Mostrando entradas con la etiqueta Ethan Hawke. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ethan Hawke. Mostrar todas las entradas

viernes, 12 de diciembre de 2025

Programa doble - Hoy: Nouvelle Vague - Blue Moon

 



A fines de los años cincuenta, París bullía…literalmente. Nunca fue más pujante. Los jóvenes al fin eran jóvenes y cuestionaban lo incuestionable, se rebelan ante lo estratificado, revolucionaban hasta lo sacrosanto.

 

En el ámbito del cine, los muchachos de Cahiers du cinema, reinventaban la pólvora. Insultaban, pontificaban, demonizaban. Y a diferencia de otros movimientos críticos, no querían solo teorizar, ambicionaban crear. De a uno en fondo hicieron su primera película, que inauguraría, en todos los casos, carreras fecundas.

 

El más tiracuetes de todos, Jean-Luc Godart, quedó en la retaguardia. Pero un buen día, dejó de hablar, sacó patente de genio y en unas semanas luminosas de 1960, puso patas para arriba las maneras de producir y filmar un largometraje con su Sin aliento, À bout de soufflé, en el original.

 

La protagonizaron dos estrellas en ascenso imparable: Jean Seberg (que, acostumbrada a las formas rutinarias de Hollywood, padeció el rodaje) y Jean-Paul Belmondo (que disfrutó el rodaje a lo grande, porque intuyó que, pese a los buenos consejos de su representante, no había que sustraerse a este proyecto). Hoy todo esto es historia.

 

Se dice que al cine pocas cosas le gustan más que celebrarse. Debe ser cierto porque las instancias de esta presunta verdad se multiplican exponencialmente. Y al prolífico Richard Linklater, oriundo no de París, Texas, sino de Houston, Tejas, le tocó tentarse con recrear esta mítica filmación.

 

En refulgente blanco y negro, con formato de pantalla cuadrada (al uso de la época) comienza su Nouvelle Vague (2025). La cosa, como le conviene mejor, a decir verdad, arranca con aires de documental.

 

Y así, a cada vez que se presenta un personaje, se le imprime el nombre con el que fue conocido (pocas veces el seudónimo, muchas, el verdadero).

 

Para quienes los recordamos, algunos vienen con su prosapia de horas de tarde de cine:  Truffaut, Chabrol, Rivette, Rohmer, Melville, Rossellini, Breson, Cocteau, Varda, y siguen las firmas (no todos de la Nouvelle Vague, pero todos muy activos en ese entonces). A algunos los conozco de mentas, a otros recién los oigo nombrar. Pero si a todos los buscáramos en las enciclopedias o diccionarios de cine, comprobaríamos que son, sin excepción, próceres de la historia del séptimo arte: músicos, camarógrafos, escenógrafos, vestuaristas, representantes, productores, realizadores, y un largo y luminoso etcétera.

 

Y si hasta el más aburrido rodaje viene con anécdotas, este que fue parteaguas, las tiene de todo tipo y color. Los no versados en el cine de la época, los que no oyeron mencionar jamás el término “nouvelle vague”, los que gustan del cine industrial de fácil ver, y con tirria al cine de autor, ¿pueden disfrutar de este delante y detrás de escena de una película que ni vieron?

 

¡Sí! Son los que mejor la van a pasar, porque tienen la impunidad del que no sabe y la libertad de discernimiento del que solo termina de ver algo si algo lo atrapa e interesa.

 

Circulan muchas teorías de que la civilización fue posible gracias a la pulsión por saber y difundir qué ocultaban los vecinos, o para decirlo en sencillo, por la curiosidad de enterarse para después difundir, o sea el chismorreo.

 

Y aquí hay chismes de todos los estilos y tamaños, y para no arruinar las sorpresas que les esperan, solo me queda repetir lo que decían los antiguos a la hora de vender un espectáculo: Pasen y vean, pasen y vean. 


Guillaume Marbeck es Jean-Luc Godard, Zoe Deutch es Jean Seberg y Aubry Dullin es Jean-Paul Belmondo.



 


Blue Moon es la segunda película que Richard Linklater estrenó este año y se centra en una noche crucial para Lorenz Hart. Pero comencemos por el principio.

