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sábado, 3 de septiembre de 2011

Un año más



El cine de Mike Leigh es como la vida misma, mire. Sí, se trate de comedia, drama o biografía de músicos victorianos, Mike crea tal sentido de verosimilitud que uno siente que más que ver una ficción, estamos espiando a unos vecinos. Un logro semejante, claro, es tanto propio como de sus actores. Obvio, la bandita de actores que trabaja con Leigh, son de aquellos a los que les tirás un ladrillo y no sólo te devuelven una pelota sino que te hacen 400 goles. También es muy cacareado el método con que trabaja con ellos. Según parece, ensayan como si fueran a presentar una obra de teatro, improvisan mucho, Mike no les cuenta la resolución que tendrán los conflictos de sus personajes (o sea, el final) y no los deja en paz hasta que no saben todos los pelos y señales de sus roles. Ojo, la improvisación se usa, como corresponde, como herramienta, no como técnica actoral. No se verá en sus films, actores divagando para lograr conflicto y personaje y tomando 12 minutos de tu tiempo para resolver una escena que un guionista resuelve en un minuto y medio. No, señor. Por más fluidos y espontáneos que parezcan y aunque incluyan hallazgos de los actores en las improvisaciones, los guiones de Leigh son rigurosos y están milimetrados hasta en su última coma. Si estoy dando la lata es porque quiero subrayar el milagro de Mike, no hacernos dar cuenta que sus películas son tan armadas y calibradas como una obra de Terence Rattigan.

Esta vez, sus personajes vuelven a ser maduros. Deja atrás los juveniles de La felicidad trae buena suerte. Tom (Jim Broadbent) es un ingeniero geológico y Gerri (Ruth Sheen) es consejera en un hospital. Sí, sus nombres pronunciados suenan igual a la pareja de gato y ratón, los queridos Tom y Jerry. Conforman un matrimonio bien avenido, maduro y hasta feliz. Tienen un hijo treintañero, Joe (Oliver Maltman) que les preocupa porque nos consigue pareja. Pero los que de verdad andan “sin rumbo y desesperaos” son los amigos. La de ella, Mary (Lesley Manville) agudiza una crisis psicológica seria durante el paso de las estaciones. Ah, sí, en ésta, Mike usa el artificio de marcar el paso del tiempo del año del título con las estaciones. El de él, Ken (Peter Wight) anda más solo que la una y lo resiente y mucho.  Es que la vida está hecha, la suerte está echada y sólo queda asumir las frustraciones, dejar de rumiar lo que no fue, arrastrar las pérdidas lo mejor posible, hacer tripa corazón, recoger lo que se sembró y vivir lo que queda con la alegría que se pueda conjurar. Lo malo es que tanto Mary, Ken y Janet (Imelda Stauton y me pongo de pie porque la protagonista de Vera Drake no merece menos) una paciente de Gerri, son testarudos y como algunos que tienen problemas serios no aceptan que necesitan ayuda profesional urgente. Agridulce, ¿verdad? Y bueno, no se necesita ser una lumbrera para saber que por más suerte que se tenga, la vida es una de cal y una de arena.

Como en todas las películas de Mike Leigh, no pasan grandes cosas, pero lo que se ve es denso, profundo y atrapante como pocas cosas en el cine. Sus personajes más desprotegidos dan tanto pena como vergüenza ajena. Irradian tanta verdad que mirarlos da cosita, sobre todo cuando se desbarrancan y meten la pata con todo.

Leigh es un observador agudo de las clases medias inglesas, pero su mirada es tan incisiva que, por más circunscriptos que estén, sus personajes se vuelven universales.

Puede que lo descripto les tire la idea de que la peli es tristona y melanco. Puede ser, pero creo que en realidad no lo es. La salida está marcada, el bienestar emocional y quizá hasta la felicidad están a la vuelta de la esquina. Que Mary, Ken o Janet tomen ese sendero o sigan para el lado de los tomates está por verse. Claro, uno sospecha que persistirán en sus trece y eso es lo triste. La eterna zoncera humana.

Con tanta cháchara, puede que no haya sido muy claro, por las dudas lo digo con todas las letras, si les gusta el entretenimiento adulto, Un año más es imperdible.


Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 21 de junio de 2009

La felicidad trae suerte

Mike Leigh, como se decía también de Ingmar Bergman, es un dramaturgo cinematográfico. No sólo escribe con la cámara y el guión sino también con los actores y la puesta en escena. Aunque sus films son fuertemente cinematográficos, tienen la profundidad y la concentración de una buena obra de teatro.

