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viernes, 11 de abril de 2025

Querido diario - Hoy: Rocco y sus hermanos


 

Y el milagro no se produjo. Son tiempos infaustos para los milagros. Se quedó en una buena nueva nomás. Después de unos cuantos años, Rocco y sus hermanos (Luchino Visconti, 1960) volvió a las pantallas de los cines. Tarantino y otros trasnochados dicen que el cine (ese lugar con butacas y una pantalla) es el hogar de las películas. No sé si de todas, pero de las que son como Rocco y sus hermanos, seguro. El milagro al que aspiraba era el que siguiera en pantallas lo más que pudiera, dos o tres semanas, cinco en preferencia, para que pudiéramos armar un público entre los que no vieron jamás películas de ese calibre. Durará solo la semana obligatoria de cada presentación de estreno o reestreno. Una pena. La próxima será. ¿Habrá una próxima? Ojalá.

 

Tampoco éramos cuatro, ojo. A la función que yo fui, única en la grilla diaria por otra parte, la del martes 8 de abril a las 19:20, éramos una veintena. La función se demoró 10 minutos por no sé qué cuestión, así que armamos una cola y pudimos semblantearnos. Proliferábamos los nostálgicos subsetenta (o digamos postcincuenta, para sentirnos más jóvenes), había cuatro entre los treinta y cuarenta, y tres parejitas de apenas veintipico, lo que acrecentaba la esperanza, entre los jovatos, de que el gran cine no morirá, porque si el entusiasmo les dura, son los que tomarán la posta.

 

Los miré con felicidad, de algún modo me reflejaban. Como ya conté por ahí, tendría unos 10 u 11 años cuando vi Rocco y sus hermanos por primera vez y comprendí que el cine era algo más que los Trinity y Bambino o los Tiburón, Delfín y Mojarrita con los que me divertía. La vi de casualidad, pasábamos frente al cine que estaba por darla en una función especial de la embajada italiana, cuando mi tía Martina, a la que yo acompañaba, se topó con un señor que se la recomendó calurosamente y como ella quería quedar bien con él por razones más que obvias, entramos. Agrando el contexto, se trataba del cine Ideal en la capital de Catamarca, o sea San Fernando del Valle. Por entonces la película ya tenía sus años, no tantos como ahora, claro, pero ya se la consideraba obra maestra no solo del cine italiano, sino del mundial. Luchino Visconti sabía ponerse en el mapa.

 

El drama de cuatro hermanos del Sur de Italia, Simone (Renato Salvatori), Rocco (Alain Delon), Ciro (Max Cartier) y Luca (Rocco Vidolazzi), que llegan a Milán, comandados por su madre, Rosaria (Katina Paxinou), viuda reciente, a abrirse camino en la ciudad en la que el mayor, Vincenzo (Spyros Fokas), ya está instalado de albañil, no era precisamente material para un chico de 10 años, sobre todo por el triángulo pasional de luctuosas consecuencias entre Nadia (Annie Girardot), Rocco y Simone. Suerte de principiante que tuve, aunque sin duda no entendí todos los entresijos, me deslumbró su grandeza.

 

Desarrollo más el destino de los hermanos. Vincenzo, el albañil, se casa con Ginetta (Claudia Cardinale) y tienen un hijo, en medio de peleas y ofensas familiares, las familias de él y de ella se malentienden fácilmente. Ciro estudiará de noche y llegará a ser obrero calificado en la fábrica Alfa Romeo y se pondrá de novio con Franca (Alessandra Panaro), Simone y Rocco terminarán por dedicarse al boxeo y se enamorarán de Nadia, una prostituta a redimirse. Luca es el pibe que recibirá como mandato regresar al pueblo natal, se duda que lo logre.

 

Cerca del final de su vida, con la poca perspicacia de algunos periodistas, le preguntaron a Visconti cuál era su película favorita. Luchino, después de suspirar por la tontera implícita en la pregunta (convengamos que preguntarle eso a un creador es como preguntarle a cualquier padre de familia por su descendiente favorito) dijo que Rocco y sus hermanos, porque logró contar lo que quería sobre la migración interna, con la industrialización del Norte y la pauperización agrícola del Sur, que dividía a un país que debería estar unido, porque no debe incentivarse algo en desmedro de otra cosa, que todo bien con el progreso del Norte, pero que si el Sur necesitaba protección, no había que dejarlo librado a su suerte, se lo ayudaba y listo (la película subraya en el final que lo terrible que pasó no hubiera pasado si todos se hubieran quedado en el terruño).