 

El gran compositor estadounidense (principalmente de musicales, aunque compuso también otro tipo de obras) en su larga y fructífera carrera trabajó mayormente con dos igualmente grandes letristas, Lorenz Hart (entre 1917 y 1942) y Oscar Hammerstein II (entre 1942 hasta la muerte de Hammerstein en 1960).

 

En 1942, cuando Rodgers aceptó Oklahoma!, como su próximo proyecto supuso que, como acostumbraba, trabajaría con Hart, pero como este parecía dominado por el alcoholismo, sumó como colaborador eventual a Hammerstein II.

 

A Hart le disgustaba el material de Oklahoma!, le parecía de tan sentimental, cursi, y se bajó del encargo, aunque tampoco podía ya dominar su problema con la bebida y menos enfrentar una obra de largo aliento.

 

Y así Hammerstein comenzó su colaboración con Rodgers que abarcaría, además de Oklahoma!, títulos como Carousel, 1954, State Fair para cine, 1945, South Pacific, 1949, The King and I, 1951, Cinderella para televisión, 1957, Flower Drum Song, 1959, y The Sound of Music (o sea La novicia rebelde), 1959, entre los más renombrados.

 

Blue Moon, la película, que lleva ese título por la canción más popular del dúo Rodgers y Hart, transcurre la noche del 31 de marzo de 1943, que fue cuando se estrenó Oklahoma!

 

Hart (un magnífico Ethan Hawke) procura mostrarse sobrio ante su (¿ex?) socio creativo, Rodgers (Andrew Scott) para alardear de que todavía puede ser confiable. (Hart, si no ahora, en algún momento estuvo enamorado de Rodgers, que nunca le dio esperanza de que lo correspondería).

 

Hart persigue en la instancia de esta noche el amor de la joven Elizabeth Weiland (Margaret Qualley), que lo quiere mucho, pero no románticamente.

 

En esta noche clave y difícil, Hart cuenta con el apoyo del barista Eddie (Bobby Cannevale), un cliente del bar, E.B. “Andy” White (Patrick Kennedy), el futuro autor de la exitosísima novela infantil, La telaraña de Charlotte / Charlotte’s Webb), el pianista Morty Rifkin (Jonah Lees) y un cadete de una florería, Sven (Giles Surridge) con el que coquetea.

 

Y aunque muy laterales, tendrán su relevancia, Hammerstein (Simon Delaney) y su ahijado, un niño por entonces (tanto que lo llaman Stevie), un tal ¡Steven Sondheim! (Cilliam Sullivan).

 

Todos los participantes, del protagonista al último tiracables, están irreprochables, pero el héroe de la velada es el guionista Robert Kaplow, que obtiene “la voz” de sus personajes de la correspondencia entre Lorenz Hart y Elizabeth Weiland.

 

En un tiempo en el que guiones gloriosos en el futuro se vuelven obras teatrales luminosas, el de Kaplow, bien puede, en un porvenir no muy lejano, tener una versión teatral. Como sea, el guion es de una brillantez celebrable. Su Hart no solo nos involucra, nos volvemos sus barras bravas.

 

Hart tendría su última colaboración con Rodgers. Para A Connecticut Yankee, reestrenada el 17 de noviembre de 1943, contribuiría con una letra inolvidable, la de “To Keep My Love Alive”. Lorenz Hart moriría el 22 de noviembre de 1943, a los 48 años.

 

Devolvámosle a Dios sus bendiciones, porque sin dudas, Lorenz Hart, (y Rodgers y Hammerstein II y Sondheim) son la prueba tangible de su existencia. Amén.

Gustavo Monteros

viernes, 6 de diciembre de 2024

Querido diario - Hoy: Dos con Jeremy Irons


 

Cuando Waterland (rebautizada Nosotros mismos para su distribución local, Stephen Gyllenhaal, 1992) se estrenó allá por los lejanos principios de los noventa, leí críticas o reseñas y hubo un detalle que capturó mi atención. Como no la vi en ese momento, el detalle se me olvidó. Y ahora que finalmente la veo, me fue fácil distinguir cuál fue.

 

Un profesor de Historia, Tom Crick (Jeremy Irons) al comprobar que a sus alumnos les interesa tres cominos, dos pepinos y un arándano, el programa a desarrollar, se pone a contar su “historia”, lo que termina adelantando su jubilación porque incluye en la narración varias aventuras sexuales y los alumnos se quejan (transcurre en 1974 y parece que por entonces los adolescentes se escandalizan más o no estaban tan hechos a la idea de que hasta los viejos profesores habían tenido sexo alguna vez) De todos modos, estas incidencias son colaterales, la trama principal pasa por otro lado, por aquello tan sabido de que somos lo que vivimos.

