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jueves, 12 de mayo de 2016

45 años



Kate (Charlotte Rampling) y Geoff (Tom Courtenay) cumplen 45 años de casados y lo festejarán el sábado con una gran fiesta en un salón de la ciudad. Viven en las afueras de Norfolk, cerca de The Broads, la red acuática que une ríos y lagos de Norfolk y Suffolk, en el Reino Unido, of course. La historia comienza el lunes, con una hermosa toma panorámica en que se ve a Kate pasear a Sam, un imponente ovejero manto negro. De regreso a casa se topa con el cartero, a quien conoce de los tiempos en que fue primero docente y luego directora de una escuela de la región. Entra y ve a Geoff, que fue gerente administrativo de una empresa de ingeniería, que comenzó muy de abajo y que todavía resiente el daño que hizo la administración Thatcher (Santo Dios, ¿en nombre de qué benignidades puede alguien votar al conservadurismo de la derecha recalcitrante?) luchar con una carta en alemán. Le escriben desde Suiza para informarle que hallaron por el deshielo de un glaciar el cadáver intacto de Katya, está tal como lucía en el momento de la muerte. Katya fue un antiguo amor de Geoff, que se despeñó accidentalmente mientras hacían un tour turístico por las montañas suizas en procura de llegar a Italia. De a poco se instala en Kate la duda de si Katya fue “un” amor o “el” amor de Geoff.


Como en esos policiales insidiosos que transcurren en una semana, distintos cartelitos nos irán informando del paso de los días. En la superficie no parece que pasan demasiadas cosas, pero por poco que uno sepa mirar, comenzamos a percibir que arrecian los huracanes, se desatan los tsunamis y que se acumulan los terremotos en una relación que se presumía ya inconmovible en su estratificación. Conoceremos las rigideces de ella, las obstinaciones y desvaríos de él, y como en los viejos filmes de Bergman, nos preguntaremos si es posible, aunque se conviva con alguien de la mañana a la noche, durante años y años, conocerlo de verdad. Las tensiones que crecen lenta e inexorablemente nos recuerdan al Caché/Escondido (2005) de Michael Haneke, y esperamos la revelación que suponemos será una epifanía. Y sí, la revelación llega, y será dolorosa, porque resignifica otra vez todo lo pasado. Otra vez, porque la mera aparición del cadáver ya lo había resignificado. Entonces esperamos que la fiesta final sea catártica. Lo es, pero en un gesto final, muy Haneke también, abierto a la libre interpretación de cada espectador, Kate ¿nos suelta o se queda a carcomernos el poco cerebelo que nos queda?


El director y guionista Andrew Haigh, a quien conociéramos por Weekend (2011) es por sobre todo un atento y minucioso observador de conductas. En Weekend, un levante entre dos hombres, que se supone cosa de una noche deriva en un fin de semana compartido, que conllevará tomar unas cuantas decisiones. Aquí, como dice Geoff por ahí, las decisiones que pudieron tomarse ya se acabaron y no queda sino significarlas o vivir con sus consecuencias, no dice textualmente esto último, pero está muy implícito.


45 años como las indagaciones bergmanianas es tanto un film de director como de los actores. Las cámaras están puestas estratégicamente para que haya la menor cantidad de tomas posibles y las actuaciones fluyan y no se “construyan” desde la secuenciación. Rampling y Courtenay están sencillamente magníficos. Ella que sudó la camiseta en varios títulos icónicos de la cinematografía mundial recién recibió con este trabajo su primera nominación para un Óscar. Perdió ante la joven Brie Larson, que sabrá Dios qué carrera hará. La de Rampling ya es arquetípica y en ella un Óscar es un ornamento más, como un cisne de yeso para el jardín.

Gustavo Monteros

jueves, 21 de noviembre de 2013

Gambit



Hubo una vez en 1966 una comedia de frágil pero imperecedero encanto. Significó el desembarco en Hollywood, a instancias de una por entonces poderosa Shirley Mac Laine, que lisa y llanamente lo impuso a los productores, de un por entonces incipiente inglesito, un tal Michael Caine. El gran Herbert Lom completaba el elenco. La dirigió el versátil Ronald Neame (La aventura del Poseidón, La primavera de una solterona, La alegre historia de Scrooge). La película se llamó Gambit.

En ella, Harry Dean (Michael Caine) un barriobajero londinense contrata a Nicole (Shirley Mac Laine) una corista de un cabaret hongkonés y se hacen pasar por aristócratas ingleses para estafar a un multimillonario, Shahbandar (Herbert Lom) en un indeterminado país árabe. 

