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viernes, 25 de septiembre de 2026

La última estrella del cine (o Años de perro)


 

Segunda parte de un Programa doble con Burt Reynolds

Hoy: The Last Movie Star (o Dog Years)

 

La película con dos títulos, Dog Years (Años de perro) y The Last Movie Star (La última estrella del cine) (Adam Rifkin, 2017) no fue su última película, pero por resonar en algunos de sus recovecos más oscuros y por espejar circunstancias de su vida, fue su canto del cisne.

 

Burt Reynolds tenía 80 años recién cumplidos cuando la filmó y aunque estaba entero, ya le costaba proyectar la gallardía que lo caracterizó, se lo veía doblado, inclinado, y caminar con un bastón.

 

Algo que mellaba su eterna galanura, pero que convenía al tema de la película: la aceptación de que lo que se fue, ya no volverá.

 

Vic Edwards (Reynolds) fue una estrella refulgente, que anda con un presente no muy poblado. Y para empeorar la soledad achacosa, debe gestionar, ante un veterinario implacable, la partida de su perrito de 15 años, que ya no da más.

 

Vuelve a su casa con el collar del perro como prueba inútil de la fidelidad perdida. Lo revolea sobre el colchón irremediablemente vacío. En el correo recogido, entre cuentas y publicidades, una invitación a un Festival de cine en Nashville.

 

Al día siguiente en la vereda del café que frecuentan con su amigo, Sonny (Chevy Chase), le cuenta que lo quieren celebrar en Nashville. Sonny lo incita a aceptar la invitación e ir.

 

Y como en la película anterior que comentamos, A Bunch of Amateurs, es víctima de otro malentendido. Hay dos festivales en Nashville, uno más o menos importante y otro, casi secreto, que tiene lugar en el apartado de un pub, organizado por cinéfilos entusiastas. Vic, claro, va al segundo.

 

En la puerta del aeropuerto espera que lo venga a buscar una limusina y no el auto destartalado y ruidoso, en el que viene con pronunciada tardanza, Lil (Ariel Winter) la hermana del organizador principal del festival. Una muchachita tan rotunda como sensual que ignora todo sobre el invitado a recoger, porque no se le contagió la pasión de su hermano por el cine.

 

Lil lleva a Vic a un motel económico, limpio y cómodo, pero nada lujoso. Vic quiere tomar un avión de vuelta a su casa. Lil lo convence de que, ya que llegó hasta aquí, salude al menos a los aficionados que le prepararon el homenaje.

 

Lil le lleva muy poco el apunte a Vic, porque se la pasa peleando con un “novio” por el celular. Llegan al pub del festival y el hermano de Lil y los allí reunidos le dan la bienvenida a Vic con el fervor y la sentida calidez de su admiración.

 

Vic, se muestra primero condescendiente, pierde luego la paciencia, y los insulta de perdedores, que no saben tener una vida. Vic lleva tantos años siendo una estrella de cine, que ya olvidó, quizá porque él no necesitó nunca de una, para qué sirve una estrella de cine.

 

Nadie puede vivir sin sueños, sobre todo los menos favorecidos por la fortuna. Los sueños de la noche son a veces inaprensibles, huyen con la llegada de las preocupaciones del día. Las estrellas, en cambio, protagonizan sueños más duraderos: las películas, que se pueden volver a ver o soñar o recordar tantas veces como se quiera o sean necesarias. Para eso sirven las estrellas, para habitar sueños comprobables, por eso se las quiere, se las respeta, se las aprecia.

 

A Lil no le gusta nada lo que Vic acaba de hacer, porque ella, desconocida, ignorada, despreciada, con vapuleada o inexistente autoestima, también es una artista, y sabe que el arte es un privilegio que no se le enrostra a los que lo necesitan. Sus dibujos y pinturas, veremos más tarde, exorcizan espantos y horrores, propios y de los que los ven.

 

Pero no nos adelantemos. Lil lleva a Vic al aeropuerto, pero en medio del viaje, él le pide dar la vuelta, no para volver a Nashville sino para ir a Knoxville, ciudad cercana en la que Vic tiene cuentas que saldar.

 

El director de la película, Adam Rifkin, también guionista, dijo que, de no contar con Burt Reynolds, no la habría hecho, que la idea hubiera quedado plasmada solo en un papel. Vic Edwards está armado en torno a lo que Reynolds fue en el cine, de ahí que cuando se necesita ilustrar el pasado se recurre a series y películas protagonizadas por un Burt joven.

 

Y se constata otra vez el milagro de cuánto más específica se pone la película respecto a Burt Reynolds, más universal se vuelve y menos de Burt Reynolds es.

