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viernes, 11 de agosto de 2023

Programa doble - Hoy: La Costa Mosquito - Saint Jack




 Programa doble: sección donde repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: La costa mosquito y Saint Jack

 

Allie Fox el padre que hace Harrison Ford en The Mosquito Coast / La costa mosquito (Peter Weir, 1986) es una de las figuras paternas ineludibles de la historia del cine. Y no porque tenga la abnegación de Dad (papá) (Gary Lewis), el padre de Billy Elliott (Stephen Daldry, 2000) o la ética de Atticus Finch (Gregory Peck), el padrazo de Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, Robert Mulligan, 1962), dado que es más bien todo lo contrario, un megalomaníaco manipulador y dictatorial. Pero es a la vez un inventor genial, capaz de vivir de acuerdo a sus convicciones y un ejemplo acabado de superación de adversidades. Un hombre equivocado, aunque genial, te regalo el oxímoron de semejante modelo de conducta. En los albores del neoliberalismo, Allie se da cuenta de que lo que hizo grande a los Estados Unidos, en versión capitalismo neoliberal será su decadencia y caída, así que junta sus bártulos básicos, su esposa bella (Helen Mirren) que lo ama sin limitarlo (pero también sin contenerlo), su familia tipo de dos chicos, Charlie (River Phoenix) y Jerry (Jadrien Steele) y dos chicas, las gemelas April y Clover (Hilary y Rebecca Gordon) y se va a construir su Utopía en Mosquitia, allá en el este de Nicaragua y el extremo este de Honduras, o sea donde el diablo perdió el poncho, pero en el Caribe. En el viaje en barco chocará con su antípoda, el reverendo Spellgood (André Gregory) un pastor evangélico, condescendiente, superficial, hedonista y acomodaticio. (Nótese el juego de palabras del apellido del pastor, “spell” como sustantivo es hechizo, así que queda algo como el hechizo bueno) (Aunque el apellido de Allie también tiene lo suyo, como sabemos fox es zorro, juegos alegóricos, como quien dice). Como sea, en la prosecución de su utopía, Allie pone a su familia en peligro más de una vez, pero como todo hombre de acción sabe, nada se construye desde la seguridad de los rincones.

 

En Saint Jack (Peter Bogdanovich, 1979), Jack Flowers (Ben Gazzara) es un proxeneta de Singapur que tiene la ambición de poner un prostíbulo de lujo, salir de pobre diablo y eventualmente regresar a los Estados Unidos natales tan deslumbrantemente rico como para hacer olvidar su pasado. Aunque las tríadas chinas no facilitarán muchos las cosas. Conoceremos a Jack por la progresión de su relación con William Leigh (Denholm Elliott), un contable inglés que debe supervisar los números de dos negociantes chinos amigos de Jack. De a poco sabremos que Jack es un veterano italoamericano de la Guerra de Corea y que es también un exescritor licenciado en literatura y que William es un hombre sencillo que solo quiere jubilarse y pasar sus años de vejez en la campiña inglesa. Paulatinamente comprendemos también que el San del título no es irónico, mordaz o burlón sino verdadero. Jack tiene cualidades asociadas a los santos. ¿Puede un proxeneta ser un santo? Si no nos ponemos fanáticamente dogmáticos, ¿por qué no? Después de todo, como notó Toulouse Lautrec, hay flores que crecen en el fango, no todas son de excelsos jardines.

 

Estas dos películas se basan en sendas novelas de Paul Theroux, a quien no he leído, pero a juzgar por el material aquí expuesto es capaz de crear personajes masculinos extraordinarios en la más pura acepción del adjetivo.

 

Dos detalles, Harrison Ford dice que La costa mosquito es, si no su película favorita, de la que más orgulloso está. Opción que habla de sus ambiciones artísticas, porque el personaje le exigió un desafío del que no estuvo a la altura. Se lo ve bastante mal, desorbitado, perdido, desencajado. Harrison es una auténtica estrella de cine que sabe que la cámara ama a los actores que se pierden en los personajes, que lo entregan todo sin dudar y aquí Harrison duda, intuye lo qué tiene que hacer, pero no sabe encontrar cómo hacerlo. Y que a la vuelta de la vida o de su carrera, diga que aprecia haber luchado, aunque no triunfado, lo hace un poco un héroe artístico, que se emparente lejanamente con Allie Fox y su utopía.

