Mostrando entradas con la etiqueta Ryan Murphy. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ryan Murphy. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de abril de 2026

El estreno de la semana - Hoy: Eat Pray Bark (Comer rezar ladrar)


 

La letra dice: “Estoy mirando atrás y puedo ver mi vida entera”, y yo por hacerme el gracioso, la cambio y canto “Estoy mirando atrás y puedo ver la cucha del perro” El chiste, no muy gracioso, por cierto, es sustituir la retrospección filosófica del original por un realismo ramplón, objetivo y nada metafórico.

 

Estamos hablando, claro, de “A mi manera”, de la traducción al castellano de “My Way”, la canción con letra al inglés de Paul Anka, basada en la francesa, "Comme d'habitude", compuesta por Claude Françoise, Jacques Revaux y Gilles Thibault y que inmortalizara Frank Sinatra.

 

Pero esta mezcla que hago con la mirada al pasado y algo relacionado con un perro no es gratuita, porque se me ha dado por pensar que los mejores años de mi vida fueron los compartidos con perros, y que, si se me diera la oportunidad de volver a vivir mi vida, no pasaría un día sin perro.

 

Procuro no humanizar a los perritos, pero tampoco animalizarme yo. Por eso no me siento cómodo cuando hablan de “mis hijos perros” o “mi familia perruna”. Yo soy yo y el perro es el perro. Dos especies diferentes que pueden convivir acompañándose y completándose necesidades básicas. Porque un perro vive mejor bajo techo, con la comida garantizada, atención veterinaria y el largo etcétera, que podemos resumir como cuidado y afecto. Y un hombre vive mejor si lo esperan cuando llega de la calle, si le reclaman una caricia para el lomo, y le andan al lado de aquí para allá, como si uno fuera alguien valioso del que no hay que perderse ni un gesto (y si es algo contundente y carnívoro como para masticar y tragar, mejor).

 

No paran de escribirse libros sobre la relación hombre-mascota, y si bien los gatos tienen sus adeptos, los perros van ganando por goleada en la preferencia de los autores.

 

Y de hacerse películas también. Acaba de llegar al streaming de la gran ene roja (no comunista, que todo lo rojo no siempre es de izquierdas), una comedia alemana producida por dicho sello, dirigida por Marco Petry, con guion de Jane Ainscough, Hortense Ulrich y el propio director.

 

El título Eat Pray Bark (2026), o sea Comer, rezar, ladrar juega con el de la exitosísima comedia con Julia Roberts, Eat Pray Love (Ryan Murphy, 2010), basada en el best seller de Elizabeth Gilbert, o sea Comer Rezar Amar, que casualmente, o no tanto, puede verse también en la gran ene roja.

 

Y aquí el chiste de cambiar “amar” por “ladrar” viene a cuento porque es de perritos, claro, más precisamente, como corresponde, o no, de perritos y humanos.

 

Cuatro perros no andan llevándose del todo bien con sus humanos, los que recurren a un adiestrador-gurú de raigambre “celta”, perdido en el Tirol, para que los disciplinen. La premisa del argumento es que, como en el 99, 99 % de los casos, los perros no son el problema sino los humanos.

 

Estos son Ursula Brandmeier (Alexandra Maria Lara), una política que en el off de un programa televisivo dijo que odia los perros y que se mataría antes de tener uno. El off no era tal y ahora para limpiar su imagen, debe entenderse con Brenda, una supuestamente rebelde caótica, rescatada de la perrera.

 

Babs (Anna Herrmann), una chica con antecedentes de enfermedades mentales, que no puede con Torsten, un perrito al que el comité veterinario puede quitárselo, si no aprende a lidiar con él.

 

Hakan (Kerim Waller), un hombre taciturno y muy poco sociable, que le puso un bozal de metal a su perrita Roxi, a la que acusa de no sabemos muy bien de qué.

 

Y Helmut (Devid Striesow), un maduro profesor universitario de literatura del siglo XIX y su pareja, Ziggy (Doga Gürer), un emprendedor que fabrica velas aromáticas, que acusa a Helmut de no entenderse con su perrita Gaga, que parece rechazar a Helmut con ahínco.

 

Todos se tomarán un tren y se bajarán en un pueblito del Tirol que, en respuesta a su fama internacional, es igual de bello a todas las tarjetas postales resplandecientes que lo publicitan.

 

Allí se encontrarán con Nordon (Rúrik Gíslason), el gurú celta, apolíneo como una estatua y rubio y apuesto como se espera de los nórdicos.

 

No es un espóiler decir que los perritos, con la ayuda del adiestrador “celta”, lograrán enderezar las torcidas comunicaciones que tienen con sus humanos.

 

Hay caracterizaciones claras y diálogos certeros, lo que permite el lucimiento de los actores que sin excepción son de buenos a excelentes.

 

Y los perritos no se quedan atrás, por eso merecen que se los nombre, tal como hicimos con los actores que hacen de sus dueños (es una manera de decir, porque la relación, por más que parezca de dominio humano, es más de paridad que de sujeción).

 

Ellos son Dotty como Brenda, Wilma y Dante como Torsten, Clooney y Lillyfee como Gaga, Karma y Ghana como Roxy y Mokka como Heidi, la perrita de Nordon.

 

Eat Pray Bark es una feel-good movie, que cumple con la definición del género al que pertenece, uno durante y después de verla se siente bien. La película termina por decir que la solidaridad, la generosidad y el entendimiento son posibles. No sé si es cierto, pero qué lindo sería que lo fuera.

