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viernes, 17 de octubre de 2025

Noiret - Tavernier 05 - Más allá de la justicia - Coup de torchon


 

Si las cuatro colaboraciones anteriores del actor Philippe Noiret y el director Bertrand Tavernier podían calificarse como mínimo de insoslayables, la quinta solo puede considerarse una obra maestra.

 

Más allá de la justicia (Coup de torchon, 1981) comienza el 29 de mayo de 1938, cuando se produjo un eclipse total de sol. Y ya se sabe, no hay fenómeno celeste que no sea excepcional ni que desate cambios.

 

Estamos en una pequeña ciudad de Nigeria.  Lucien Cordier (Philippe Noiret) es el comisario del lugar. Es perezoso, indolente, ineficaz, incapaz de ejercer la mínima autoridad.

 

El director de la empresa maderera, Vanderbrouck (Michel Beaune) lo insulta a diario delante de todos.

 

Su bella esposa, Huguette (Stéphane Audran) lo engaña en sus narices con su amante, Nono (Eddy Mitchell) al que hace pasar por su hermano.

 

Cordier se siente atraído por la joven y sensual Rose (Isabelle Huppert), pero permite que su marido Marcaillou (Victor Garrivier) la golpee a gusto en medio de la calle.

 

Y Cordier permite incluso que dos proxenetas, Le Péron (Jean-Pierre Marielle) y Leonelli (Gérald Hernandez) lo humillen de la peor forma.

 

Estos dos parecen haber tocado un límite de la indolencia de Cordier, porque al día siguiente viaja a una ciudad vecina y le pregunta a su jefe inmediato superior, Marcel Chavasson (Guy Marchand) cómo hacer para bajarle los humos a estos dos delincuentes.

 

Chavasson le dará una lección, humillándolo a su vez.

 

En el viaje en tren de vuelta conocerá a la nueva maestra, Anne (Irène Skobline) que al contrario de todos los demás, lo valorará y lo respetará.

 

Cuando vuelva a encontrarse con los proxenetas, pondrá las cosas en claro de una manera definitiva.

 

Y cuando Chavasson venga a cerciorarse si es Cordier el que los ajustició, Cordier lo hace caer en una manipulación que deja a Chavasson como el probable asesino.

 

Cordier disfruta el cambio de payaso a juez, jurado y verdugo. Y descubre la omnipotencia que puede brindar el cargo de comisario y la inmunidad que la da su fama de incompetente.

 

Su acceso a una locura racional (valga la contradicción) inspira compasión en un principio (¡lo hemos visto tan maltratado!) que deriva en indignación porque en su nuevo camino no duda en matar inocentes que podrían inculparlo.

 

La historia más que surrealista, parece corrida de la realidad que conocemos. Los personajes parecen habitar lo bufonesco, pero se les cuela una verdad que desconcierta. Las situaciones se vuelven enajenadas y las derivas extremas. La línea demarcatoria que separa bien del mal se desdibuja, se difumina. Lo trágico se vuelve cómico y el humor de tan negro se vuelve ácido.

 

Es un capítulo de cine noir distinto a todos. Es una película luminosa de colores claros, en la tonalidad que llamamos pastel. Y las escenas nocturnas son en “noche americana”, así que son más azuladas que oscuras. Eso sí, la película se hermana con la tradición noir en que su visión de la humanidad es sombría, casi todos los personajes son moralmente vacíos, crueles, corruptos, criminales.

 

Se basa en la novela de Jim Thompson, PoP 1280 (aquí PoP es Population of Pottsville, pequeña ciudad de Texas en la que transcurre la acción, de ahí que el título fue traducido al castellano como “1280 almas”. Y dicen los que la leyeron que no perdió nada de su ferocidad original al haberla Tavernier trasladado a la Nigeria colonial.

 

Coup de torchon es “limpiar con un trapo”, en este caso un pizarrón en el Cordier ha escrito una confesión.

 

Tavernier ratifica aquí el postulado del Cambalache de Enrique Santos Discépolo: El mundo fue y será una porquería. ¿Lo es? No se. Pero el que al menos una vez al día no sienta que es así, que tire la bíblica primera piedra.

Gustavo Monteros


viernes, 26 de septiembre de 2025

Noiret - Tavernier 02 - Que la fiesta comience



Y el segundo largometraje de Bertrand Tavernier fue también su segunda colaboración con Philippe Noiret y su primera incursión en los filmes históricos.

 

Se centra en algunos meses en la vida de Felipe II de Orleans (Philippe Noiret), regente que gobernó Francia mientras Luis XV era niño entre 1715 y 1723.

 

Figura controversial que restringió el poder de la Iglesia, reestableció la paz, mejoró las finanzas y la economía con las políticas de Law (introductor del papel moneda en Europa) a la vez que lideró una vida escandalosa de fiestas licenciosas, orgías palaciegas y banquetes pantagruélicos.

 

Y como toda figura controversial, quizá no fue el monstruo que una facción pretende, aunque tampoco el progresista que la otra facción estimula. Degustaba la buena mesa y la buena bebida, el sexo y el arte.

 

Tavernier, en el período de tiempo elegido, lo muestra tironeado entre las intrigas del abate Dubois (Jean Rochefort) para ascender en la escala eclesiástica y la conspiración bretona antiimpuestos liderada por Pontcallec (Jean-Pierre Marielle).

 

La película se abre con la muerte de la hija de Felipe, María Luisa Isabel de Orleans. Las malas lenguas decían que Felipe era su amante y el padre de los hijos bastardos que nacieron, y que había muerto tras un aborto.

 

En escenas posteriores, Tavernier establece que no fueron amantes, aunque los dos participaban de las mismas orgías.

 

Puede que, en 1975 fecha del estreno, las escenificaciones de las orgías levantaran algunas cejas. Hoy son tan inocuas como una fiesta de casamiento en un salón parroquial.

 

La película se cierra con dos ejecuciones, que no se muestran y un enojo popular, que sí se ve. Y subraya que la Revolución Francesa no surgió de un repollo, que la desatención de las necesidades del pueblo fue sistemática y constante. Y que la inequidad resultante solo podía terminar en violencia social instauradora de los derechos postergados.

 

Para la industria francesa es relativamente sencillo hacer películas sobre el siglo XVIII, muchas casas y palacios de la época siguen en pie. Por las óperas y las obras de teatro transcurridas en el período, tienen sastrerías especializadas con centenares de vestuarios. O sea que cuentan con los elementos para llenar el cuadro y el ojo con suntuosidad.

 

Philippe Noiret, Jean Rochefort y Jean-Pierre Marielle juegan con maestría admirable sus personajes y no caen en la vulgar dicotomía de volverlos ángeles o demonios, sino seres humanos, con sus vicios y virtudes, con sus claroscuros. Movidos por la ambición, aunque capaces de generosidades inesperadas o insospechadas.

 

Que la fête commence… / Que la fiesta comience (Bertrand Tavernier, 1975) es una película sólida y lograda. Hay quien dice que Tavernier hará películas mejores en este género. Puede ser, pero esta tiene méritos suficientes para engalanar por sí sola la carrera de cualquiera.

 

Cuando se revee la trayectoria de un director talentoso se cometen estas injusticias, se considera como algo menor, lo que en otras manos se considerarían obras mayores, solo porque se la contrapone con alguna excelsitud posterior.

 

A cada cual su mérito y al dios cine, el de todos.

Gustavo Monteros