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lunes, 16 de noviembre de 2009

Sangre del Pacífico

¿Cómo me iba a perder una película que se llama Sangre del Pacífico? El título me resulta hilarante. Bien, antes de que certifiquen mi insania, mejor aclaro el chiste interno. Sabía que el film trata un drama latinoamericano, pero el título me remite a las viejas películas de la Segunda Guerra Mundial (con Van Heflin y esa gente antigua incluida). Y en mi cabeza la superposición de temas muy nuestros con imágenes de temas tan ajenos me parece gracioso.


Por favor, antes de tildarme de boludo alegre, categoría en la que sin duda merezco estar por la confesión anterior, recuerden todas las veces en que una tontería inesperada les resultó graciosa.


Sangre del Pacífico está escrita y dirigida por Boy Olmi, un actor que me cae muy bien. Pasea con talento del drama a la comedia y hasta recala en el show de Tinelli para dar pasos de baile sin perder un ápice de dignidad y elegancia.


Eso sí, esperaba que alguien tan ducho en las lides del espectáculo superara el trauma de las operas primas. Los directores en su película debut suelen poner muchísimas cosas como si temieran no hacer otra.


He aquí otro ejemplo. Hay numerosos elementos que dispersan continuamente la trama y cuando la historia se cierra, no todas las partes encajan satisfactoriamente.


Todo se centra (bueno, más bien se bifurca) en tres personajes principales. Jorge (Delfi Galbiatti) un actor y director cinematográfico, viejo y enfermo, que sueña con hacer una película sobre las guerras de la Independencia antes de morir. Sara (Ana Celentano), su hija, una antropóloga que hace un trabajo sobre las mujeres que dejan hijos detrás para ser mucamas y terminar criando hijos ajenos. Y Charito (Picky Paino), una hermosa mujer que deja a su hijo en la selva peruana para adentrarse en la jungla urbana porteña.


En sus historias gravitan Martín (Ezequiel Díaz), un granadero que le enseña esgrima a Jorge, Carmen (China Zorrilla), una dama patricia que emplea a Charito, y Norma Argentina como la dueña de una pensión y jefa de una agencia de colocación de mucamas.


La trama se mueve en dos planos, uno realista y otro onírico, feérico, (“lisérgico” lo definió Boy Olmi en los reportajes previos al estreno). Y es en este último plano en el que el film se vuelve muy bello, pleno y logrado. Contribuyen a eso la hermosísima fotografía de Ricardo de Ángelis, la expresiva dirección de arte de Federico Mayol y la conmovedora música de Mariano Otero.


El otro punto a favor de la película son las actuaciones, todos están muy bien. Destaco, eso sí, a mis favoritas. Norma Argentina es un dechado de humanidad. Y hay una excelente composición de la legendaria China Zorrilla, como la calificó recientemente un periodista. (Lo tomo como un halago, dijo la China, pero en el fondo me están diciendo viejísima.) Se despacha con un personaje que es a la vez cálido y cruel, sí, la China es tan grande que puede abarcar hasta las contradicciones de términos.


Lo extraño es que a pesar de las salvedades hechas, el film es entrañable, se sigue con interés y se disfruta bastante. El cine tiene esas sorpresas. Menos mal que me topé antes con esas sorpresas, si no pensaría que me estoy reblandeciendo.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 14 de junio de 2009

Felicitas

Teresa Costantini es una mujer rica y responde a los mandatos sociales de su clase. De allí que sea perfectamente natural que la obsedan las sufridas heroínas acaudaladas y de abolengo. Confesó que le hubiera encantado que la Bemberg la eligiera para protagonizar Camila; y que la asombra que, a pesar de los numerosos proyectos, Madame Lynch (la amante del paraguayo Solano Lopez) no haya llegado al cine todavía.


(Durante años, Isabel Sarli, seducida por el personaje, leía todo lo que caía en sus manos sobre Madame Lynch, pero Armando se le reía y le decía: Coca, la gente te quiere ver desnuda, no en miriñaque. Una pena, son siempre interesantísimos los proyectos “artísticos” de los fenómenos “comerciales.”)


Volviendo a la Costantini, ocupado el casillero de Camila O’Gorman, y difícil de llenar el de Madame Lynch (la dama tuvo una vida llena de peripecias, tanto personales como políticas), le quedaba la Felicitas Guerrero, que ya se anduvo paseando por cuentos, novelas y hasta un ballet, y esperaba ansiosa una versión cinematográfica.