 

Peter Bogdanovich es reconocido, pero aún no en su plena valía. Se dice que los críticos nunca le perdonaron que se atreviera a pasar de la crítica a la realización cinematográfica. No sé si tanto, pero hasta al día de hoy lo relegan a un segundo puesto que no merece. Bogdanovich por mérito y logro, ambos a la vista, es uno de los grandes directores estadounidenses. Él insistía que Saint Jack si no era la mejor de sus películas le pegaba cerca. Y uno que es un sentimental tiende a elegir otras más amables o gozosas como Luna de papel (Paper Moon, 1973) o ¿Qué pasa, doctor? (What’s Up, Doc?, 1972), pero Saint Jack es muy lograda y tiene a priori dificultades ampliamente superadas, así que es probable que haya que darle la razón al querido Peter.

Gustavo Monteros

viernes, 1 de abril de 2016

Regreso con gloria

El macartismo no sólo es uno de los momentos más vergonzosos de la historia norteamericana, desnuda también miserias irredimibles del género humano. Dice Wikipedia: “El macarthismo (mccarthismo, maccarthismo o macartismo) es un término que se utiliza en referencia a acusaciones de deslealtad, subversión o traición a la patria sin el debido respeto a un proceso legal justo donde se respeten los derechos del acusado. Se origina en un episodio de la historia de Estados Unidos que se desarrolló entre 1950 y 1956 durante el cual el senador Joseph McCarthy (1908-1957) desencadenó un extendido proceso de delaciones, acusaciones infundadas, denuncias, interrogatorios, procesos irregulares y listas negras contra personas sospechosas de ser comunistas. Los sectores que se opusieron a los métodos irregulares e indiscriminados de McCarthy denunciaron el proceso como una «caza de brujas» y llevó al destacado dramaturgo Arthur Miller a escribir su famosa obra Las brujas de Salem (1953) (...) Por extensión, el término se aplica a veces de forma genérica para aquellas situaciones donde se acusa a un gobierno de perseguir a los oponentes políticos o no respetar los derechos civiles en nombre de la seguridad nacional.”


Dalton Trumbo, uno de los guionistas más talentosos que ha dado el cine fue una víctima conspicua del macartismo. Trumbo la película cuenta los daños profesionales, personales y familiares que padeció durante la persecución macartista. Arranca en 1947 y termina en 1970 con un homenaje que le tributó el sindicato de guionistas. Por suerte no intenta contarnos, como en una típica película biográfica, todo el macartismo o toda la vida de Trumbo, ni le atribuye su combativo temperamento a algún significativo trauma de infancia. No, se concentra en el lapso entre los años mencionados y deja que los hechos, las circunstancias y los comportamientos ante los mismos hablen por sí solos. Y así la película fluye, es elocuente y no se desbarranca en melosidades y hasta el final demasiado reparador (perdón por la intransigencia, que por lo visto ni la edad mengua, pero hay cosas que pueden analizarse, comprenderse, superarse, pero nunca disculparse) tiene el perdón de haber sido sacado del discurso que dio Trumbo ante sus pares.


El elenco comandado por el gigantesco Bryan Cranston, (el padre de Malcolm in the middle y el inolvidable Walter White de la ya mítica Breaking bad, uno de los actores más flexibles, dúctiles y versátiles del mundo) es impecable. Helen Mirren (Hedda Hopper) y el propio Cranston (Dalton Trumbo, of course) salen indemnes confrontados en los títulos finales con fotos y videos de las personas que recrean. Al igual que David James Elliott (John Wayne), Dean O’Gorman (Kirk Douglas) y Christian Berkel (Otto Preminger) con los originales. El grandote Louis C.K. conmueve con su Arlen Hird de triste destino y Alan Tudyk con su testaferro nada más ni nada menos de La princesa que quería vivir (Roman Holiday). Diane Lane, Elle Fanning y John Goodman, estupendos como siempre. En off se oyen las voces de Gregory Peck y Lucille Ball que ratifican su heroísmo y que contextualizadas adquieren un coraje épico. Había que tener mucho valor para ser una voz discordante en aquellos momentos. Y es obvio que Michael Stuhlbarg más que una caracterización de Edward G. Robinson elige dar una impresión.