 

Hay dos tiempos en esta historia, el contemporáneo, o sea el 74, que transcurre en Pittsburgh, y el de la juventud de Tom que sucede durante la Segunda Guerra en The Fens, una zona pantanosa del este de Inglaterra, con una breve desviación a incidentes que involucran al abuelo materno de Tom y que pasan en los prolegómenos y postrimerías de la Primera Guerra Mundial.

 

Todo el argumento es rebuscado, bien de novelón de aquellos. Arranquemos con el abuelo. El viejo era el rico propietario de una destilería de cerveza, pero el pueblo mucho no lo quería. Entonces, para una fiesta fundacional, creó una cerveza especial con alto contenido alcohólico, que puso a todo el pueblo borracho y que expuso in vino veritas toda su miseria. Tan miserable era el pueblo que ¡incendió la destilería!, lo que desató la bancarrota del anciano.

 

Vino la guerra (la Primera) y el castillo se convirtió en hospital y el viejo y su hija (la madre de Tom) pasaron a vivir en la casita del guardabosques. La cuestión es que al viejo se le voló la chaveta y empezó a tener relaciones con la hija, a la que confundía con la esposa, o algo así. La hija quedó embarazada, pero ocultó su desgracia casándose con un herido de la guerra (Pete Postlethwaite) que se reponía en el castillo en el que ella trabajaba de enfermera.

 

Nace Dick (David Morrissey), el fruto del incesto que, como en todo novelón que se precie, es un disminuido mental, eso sí, fuerte como un toro y con un miembro viril que le daría envidia al negro de WhatsApp. Yo no tengo nada que ver, pregúntenle al autor de la novela en la que se basa el film, Graham Swift, por qué el miembro es todo un tema.

 

Al poco tiempo nace Tom (que de joven es interpretado por Grant Warnock), él sí hijo de su papá y de su mamá, no de su mamá y su abuelo. La madre muere joven y de paso se salva de dar explicaciones del incesto y esas cosas.

 

Llega la Segunda Guerra y Dick y Tom son dos saludables mozalbetes. El despertar de las hormonas y el carpe diem, que incita la guerra, hacen que se borren las inhibiciones sexuales, a tal punto que Tom y su compañerita de curso, Mary (de joven es interpretada por Lena Headley, sí, sí, la que sería la Cersei Lannister de Games of Thrones) se la pasan dale que dale al pandeiro que se acaba el mundo. Como los conejos, como quien dice.

 

Tom, que es muy generoso, le pide a Mary que le dé conversación a Dick, así es menos huraño y aprende a tratar con las mujeres. Mary lo entiende (o lo desentiende) al vuelo e inicia a Dick en los placeres de la carne. Al principio tiene problemas con el tamaño del miembro, pero después se da maña de lo más bien. La cosa es que queda embarazada. ¿De Tom o de Dick? ¡Ah, misterio!

 

La cosa es que le dicen a Dick que el retoño a nacer bien puede ser de Freddie (Callum Dixon) un compañero de escuela de Tom y Mary, que aprovecha la guerra para dedicarse al contrabando, mercado negro y esas minucias. No le dicen a Dick que el hijo puede ser de Tom porque tienen miedo de que lo mate a golpes, porque cuando Dick pierde el control, ¡arde Troya!

 

A todo esto, o se muere el abuelo o recuerdan que al morir dejó de legado un cajón con 10 botellas de la cerveza aquella que enardeció al pueblo y una carta. La cosa es que Dick toma una de las botellas, se la da a beber a Freddie, y cuando está que se cae de borracho, Dick agarra la botella vacía y de un golpe desmaya a Freddie y lo ahoga, no olvidemos que estamos en una zona pantanosa, de modo que hay agua de sobra.

 

Mary y Tom optan por el aborto y van a ver a una vieja gitana, que deja a Mary sin hijo, pero sangrante y estéril. Tom confronta a Dick por la muerte de Freddie, esgrime como prueba irrefutable la botella de cerveza del abuelo. Dick se acuerda de que hay una carta, se la da a leer a Tom, que primero le dice cualquier bolazo, pero termina por leerle lo que en verdad está escrito. Dick entonces se entera de que su papá no es su papá sino ¡su abuelo!