Hubo una vez un productor, Mike Lobell, que asistió a la premiere inglesa de Gambit en 1966 con reina, pompa y circunstancia y esas cosas. En 1996, la compañía para la que trabajaba le pidió una remake y él sugirió Gambit. El proyecto comenzó a andar. En algún momento, los hermanos Coen, muy necesitados de plata, aceptaron reformular el guión. Pusieron poco oficio y menos inspiración en la tarea. La remuneración de debe haber sido muy estimulante. Alcanzó a lo sumo para que se divirtieran contraponiendo dos registros de habla: el inglés de las clases altas y cultas versus el tejano más pintoresco y folklórico.

En la versión de los Coen, la cosa es así: Harry Deane (Colin Firth), un experto en arte inglés contrata a P J Puznowski (Cameron Díaz), una reina del rodeo tejano para hacerla pasar por la dueña de un Monet y estafar a su insoportable patrón, el megamillonario Lionel Shahbandar (Alan Rickman) en la Londres contemporánea. Dirigió Michael Hoffman.

Antes de llegar a la conformación del presente equipo creativo se barajaron varios nombres. Algunos directores no quisieron trabajar con un guión ajeno, otros actores no se avinieron a los directores propuestos. Una pena que el proyecto no se empantanara indefinidamente porque esta vez el cuento termina mal.

Los Coen respetaron al menos el artilugio que hace única a la versión original aunque denuncian el truco. En el Gambit de 1966, durante la primera media hora en que Shirley Mac Laine, créase o no, no dice una sola palabra, se exhibe la ejecución de un plan hasta los más mínimos detalles. Luego, en el minuto 31 sabremos que no asistimos a hechos sino a la versión idealizada que de los mismos tiene Michael Caine. Y entonces Shirley, conocida parlanchina si las hay, hablará hasta por los codos. Aquí, los Coen, introducen un narrador, Wingate (Tom Courtenay) un falsificador genial que denuncia antes de que los hechos se escenifiquen que veremos la versión que de los mismos tiene Colin Firth. Cameron Díaz, no tan conocida parlanchina, tampoco dirá una palabra pero el artilugio ya no despista y carece de gracia. 

El director Michael Hoffman (Sopa de jabón, Restauración, Sueño de una noche de verano, Lección de honor, La última estación)  más que seguir la huella de los clásicos que en los 60s hizo Stanley Donen con también una palabra en el título, Charada y Arabesque, homenajea más bien a las comedias que por la misma época hacía Blake Edwards. Hasta se permite marcarle a Colin Firth un par de gags muy en el estilo del inspector Clouseau, pero como veremos el actor tiene otra agenda.

Cameron Díaz es tan encantadora como Shirley Mac Laine, aunque su personaje está mal armado, las situaciones en las que participa son tan risibles como un dolor de muelas y sus líneas “tejanas” son más malas que un dóberman asesino. Con un personaje que no estaba en el original, Stanley Tucci en clave de corrección política actualiza el viejo y querido mariquita, así de marcado y estereotipado es su gay. Tom Courtenay no tiene mucho para hacer salvo poner la cara y lucir tierno. El personaje de Cloris Leachman, que tampoco estaba en el original, parece vivir en El chiquero de Pasolini, La gran comilona de Marco Ferreri o Feos, sucios y malos de Ettore Scola, pero sin la punzante ironía de los clásicos italianos, lo suyo es pura grosería.

Dos cosas, sin embargo, se salvan del naufragio. Colin Firth de Michael Caine sólo toma los míticos anteojos y se dedica a interpretar su papel como si lo hubiera hecho Cary Grant. No es una imitación en el sentido estricto del término sino una personificación “a la manera de”. Si se conoce o se tiene muy presente el paradigma Cary Grant, su trabajo adquiere mayor relieve y se disfruta más. Y por último, la primera escena con los dos recepcionistas del Savoy Hotel. Es un ejemplo logradísimo de doble sentido. Colin Firth y Cameron Díaz sostienen una discusión perfectamente inocente, “leída” en sentido sexual por los recepcionistas, interpretados antológicamente por Julian Rhind-Tutt y Pip Torrens, quienes por alguna curiosa razón no aparecen en los créditos finales y hubo que googlear para saber sus nombres, esfuerzo más que merecido porque es imposible no sonreír con ellos.

Si la memoria no me falla, es el enésimo film de Michael Caine que se replica. Antes hubo un nuevo Alfie, un nuevo Get Carter, un nuevo The Italina job y otro Sleuth-Juegos macabros. En todos los casos y ante los pobres resultados, uno no puede evitar preguntarse: ¿no hubiera sido mejor invertir la plata gastada en las remakes en una gran campaña publicitaria y reestrenar los originales? La respuesta es obvia.