 

Rocco y sus hermanos abreva en las dos tendencias del cine de Visconti, une el neorrealismo del principio, el de Obsessione (Obsesión, 1943), La terra trema (La tierra tiembla, 1948), Bellissima (Bellísima, 1951), con lo operístico de Senso (Livia, un amor desesperado, 1954) y de lo que vendría después con Il gatopardo (El gatopardo, 1963), La caduta degli dei (La caída de los dioses, 1969), Morte a Venezia (Muerte en Venecia, 1971), o Ludwig (Ludwig: La pasión de un rey, 1973). Aquí el drama realista del principio deriva gradualmente en la tragedia que conmociona sin dejar nadie afuera.

 

En otro momento Luchino había dicho que siempre polemizaba con las lecturas que lo habían influido, que era su modo de admirarlas, cuestionarlas para sacarles el mayor brillo posible, y que en Rocco y sus hermanos había discutido con lo que le provocó leer a Dostoievski, algo que se nota sobre todo en el enfrentamiento de Rocco y Simone, el casi santo, uno, y el casi demonio, el otro. Con la paradoja de que es la bondad de Rocco, más que la perfidia de Simone, la que desencadena la tragedia.

 

Mientras estaba en la cola y estudiaba a mis compañeros de función, me consumía la ansiedad. Yo soy de repasar mis clásicos como me gusta decir. Las películas envejecen, como todo lo demás. Algunas son como los buenos vinos y envejecen con gloria. Otras lo hacen mal, pasan a la obsolescencia. Otras son viejas simpáticas, pero viejas al fin. Repasar los clásicos que se ha amado con fervor requiere coraje. Uno se puede pegar tremendas decepciones. Amigos peinadores de canas me han dicho que ni en pedo repasan un clásico valorado, que por las dudas prefieren quedarse con sus buenos recuerdos. El paso del tiempo te quita vigor, tersura, ilusión, deslumbramiento, pero te deja una mirada más nítida. Prefiero usarla a que no. De modo que, con obstinación militante, reveo mis clásicos. Y que sea lo que sea.

 

Así que me senté en la butaca con ganas de que Rocco y sus hermanos permaneciera como en mis recuerdos, hermosa, emocionante, deslumbrante. No dejaría de quererla si no fuera así, porque uno no abandona lo que fue tan propio, aunque el tiempo sea cruel y opaque los brillos pasados.

 

El temor fue en vano. Puede que el milagro de la multiplicación de los amantes del gran cine no se diera, pero el prodigio de que Rocco y sus hermanos siga tan bella, deslumbrante y emocionante se dio, se da y se dará.

 

Gustavo Monteros


viernes, 27 de octubre de 2023

Programa doble - Hoy: Excelentísimos cadáveres - Todo modo



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Excelentísimos cadáveres – Todo modo

 

Excelentísimos cadáveres (Cadaverice eccellenti, Francesco Rossi, 1976) se abre con un hombre viejo, de aspecto saludable, bien vestido que visita las catacumbas de Palermo. Observa con atención las momias. La cámara con llamativa insistencia procura dar hasta los detalles más insignificantes de los embalsamamientos. Como si con estos acercamientos obsesivos pudiera descubrir alguna verdad que ocultan. El hombre sale y en la calle es asesinado. Sabremos de inmediato que era un Juez de Instrucción.

 

La investigación del crimen recae en el Inspector Rogas (Lino Ventura), un casi infalible sabueso policial. Como es de manual comienza a investigar a la víctima, para saber si existen motivos que pudieron llevar a el o los asesinos a matarlo. Descubre fortunas no declaradas y otros indicios de corrupción. El jefe de policía rompe estas pruebas y le dice que no investigue más por ese lado y se concentre en hallar a los criminales.

 

Otros dos jueces son asesinados y Rogas halla que los tres constituyeron alguna vez un tribunal con fallos contra inocentes. Uno de los cuales pudo haberlos matado.

 

Debido a que algunos jóvenes pelilargos fueron vistos huyendo de los escenarios de los dos últimos crímenes, los jefes de Rogas deducen que los autores sin duda pertenecen al área más radicalizada del Partido Comunista y lo instan a que escarbe por ese lado. Rogas persiste en una investigación clásica que lo llevará hasta el Presidente de la Primera Corte (Max von Sydow), el ministro de Justicia (Fernando Rey) y un experto en escuchas ilegales (Renato Salvatori).