 

Dick enloquece, agarra las botellas de cerveza restantes, se las va tomando, mientras huye en su motocicleta, perseguido por Tom y el padre. Dick se tira al mar y suponemos que ha muerto (digo suponemos porque Dick es un nadador excepcional y un buceador con gran capacidad pulmonar, de modo que bien puede haber terminado en una población vecina e iniciar una nueva vida, como sea, ya no importa)

 

Pasa el tiempo y Mary ya no es Lena Headey y se ha vuelto Sinéad Cusack, y con Tom que ahora ya es Jerermy Irons se han mudado de Inglaterra a Pittsburgh, donde Tom ejerce de profesor de Historia en un secundario.

 

Mary empieza a tener signos de demencia, anda contando que va a tener un bebé dentro de muy poco, algo que sabemos no es posible porque está pasada de edad (no olvidar que estamos en 1974 y no ahora) y porque el aborto juvenil la volvió yerma (y de paso homenajeamos a Lorca)

 

Una buena mañana, Mary va al shopping y aprovecha que una mamá entró a probarse un vestido y dejó a su hijito en un cochecito para secuestrarlo y llevárselo a su casa. Tom vuelve del trabajo y se pone como loco, claro, aunque hace entrar a Mary en sus cabales y la lleva a devolver el chico.

 

Mary como represalia, ¡lo deja! Encima a Tom se lo sacan de encima en el colegio por lo de los cuentos sexuales y entonces se queda sin trabajo. Noble hasta el fin, en el discurso de despedida se las arregla para darle ánimos a su alumno más cercano, Matthew (Ethan Hawke) que andaba preocupado por el inminente fin del mundo (no olvidar que entre las permanentes hipótesis de conflicto que maneja el imperio, por entonces batían el tambor por Vietnam y la Guerra Fría).

 

Tom vuelve a The Fenns, adonde antes había regresado Mary, y auguramos que ella deja de enloquecer, y que juntos se dan otra oportunidad.

 

La película es todo lo buena que puede ser una con ese argumento. Sé que contada como la conté da como para una comedia, pero no, está contada con gran seriedad y apunta para las de llanto.

 

El director es Stephen Gyllenhaal y si el apellido les suena es porque es el padre de Jake y de Maggie, que ya tienen una gran carrera en el cine. Y como todo está bien lo que termina en familia, consignemos como al pasar que Jeremy Irons y Sinéad Cusack son marido y mujer en la vida real y ¡que siguen casados! (Es que se tomaron muy en serio lo de comer perdices)

 

Dicen los Ibsenitas que El pato salvaje es una de las obras más queridas de Ibsen. No la más frecuentada, claro, ese lauro lo comparten Casa de muñecas, El enemigo del pueblo, Hedda Gabler o Peer Gynt. No ratifico la aseveración, porque más que Ibsenita, soy un admirador pasivo, veo sus obras siempre que puedo, las aprecio, pero no descorcho champanes a la salida.

 

Como con otros tantos grandes, perdón por la blasfemia, el manejo de la trama no es lo suyo. Convengamos que a veces la trama es lo de menos. Romeo y Julieta, por ejemplo, tiene más agujeros en el argumento que red de cazar ballenas, pero a nadie le importa. ¡Ni te digo el último acto de Hamlet! Pero para entonces estamos tan cautivados por la belleza de los textos y la complejidad de los personajes, que bien puede terminar con una invasión zombi sin que a nadie le importe.

 

Volvamos a Ibsen, al que, según mi modesta opinión, no se le da bien la lógica de los argumentos. Pero a Henrik se lo debe tomar como a los integrantes de la propia familia: viene así. El hombre no es un negado y tiene muchas otras virtudes que compensan sus tramas rebuscadas. No nos quedemos en la anécdota y vayamos a lo importante.

 

El pato salvaje ha sido llevada al cine varias veces y hay una versión de 1983, dirigida por Henri Safran, con el protagónico de Jeremy Irons y Liv Ullmann.

 

Según Wikipedia: (La obra) “Explora las complejidades de la verdad y la ilusión a través de la historia de una familia destrozada por los secretos y la intrusión de un extraño idealista.” (…) “Los temas de visibilidad y reconocimiento impregnan la narrativa, con personajes que luchan por ser vistos mientras son metafórica y literalmente ciegos a la verdadera identidad de los demás, simbolizada a través de motivos como la ceguera, la fotografía y el pato salvaje herido.”