Lo más curioso de Este regreso con gloria (Trumbo a secas en el original) es como dialoga con la realidad argentina actual. Ejemplo, compárese el avasallamiento de los derechos de los ciudadanos con los entresijos (nombramientos de jueces entre gallos y medianoche, corrimiento de fiscales, cambios constantes de carátulas para atenuar la ilegalidad) que llevaron a la detención de Milagro Sala, o las histerias que desata una única voz mediática, monopólica y fustigante, verbigracia, los ofuscados que no podían vivir con las “mentiras” del Indec y que ahora viven de lo más tranquilos con la no existencia del mismo, porque el tipo que antes hacía el índice Congreso con cuatro computadoras, ahora no puede hacerlo con todos los medios del estado a su disposición. Dirigió Ray Roach.

Gustavo Monteros

 

jueves, 25 de junio de 2015

La dama de oro



Para el resto del mundo, durante mucho tiempo el cuadro fue La dama de oro,  título asignado por los nazis cuando se lo robaron  para borrar todo vestigio de judaísmo, pero para ella, María Altman (Helen Mirren) era solo el retrato de su tía, Adele Bloch-Bauer, por el pintor Gustav Klimt.


Ya muy mayor, tras la muerte de su hermana y aprovechando una revisión en Austria de las apropiaciones llevadas a cabo por los nazis, Altman se propone recuperar el cuadro y contrata la ayuda de una abogadito, con poca fortuna y menos experiencia, Randol Schoenberg (Ryan Reynolds) sí, sí, como se subraya hasta el hartazgo en el film, es nieto del compositor Arnold.


Muertos los géneros (o en francas vías de extinción) por el cine de productores que rige hoy los destinos de la industria, esta Dama de oro es un híbrido de formatos: un poco de formato “basado en una historia real”, una pizca de formato de “buddy movie” (dúo de amigos improbables al principio por tan opuestas que son sus personalidades, e inseparables al final por el cariño que a pesar de las diferencias han aprendido a profesarse) más un toque de formato “David contra Goliat”.


La película (no lo es, pero de alguna manera hay que llamarla, en el fondo se parece más a la versión visual de un artículo de revista dominguera que se entrega con los diarios, así de leve e insustancial es) se distingue por la actuación de Helen Mirren, que inmediatamente después de Un viaje de diez metros (Lasse Hallström, 2014) entrega otra Gran Dama. Mientras que sus coterráneas Maggie Smith y Judi Dench huyen de las grandes damas como de la peste y prefieren personajes más aguerridos, Mirren abraza a estas señoronas elegantes, dignas, confianzudas y un tanto garconas, con un entusiasmo digno de otras empresas. Pero, insisto, como lo hace con entusiasmo y pasión, las termina por volver atendibles y hasta queribles.


A su lado, esta vez, el bueno de Ryan Reynolds que hace del abogado más sensible de la historia de la ficción. Sabrá Dios como es en la realidad Randol Schoenberg, pero en la versión de Reynolds es tan pero tan sensible que lloriquea todo el tiempo. No importa en realidad, el hombre tiene talento y procura exhibirlo para que le den papeles de más compromiso, hace bien, está listo para desafíos mayores. Daniel Brülh pone tal cara de bueno, que uno comienza a sospechar si, como en las novelas de espías, no es un “topo”, de los austríacos en este caso. No es así, pero la justificación de su personaje tarda tanto en llegar, que para entonces ya lo consideramos un bobo sin remedio. Katie Holmes hace de esposa comprensiva, Charles Dance de jefe autoritario y regio, Elizabeth McGovern y Jonathan Pryce hacen de jueces más o menos justos en algún momento, el talentosísimo Allan Corduner (quien fuera el compositor Arthur Sullivan en la maravillosa Topsy-turvy, Mike Leigh, 1999) hace de padre de Altman, Nina Kunzendorf de madre, Henry Goodman de tío y la bellísima Antje Traue hace de la dama del retrato. Y en una imagen, más que toma o escena, el versátil Moritz Bleibtreu hace de Gustav Klimt.