Como si viviera en la Argentina, sabe que la realidad es compleja y para nada unívoca. Se aleja como de la peste de los fundamentalismos maniqueos de los yanquis. Nada es bueno o malo, ni siquiera verdadero o falso; la realidad es una amalgama de heroicidades, miserias, generosidades y canalladas. La Biblia y el calefón, como quien dice.

Ejemplifiquemos su visión con uno de sus films: El secreto de Vera Drake. Vera es una mujer buena, noble y generosa como pocas, pero lleva una doble vida, hace abortos clandestinos. Cuando la descubren y la apresan, dice: yo sólo quería ayudar. Mike Leigh no la juzga, no la castiga, no la premia ni la justifica. Sólo la muestra lo más detallada y profundamente posible. Uno sale del cine no con una opinión, sino con un mundo a dilucidar. Alguien que ama tanto la vida, ¿puede hacer abortos? Si para ella no hay contradicción, ¿por qué el secreto?

Como buen artista, plantea preguntas. Pero nunca simplistas, esquemáticas o tramposamente orientadoras.

Como buen humanista, la esperanza no le es ajena.

Con La felicidad trae suerte parece haberse metido en camisa de once varas. Descubrió que el optimismo tiene muy mala prensa. Los reportajes eran casi una interpelación y lo acusaban prácticamente de haberse pasado de rosca con la fluoxetina o de haberse fumado un cigarro de yerba mate sabor pomelo en ayunas. Todo por proponer al buen humor como una alternativa de vida. ¿¡Cómo un intelectual podía ser tan poco serio?! Parece que sólo una visión negativa de la vida es lo políticamente correcto.

No hay nada peor que los lugares comunes que se asumen como verdades reveladas. Es como si el undécimo mandamiento fuese: Tendrás una visión nihilista de la vida o no serás nada. Como si la alegría sólo fuera patrimonio de los brasileros bailadores de samba. Opinar que el mundo merece el exterminio inmediato está bien, tener esperanza es de religioso petardista, y ser alegre es de descerebrado trasnochado. Los prejuicios no tienen límites y la estupidez parece congénita.

En un mundo rotulador, ser un intelectual comprometido y alegre es una abominación, una contradicción en términos insalvable. Pobre Mike Leigh, los que lo conocemos, nunca lo consideraríamos un tarambana alegre.

Aventuré estas reflexiones antes de ver la película. Confieso que comencé a verla con temor. Ya antes había hecho films luminosos (Life is sweet, Career girls) y no había desatado tanto enojo. ¿Acaso su cerebro se había reblandecido y se había convertido en un viejo gagá?

Conforme el film avanzaba, me tranquilicé. Era el Mike de siempre.

Poppy es una maestra de primer grado y tiene la desagradable costumbre de algunas docentes de niños de abusar de los diminutivos y de la jerga infantil. (Los subtítulos no lo registran, pero juro que es así.) Ser alegre está en su naturaleza. El delicioso personaje de viejo huraño, malhumorado, gruñón, andropáusico que hacía Walter Matthau la ahogaría con el primer almohadón a mano. Y durante los primeros 20 minutos, uno se pregunta si no tendría razón. Es alegre como un cascabelito. Pero uno que suena todo el tiempo. La alegría se asocia con la levedad, con la superficialidad. Sin embargo, en el entorno de Poppy nada es leve y superficial.

Puede que Poppy sea alegre, optimista, dicharachera, feliz, un poco insoportable a veces, pero no es ninguna tarada como lo demuestra sobre el final.

Como en todas las películas de Mike Leigh, los actores son maravillosos. Y los personajes están tan bien definidos que se podrían escribir tesis sobre ellos.

El mundo es una mierda, parece decir Mike Leigh. Hay guerra, hambre, miseria, codicia, enfermedad, injusticia, etc. Que habría que cambiarlo, no hay quien lo niegue. ¿Quién está más cerca de cambiarlo? ¿El que con amargura lo acepta y lo soporta? O ¿el que con una sonrisa procura que todos a su alrededor, en su pequeño lugar del mundo, sean felices?

Y sí, la alegría no estimula el morbo de nadie. Cuando le preguntamos a alguien cómo está, esperamos que nos cuente problemas. Si más de dos veces, nos contesta que está bien, asentimos y pensamos: Este boludo es tan superficial que nunca le pasa nada. Craso error, nada debe de ser tan difícil como procurar estar bien, y permanecer bien.

Un abrazo,
Gustavo Monteros