 

He visto y leído la obra y la película de Safran respeta la esencia de la obra. La cosa es más o menos así, hay dos familias entrelazadas, la de Harold (Jeremy Irons) y la de Gregory (Arthur Digman) que fueron amigos desde chicos y compañeros de clase.

 

El padre de Gregory y el padre de Harold fueron socios alguna vez, pero el padre de Gregory se excedió en trapisondas ilegales y cuando las papas quemaban, le echó la culpa al padre de Harold, que pasó algunos años en la cárcel.

 

Hoy el padre de Gregory es un pilar de la sociedad, un patriarca respetado, que está quedándose ciego por una enfermedad que se trasmite de generación en generación. El padre de Harold es un señor que vive en un ático amplio lleno de animales varios, como pollos y conejos, a los que da caza creyendo que es el reputado cazador de antaño, el gran señor que era antes de la cárcel. Malvive haciendo copias de la contabilidad del padre de Gregory, dinero que invierte en botellas de licores varios, que lo emborrachan y le dan el aliento para soportar el destino. 

 

Gregory lleva añares sin ver a su padre, ahora vuelve porque su padre se casará con su ama de llaves de toda la vida, la Sra. Summers (Marion Edward), que lo cuidará en casa y atenderá los negocios cuando la ceguera sea total.

 

Gregory dejó la casa paterna a poco de morir su madre, que se suicidó amargada porque su marido andaba en amoríos con una de las criadas, Gina (Liv Ullman).

 

Para evitar el escándalo o por culpa, el padre de Gregory casó a Gina con Harold, y como dote, les instaló una casa de fotografía, negocio del que viven no muy holgadamente que digamos.

 

A meses de consumado el casamiento, Gina dio luz a Henrietta (Lucinda Jones) ahora una adolescente de unos 14 años ¡que se está quedando ciega de una enfermedad hereditaria! Dos más dos son cuatro.

 

No nos olvidemos del pato. Días anteriores al regreso de Gregory, su padre fue de caza y como ve cada vez menos, en vez de matar malhirió a un pato, que su perro rescató de morir ahogado al enredarse en las plantas acuáticas del fondo de un lago (gran escena del perro en cuestión). El pato es regalado a Henrietta que lo cuida y cura en el ático de su abuelo.

 

No nos olvidemos tampoco del doctor (Michael Pate) y el reverendo (Rhys McConnochie), dos borrachos consuetudinarios y alegres que viven en el departamento de abajo del de Gina y Harold, de los que son muy amigos.

 

Gregory finalmente se reencuentra con Harold, se entera de que este está casado con Gina y como es un “idealista” que cree que todos deben vivir en la verdad más absoluta, le cuenta a Harold que Gina tuvo un amorío con su padre y que quizá Henrietta sea hija del viejo George y no de él. Como todos los idealistas fanáticos, Gregory no vive según sus convicciones, sino que pretende que los demás lo hagan. No solo de buenas intenciones está lleno el camino al infierno, de fundamentalismos, también.

 

Harold comienza a rechazar a Henrietta, que vive para que su padre la quiera. Gregory convence a Henrietta que, si sacrifica al pato salvaje como acto de amor por su padre, Harold volverá a quererla. Henrietta abraza al pato con su brazo izquierdo y lo acurruca contra su pecho y con la mano derecha empuña una de las pistolas de su abuelo y le pega un tiro, muriendo en el acto, ella y el pato.

 

Harold comprende tarde su necedad. Gina quiere consolarlo, ¿dejará que lo haga y de paso la perdonará? Gregory está convencido de que pese a la tragedia, Gina y Harold están mucho mejor porque viven en la verdad. Algo que es ampliamente rebatido por el doctor, que cree que todos estaban más felices con las verdades tapadas. Incluso antes el doctor le había dicho a Gregory que se enorgullecía de ser el responsable de que Harold creyera que era un gran inventor que un día daría con el descubrimiento que lo sacaría de pobre, y que también incentivaba a que el padre de Harold creyera que seguía siendo el gran señor que fue y que el ático era su actual coto de caza, que era la ilusión y no la verdad desnuda lo que hace que los hombres sean felices y puedan seguir, aunque las realidades sean adversas.

