Lino Ventura, Jean Reno, Fabrice Luchini, Jean-Pierre Bacri, Dominique Pinon, Michel Blanc, entre muchos otros). Pierre Niney se inscribe en esa tradición. Por bromear hasta podríamos decir que es un identikit hecho de actores argentinos, tiene ojos parecidos a los de Sergio Surraco, mira como Pablo Rago y es incluso más flaco que Juan Minujín. Bromas al margen, sabe ganarse la atención y justifica el protagonismo concedido. Se lucen también Ana Girardot, André Marcon, Valéria Cavalli, Thibault Vinçon y Marc Barbé como el siniestro chantajista.


No será el mejor partido para una chica casadera ni la opción más confiable para que nos cuide la casa en vacaciones, pero este supuesto Hombre perfecto ofrece durante 100 minutos una más que atendible compañía.

Gustavo Monteros 

viernes, 26 de septiembre de 2014

Yo, mi mamá y yo



“Madre hay una sola… menos mal” rezaba un histórico grafiti de los ochenta. Parafraseando a Almodóvar, Gabriela Acher tituló un espectáculo suyo “Algo sobre mi madre, todo sería demasiado”. Y sí, la madre es el primer escollo que nos regala la vida. Si no la tenemos, la orfandad  es un drama y si la tenemos, el vínculo  a veces también lo es. Cuenta la leyenda que hay madres excepcionales, perfectas. Sé que cuanta madre lea estas líneas se considerará entre ellas. El amor maternal las exime de toda autocrítica. Humoradas al margen, una madre es solo una mujer con su historia a cuestas en posesión de un exclusivo campo de experimentación e influencia: los hijos. Y entre los cuentos de madres e hijos, este film se volverá insoslayable.


El título elegido para su distribución en estos pagos es tonto y apunta más para el lado del narcisismo del que en algún momento se acusa sin mucho sustento al protagonista. El título original es más que pertinente: Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! Es como la madre los llama a comer. Guillaume no es uno de los chicos para ella, sino el que eligió para que sea, de algún modo, la hija que no tuvo.


Guillaume Gallienne es un actor de la Comédie Française, que integró elencos de populares películas tales como María Antonieta, El concierto, Astérix & Obélix: Al servicio de Su Majestad. Y ésta es su historia que escribió, dirigió y protagonizó por partida doble ya que se interpreta a sí mismo y a su madre.


No quiero caer en ningún tipo de adjetivación, adjetivar sería en este caso reducir la experiencia a un ejercicio confuso y balbuceante. Solo diré que tiene humor, ternura, conmoción, sutileza, delicadeza. No es el típico (o esperable) pase de facturas sino una manifestación de amor y comprensión. Un viaje de descubrimiento con escenas tan reveladoras que se quedan a vivir en nosotros.


En pantallas dominadas por la oferta yanqui, este estreno es tanto una sorpresa como una anomalía. Películas así, sin estrellas rimbombantes, no suelen pasar de una semana de exhibición, de modo que véanla pronto, no la dejen para mañana que puede ser tarde.


En resumen, como dice el lugar común, una experiencia de vida, pero ¡qué experiencia!, ¡qué vida!

Un abrazo, Gustavo Monteros