Estos proyectos son ideales para jugar a ser Visconti y demostrar un conocimiento exquisito de telas, muebles y objetos de arte, que evidencian a la vez la pertenencia al selecto grupo de los very few. El problema es darle textura a la historia y que no quede como la transposición “paqueta” de las novelas románticas de supermercado. (Ésas en las que la protagonista
trémula se enfrenta inerme en el frío corredor del castillo a los impetuosos deseos del hombre fuerte, alto, moreno, musculoso, que la conmina con sus ojos de esmeralda a que no resista más la urgencia que la carcome. Ella se niega una vez más, pero el brazo poderoso ciñe su frágil talle y la arrastra hasta ese pecho varonil en el que el corazón late desbocado. Él acerca sus labios carnosos y ella siente que se pierde en un marasmo de ardores. Ya no puede resistir más, ahoga un grito de placer y muerde más que besa esos labios ávidos que hace meses la desvelan. En un último gesto de resistencia, se prende a sus cabellos para alejarlo, pero no hace más que unirlo a ella. Comprende al fin que todo es inútil, que su destino es entregarse a él, para bien o para mal, ante Dios o en el mismo infierno. Perdida ya toda vergüenza, todo pudor, se deja arrastrar, devorar. Ya no piensa, siente. Y se funde en el fuego abrasador de su lujuria que la arrolla, la transporta. Su masculinidad se yergue enhiesta y ella cede, cede, etc.



Perdón por la digresión. Es que después de esperar casi dos horas en vano que me den un poco de romanticismo, me dio un ataque agudo de parodia. ¿Cuál era la pregunta? Ah, sí, ¿si el film quedó como una transposición “paqueta” de las novelas románticas de supermercado? Más o menos. Visualmente no llega a la cursilería anodina del cine publicitario, pero tampoco tiene entidad o personalidad propia, se queda en lo “bonito”.


Los problemas son muchos y otros. El guión está verde, le faltan un par de reescrituras para madurar; la dirección es dubitativa, no elige punto de vista y no sabe muy bien qué contar; las actuaciones (dejo de lado por ahora la parejita central) van de lo correcto (Brandoni, Awada, Alfonzo) a lo bueno (Ana Celentano, Antonella Acosta), nadie se anota para merecer un premio; la música de Nico Muhly no llega a ser tan insoportable como la de El lector, pero anda cerca, (pregunta: habiendo tanto compositor excelente en la Argentina, ¿hay que contratar un cuatro de copas de afuera al que hay que pagarle en dólares?). Lo mejor es la dirección de arte, si les divierte la idea de pasar dos horas viendo muebles y telas suntuosas: ésta es su película. Si no es así, les parecerá eterna como los laureles.


No llega a ser un bodrio certificado, hay aciertos parciales (los puntos suspensivos con los que se informa la viudez), aunque también hay bochornos (las escenas de guerra asustan por la torpeza y la impericia). Pero esos aciertos parecen deberse más a la casualidad que al método.


La historia es conocida, un crimen pasional en la clase alta. Un gran escándalo en su momento, porque se daba en una clase en la que, por educación y contexto, hay mucho dominio de emociones. La desmesura se asociaba y se asocia con clases más bajas. Todo crimen pasional es buen material para una película. Basta con indagar las causas, observar bien el contexto y recrear las obsesiones. Éste era doblemente interesante porque era significante la importancia que le daban al dinero. En el fondo, es una tragedia más económica que romántica. Los que quedan vivos están más interesados en reclamar herencias que en andar llorando.


Pero ni el enredo amoroso ni el desvelo por el dinero tienen aquí peso. Todo es bastante leve y tonto. El amor que se describe es tan romántico como una botella de lavandina; la pasión tiene el ímpetu de un turno de telo, no dura más; y el dinero es sólo un dato que se menciona culposamente al pasar, aun cuando es la sangre de estos nombres patricios.


Todo bien si la Costantini, por culpa o por no desafiar a su clase, no muestra el olor a bosta que hay debajo del perfume francés (la Bemberg en Camila patentizaba bien la hipocresía y la doble moral de los ricos, claro que aparte de plata tenía talento), pero y ¿el romance?


Poco ayuda la errónea elección de protagonistas. Sabrina Garciarena y Gonzalo Heredia son muy bonitos, pero parecen haber perdido varias clases del curso de actuación al que asistían. En especial en las que hablaban de manejo de personajes, intenciones dramáticas y comprensión de textos. Lloran mucho y con eso creen que manejan emociones. Llorar y no darle intención o contexto dramático al llanto es sólo un ejercicio de lagrimales.


Aunque pareciera, no les tengo envidia a los ricos. Salvo quizá los martes a la mañana, cuando tengo que levantarme a las seis para darle clase a una banda de adolescentes tan interesados en aprender inglés como en nadar en el pantano de los cocodrilos. Lo que extraño es cuando los ricos producían cine o patrocinaban políticos. Ya no les interesa ser mecenas, ahora quieren ser protagonistas. El 28 veremos si el electorado compra a De Narváez, que se vende a puro slogan como si fuera un nuevo yogur. Bah, total, si ya compraron a Macri. Va a estar lindo Buenos Aires, decía. Con la salud y la educación devastadas, no está nada lindo Buenos Aires. Cuatro canteros con flores en Palermo y unos suculentos negocios que engordan las arcas privadas no bastan para ponerla “linda”. En cuanto a la Costantini, ya que se pagó una película, que se pague también unas críticas. Va a ser la única forma de disimular una mediocridad tan flagrante.

Un abrazo,
Gustavo Monteros