En resumen, una vez más, una actuación de Helen Mirren hace valedera la velada (valga la aliteración).Ah, dirigió Simon Curtis.

Gustavo Monteros

viernes, 7 de marzo de 2014

Tras la puerta




Salvo los datos duros (elenco, dirección, fecha de producción) no sé nada de esta película, lo cual me seduce, podré verla sin que se me haya formado el más ligero preconcepto.


Comienza. Helen Mirren, de negro, con un delantal y un pañuelo en la cabeza, en medio de un  patio o de un jardín, con una pala de madera en las manos, revuelve una gran olla. ¿Cocina?, ¿es de época? Se supone que es húngara, eso lo sé. No, no es una olla de locro, con la pala levanta algo que se parece a un mantel, sí, es de época, está lavando a la antigua usanza, sacando manchas o mugre a punto de hervor. Entra la gran Martina Gedeck, sí, sin duda es de época, viste estilo cincuenta. Martina le pregunta a Helen si puede trabajar para ella, que se acaba de mudar, que necesita ayuda doméstica y que cuánto le cobraría. A las cansadas, Helen le contesta que primero necesita referencia de quiénes son, porque ella no le lava la ropa a cualquiera.


Bien, primera escena de planteo clásico y preciso. Se presentaron los personajes y ya sabemos de qué vendrá la historia y los conflictos. La relación entre una empleadora y su doméstica. La empleadora tiene su carácter, pero la doméstica lo tiene incluso más fuerte y más firme. Sabemos después que Martina es novelista y que está casada con otro intelectual y que Helen tiene un pasado intenso, y que sí, que estamos en una pequeña ciudad húngara a fines de los 50 o en los tempranos 60. La relación entre ambas tendrá más movimientos que una sinfonía y se entenderán y desentenderán con igual pasión.


Dirigió István Szabó, quien no necesita presentación porque tiene en su currículum títulos tales como Mephisto (1981), Coronel Redl (1985), Hanussen (1988), Cita con Venus (1991) y dos películas a las que soy muy afecto, Taking sides (Tomado parte, 2001) sobre el director orquestal, Wilhelm Furtwangler, que pudo o no ser colaborador nazi y Being Julia (Conociendo a Julia, 2004) una historia de amor y venganza en el mundo del teatro. Helen Mirren es como el sol, la conocemos todos y su grandeza nos es inmanente. De Martina Gedeck bástenos decir que es la protagonista de Deliciosa Martha (2001), inolvidable comedia sobre aquella chef que no soportaba críticas, su joven sobrina y el inesperado cocinero italiano que la desafía; de la ineludible La vida de los otros (2006); y que tuvo el honor de ser seleccionada por Robert DeNiro para un papel en El buen pastor (2006) que dirigió, honor que en el mundo de los actores supera al glamoroso Óscar.


O sea que estamos ante un director que sabe dirigir actores y películas como el mejor, y ante dos actrices que de actuación pueden escribir enciclopedias. La aseveración viene a cuento porque promediando el film comencé a notar que en algunas escenas ellas y la cámara estaban muy bien y en otras, no tanto, que estaban como en un ensayo titubeante al que le faltaban un par de pasadas para lograr lo que se necesitaba. Deduje entonces que fue una película que se filmó, por compromisos previos de las actrices o por problemas de producción, a las apuradas. Una pena, porque la historia es buena y con más tiempo hubieran logrado otra obra maestra. Tal como está no es mala, lejos de ello, pero uno extraña la excelencia a la que nos tienen acostumbrados. Poco ayudó también que los actores alemanes y húngaros actuaran en inglés y que Helen, con su inglés natal, estuviera inmersa en un set fuertemente húngaro.


Después, internet me informó que se basa en una novela sospechosamente autobiográfica de Magda Szabó (ningún parentesco directo con el realizador) gran novelista húngara y que esta novela, The door, según la traducción inglesa, fue la que más difusión tuvo fuera de Hungría.


