Mostrando entradas con la etiqueta Catherine Deneuve. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Catherine Deneuve. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de agosto de 2025

Hoy: La reine blanche


 

La memoria es un ministerio caótico. Algunas oficinas, las Primeras, son pulcras, luminosas y con sus archivos ordenados. Otras, las Segundas, son lúgubres, sucias y los archivos son anárquicos y azarosos. Y están también, las Terceras, que, si bien son moderadamente limpias y prolijas, tienen los archivos a medio procesar.

 

Mis recuerdos cinematográficos están casi por completo en las Primeras. Nunca en las Segundas y a veces en las Terceras.

 

Cuando era chico, alguien me dijo: Si algo te gusta, procurá saber lo más que podás sobre ese algo y serás feliz. Y como desde siempre, me gusta el cine. Las oficinas Primeras abarcan la mayoría de mis recuerdos. Pero como nadie es perfecto, según la última y genial línea que escribió Billy Wilder para Una Eva y dos Adanes (Some Like it Hot, 1959), con escasa frecuencia, mis recuerdos van a parar las oficinas Terceras.

 

Mi memoria para todo lo que tiene que se relaciona con ver películas, sobre todo, no es solo prodigiosa, es perfecta (válgame el autobombo). Recuerdo con precisión cuando vi cada película, con quién (si es que me acompañaban) y en qué circunstancias. Y si no registro las fechas es para que no me aíslen por delirante. Pero, si me apuran el mes y el año, te lo puedo acercar.

 

Eso sí, no recuerdo cuando me enamoré por primera vez, cuando casi me suicido, cuando fui plenamente y sin excusas feliz, cuando momentáneamente perdí la razón y cuando odié con tanta furia, que hubiera podido matar, pero si me preguntás de películas, te puedo decir hasta qué fantaseaba con comer después de verlas.

 

Así soy y no pido disculpas, las películas jamás me traicionaron, no me prometieron lo que no podían cumplir, ni intentaron dañarme, desgraciarme o vaciarme. Ni la peor película que he visto robó mi tiempo, mi dicha, mi heredad, mi deseo.

 

De ahí que me desconcierto cuando una película se pierde en las oficinas Terceras. Las pobres no fueron vistas con mi mente plena sino obnubilada por algún problema que me aquejaba. Aprendí que no tengo que ver películas cuando no puedo ser justo con ellas, pero también se es joven, inexperto y tonto en algún momento y no se puede evitar.

 

Un día, no quieran saber por qué, es demasiado íntimo, repasaba la carrera de Catherine Deneuve y no recordaba si había visto o no La reine blanche (Jean-Loup Hubert, 1991). Concluí que no. La encuentro y me pongo a verla. Al rato de empezada, me doy cuenta que sí, que la había visto, y recordé el cine, en qué momento y con quién fui. Este recuerdo estaba en las oficinas Terceras del Ministerio de mi memoria.

 

Liliane (Catherine Deneuve) tiene la maldición de la belleza. Por ser bella todo se le ha hecho fácil en la vida, hasta han tomado decisiones por ella.

 

Estamos en los años sesenta en una ciudad costera cerca de Nantes. Liliane vive con su esposo plomero, Jean (Richard Bohringer), sus dos hijos y su padre, Lucien (Jean Carmet). Veinte años atrás, Liliane fue pretendida por dos jóvenes, Jean e Yvon (Bernard Giraudeau). Mientras se decidía, un buen día, sin despedirse siquiera, Yvon se fue. Ahora regresa, casado con una antillana de La Guadeloupe y tres hijos, la mayor, una quinceañera, muy bella, de la misma edad de la hija de Liliane, Annie (Isabelle Carré).

 

Este regreso inesperado da vuelta la parsimoniosa vida de Liliane y salen a luz los secretos guardados, los fracasos no enfrentados y los conflictos no asumidos. Habrá discusiones, enojos, reconciliaciones, fugas, carrozas de carnaval y concursos de belleza. Y el final los encontrará a todos reconciliados con lo que lo hicieron de sus vidas.