 

En definitiva, nada es lo que parece y en términos formales cuando el jefe de Policía destruyó las pruebas incriminatorias del primer juez asesinado, Rogas debió irse, porque el poder al resguardarse se volvió inexpugnable y lo que siguiera solo podía ser un juego político de idas y vueltas para justificar la consecución y dominio de una facción dominante, la de siempre, la que entroniza injusticias para los de abajo y beneficios para los de arriba.

 

Y la cámara como al principio con las momias, se ha acercado al misterio obsesivamente, no al de quién o quiénes son los asesinos, sino al de los entresijos del poder.

 

En Todo modo (Elio Petri, 1976) el país (se presupone que es Italia) está asolado por una pandemia, camiones con altavoces recomiendan que toda la población se vacune, se ven centros de vacunación ambulantes a los costados del camino por donde va el líder M (Gian Maria Volonté) a un retiro espiritual en una especie de spa religioso. El lugar es frío, lúgubre, oscuro y geométrico.

 

Asisten también al retiro, partidarios y opositores al partido que lidera M (se dice que el personaje encubre a Aldo Moro). En sus aposentos lo espera su esposa, Giacinta (Mariangela Melato) quien se supone no debía acompañarlo y no porque en el retiro no haya mujeres, las hay, pero pertenecen a la oligarquía encumbrada, a las familias patricias, a las herederas de la industria.

 

El retiro es dirigido por un cura, Don Gaetano (Marcello Mastroianni) que por lo que se entrevé tuvo con M una relación borrascosa en la que quizá hasta hubo sexo. M está en una crisis personal y política. Se lo presenta como un hombre débil, inseguro, maniobrable, de convicciones quebradizas, acomodaticio, volátil y muy amanerado.

 

Don Gaetano, en cambio, es un hacedor de reyes al que le hubiera gustado ser rey. Sabe lo que quiere y cómo lograrlo, a cómo dé lugar, con todas las manipulaciones del caso. Es que el poder de M está en un estado de transición, y la pandemia les viene al pelo, para barajar y dar de nuevo.

 

Si M quiere seguir a cargo del gobierno, las cosas se repartirán de otro modo, de ahí que seguidores y opositores, más representantes del clero, de la industria, la banca, y demás están aquí para decidirlo, moderados o más bien guiados por Don Gaetano.

 

Pero una muerte aquí y allá alterarán el encuentro. Y como por más poderosos que sean deben respetar las instituciones, o al menos aparentarlo, aparecerá un comisario (Renato Salvadori) para llevar a cabo la investigación. Algo inútil porque los cadáveres se apilarán en profusión incontenible. ¿El poder se desmiembra? No, solo se quita el lastre.

 

El título Excelentísimos cadáveres hace referencia al juego inventado por Breton (un papel es plegado en varias partes, cada jugador dibuja una parte del ser humano en su porción, sin ver lo que han dibujado los anteriores, cuando todos los jugadores hayan concluido, se despliega el papel y se ve el resultado, que no puede ser sino monstruoso o al menos muy peculiar) y a los cadáveres de los altos magistrados que no pueden ser sino excelentísimos, como el apelativo que recibieron en vida)

 

El título Todo modo hace referencia a una cita de San Ignacio de Loyola respecto a lo que es la espiritualidad en el ser humano: "Todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocalmente y mentalmente y de otras espirituales operaciones que preparan y disponen al alma a quitar de sí todas las afecciones desordenadas y después de quitadas buscar y hallar la divinidad, voluntad en la disposición de su vida para la salud del alma".

 

Estas dos películas, un thriller con ingredientes, una, una sátira devastadora, la otra, se basan en novelas de Leonardo Sciascia, Il contesto / El contexto (1973), la primera, y en la homónima de 1974, la segunda.

 

Leonardo Sciascia (1921 – 1989) fue uno de los autores italianos ineludibles del siglo XX.

 

Fue maestro, periodista, concejal, diputado. Comenzó con novelas neorrealistas que atacaban a la mafia, que por entonces era vista folklóricamente, visión que eludía la organización delictiva y la presentaba como una cofradía que defendía el honor y hacía justicia por mano propia, de manera expeditiva para sortearse la lentitud de la ley.