En resumen, más allá de todos los peros merece verse por la insidiosa idea que surge cerca del final y que permanece terca en la memoria, que a veces hacer lo correcto es la peor traición porque se piensa más en uno que en el otro, que a veces lo más cristiano es contradecir el cristianismo, que no siempre se trata de amar a los demás como se ama a uno mismo, que a veces amar es olvidarse de uno y solo pensar en el  otro, por más mugre y muerte que haya de por medio. Esta novelista puede que haga buena literatura, pero como alumna es pobre, después, siempre es tarde.

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 8 de marzo de 2013

Hitchcock



Nada traiciono si digo que Hitchcock es un cuento que termina bien. Todos sabemos que Psicosis fue un gran éxito y que Hitch jamás se separó de su esposa Alma. Sí, esta película se asienta en estos ejes: los entretelones de la filmación de Psicosis y una de las crisis matrimoniales que sorteó con Alma.

Hitchcock apunta a los cinéfilos como su primer público y a los cinéfilos, como buenos niños que somos, nos gusta oír el mismo cuento una y otra vez. Este film no nos cuenta nada que no sepamos. Se nos vuelve a referir la azarosa elección del proyecto Psicosis, la pelea de Hitch con productores y censores, el armado del reparto, la ingeniosa promoción de la película y la ratificación, claro, de su perfil psicológico, el católico reprimido que sublima a más no poder, el voyeur, el onanista y el perverso en ciernes en su relación con las estrellas a medio hacer. En cuanto a Alma siempre supimos que fue un gran talento opacado por el genio de su marido, una “doctora” de guiones sin igual y una montajista de primera línea. Aquí se ilustra cómo piloteaba el hecho de vivir en las sombras, de ser dejada de lado. Y si la crisis matrimonial no es sangrienta se debe a que ella lo amaba de verdad.

Como no podía ser de otro modo, abundan también los chismes conocidos: que Hitch prefería a las estrellitas en ascenso antes que a las consumadas, porque éstas ofrecían más resistencia a doblegarse a sus caprichos; que Vera Miles fue la única actriz que se negó a ser manipulada para ser otra rubia de la colección, que su humor aunque cáustico no caía mal, que sufría los premios que se le negaban, y que detrás de la fachada de autoridad monolítica se escondía un hombre temeroso, inseguro y dubitativo.

El tono de la película es amable, tampoco podría ser de otro modo si se quería ser más o menos fiel a la verdad. Durante años se socavó el mito para descubrir sobre qué barro se aposentaba y se encontró poco o nada. Más allá de conductas discutibles y quizá hasta reprochables, Hitch por sobre todo era un buen tipo, y su peor costado se recortaba por las muchas frustraciones que halló irremontables. Y perdón por lo evangélico, pero el que esté libre… que tire la primera piedra.

El elenco de notables que interpreta personajes ídem es antológico: Anthony Hopkins (Hitchcock), Helen Mirren (Alma), Scarlett Johansson (Janet Leigh), James D’Arcy (Anthony Perkins) y Jessica Biel (Vera Miles). No les van a la zaga en personajes menos glamorosos: Danny Huston (Whitfield Cook), Toni Collette (Peggy Robertson), Michael Stulhbarg (Lew Wasserman), Richard Portnow (Barney Balaban), Ralph Macchio (Joseph Stefano) y Michael Wincott como Ed Gain, el asesino de las ensoñaciones. Como al pasar aparecen dos ídolos absolutos de los cinéfilos, nada más ni nada menos que Bernard Herrmann y Saul Bass, Paul Schackman es el músico Herrmann y Wallace Langham es el diseñador gráfico Bass. Y Josh Yeo hace del actor John Gavin que recibe el comentario más venenoso de toda la película. Todos y cada uno de ellos se divierten a lo grande y lo comparten con la platea. Y si bien, por elección propia, lo de Hopkins está más cerca de la mimesis que de la composición no por eso su trabajo se invalida.