Un abrazo, Gustavo Monteros
Gambit (2012) acaba de ser lanzada en DVD y se halla en todos los clubes de DVD. Gambit (1966) hace rato que se lanzó en DVD y se encuentra en los clubes de DVDs clásicos.

domingo, 5 de mayo de 2013

Rigoletto en apuros





El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos. Nosotros. Las estrellas. Los grandes actores. Los vecinos. Chocolate por la noticia. El tiempo y la muerte nos esperan pacientemente a todos. Y claro, los grandes actores necesitan papeles para ejercer su talento hasta el telón final. Hasta el mismísimo Shakespeare pergeñó grandes personajes para los histriones veteranos. El mentado Rey Lear de la obra homónima y el Próspero de La tempestad. El cine desde siempre no fue la excepción. Para no aburrir, mencionaré tres grandes ejemplos. El luminoso aunque triste e invernal Cuando huye el día del gran Ingmar Bergman. Esa inoxidable reafirmación de amor y vida del no menos grande Vittorio De Sica: Umberto D. Y en un homenaje a la excelente y recientemente partida guionista Aída Bortnik, la hermosa y entrañable Gringo viejo de Luis Puenzo, con ese inmensamente humano Gregory Peck. Del cine industrial-comercial más o menos contemporáneo se me ocurren dos ejemplos que curiosamente vienen del teatro: En la laguna dorada, que ya tiene dos versiones, la de cine con Katherine Herpburn y Henry Fonda y una incluso más bella y tierna para televisión con Julie Andrews y Christopher Plummer. Y Conduciendo a Miss Daisy con Jessica Tandy y Morgan, me pongo de pie, Freeman; pieza que hace poco hicieron en teatro, Vanessa Redgrave y James Earl Jones. Pero como la ciencia avanza y las expectativas de vida aumentan, ya no bastan dos o tres grandes papeles para actores en la edad dorada, no, se necesitan argumentos llenos de venerables ancianos, de allí que surgió el drama o la comedia geriátrica, dicho con todo respeto, que uno no se pone más joven con cada día que pasa. Ejemplos recientes de este nuevo género son ¿Y si vivimos todos juntos? de Stéphane Robelin y El exótico hotel Marigold de John  Madden.

Rigoletto en apuros (Quartet en el original) comparte ambiente con El fin del día (1939) de Julien Duvivier y la obra teatral de Nöel Coward, Waiting in the wings (Esperando en bambalinas). La diferencia es que esta vez no se trata de una casa de reposo (eufemismo de geriátrico si los hay) para actores sino para cantantes clásicos. Comparte también con los títulos mencionados, conflictos y subtramas. Como en El fin del día hay una relación trunca que debe enmendarse o superarse, más un círculo de personajes coloridos. En Waiting in the wings es necesario hacer una función a beneficio para anexar un solárium, aquí una gala benéfica se impone para salvar el geriátrico.

Dustin Hoffman en su debut como director va a lo seguro, parte de una obra de teatro, estrenada y por lo tanto de probada eficacia, de Ronald Harwood (El vestidor, Taking sides) adaptada por el propio autor y se la da a un elenco que puede hacer entretenidísima la lectura de los tickets del supermercado: Maggie Smith, Tom Courtenay, Billy Connolly, Pauline Collins y Michael Gambon, más esos secundarios de lujo que sólo el teatro inglés puede producir. (Que uno de los reyes del Método elija para su debut glorias inglesas que son lo más anti-Método que se puedan conseguir, ¿debe interpretarse como el triunfo de este último modo de actuación? Laurence Olivier, que en un momento del rodaje de Maratón de la muerte le dijo a Dustin, quien cómo debía parecer cansado llevaba dos noches sin dormir, ¿y si lo actúa?, debe estar ostentando una inmensa sonrisa en su nube del Paraíso).

El guión no dice nada nuevo sobre la vejez, sus renuncios o las carreras cortadas por lo que ya no puede hacerse, lo que no impide que nos entretengamos, nos conmovamos con el talento, la gracia, la lozanía de estos actores que se la saben todas y lo despliegan. Sí, más allá del auspicioso pulso de narrador firme y sensato que exhibe Hoffman (sólo opacado por algún manierismo inútil como el uso de una grúa para el paseo de la Smith y Courtenay por el jardín que le da espectacularidad a lo que debe ser íntimo) es una película de actores y músicos, como lo rubrica el conmovedor homenaje que les reserva para los títulos finales. Sí, en el fondo es un tributo de Hoffman a los que como él le dedicaron su vida al espectáculo.

En resumen, una película a la que los actores vuelven muy, muy entrañable. Verlos es un deleite.

Un detalle, se da a entender claramente durante todo el film que la gala tendrá lugar en un gran teatro, pero cuando llega la escena en cuestión el trámite se resuelve en la misma casa-geriátrico, como si se hubieran quedado sin presupuesto para ir a Covent Garden y llenarlo de extras. Cosas del cine.
Un abrazo, Gustavo Monteros