 

Gustavo Monteros


viernes, 10 de marzo de 2023

Festival LGBTQ+ - Primera Jornada

Repaso en mi colección de películas las que me faltan ver y compruebo que se me han acumulado las de temática LGBTQ+. Decido hacer un festival privado.


Para comenzar la primera jornada voy a lo seguro. God’s Own Country (por aquí Tierra de Dios, 2017), el aclamado debut en el largometraje del actor Francis Lee.

Dice la gacetilla que acompaña el film: “Primavera. Yorkshire. El joven granjero Johnny Saxby adormece sus frustraciones diarias con las borracheras y el sexo casual, hasta que la llegada de un trabajador migrante rumano para la “paridera” (época en la nacen los corderos) enciende una relación intensa que pone a Johnny en un nuevo camino.”

La trama se resuelve con cuatro personajes, Johnny (trabajo consagratorio del joven Josh O’Connor al que le darían el personaje del Príncipe Carlos en The Crown), su padre Martin (el siempre excelente y querible Ian Hart), su abuela Deirdre (Gemma Jones) y el ya mencionado objeto amoroso Gheorghe Ionescu (el también rumano Alec Secareanu).

Johnny no se quiere mucho, de ahí que beba hasta el desmayo y practique un sexo duro, seco, al borde de la animalidad. La homosexualidad no tiene cabida en el ambiente en que se ha criado. El padre fue víctima reciente de un ACV que lo ha dejado incapacitado para el trabajo rural. La abuela Deirdre tiene siempre la comida lista, la ropa de Johnny lavada y planchada, pero no es afectuosa.  Gheorghe es todo lo contrario de estos tres ingleses. Sabe quién es, no se avergüenza, no rehúye de la intimidad y la ternura y tiene la prestancia de no aceptar el maltrato, así venga justificado por las circunstancias.

Hermosa historia de amor, contada como los dioses (por ahí ayuda ponerlo en el título), actuada inolvidablemente.


 

Sigo con Riot (Jeffrey Walker, 2018), película para la televisión australiana, vista en los cines en el resto del mundo. Está protagonizada por Damon Herriman, actor al que conocí en la mejor miniserie que vi el verano pasado, The Tourist (Harry y Jack Williams, 2022), encabezada por el magnético Jamie Dornan y la irresistible Danielle Macdonald. Damon Herriman era uno de los villanos y sus peculiaridades lo hacían inolvidable, gracias a la impar caracterización a puro talento del actor.

Riot se hizo para conmemorar el 40 aniversario del Primer Mardi Gras (la traducción sería Carnaval, equivalente a lo que llamamos Marcha del Orgullo Gay-Lésbico de Sydney, que se llevó a cabo el sábado 24 de junio de 1978.

El film comienza en esa noche y va para atrás para contarnos vida y obra de los que gestaron el evento y los precios personales y profesionales que tuvieron que pagar para luchar por derechos, que hoy de tan asentados se dan casi por añadidura y se olvida la violencia, la desolación y la tristeza que trajo conquistarlos.

Se trata de una crónica elocuente, muy bien contada y recreada que nos recuerda que todo, absolutamente todo, lo que se apartaba de la heteronormativa patriarcal, era lisa y llanamente una aberración, que se penaba con exclusión, cárcel y más casos de los que se quiere admitir martirologios. Altamente recomendable.



Termino esta primera jornada de mi festival con otra película para televisión, The Normal Heart (Ryan Murphy, 2014) llena de estrellas (entre las más rutilantes: Mark Ruffalo, Jonathan Groff, Taylor Kitsch, BD Wong, Jim Parsons, Matt Bomer, Alfred Molina y last but not least, ¡qué va!, la inmensa Julia Roberts.

Se basa en la obra de teatro del mismo nombre de Larry Kramer, que junto con Angels in America, el grandioso díptico de Tony Kushner, interpelan a la sociedad norteamericana en su tratamiento inicial de la pandemia del HIV-SIDA.

The Normal Heart tiene dos ejes, el personaje de Mark Ruffalo, Ned Weeks, un activista y el de Julia Roberts, la Dra. Emma Brookner. Ella está postrada en una silla de ruedas y fue víctima del anterior virus mundialmente dañino, el de la poliomielitis. Alrededor de Weeks-Ruffalo se nuclean los aspectos personales y políticos de la comunidad homosexual y alrededor de Brookner-Roberts, los científicos y también los políticos.

El surgimiento de la crisis HIV-SIDA promovió en sus primeros tiempos lo que llamaríamos una tormenta perfecta: una negación casi suicida en la comunidad gay, más la inacción del gobierno de Ronald Reagan, más las divisiones en los movimientos de obtención de derechos, más la indiferencia primero y luego las actitudes oscurantistas del resto de la sociedad. El escalamiento del número de víctimas terminó por poner las cosas en su lugar y encarriló la lucha, sino unificada al menos cohesiva contra el virus.

El prolífico Ryan Murphy (creador de Glee, Nip/Tuck, The New Normal, Scream Queens, Feud, Hollywood, The Politician, Pose, Halston, American Horror Stories, Dahmer-Monster: The Jeffrey Dahmer Story, 9-1-1, The Watcher, Ratched, y menciono solo las series) garantiza elencos tan estelares como talentosos.

Con la COVID todavía pisándonos los talones, no queda sino preguntarnos ¿estaremos alguna vez, si no todos, la gran mayoría a la altura de la circunstancia planteada por una crisis epidemiológica? Aprender de las precedentes ya no es una opción, es una obligación.

Fin de la primera jornada

Gustavo Monteros