En resumen, Hitchcock de Sacha Gervasi es una cita obligada para los cinéfilos y para los no cinéfilos también ¿por qué quién no disfruta de un buen chisme? Lo digo con autoridad porque pertenezco a las dos categorías. La de los cinéfilos y la de los chismosos.
Un abrazo, Gustavo Monteros

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La última estación

Una película que retrata los últimos días de León Tolstoi, ¿puede ser una comedia? Sí, claro. El humor, por supuesto, por aquello de la estupidez que se enmascara de gravedad, está más cerca de Chejov que de una de Olmedo y Porcel, aunque, nobleza obliga, hay un par de chistes sexuales bastante gruesos que bien podrían haber suscripto nuestros cómicos.

Michael Hoffman debe estar orgulloso de haber logrado un film amado y odiado por las mismas razones (el tono de la historia y el registro de los personajes). No importa, en el arte, que te amen o te odien es secundario, lo primordial es que nadie permanezca indiferente.

Sofía (Helen Mirren), esposa del gran Tolstoi (Christopher Plummer) pelea con el manipulador discípulo del escritor, Vladimir Chertkov (Paul Giamatti) por el legado espiritual y material del autor de La guerra y la paz. Atestiguará la batalla, el nuevo y joven secretario Valentin Bulgakov (James McAvoy). Si bien el guión del propio Hoffman parte de una novela de Jay Parini, incluye innumerables detalles reveladores y fidedignos, que todos los protagonistas reales de esta historia registraron en diarios, cartas, libros y artículos periodísticos. Sorprende el abismo que media entre las ideas y el hombre que las concibió. Se cumple a rajatabla la observación de Madame de Cornuel: No hay hombre grande para su valet. Tolstoi, antecedente de la superestrella mediática de hoy (lo que hiciera era noticia), posaba para el público como un filósofo, un gurú, un santón, pero en privado, al menos al final de su vida, era un pichón de Lear, caprichoso, egoísta, desconsiderado. Hablaba hasta los codos del amor y amaba muy poco. La anécdota de la esposa y la peregrinación a última estación (circo periodístico incluido) puede ser conocida, pero los entretelones son apasionantes. (Como se verá, el reality show es más viejo que el tranvía.)

Sin duda, en lo que a mí respecta, cuando yire por el cable, se convertirá en mi opción favorita del zapping imprevisto. Al margen de sus logros formales, disfruto enormemente el festival de grandes actuaciones que ofrece. Paul Giamatti hasta se permite alisarse el bigote como los villanos del cine mudo, pero el chiché no molesta, desde nuestra modernidad continúa con una tradición y la resignifica. James McAvoy, como en la película que lo ubicara en el mapa, El último rey de Escocia, vuelve a ser un testigo involuntario de honduras desconcertantes, sólo que aquí las monstruosidades son más espirituales que físicas. El chico tiene talento y oscila bien entre la comedia y el drama. Su inocentón es creíble y deleita. El inmenso Christopher Plummer, como el inteligentísimo actor que es, no juzga a su personaje y expresa con nitidez las contradicciones. Consciente de tener un personaje extraordinario, larger than life en todo sentido, echa mano al oficio teatral curtido por tanto Shakespeare y Shaw y se lanza a un histrionismo sabio y deslumbrante. Helen Mirren tiene un personaje desmadrado, desbordante, ruso (para colmo o para más datos) y lo perfila con una intensidad hiperteatral, romántica, operística. Uno no puede menos que coincidir fervorosamente con Plummer cuando le dice: No necesitas un esposo, necesitas un coro griego.

Es una pena que una película tan entretenida y vendible no pase por los cines y salga directamente en DVD, cuando todas las semanas se estrenan bodrios irremontables. Hubiera sido hermoso verla en pantalla grande. Pero, bueno, parafraseando a Gabo, vivimos no El amor en los tiempos del cólera sino El cine en los tiempos del pochoclo yanqui. (Disponible en el DVD club de su barrio o el puesto callejero más cercano a su trabajo).