 

Jean-Loup Hubert logra de su elenco actuaciones muy naturales que nos aproximan a sus personajes. Tanto así que nos vemos en ellos. No es una película impecable ni grandiosa, no pretende serlo, pero es cercana y bella. Entonces ¿por qué fue a parar a las oficinas Terceras?

 

La vi a la salida de mi trabajo de entonces, una escuela de la que debí huir muchos años antes de que me fui. Uno es tonto, espera milagros, le teme a lo nuevo, sobrevalora lo viejo y el hábito obnubila el pensar con claridad. Fui con una amiga que también tenía deseos incumplidos, un trabajo no muy estimulante, pero al menos muy bien pago y que esa tarde me dio un consejo que me enojó y que de haber seguido hubiera hecho mi vida más fácil y plena.

 

Todo muy como en la película, aunque nadie volvía a nuestra vida para desbaratárnosla. Nuestros conflictos se resolverían casi diez años después. La reina blanca vino a decirnos algo que no supimos comprender. Los estancamientos, por muy naturalizados que estén, son siempre malos.

Gustavo Monteros

viernes, 22 de noviembre de 2024

Querido diario - Hoy: El primer día del resto de nuestras vidas


 

Así como no hay hijos malos, no hay géneros malos (aunque ejemplares de unos y otros a veces salgan mal)

 

Confieso que hay géneros que frecuento con interés renovado: el policial, la comedia, el musical, el drama. Otros que visito tan poco que ya soy un ignorante supino de ellos: el terror, el documental. Algunos fueron pujantes y hoy son casi una rareza: el western y el de guerra. Otros muy de moda en estos tiempos que me dan pereza visitar (para decirlo amablemente), porque caen las más de las veces en la fórmula, la poca imaginación, lo probado hasta el hartazgo: la biopic y el navideño.

 

El cine comercial de Hollywood, pasada la fiesta de Halloween ataca con el bodrio navideño (hay excepciones, pocas, pero las hay). Y como en todo país colonizado culturalmente, tengo la acotada elección de qué ver, en respuesta al mandato sin escapatoria de ver algo navideño, porque es el momento del año de hacerlo. (El que pueda huir del “supuesto” espíritu navideño en algún especto de la vida cotidiana ¡que pase la receta!)

 

Llego a esta película de casualidad, busco antecedentes de Melvil Poupard, hallo que estaba aquí, incluida en mi lista larga e inabarcable de pendientes a ver.   

 

Un conte de Noël (2008) (El primer día del resto de nuestras vidas para su distribución local) de Arnaud Desplechin cubre dos casilleros: es de Navidad y de familias disfuncionales, tema tan recurrente en los últimos 15 años, o alrededor de (desde mediados de los sesenta a mediados de los setenta, el tema excluyente era la pareja, hoy es la familia peculiar).

 

Junon (Catherine Deneuve) y Abel (Jean-Paul Roissillon) tienen una familia atravesada por la muerte. De jóvenes perdieron un hijo a los seis años de un cáncer. Y ahora a Junon se le declaró uno parecido que necesita de la médula de un donante compatible. Sin hacer mucho suspenso porque la gracia no va por ahí, en su familia tiene dos que podrían donarle médula, su hijo Henri (Mathieu Amalric) y su nieto Paul (Emile Berling).

 

Pero arranquemos con más orden, aparte del finadito, Junon y Abel tuvieron a Henri, que es financista, a Elizabeth (Anne Consigny) que es una dramaturga de éxito y a Ivan (Melvin Poupaud) que no queda claro a qué se dedica o se me pasó por alto.

 

Henri, un irresponsable, amoral, mujeriego, bebedor, tiene una novia, Faunia (Emmanuelle Devos), mujer de ascendencia judía con mucho humor y paciencia. (El judaísmo no es tema de conflicto en esta familia, pero no se soslaya, como si sintieran el mandato social de hacerse cargo de los prejuicios sociales)

 

Elizabeth, que como ya dijimos es una dramaturga de éxito, casada con un matemático genial, Claude (Hippolyte Girardot) y son padres de Paul, un adolescente que padece de un desequilibrio mental, que puede o no desembocar en la locura.