 

Jeremy Irons es uno de los más grandes actores cinematográficos del mundo y de todos los tiempos, pero no es infalible, como lo prueban estas dos películas, que no están precisamente entre las mejores de su carrera, ni son redimidas por su actuación.

 

Le va mejor en Waterland / Nosotros mismos, porque su personaje es, en esencia, un narrador al que le pasan cosas, un rol que le pide más reacción que acción. Pero en The Wild Duck / El pato salvaje, es derrotado por el personaje. Lo entiende, lo “lee” bien, sin embargo, no termina de corporizarlo en plenitud. Por momentos lo erige en toda su vacuidad, su superficialidad, su egolatría, su arrogancia, pero las más de las veces lo sumerge en la indecisión (la peor, no la del personaje sino la del actor), lo desdibuja en una voluntad de intentar hacerlo más querible de lo que verdaderamente es, algo que surge más del deseo del actor que se vea así, que de lo que emerge del personaje en sus debilidades, que son, en definitiva, las que lo hacen estimable en su fallida humanidad.

 

Sin embargo, son las fallas las que, en comparación, engrandecen los logros, valga la contradicción. Los balbuceos siempre serán perdonados si alguna vez se fue elocuente y no solo locuaz. La genialidad perpetua aburre. La comprobación de que los grandes también tienen dudas, que meten la pata como todos, los devuelve más entrañables y cercanos.

Gustavo Monteros


viernes, 6 de mayo de 2022

Estocolmo

 

Escucho Estocolmo y se me cruza el síndrome. De Estocolmo, claro. Para los que no lo hayan oído mencionar o no tengan muy en claro de qué se trata, les cuento: “El síndrome de Estocolmo es una reacción psicológica en la que la víctima de un secuestro o retención en contra de su voluntad desarrolla una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con su secuestrador o retenedor” Esta explicación es de la vieja y peluda Wikipedia.

 

Y se llama de Estocolmo y no de Copenhague u Oslo, por un incidente ocurrido en Estocolmo en 1973, el ahora célebre robo  de Norrmalmstorg.

 

Vuelvo a Wikipedia: “El 23 de agosto de 1973, Jan-Erik "Janne" Olsson entró en una sucursal del Kreditbanken en Norrmalmstorg, en el centro de Estocolmo. La policía fue alertada inmediatamente y al entrar dos agentes, Olsson les disparó, hiriendo a uno de ellos. Olsson tomó a cuatro rehenes (tres mujeres y un hombre) y exigió que se llamase a Clark Olofsson, que en ese momento cumplía una condena, más tres millones de coronas suecas, dos revólveres, chalecos antibalas, cascos y un vehículo. Olofsson fue traído y se estableció un enlace de comunicación con los negociadores de la policía. Una de los rehenes, Kristin Enmark, había dicho que se sentía segura con los atracadores, pero temía que la policía pudiera causar problemas utilizando métodos violentos…”

 

En 2018, Robert Budreau, dirigió un guión sobre el hecho basado en el artículo The Bank Drama de Daniel Bank, editado por James Luscombe.

 

Budreau cambió los nombres de los protagonistas. Jan-Erik "Janne" Olsson pasó a llamarse Lars Nystrom y lo interpretó Ethan Hawke y Clark Olofsson fue rebautizado Gunnar Sorensson y lo personificó Mark Strong. Kristin Enmark pasó a ser Blanca Lind y la corporizó Naomi Rapace.

 

Estocolmo de Robert Budreau es ideal para un domingo de lluvia porque es la famosa película a la que le falta 5 para el peso. Tiene un buen guión, está bien dirigida, actuada con solvencia, tiene un irreprochable acabado profesional en todos los rubros técnicos, pero le falta algo, un intangible, un imponderable, un indefinible, Quizá una pizca de humor. De todos modos, aunque está a años luz de acercarse a la mejor película de asalto con rehenes jamás hecha, o sea la legendaria y querible Tarde de perros (Dog Day Afternoon, Sidney Lumet, 1975) se deja ver. Sobre todo por el desparramo histriónico de Ethan Hawke, que en la madurez parece haberse liberado de las restricciones de la contención. Enhorabuena.