 

Promediando el film, la vejez y sus ventajas (porque las tiene, no todo es achaques y decrepitud) por más que se centren en Reynolds, dejan de ser de su exclusividad y pasan a ser la de todos. El viejito que se reconciliará con su pasado es a la vez Burt y todos los viejitos que somos y seremos.

 

Y en esta reconciliación mucho tendrá que ver Lil, claro está, pero no por imposición del argumento, sino por la feliz idea de que el guion la quiso artista. Porque eso es lo que hace que Vic o Burt entiendan todo tan de una vez, porque basta con que Lil vea y viva la vida como lo hace, para que Vic o Burt comprendan de qué va la cosa.

 

Ella no necesita discursear, le basta con ser ella, para que Vic o Burt terminen por abrir los ojos, dado que entre artistas se entienden.

 

Y Vic o Burt saldarán cuentas, pedirán disculpas, perdonarán para ser perdonados y serán solidarios, ¡por fin!, con los dolores provocados.

 

Y quedarán listos para tener otro perro. Porque los dos títulos son válidos. Porque cuando se es viejo y se ve para atrás, el tiempo pasó tan rápido, que se siente como si se hubiera vivido según la ecuación de los años de un perro, aquella de que un año humano equivale a 7 años de un perro.

 

Y sí, también Vic es la última estrella de cine, sus aficionados todavía se reúnen, aunque más no sea en un pub, uno al lado del otro para volver a ver sus películas. Esa comunión está perdida, los aficionados de las estrellas de los streamings se reunirán ¿en zoom?, ¿en algún tipo de chat?, ¿en una nube?

 

Sally Field en su autobiografía corrige la ilusión creada por las revistas del corazón, de que su relación con Burt Reynolds distó mucho de ser satisfactoria, que jamás sintió que fuera verdad lo que él repitió veces y veces, que ella era el amor de su vida.

 

Sally dice que él fue muy competitivo con ella, que la desalentaba, que la sabía versátil y buena actriz, pero que no la estimulaba a superarse, sino por el contrario a aceptar lo hecho y repetirlo.

 

Entrelíneas da a entender que ella lo quiso, que él pretendió quererla y que no lo logró. Los famosos amores desiguales.

 

Adam Rifkin en esta película hace que el alter ego de Burt Reynolds, su Vic Edwards pida disculpas a su primera mujer por el amor desigual con el que pagó su amor tan puro y desinteresado y Burt lo hace con tanta verdad que creo que, si Sally ve alguna vez esta película, lo perdonará.

 

Como lo perdonarán Judy Carne, Loni Anderson, Inger Stevens y Dinah Shore por decir pública e insistentemente que Sally era el amor de su vida.

 

¿Hay un solo amor? ¿Son varios a lo largo de una vida? No se sabe. Lo que queda claro es que nunca aprendemos a amar del todo. Si lo supiéramos seríamos grises, planos y aburridos y no necesitaríamos estrellas de cine, ni últimas ni primeras. O lo que es peor, ¡no necesitaríamos perros!

Gustavo Monteros


martes, 12 de mayo de 2020

Dos pícaros con suerte - Tres no hacen pareja



Netflix sube Smokey and the bandit (Dos pícaros con suerte, Hal Needham, 1977) y como alguna vez fui un chico con ojos de matiné, me pongo a verla con anticipada nostalgia. Es el debut en la dirección de quien fuera y seguirá siendo un doble de riesgo y como cumple aquello de que es mejor hablar de lo que se conoce, el resultado sorprende por su solidez. Ojo, no nos confundamos, es una pieza industrial concebida como mecanismo para ganar dinero, pero está hecha con cariño y oficio, bah, entendimiento del oficio y para los parámetros de hoy en día (que “salga con fritas”) se parangona al cine arte. Dicho esto sin ánimo de chiste. El cine comercial de los setenta a la fecha ha involucionado mal, tanto que los productos comerciales de dicha época se agigantan.




Smokey and the bandit que trajo secuelas y imitaciones se basa en la lógica de la persecución que se origina en este caso en la apuesta de si Bandit (Burt Reynolds) y el camionero Cledus (el cantante y compositor de country music, Jerry Reed) son capaces de transportar una carga de cerveza para una fiesta en tiempo récord atravesando varios estados y burlando las restricciones policiales.


En el camino habrá gags, personajes cómicos caricaturescos, rotura de patrulleros, peleas a puños y chicas rotundas de remera apretada. Rol que por entonces podía cubrir Sally Field con gran autoridad física. Sally no siempre fue la madre noble y sufrida, es más, tuvo tantas carreras como la protagonista de la canción de Sondheim “I’m still here”. Sondheim viene a cuento porque se lo menciona. Sally es una bailarina de línea que casi llega a Broadway y Stephen es su innovador favorito.