 

Ivan está casado con Sylvia (Chiara Mastroianni) y son padres de mellizos de unos ocho años, Basile (Thomas Obled) y Baptiste (Clément Obled).

 

El núcleo familiar inmediato incluye a Simon (Laurent Capelluto), sobrino de Junon y primo, claro, de Henri, Elizabeth e Ivan.

 

Y esta Navidad, debido a la enfermedad de Junon, es la primera reunión de todos en 5 años. Cuando la familia celebraba algo, siempre faltaba Henri, exiliado por Elizabeth como resultado de un juicio por deudas. Elizabeth, desde que decidió ser dramaturga, contó con el apoyo de Henri, tanto así que hasta le compró un teatro para que lo dirigiera y probara su creatividad con plena libertad, pero Herni cayó en una pequeña omisión, se olvidó de pagarlo. Al momento del juicio, pretendía saldar las deudas vendiendo lo que a los efectos reales no era suyo, dado que jamás lo había pagado. Abel estaba dispuesto a hipotecar la casona familiar y su empresa, una tintorería (más que limpiar ropa, se dedica a teñir telas para la industria), aunque había un problemita, lo que pudiera obtener no cubría la deuda. La solución vino de un as bajo la manga que sacó Elizabeth: cubrirá la deuda en su plenitud con la condición de no ver nunca jamás a Henri en ningún evento familiar. No podía evitar que todos vieran o visitaran a Henri, pero exigió que bajo ninguna circunstancia se lo pusieran por delante. La jueza que intervenía le dijo que la ley no podía avalarla, que era una cuestión privada, que solo podía pedir el compromiso de la familia. Y la familia optó con complacerla y exiliar a Henri de las reuniones familiares, hasta ahora, en que la enfermedad de Junon obliga a todos a deponer las diferencias.

 

Lo que Henri es, está a la vista desde el principio, pero ¿qué determinó específicamente que Elizabeth dijera basta? El motivo es objeto de especulación para el resto, nunca llegan a una conclusión satisfactoria. Incluso el propio Henri le reclama que defina qué fue lo que le hizo. Elizabeth nunca lo dice, solo equipara a Henri con el Mal Absoluto, con lo horrible, lo abyecto, con todo de lo que hay que huir para mantener a su hijo, sobre todo, alejado y protegido. Por supuesto, Henri y Paul simpatizan, y si pudieran desarrollar una relación, verían que no solo son compatibles en medula para Junon.

 

Junon enfrenta la enfermedad sin remilgos ni delicadezas. Desde la pérdida del primogénito, vida y muerte son contingencias cercanas para ella. Confiesa que Henri nunca le cayó bien y que nunca lo quiso. Henri dice que él siente lo mismo. Puede que sea verdad, pero no se convive inútilmente y terminan manifestándose una sinceridad conmovedora, que bien puede ser amor. Nada es blanco y negro en la vida.

 

Junon expresa que Sylvia le cae poco y mal, porque se ha llevado de premio a su hijo preferido, el más querido, Ivan. Y le dice a Faunia, que ella sí le cae bien, porque le saca de encima a su hijo menos querido, o sea Henri. Junon puede hablar con Faunia sin tapujos, porque es la extraña, la desconocida, a la que se le puede decir y contar lo que sea. Y si bien Junon no es de andar cargando lastre, le hace bien hablar con Faunia, la clarifica.