Gustavo Monteros

 

Último momento: Ayer, jueves 5 de mayo de 2022, Netflix estrenó la miniserie sueca Clark, dirigida por Jonas Åkerlund y escrita por Fredrik Agetoft, Peter Arrhenius y Jonas Åkerlund, sobre vida y milagro de los delincuentes envueltos en el robo de Norrmalmstorg, delito que como se dice arriba originó la acuñación del Síndrome de Estocolmo. No la he visto todavía, pero a juzgar por el tráiler rebosa de lo que le falta a la película de Budreau: humor y delirio. Pero claro, ver para saber…




viernes, 28 de junio de 2013

Antes de la medianoche




La historia se hace de noche decía el título de la vieja película. Según la experiencia del director Richard Linklater y de los actores Julie Delpy y Ethan Hawke, podríamos decir: la historia se hace sin querer y sin saberlo. En 1995 los tres, como buenos artistas que son, pusieron lo mejor de sí para hacer Antes del amanecer, una comedia romántica muy peculiar. Si alguien les hubiera dicho que, aparte de una buena película, estaban haciendo historia, quizá no le hubieran creído. Sin embargo así fue. Jesse y Celine y su viaje de Budapest a Viena se convirtieron en el referente de toda una generación. Se consideró al film como el equivalente de los noventa de Casablanca, por lo mítica y romántica.

En 2004 sintieron la necesidad de darle a la historia un segundo capítulo y crearon Antes del atardecer. Se encontraron esa vez en la eternamente luminosa París. Con esta segunda parte se inscribían en la tradición de los proyectos que toman personajes y sus historias a través de los años. (El ejemplo más recordado y venerado es el de Francois Truffaut y su Antoine Doinel. En 1958 Truffaut para gloria del cine y de la humanidad hizo Los 400 golpes con Antoine como su protagonista ficcional, quien reaparecería dos veces en 1962, primero en un mediometraje, Antoine y Colette y después en el largo, El amor a los 20 años. En 1968 tocaría  La hora del amor. En 1970 establecería Domicilio conyugal y se despediría en 1979 con El amor en fuga. Interpretado siempre por Jean-Pierre Léaud.)

Como no hay dos sin tres, el díptico se convirtió en tríptico, Grecia es ahora el escenario.

Si se vieron las anteriores, ¿cómo perderse ésta? Si no se vieron las anteriores, ¿cómo no acercarse a conocerlos? (Yo todavía no la vi, pero sin duda lo haré.)(O no, la vida es pura contingencia.)

Por desgracia la historia real detrás de la ficción es malograda. En 1989, Linklater estaba en Filadelfia de paso por una noche. En una juguetería conoció a Amy Lehrhaupt. Pasó la noche con ella, conversando y esas cosas. En algún momento le dijo que haría una película con lo que estaba pasando entre ellos. La relación continuó telefónicamente hasta que se truncó. Cuando presentaba Antes del amanecer pensaba que Amy aparecería, pero para su decepción no pasó. Recién hace unos tres años supo por qué. Un amigo de Amy le mandó una carta contándole que unas semanas antes de que comenzara el rodaje de Antes del amanecer, Amy había muerto en un accidente de tránsito. El cine es más benigno que la realidad.

Aparte de la hasta ahora trilogía de Antes de…, Richard Linklater, entre otras, dirigió: Bernie, Me and Orson Welles, Una mirada a la oscuridad, Fast Food Nation, Bad News Bears, Escuela de rock, Despertando a la vida, La pandilla Newton, SubUrbia, Rebeldes y confundidos, Slacker.
Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 13 de julio de 2008

Antes que el diablo sepa que estás muerto

Hay artistas que aman su arte por encima de toda consideración, que ven su talento como algo natural que no merece una celebración exagerada. Uno los cree víctimas de una humildad malsana. Se toman tan en serio su rol de laburantes del arte, que no especulan con la elección de proyectos que asegurarán su nombre o consolidarán su fama. Prefieren el trabajo continuo, la frecuentación constante de su arte. En la Argentina, el ejemplo que se me ocurre es el de Roberto Carnaghi, quien ha prestado su figura a proyectos excelsos y a aventuras que sólo se podrían disculpar por la atendible necesidad de parar la olla. Pero más que por eso, uno intuye que es porque no puede estar sin actuar, y donde sea que esté, siempre dignifica su arte entregando sus mejores recursos.

El cine yanqui tiene uno de esos héroes: el director Sydney Lumet.