 

Sciascia desnudó el procedimiento mafioso de cómo enquistarse en el poder institucional, corrompiendo a los funcionarios, para así vaciarlo de eficacia y someterlo a las necesidades de la “organización”, estimulando el silencio de todos como medida de supervivencia, hasta erigirse en la única autoridad confiable, un estado paralelo al Estado, que no desea subvertirlo sino vivir desangrándolo sin matarlo del todo.

 

Las primeras novelas de Sciascia plantean víctimas y culpables. En las siguientes se desinteresó de los culpables y comenzó a indagar en las estructuras que permiten que el crimen tenga lugar, lo que subyace en el poder, lo que lo construye.

 

Y estas dos películas que vimos se nutren en esa idea, no importa determinar quienes mataron sino por qué y en nombre de quién. Son indagaciones sobre la esencia del poder.

 

Más adelante en su carrera, Sciascia confesó carecer de imaginación para plantear tramas atrapantes y desempolvó viejos expedientes sobre casos policiales o judiciales célebres por sus peculiaridades.

 

Y en este viaje al pasado, cuestionó lo que se sabía (tal hizo qué y mató a quién) y dio por válido lo que no se sabía y esta inversión del modo de trabajo habitual, desmoronó la construcción dada por válida y produjo conjeturas que desnudaban las solideces que erigen el poder.

 

Nos aclara Diego Ameixeiras: “Como Borges, por el que sentía una profunda admiración, Sciascia creía por encima de todo en la literatura. «Nada de sí mismos ni del mundo entienden la generalidad de los hombres si la literatura no se lo explica». «La literatura es la forma más absoluta que puede asumir la verdad». Bajo estas afirmaciones, reiteradas frecuentemente en sus textos, late una certeza hermenéutica: la de que la verdad, cuya madre es la historia (Borges), tiene que ver menos con lo sucedido que con nuestra interpretación de lo sucedido. Los hechos son los que son, pero la interpretación de los hechos depende de muchos factores, empezando por nuestros prejuicios. Justamente porque las cosas son así es por lo que la literatura constituye uno de los lugares privilegiados de la verdad. «Literatura» quiere decir aquí narración congruente, búsqueda de sentido. Puede tratarse de la Biblia, la Historia de la caída y decadencia del Imperio Romano o La cartuja de Parma. «No es la literatura lo que es fantasía —escribe en El caso Moro—, sino la realidad tal como es tomada y sistematizada por el poder».”

 

 

Volviendo a nuestras películas, Excelentísimos cadáveres y Todo modo nos hablan de la claridad del cine italiano para plantearse problemas candentes mientras bullían y se desarrollaban. No esperaron a tomar distancia, a tener una perspectiva. Los miraban de frente y los analizaban. Una urgencia ejemplar que hoy deviene envidiable.

 

Volviendo a Sciascia, creo que hoy en que las derechas vuelven a engendrar fascismos, hay que volver a leerlo, analizar sus conclusiones e ir más allá. Hoy las circunstancias son otras, A las que él conoció se suman las más evidentes la derivación de la universalización del capitalismo en internet, redes sociales, interconexión universal en segundos, etc., pero el Poder es el mismo. Y hay que encauzarlo, equilibrarlo, para que no nos destruya a todos. A menos, claro está, que se nos ocurra una sustitución viable, algo muy difícil, llevamos unos cuantos siglos de historia del hombre y no se nos ha ocurrido nada.

 

Otro factor une a estas dos películas: la censura durante la dictadura. Hasta la disolución del Ente Calificador con el advenimiento de la democracia, ambas estuvieron prohibidas. Se sabe que un distribuidor presentó ante el Ente una copia de Excelentísimos cadáveres para su consideración. Se estima que el hombre o era muy despistado o no la había visto, suponiéndola un thriller más, de los que hacía con frecuencia por entonces Lino Ventura. La copia jamás salió del Ente.

 

Todo modo se pudo exhibir caída la dictadura. Limitadamente. Siempre fue muy difícil de ver. Es angustiosa, asfixiante, demandante y alejada del tiempo en que fue concebida, sabrá Dios qué les decía a los espectadores de la recién advenida democracia argentina.

 

Excelentísimos cadáveres jamás se estrenó en cine. Resurgió en el auge del video club primero y en la proliferación del cable, después.

 

Si se gusta del cine político o del cine provocador o que alimenta debates o ideas alternativas, estos dos ejemplos de pararse ante el mundo son de visión imprescindible.

 

Ah, las une también que, en las dos, Renato Salvatori hace un papel secundario.

Gustavo Monteros