 

De adolescentes, Henri, Simon e Ivan estuvieron enamorados (o deseaban) a Sylvia. Henri en apariencia solo quería acostarse con ella y como no lo logró, no la cortejó más. Simon se la “cedió” a Ivan. Secreto contado por Rosaimée (Françoise Bertin) la abuela postiza de todos, que fue a su vez amante de la madre de Abel (la amplitud de las relaciones no es cosa que se inventó ayer, puede que ahora se tienda a poner los puntos sobre las íes, pero las alternativas vitales vienen desde el principio de los tiempos). Retomo, cuando Rosaimée le relata a Sylvia que Simon la “cedió”, aunque nunca dejó de amarla y perdió en la entrega su sentido del humor y su alegría de vivir, Sylvia se pregunta lo que en algún momento nos preguntamos todos: ¿qué hubiera sido de mi vida si en vez de lo que viví, hubiera vivido esto otro? Enterarse de la verdad le cae a Sylvia en un mal momento. No porque sienta que concluyó su ciclo con Ivan, sino por todo lo contrario, porque no hace mucho aceptó estar enamorada de él. Pero también siempre quiso a Simon, sin atreverse a desearlo. Ahora ¿tiene el permiso?

 

Elizabeth también tiene un pretendiente desfavorecido, Spatafora (Samir Guesmi) amigo de sus hermanos, hoy un delincuente de poca monta, con el que pudo haberse casado, y que esta Navidad le deja de regalo una cadenita de oro con una medalla, no el colmo de la belleza, pero no carente de encanto. ¿Sería Elizabeth una dramaturga de haberse casado con Spatasfora? Y este, ¿habría en tal caso zafado de una vida delincuencial? Sabrá Dios o el universo paralelo.

 

Como bien puede deducirse, es un film navideño, pero alejado de las ñoñerías habituales. Habla de reencuentros, sí, pero sin las boberas entusiastas de una superación amortizada a plazos. Como en la vida, no hay cambios drásticos ni definitivos. En los días que atestiguamos, todos son sacudidos emocionalmente. No sabremos a ciencia cierta en qué medida el sacudón los modificará. Junon obtiene su transfusión de médula. ¿La aceptará su cuerpo, le dará una larga y buena sobrevida? Como Elizabeth elegimos creer que sí. Después de todo, si hay que completar el cuento, que sea con la mejor de las probabilidades. ¿A quién no le gusta un final feliz?

Gustavo Monteros


viernes, 23 de febrero de 2024

Querido diario - Hoy: El 74 de Giannini


 

Mientras duró el descanso, elegí películas para nuestras secciones habituales de Programa doble, Películas que ya tendría que haber visto o Películas con títulos de una palabra evocadoras de ciudades, países o accidentes geográficos, etc. Pensé también en nuevas secciones: 50 años no es nada (donde repasaría films que este año cumplen 50 años de su estreno, como Chinatown), Reverdeciendo laureles (en la que vería si algunos clásicos sigue vigentes o ya perecieron), El original y la copia (análisis de obras que tuvieron su remake feliz o desafortunada) o Al mal tiempo, feel-good movies (espacio para contrarrestar la deshumanización ya instalada o para celebrar la poca humanidad que nos queda, revitalizando costumbres perdidas, como la solidaridad, la generosidad, la amabilidad) Pero a medida que se acercaba el momento de concretar las ideas y sentarme a escribir, me dominaba un sentimiento de Déjà vu, de ya lo hice antes y mejor quizá, de para qué insistir. ¿Acaso se me habían pasado las ganas de hablar sobre cine? No, me contesté. Solo es hora de variar el ángulo, de correrse de las estructuras practicadas, de abandonar las rigideces a las que obligan las formas elegidas de ejercer este amor por la narración audiovisual. Se me ocurrió entonces intentar uno de los recursos más viejos: el clásico y confesional Diario. Allá vamos.

 

Diario de un cinéfilo desesperado en tiempos de oscuridades político-sociales

 

También fui actor. Mi carrera de tan modesta fue casi secreta. Los pocos fulgores que disfruté fueron los entusiasmos inesperados de conocidos y parientes que no esperaban nada de mi talento y que en noches de estreno a regañadientes concedían que quizá no fuera histriónicamente tan negado y algo pudiera lograr con mi insistencia de hacerlos reír y emocionarse. En noches de insomnio fantaseo con los papeles con los que me hubiera gustado consagrarme en el teatro o el cine, la tele no me moviliza demasiado, soy un nadie con pretensiones. Y como soy enciclopédico y me gusta solazarme con las carreras ajenas, se me da por pensar si tal o cual actor comprendió la trascendencia de su labor en el momento en que encaraba el personaje que habría de hacerlo inolvidable o si lo vivió como una instancia más de su trabajo.