Su capacidad creativa está a la altura de la de Kubrick, Scorsese, Coppola, Polanski o Spielberg. Pero por trabajar mucho, durante años se lo consideró un artesano eficiente y recién ahora se le está dando la categoría de maestro, que en realidad siempre tuvo. Cuando recibió el Oscar por la trayectoria, premio consuelo que les dan a los que soslayaron sistemáticamente por celos o marketing, no pasó factura ni se hizo autobombo, sino que aprovechó la ocasión para hablar de su arte y terminó dando una clase magistral, que pasó desapercibida entre el glamour y la estupidez habitual de esa fiestita anual.

A él le debemos: Doce hombres en pugna, Límite de seguridad (Fail Safe), El prestamista, Serpico, Tarde de perros (mi favorita entre las de él), Network, poder que mata, Príncipe de la Ciudad, Será justicia (The verdict), El precio del poder (Power), Daniel, entre otras.

Amante del teatro, llevó al cine respetuosas versiones de Panorama desde el puente (Arthur Miller), Largo viaje de un día hacia la noche (Eugene O'Neill), El hombre de la piel de víbora (The fugitive kind sobre Orpheus descending de Tennessee Williams), La Gaviota (de Anton Chejov, con las magníficas Simone Signoret y Vanessa Redgrave), Equus (Peter Shaffer) ,
La colina de la deshonra (The Hill de Ray Rigby), Trampa mortal (de Ira Levin), El sueño de Stella (Garbo talks de Larry Grusin).

Riguroso director de actores, bajo sus ordenes, muchos dieron su actuación más compleja: Al Pacino (Tarde de Perros), Treat Williams (Príncipe de la ciudad), Raf Vallone (Panorama desde el puente), Katherine Herpburn (Largo viaje de un día hacia la noche) Henry Fonda (Doce hombres en pugna). Y le sacó algo nuevo a algunos caballos veteranos que volvieron a correr como potrillos: Paul Newman (Será justicia), Gene Hackman y Julie Christie (El precio del poder), Ingrid Bergman (Crimen en el expreso de Oriente), Anne Bancroft (El sueño de Stella), Sean Connery (Negocios de Familia).

Llevar novelas al cine, tampoco le generó grandes inconvenientes: Llamada para un muerto (de John Le Carré), El grupo (de Mary Mc Carthy), Los tapes de Anderson (de Lawrence Sanders), Crimen en el expreso de Oriente (de Agatha Christie, Asuntos de familia (de Vincent Patrick).

Los fanáticos del musical le reclamamos la poca onda que le puso a El Mago (The Wiz), pero había tanto ego suelto y tanto productor desesperado porque la plata invertida se viera, que prácticamente sólo le dejaron poner la cámara.

Aún sus títulos no tan logrados son interesantes: Un extraño entre nosotros con Melanie Griffith, El lado oscuro de la justicia (Night falls on Manhattan) con Andy García, La mañana siguente (con Jane Fonda y Jeff Bridges), Tan culpable como el pecado (con Rebecca de Mornay y Don Johnson), Gloria (la remake del film de Cassavetes con Sharon Stone).

Y ahora, a los 84 años, con el brío que más de un director joven le envidiaría, se despacha con una obra maestra; una indagación, incisiva como pocas, de la decadencia de la sociedad yanqui: Antes que el diablo sepa que estás muerto, en la que un par de hermanos decide robar la joyería de sus padres. Una lección de cine por donde se la mire, desde el uso de la cámara, la banda de sonido, la dirección de arte, el manejo de los tempi del guión, hasta como dirigir a un actor. La actuación es sencillamente sobresaliente. Philip Saymour Hoffman, Ethan Hawke, Marisa Tomei, Albert Finney y Rosemary Harris resplandecen, sacan a la luz la tremenda humanidad de sus personajes.

El título sale de un brindis irlandés: "Que tengas comida y ropa, una almohada mullida para tu cabeza, que estés 40 años en el Cielo antes que el diablo sepa que estás muerto."

Yo por mi parte levanto la copa y brindo: ¡Larga vida a Sydney Lumet!

Hoy en día hay muchas maneras de ver cine: el DVD, legal o trucho, el video, el cable o las bajadas de Internet, pero esta maravilla merece la vieja ceremonia de ir al cine. Sé que no me condenarán por mi entusiasmo.


Un abrazo.


Gustavo Monteros