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 31 de octubre de 2010

RED

RED de Robert Schwentke es el típico delirio pochoclero semanal, con tiroteos ensordecedores, persecuciones vertiginosas, carísimos efectos especiales, ya amortizados porque los hemos visto miles de veces, y “sorprendentes” giros argumentales que vemos venir antes de que se le ocurran al diseñador de la historia. Más una módica cuota de humor. Lo de siempre. Sólo que esta vez redimido por un elenco de notables en plena forma. Bruce Willis, aunque maduro, sobrelleva todavía con credibilidad el cetro de superhéroe de acción. Su carisma sigue intacto y su timing para la comedia, impecable. Morgan Freeman es Morgan Freeman y está todo dicho. Haga lo que haga obtiene nuestra incondicional adhesión y siempre se las arregla para devolver con su inconmensurable humanidad la plata de la entrada. John Malkovich se ríe del paso de los años y de su aura de actor intelectual. No le preocupa verse gordo, viejo y pelado. Se encoje de hombros y bromea, c’est la vie. Mary Louise Parker, como en la serie Weeds, hace de la frescura su principal artificio actoral. Y no intento una contradicción de términos sino la descripción del uso de su talento. Así como Carina Zampini logra que el empaque melodramático sea su marca de fábrica, la Parker exhibe la frescura como la principal impostación actoral que la define. Es el interés romántico del personaje de Bruce Willis y por suerte para el espectador la química entre ellos es buena. Se respetan y amalgaman bien la simpatía que despiertan. La gran Helen Mirren saca de paseo un glamour otoñal que papeles más comprometidos no le permiten. Se la ve muy hermosa y elegante. El rojo carmesí en los labios le sienta muy bien. Y en las réplicas demuestra que aprendió la lección que Maggie Smith nos enseñó a todos: el remate, ya sea de gesto o inflexión, en el último segundo, casi como un reflejo tardío o una súbita inspiración incontenible. Una pirueta que demanda una confianza ciega en los propios medios y una inteligencia aguda y despierta. Otra impostura, claro. Pero actuar, como repetía Marcello (Mastroianni, claro) es antes que nada y por sobre todas las cosas, un juego.


Una película que cumple con el onceavo mandamiento del viejo Hollywood: un proyecto puede ser trillado, pero si le da a las estrellas que lo llevarán a cabo la oportunidad de lucir sus galas y renovar su romance con el público, se volverá respetable y, con un poco de suerte, hasta inolvidable.


Tiene además dos características notorias que parecen estar volviéndose tendencia. El título es una sigla R(etired) E(xtremely) D(angerous) o sea jubilados extremadamente peligrosos. Como pasaba en Los indestructibles de Stallone, Bruce Willis y sus amigos son jubilados de la CIA u organismos afines que regresan a la acción con mañas sazonadas por años de experiencia. Una excusa para reciclar estrellas que todavía pueden producir un dólar. Algo así como Aguanten Los Jubilados. Y dos, los enemigos pertenecen a esferas cada vez más alta (muy bien Rebecca Pidgeon de trajecito y tacos agujas como la yegua (en sus dos acepciones populares: mala y sexy) de Jodie Foster en El plan perfecto). Si siguen así, el próximo enemigo será el mismísimo Dios. Ah, simpatiquísimas las participaciones de Richard Dreyfuss y Ernest Borgnine.


Si le caen bien algunos de estos actores, provéase de sus golosinas favoritas, desparrámese en la butaca y deje que lo entretengan, que no sólo de películas serias, profundas e independientes, vive el hombre.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

Cine y política


Cuando David Niven murió, en el sepelio recibió una inmensa corona de flores. Digna de un capomafia, se rio The Times. Sorprendía aun más quienes se la habían mandado: los changarines del aeropuerto Heathrow de Londres en agradecimiento por su don de gente. El viernes 29, a eso de las 10 de la mañana, cuando se cerraron las puertas de acceso a la capilla ardiente por primera vez, aparecieron los mozos de la Casa Rosada, dolidos y emocionados, a presentar los últimos respetos. Y yo, al menos, tuve la corroboración de lo que ya sospechaba, que Néstor, como David Niven, era un buen tipo. Es ante los que, por su modesto trabajo, no se los considera testigos, cuando las máscaras caen y la verdad se revela.