 

Uno de los actores que más admiro es Giancarlo Giannini, sobre todo por culpa de su Pasqualino Siete Bellezas (o Pasqualino Settebellezze, en el original), que se estrenó en Italia el 20 de diciembre de 1975 y en Argentina el 20 de octubre de 1977 (por entonces las películas tardaban en llegar y la censura no ayudaba mucho, le ponía peros hasta a Bambi). No pude encontrar detalles de fechas de producción o mucha precisión de dónde se filmó. Lo poco que pude averiguar es que se rodó en parte en Yugoslavia (las escenas de la fuga) y que el escenógrafo Enrico Job pidió que las tomas de interiores del campo de concentración se filmaran en Tívoli, en una vieja fábrica de papel erigida sobre las ruinas de un templo griego y que hay escenas en Aversa y en Nápoles, claro). Y la única fecha fidedigna que averigüé dice que en junio de 1975 estaban filmando (¿esta fecha es terminación o inicio de rodaje?, no se sabe o yo no supe averiguar más. Las maravillas no surgen de la magia. Todo tiene trabajo, dudas, sudor, detrás. No basta con la inspiración y la suerte.

 

Vi y leí reportajes a Giannini sobre Pasqualino y nadie le preguntó si tuvo consciencia durante el rodaje de que estaba inscribiéndose en la Historia del cine.

 

Y como mi curiosidad es insaciable, me dije: ya que mi inquietud está insatisfecha, puedo hacer algo que si está a mi alcance: repasar la carrera de Giancarlo desde sus inicios hasta que llegó a Pasqualino. Ambición que tuve que contener o limitar al año anterior de filmar Pasqualino, porque Giancarlo antes y después de las siete bellezas es un hombre prolífico con gran capacidad de trabajo. Y si bien internet podía proveerme todos los títulos, mi tiempo es limitado. Trabajo, tengo otras inquietudes, una vida de relación, una perra, bañarme, comer, etc. A veces, muy pocas en realidad, envidio a los copistas medievales que en las tranquilidades de sus conventos se dedicaban a una sola tarea en sus vidas.



En el año 1974, Giannini estrenó tres películas. La primera Il bestione de Sergio Corbucci, conocida en la Argentina como Nino, el bestione, una comedia costumbrista, mencionada a la pasada en el documental de Netflix sobre Corbucci producido por Quentin Tarantino. Esta comedia es tanto una de caminos (road movie que le dicen) como una de amigos o parientes desparejos (buddy movies que le dicen) Al contrario de lo que implica el título para la distribución argentina, el bestione no es Nino (Giannini)] sino el camión gigantesco que, con su compañero, Sandro (Michel Constantin) se turnan en manejar mientras van de un país a otro con la gran carga que transportan. Los dos protagonistas se detestarán en un inicio y de a poco, por problemas a superar, por aventuras compartidas, por soledades iluminadas, comenzarán a aceptarse y apreciarse. Hoy da un poco de resquemor verla. Si bien no promueve el machismo, refleja una sociedad patriarcal condescendiente y despreciativa hacia las mujeres. El aire de los tiempos en que fue hecha. Al ser fiel a su época, denuncia una necesidad de cambio urgente, porque estos dos hombres no hallan fácil vivir en este mundo patriarcal. Sostienen el statu quo por inercia, no por convicción. Hoy, las feministas rechazan de plano estas películas (quizá hagan bien) y no observan que el mundo retratado reclama el desequilibrio que no tardaría en llegar. Uno es un hombre divorciado a la que la mujer le metió los cuernos, porque se sintió frágil y abandonada por los tiempos muertos de los largos viajes y el otro se aprovecha de las necesidades de una viuda mayor con algo de dinero porque es su única posibilidad cierta de reunir el dinero para comprar su propio bestione, y ambos rechazan haber sido arrinconados a esa realidad. Son machos que no se sienten cómodos en sus roles (Ciao machio, Marco Ferreri, 1978) en los tiempos (para jugar con otro título de película) de El futuro es mujer (Il futuro è donna, Marco Ferreri, 1984)




