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viernes, 21 de noviembre de 2014

Madres perfectas



Pocas películas me dejaron tan afuera que estas Madres perfectas de Anne Fontaine (Nathalie X, Coco antes de Chanel, Mi peor pesadilla). A pesar de mi amor por Naomi Watts, mi respeto por Robin Wright o la belleza deslumbrante del paisaje de Seal Rocks, Nueva Gales del Sur, Australia, la película nunca me interesó, me sedujo o me atrapó. Lejos de ello. Me dije: debe ser por la cuestión de género y no del cinematográfico sino el de la identificación sexual. Y sí, Madres perfectas es de esas películas de mujeres, por mujeres, para mujeres. Y si no lo es, se parece bastante.


Y de ser ese el caso, la culpa de que no haya entrado ni un segundo no es toda mía, por ser varoncito sino también de Anne Fontaine, que no le dio un poco más de densidad al asunto y hacerlo un poquito más asequible al interés masculino. Y eso que hay hombres en el proyecto como el guionista (y gran dramaturgo) Christopher Hampton, que esta vez les permite a los personajes decir unas cuantas obviedades. Se basa en una novela de Doris Lessing, The grandmothers y se centra en la historia de dos amigas de lo más íntimas que terminan por relacionarse sentimental y sexualmente con el hijo único de la otra.


Como se ve, el asunto tiene sus aristas y rispideces, pero por los motivos que sean, entre los que no excluyo mi cortedad mental, a mí nada me fue ni me vino. Ni siquiera me aburrió o me enojó, no, peor, me dejó indiferente. Claro, esto no quita que a ustedes les resulte valiosa o reveladora. No es la primera ni va a ser la única vez en que me enfrente con un límite infranqueable.
 
En resumen no sé qué decir. 
Gustavo Monteros

sábado, 31 de marzo de 2012

Un método peligroso


Si he de decir la verdad (y no veo por qué no habría de hacerlo), a esta película no hay con que darle. El tema es apasionante. La relación cambiante y ambivalente entre el viejo y querido Sigmund Freud (Viggo Mortensen) y Carl Jung (Michael Fassbender), con el agregado de una coprotagonista de lujo, Sabina Spielrein (Keira Knightley) y un secundario que no le va a la zaga, Otto Gross (Vincent Cassel).

Como se ve un elenco de aquellos, en plena forma y dispuesto a dar lo mejor de sí en personajes únicos. Viggo Mortensen entrega una notable caracterización de Freud. Keira Knightley brinda la actuación más audaz e histriónica de su carrera y sale con todos los laureles reverdecidos. Michael Fassbender confirma que es un actor envidiable. El hombre es de muy buen ver, tiene una fotogenia inexpugnable y un talento a prueba de escépticos. El gran Cassel está en su salsa y destella comme d’habitude.

El guión de Christopher Hampton (El cónsul honorario, Relaciones peligrosas, Carrington, El fuego y la sombra, El americano, Expiación – deseo y pecado, ¡hay que tener ese currículo!) concibe un guión (basado en su propia obra de teatro, basada a su vez en un libro de John Kerr) con el que se podrían dar clases. Es preciso, contundente, claro, fluido, con detalles certeros, situaciones arteras y con toques de humor tan bien puestos que se equiparan a la famosa cereza de lo postres.

David Cronemberg, alejado al parecer definitivamente del despanzurramiento de cuerpos con fines metafísicos y/o terroríficos del pasado, como en las recientes Una historia violenta o Promesas del Este (protagonizadas también por el amigo Viggo) se dedica con elocuencia y elegancia a desmenuzar secretos y viviseccionar almas.

Sin embargo, a pesar de tanto nombre de lustre y fuste, tanta profusión de talento, tanto tema intrigante y revelador, me pasé toda la película insuflándome el entusiasmo y aventándome el interés. Las tres veces que la vi. Y… soy de insistir.

La primera vez la vi a poco de su estreno en Europa, en algún momento del año pasado. Como suele suceder, rondó por la web primero en versión Cam, o sea filmada con una camarita en una función de cine. La bajé y la vi porque me daba mucha curiosidad. El sonido era impecable y la imagen un poco opaca. Supuse que con una copia mejor la disfrutaría más. Cuando llegó la temporada de premios, apareció un ripeo del DVD. Lo bajé y volví a verla. La reacción fue parecida a la de la primera vez. Me dije lo que me digo siempre: a las películas hay que verlas en el cine. Y ahora que la estrenaron fui. Y sigo como la primera vez. Hay algo que no me funciona. Conmigo esta película es como esas chicas que de tan pero tan lindas no son atractivas. Me parece demasiado impecable, controlada, medida, estudiada.  Sin esa coma fuera de lugar o ese adjetivo discutible que le da vida repentina o belleza imprevista a las cosas.

Pero no me lleven el apunte. Para nada. Véanla. El problema soy yo, no la película. Como dije en un principio, objetivamente no hay con que darle.
Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 11 de julio de 2010

Chéri

A Michelle Pfeiffer le iba bien con el corset. Dos de las mejores películas en que participó (Relaciones peligrosas y El fin de la inocencia de Martin Scorsese) tuvieron que ver con esa torturante prenda femenina. Aquí se reencuentra con el director (Stephen Frears) y el guionista (Christopher Hampton) de Relaciones peligrosas para transcribir al cine las novelas de Colette sobre Chéri. Estamos en la Belle Epoque y Consolata Boyle, la diseñadora de vestuario decidió que el personaje de la Pfeiffer se adscribiera entre las vanguardistas de la moda que abandonaban el corset. Michelle no debió aceptarlo. Debió insistir con el corset. Por cábala.


Chéri no es una mala, pero llama la atención, por los antecedentes de los nombres involucrados en el proyecto, que sea tan leve, tan insustancial, tan incorpórea. La historia está contada, los conflictos son claros, todos actúan bien, los rubros técnicos son irreprochables, pero el tono elegido es muy superficial. Hay elegancia, cinismo, sabiduría erótica, educación sentimental, sin embargo la historia no seduce, no nos hace partícipes. Quizá la línea que dice la Pfeiffer sobre el personaje de Chéri defina asimismo al film: No puedo criticar su carácter porque no parece tener ninguno.


Eso sí, no sé si será que el Art Nouveau me puede, pero me pareció una de las películas más bellas desde la dirección de arte que vi este año. El cuarto de la Pfeiffer, bah, toda la casa, son deslumbrantes. Y el hotelito de Biarritz, ni les cuento. Ah, y la música de Alexandre Desplat acaricia los oídos. Al fin un poco de melodía y no los colchones sonoros atmosféricos con que nos tortura el cine comercial contemporáneo.


No se padece, entretiene, pero no convive mucho con nosotros, se la olvida pronto.

Un abrazo,
Gustavo Monteros