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viernes, 22 de febrero de 2013

Amour

 
 


Hay películas que son como aproximarse al mar. Uno oye hablar persistentemente de ellas, como a las olas a la distancia, hasta que finalmente se las ve…

Hay películas que son como un deber cívico. Uno las ve porque es una obligación que se espera de nosotros…

Una vez en una fiesta me preguntaron si había obras de teatro fáciles de escribir. Sí, contesté, dale a el o la protagonista una enfermedad grave, marcales el deterioro hasta matarlos y tenés garantizado que todos empatizarán con dicho drama, no puede fallar.

Sigo pensando lo mismo.

La vejez, la enfermedad y la muerte son miedos atávicos de los que es imposible huir. No hay quien no los tenga.

Comprendo que haya creadores que sientan la necesidad de exorcizarlos contando historias que los abarquen. Comprendo que haya espectadores que necesiten hacer catarsis de los mismos, para poder enfrentarlos cuando lleguen o poder superarlos si los han experimentado.

La vejez, la enfermedad y la muerte son tragedias cotidianas.

Ya no soy joven y he conocido, como todos los que ya no lo son, la enfermedad, el deterioro y la muerte de seres cercanos y queridos. Pero cuando todo ha pasado, cuando el espanto y la tristeza se han ido, prefiero recordarlos en la plenitud, en la fuerza.

O sea que comprendo pero no comparto la necesidad de revisitar las agonías.

Amour de Michael Haneke es el relato de la enfermad y decadencia de una mujer vieja, Emmanuelle Riva. La atiende amorosamente su marido, Jean-Loius Trintignant. La hija, Isabelle Huppert, no termina de entender que es lo que está sucediendo.

No diré nada más porque Amour no es una película para mí. Ojalá que lo que escribo les sirva para saber si es una película para ustedes.

Un abrazo, Gustavo Monteros


viernes, 4 de mayo de 2012

La separación



Las películas multipremiadas me dan desconfianza. Quizá porque me intimidan, ya que es como si me patotearan, como si me dijeran: ¿no serás tan bobo como para no adorarnos, para no respetar nuestras condecoraciones?

Hace tiempo que tengo una copia de La separación de Asghar Farhadi,  pero cada vez que intentaba verla no pasaba del segundo minuto. Me parecía un capítulo iraní de Nosotros y los miedos. Hoy decidí verla para hacer este comentario. Y es una suerte haber pasado al minuto tres.  De a poco comprendí que esa primera escena, que repelía porque la interpretaba como el planteo, esconde astucia y es sólo la patada inicial que acciona el juego. Una pareja le peticiona un divorcio a un juez que no se ve, porque es la cámara, o sea nosotros. Ella quiere aprovechar una oportunidad que tiene de hacer una vida mejor para su hija en otro país. Él no quiere irse con ellas porque lo retiene su padre que sufre Alzheimer. Lo que se llama un conflicto perfecto porque ambas partes o fuerzas tienen  razones valederas. No hay aquí alguien acertado y otro equivocado. El tironeo que incluye a la hija es movilizador e inquietante como todo lo que seguirá.

Más que La separación, este film debería tener uno de esos largos títulos que ostentaban los capítulos de las novelas del siglo XIX. Algo así como “Insospechables derivaciones con intrincados vericuetos y sorprendentes revelaciones de un intento de separación conyugal”. La pareja sale del juzgado, ella se va a la casa de su madre y él se ve obligado a contratar una mujer para que cuide al padre. Y allí comienzan las derivaciones, los vericuetos y las revelaciones. Primero uno se interesa porque los conflictos se desarrollan en una sociedad, la iraní, de la que uno tiene poca o nula información. Se diferencia de otras películas iraníes que he visto porque hay aquí celulares, computadoras, CDs y LCDs. Una sociedad contemporánea, moderna y sin embargo con peculiaridades que le son intransferibles.

Después el argumento va cargándose casi sin que nos demos cuenta (y eso es maravilloso) de lecturas sociales, de diferencias de clases, de problemas de género, de adherencias religiosas y de sutilezas filosóficas. Las sociedades pueden que sean distintas pero el hombre es hombre en todas partes. El orgullo, la mentira, la traición, la manipulación, la culpa, el resentimiento, el prejuicio, el afecto, el respeto, la religiosidad o su carencia son inherentes a esa bestia que llamamos hombre.  Y entonces uno se apasiona. Y se deslumbra. Porque la película se vuelve una proeza única e irrepetible como los milagros. Tiene el suspenso de un thriller, nos mantiene en vilo como un drama de juzgado y guarda la profundidad de los mejores films de Bergman. Tiene algo del Caché – Escondido (2005) de Haneke y del Rashomon (1950)  de Kurosawa, porque lo que se ve guarda siempre un doblez, una subtrama secreta, otra posible interpretación. Y en un momento me voló la cabeza porque me traía ecos de las obras bellas, perfectas, imperecederas de Lope de Vega por aquello de la importancia de la palabra, del buen nombre, del honor.

En resumen una película que merece todos los premios que recibió y más. Una experiencia cinematográfica madura, deslumbrante, apasionante. Un drama que se vuelve una tragedia contemporánea que reíte de los griegos. Imperdible. 
Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 25 de abril de 2010

La cinta blanca

En los días previos a la entrega de los Óscars, La cinta blanca era el cuco tan mentado. Es que muchos especialistas la daban como segura ganadora en la categoría de mejor film extranjero. Como se sabe, la criollísima El secreto de sus ojos, que recolecta en estos días merecidos y ditirámbicos elogios de la crítica yanqui, terminó llevándose el premio. Ambas son películas magníficas. Que hubiera que decidir cuál era mejor fue el antipático daño colateral de las entregas de premios. Más allá de estilos y temáticas lo que las distingue es la actitud que le exigen al espectador. El secreto de sus ojos seduce y sólo hay que dejarse llevar. La cinta blanca recompensa mejor cuánto más despejado y atento se está a sus detalles.


Michael Haneke (La profesora de piano, Cachè: Escondido) es un moralista provocador que no se anda con chiquitas. Procura indagar nada más ni nada menos que el origen del mal, el germen del terrorismo, del mesianismo, del fanatismo. Desnudar la violencia, la crueldad, el odio, el goce por la aniquilación que se recubre de apariencias civilizadas.


Sus películas son obras de tesis. Echan mano a cuanta técnica de distanciamiento se conoce. La cámara parece denunciar su presencia. Los diálogos evidencian el poder de la incomunicación, de tan precisos se vuelven inaprensibles. Su cine parece la amalgama perfecta de influencias irreconciliables (Hitchcock y Bergman) que genera thrillers metafísicos que juegan con misterios cuyos desenlaces asustan no sólo a la mente sino también al alma.


La cinta blanca transcurre en un pueblito imaginario del norte de Alemania entre 1913 y 1914. La voz en off del maestro de la escuela nos informa que se propone contar algunos raros sucesos que pueden echar luz a lo que sucedió después. Sus alumnitos parecen estar detrás de esos extraños acontecimientos. Formados en las rigideces protestantes crecen desprovistos de ternura o afecto. Y no se necesita ser muy lúcido para comprender que la represión fanática de necesidades básicas sólo puede engendrar monstruosidades, el nazismo es este caso.

Implacable metáfora en blanco y negro que remite al origen de todo tipo de fundamentalismos. No se la pierda, un lujo para la inteligencia, mire.

Gustavo Monteros