La segunda película que Giannini estrenó en 1974 se ve sin vergüenza porque es un drama histórico progresista y bien intencionado: Fatti de gente perbene (conocido en la Argentina no por la traducción fiel de su título original, Hechos de gente bien, sino como La gran burguesía) de Mauro Bolognini. Estamos en 1902 en Italia. Linda (Catherine Deneuve, esplendorosamente bella) está mal casada con un hombre violento, abusivo, cruel. Su hermano Tulio (Giannini) decide librarla de lo que considera una muerte segura matando al marido. Linda y Tulio son hijos de un profesor de Medicina de ideas amplias, opuestas a las restrictivas del catolicismo, el doctor Augusto Murri (Fernando Rey, actor que también estará en Pasqualino Settebellezze). La verdad del crimen saldrá a la luz, pero los responsables no serán juzgados por el asesinato en sí, sino por el odio a las ideas progresistas del doctor Murri. La acción coordinada de una prensa que defiende un catolicismo a ultranza demonizará, con la ayuda del comisario investigador, transformarán el juicio en una caza de brujas. La película nos demostrará que las campañas de los medios de comunicación hegemónicos actuales no inventaron nada al demonizar a los que se oponen al ideario de ultra derecha que sostienen. El film también nos corroborará que, en esos lejanos tiempos, tal como ahora, una justicia supeditada a la opinión fanatizada de los medios dominantes no es tal sino una farsa. Un drama de época muy bien hecho y por desgracia muy vigente.




Y la tercera película que Giancarlo estrenó en 1974 es Travolti da un insolito destino nell'azzurro mare d'agosto (Abrumado por un destino insólito en el mar azul de agosto, en la traducción original). Para su estreno en la Argentina, el título se simplificó a Insólito destino, y es la película inmediatamente anterior a Pasqualino Settebellezze que hizo el tándem Lina Wertmüller, directora y guionista y su actor fetiche, don Giancarlo Giannini, el genial. Se trata de una comedia de estereotipos opuestos. En un yate de lujo, alquilado a unos cuentapropistas, veranean unos ricos. La insoportable Raffaella (Mariangela Melato), una alta burguesa caprichosa, cruel, despreciativa, insultante se destaca del resto de los veraneantes. Y la padece el camarero-tripulante, Gennarino (Giancarlo Giannini, filmado más esplendorosamente que de costumbre por Wertmüller), un proletario socialista, machista y prejuicioso. El azar y el argumento determina que Raffaella y Gennarino terminen juntos en una isla desierta. De movida la extracción social, o sea la diferencia de clases, la ideología, las experiencias de vida y los prejuicios irremontables los separarán. Pero los dos son jóvenes, saludables y sexis, así que el prejuicio de la diferencia de clases se volverá deseo, y aunque apliquen en clave erótica la dicotomía amo-sirviente, invirtiéndola a cómo se daba en el barco, la pulsión sexual aplanará las diferencias. Tanto que cuando puedan ser rescatados, preferirían no serlo para continuar con su recién descubierta relación erótica-afectiva. La comedia es efectiva, aunque ratifica verdades de Perogrullo. Si se eliminan los mandatos sociales de clase, experiencia, crianza, surgirá una lógica nueva, que quizá contenga los mandatos mencionados, ahora reacondicionados a una manera más asequible a las necesidades de los individuos que deben padecerlos. Dice también que el sexo, reprimido por las convenciones y necesidades de dominio, de mantenimiento de un equilibrio social reaccionario, liberado es la puerta a un estado nuevo, quizá revolucionario. De todos modos, la realidad como la conocemos se impondrá, aunque nadie les quitará lo bailado, de ahí que el final sea más agridulce que triste.




