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viernes, 28 de agosto de 2026

El gran falsificador


 

Al atendible director francés, Jean-Paul Salomé, le gusta tomar individuos de la vida que pasaron por circunstancias excepcionales y retratarlos novelizando un poco algunas peripecias para hacer más atractivo el relato, sin alterar su esencia extraordinaria.

 

Ejemplos: Les femmes de l’ombre (Espías en la sombra, 2008), The Chameleon (El camaleón, 2010), La daronnne (Mamá María, 2020), La syndicaliste (Un blanco fácil, 2022).

 

Ahora le toca el turno a L’affaire Bojarski (El gran estafador, 2025). Esta película bien podría tener un título complementario, que reformulara por enésima vez el libro de Thomas de Quincey, y quedaría como De la falsificación considerada como una de las bellas artes.

 

Porque no en vano la prensa calificó a Ceslaw Jan Bojarski (1912-2003) el “Cézanne de la falsificación”. Durante tres décadas se concentró sucesivamente en el billete de 1000 francos, Minerva et Hercule, en el de 5000 francos, Terre et mer, y desde 1962 en el billete de 100 nuevos francos, el Bonaparte.

 

Su ambición fue que no fueran iguales a los originales, sino mejores. Dicho así puede sonar un disparate, pero en la realidad no lo es.

 

Bojarski (Reda Kateb) pudo no haber sido un delincuente, era un inventor fecundo y versátil, se lo ve concebir la birome, el desodorante roll-on, y la cafetera con cápsulas. Pero por problemas de ciudadanía no podía patentarlos.

 

Había sido un oficial polaco de la Primera Guerra Mundial, fue capturado por los húngaros, pero logró huir de la prisión y se refugió en Francia, país que burocráticamente tenía reparos para considerarlo un inmigrante o un refugiado. Por eso no le otorgaba la ciudanía. Y sin identidad legal no podía patentar ni el aliento.

 

Durante la Segunda Guerra falsificó documentos para facilitar emigraciones. Se hizo notar y un criminal lo inició en la falsificación de billetes. Y ya no paró. Primero para esta organización mafiosa y luego por su cuenta puso en jaque el sistema monetario francés inundándolo con sus creaciones.

 

Como todo artista tuvo dificultades para congeniar su devoción por su arte con una vida de relación. Su esposa (Sara Giraudeau) e hijos acusarían ausencias y descuidos.

 

Salomé para que el relato no decaiga le inventa un comisario perseguidor André Mattéi (Bastien Bouillon) con el juegan al gato y ratón.

 

Por supuesto, como es el caso en historias de ladrones o estafadores, nuestra simpatía desde el principio está con ellos y deseamos que salgan siempre libres de culpa y cargo. Estos relatos terminan por defraudar esta expectativa, porque es lo que dictan las normas del establishment.

 

Aquí cuando llega la defraudación ¿nos enoja, nos apena, nos solivianta por injusta? Ah, no sé. Para eso hay que verla y estoy insistiendo en que lo hagan.

 

Se trata de un relato vibrante, apasionante que, a pesar de ser el tema, no estafa.

Gustavo Monteros

viernes, 26 de septiembre de 2014

Yo, mi mamá y yo



“Madre hay una sola… menos mal” rezaba un histórico grafiti de los ochenta. Parafraseando a Almodóvar, Gabriela Acher tituló un espectáculo suyo “Algo sobre mi madre, todo sería demasiado”. Y sí, la madre es el primer escollo que nos regala la vida. Si no la tenemos, la orfandad  es un drama y si la tenemos, el vínculo  a veces también lo es. Cuenta la leyenda que hay madres excepcionales, perfectas. Sé que cuanta madre lea estas líneas se considerará entre ellas. El amor maternal las exime de toda autocrítica. Humoradas al margen, una madre es solo una mujer con su historia a cuestas en posesión de un exclusivo campo de experimentación e influencia: los hijos. Y entre los cuentos de madres e hijos, este film se volverá insoslayable.


El título elegido para su distribución en estos pagos es tonto y apunta más para el lado del narcisismo del que en algún momento se acusa sin mucho sustento al protagonista. El título original es más que pertinente: Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! Es como la madre los llama a comer. Guillaume no es uno de los chicos para ella, sino el que eligió para que sea, de algún modo, la hija que no tuvo.


Guillaume Gallienne es un actor de la Comédie Française, que integró elencos de populares películas tales como María Antonieta, El concierto, Astérix & Obélix: Al servicio de Su Majestad. Y ésta es su historia que escribió, dirigió y protagonizó por partida doble ya que se interpreta a sí mismo y a su madre.


No quiero caer en ningún tipo de adjetivación, adjetivar sería en este caso reducir la experiencia a un ejercicio confuso y balbuceante. Solo diré que tiene humor, ternura, conmoción, sutileza, delicadeza. No es el típico (o esperable) pase de facturas sino una manifestación de amor y comprensión. Un viaje de descubrimiento con escenas tan reveladoras que se quedan a vivir en nosotros.


En pantallas dominadas por la oferta yanqui, este estreno es tanto una sorpresa como una anomalía. Películas así, sin estrellas rimbombantes, no suelen pasar de una semana de exhibición, de modo que véanla pronto, no la dejen para mañana que puede ser tarde.


En resumen, como dice el lugar común, una experiencia de vida, pero ¡qué experiencia!, ¡qué vida!

Un abrazo, Gustavo Monteros