Sally aquí es una novia fugitiva, cuyo novio abandonado (el musculoso Mike Henry, que en los sesenta fuera Tarzán) busca recuperarla con la ayuda de su padre, el comisario Buford T (el inmenso Jackie Gleason, que tuvo también tantas carreras como para cantar su versión de “I’m still here”)




Esta es la primera colaboración Sally Field-Burt Reynolds, que fueron pareja estable un ratito e intermitente siempre que podían. Sally declaró y declara a los cuatro vientos que siempre lo quiso y Burt, mientras tuvo parejas celosas, no lo gritó tanto pero lo demostró siempre. Y la química off-stage se comprueba  on-stage para beneficio público.




Reynolds se hizo eterno en el 18 y casi todos los obituarios destacaron su talento de partener de actrices impares en tren de comedia, a saber, la mencionada Sally Field, más Goldie Hawn, Liza Minnelli, Candice Bergen, Julie Andrews, Jill Clayburgh y Madeline Kahn, entre otras. Como pocos grandes caballeros del cine (Omar Sharif y Hugh Grant entre los más conspicuos) sabía dar lugar a que su coprotagonista brillara. No encuentro por ninguna parte, la que es con Goldie Hawn, Best friends (Amigos íntimos se llamó aquí) y que dirigió el maestro Norman Jewison en el 82. Pero sí hallo en la red otra de mis favoritas, Starting over.




Starting over (conocida aquí como Tres no hacen pareja) fue dirigida por otro maestro, Alan J Pakula, en 1979 y aquí Burt comparte cartel con Jill Clayburgh y Candice Bergen. Se basa en una novela de Dan Wakefield, con guión de James L Brooks, sí, el autor y director de La fuerza del cariño (1983), Detrás de las noticias (1987), Mejor…imposible (1997) y Spanglish (2004).




En Starting over (Recomenzando, sería su traducción literal) Phil Potter (Reynolds, of course) es un autor de artículos para revistas que se distribuyen gratuitamente en los aviones que intenta cortar lazos con su exmujer, la cantautora Jessica Potter (Candice Bergen). Si bien el matrimonio está terminado, la cosa no es fácil, todavía hay buen sexo entre ellos y las facturas no terminaron de pasarse y pagarse. A instancias de su hermano, Michael (Charles Durning) y su mujer Marva (Frances Sternhagen) inicia relación con la maestra Marilyn Holmberg (Jill Clayburgh), que arrastra sus propias batallas sentimentales perdidas y que terminará por pagar los platos rotos de Phil y Jessica.




Dos detalles de esta película quedaron grabados a fuego en mi memoria y los revisito con deleite. Uno involucra un gag con el famoso y nunca bien ponderado Valium y el otro es que Jessica (Candice Berger fue nominada para el Óscar como mejor Actriz de Reparto por esta delicia) compone buenas canciones que describen lo que siente, pero las canta ¡desastrosamente! (y los signos de admiración son parcos en este caso) (Candice perdería su Óscar porque justo le tocó competir con una actriz que los imanta, una tal Meryl Streep que ese año hizo eso de Kramer versus Kramer)




Jill Clayburg no canta, no le hace falta para lucirse como la mejor. Es más, su actuación aquí le reportó también una nominación para el Óscar, en su caso como Actriz Principal (fue su segunda y última, el año anterior la había obtenido por esa maravilla que fue Una mujer descasada (Paul Mazursky, 1978) y con la que nos enamoró por siempre jamás) Lo volvió a perder, por culpa de Sally Field y su Norma Rae (Martin Ritt, 1979) (película censurada por su descripción de la política, la dictadura era “apolítica”, sin comentarios, y que recién pudimos ver junto a muchas otras en la primavera alfonsinista) Ah, la pobre Jill, al de Una mujer descasada lo había perdido a manos de Jane Fonda (otra enamorada del Óscar) por su Regreso sin gloria (Hal Ashby, 1978)



El Óscar como todo premio es una lotería y puede que Candice y Jill lo perdieran, pero la gloria de su trabajo se reverdece cada vez que vemos esta película, y los obituarios de Burt no fueron clementes sino justicieros, si pueden lucirse tanto es porque Reynolds sabe hacer que su galán las espeje en todo su esplendor. Arte injusto el del galán, concita suspiros, pero poco reconocimiento crítico. (Si lo sabré yo…LOL, mucho LOL)

Gustavo Monteros