Y a continuación de Insólito destino, algo que no puede negarse porque se lo ve muy bronceado, y aunque habría de estrenarse en 1975, Giannini rodó por septiembre de 1974 A mezzanotte va la ronda del piacere (conocida por estos pagos por la traducción literal de su título: A medianoche va la ronda del placer) de Marcello Fondato. Se trata de una comedia ligera a la manera de Punch and Judy, porque cualquier motivo es bueno para darse mamporros (tradición cómica que hoy merece la política de la cancelación, pero que se entronca con el comienzo del teatro y de gran éxito en el Medioevo y el Renacimiento. Tina Candela (Monica Vitti) enfrenta un juicio por haber supuestamente matado a su marido, Gino Benacio (Giannini) tras una violenta pelea. Digo supuesto crimen porque no hay cadáver, dado que Gino cayó accidentalmente en un sumidero y no se supo más de su cuerpo. Gabriella Sansoni (Claudia Cardinale) casada con Andrea Sansoni (Vittorio Gassman) más preocupado por hacer dinero en dudosos negocios que en atenderla, es llamada como miembro del jurado en el juicio a Tina Candela. Gabriella, única mujer en un jurado de hombres, tiende a comprender e inclinarse por la inocencia de Tina Candela. En un principio la balanza parece inclinarse hacia ella, Gino Benacio era un marido que por todo recurría a los cachetazos y a la infidelidad. Aunque, como se comprobará después, Tina Candela no se queda atrás. En cachetazos e infidelidad. Gabriella, afecto-carenciada, imaginará que las distintas instancias por las que pasa Tina Candela, le pasan a ella y Andrea. Por todo lo dicho, hoy es una comedia vergonzante, ofensiva e injustificable, más allá de unos buenos chistes y gags que no se relacionan para nada con la violencia contra la mujer.




Nunca sabré, o al menos no por ahora, si al comenzar a filmar Pasqualino Settebellezze, Giancarlo Giannini fue consciente de que entre manos tenían una genialidad. Lo que queda en evidencia es que le puso todo el amor a su profesión y el máximo compromiso con su histrionismo. El mismo empeño responsable que le puso a estos proyectos de variado propósito y resultados. Los actores que aman su profesión encaran cada proyecto con la creencia de que saldrán de la mejor manera. Y a veces sus esperanzas se cumplen.

Gustavo Monteros


viernes, 1 de julio de 2022

Programa doble: El búho y la gatita - El salvaje



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: El búho y la gatita – El salvaje

 

Uno de los ejes de la comedia del siglo XX fue la guerra de los sexos, la confrontación de lo entendido como esencialmente femenino contra lo entendido como intrínsecamente masculino. Se hallan ejemplos ineludibles en las principales comedias de George Bernard Shaw: Candida, Pygmalion, César y Cleopatra, Las armas y el hombre, La conversión del capitán Brassbound, El hombre del destino, entre otras, por suerte, varias más.

 

La variable más deliciosa se centró en la irrupción de un huracán femenino en un apacible rincón masculino. En cine hay dos ejemplos supremos de Howard Hawks: Bringing Up Baby (1938) (conocida aquí como La adorable revoltosa) con los insuperables Katharine Hepburn y Cary Grant y Ball of Fire (1941) (conocida aquí con la traducción literal de su título: Bola de fuego) con los maravillosos Barbara Stanwyck y Gary Cooper.

 

Los dos títulos que revemos hoy pertenecen a esta variante.

 

En The Owl and the Pussycat / El búho y la gatita (Herbert Ross, 1970) en un edificio de departamentos tan diminutamente claustrofóbicos como imposibilitados de habilitar algún tipo de intimidad, el aspirante a novelista Félix (George Segal) ve su necesitado silencio permanentemente interrumpido por los ruidos que hace su vecina, Doris (Barbra Streisand) tanto cuando está con sus clientes (es prostituta part time, aunque se presente como una aspirante a actriz) como cuando está sola porque le gusta la televisión al volumen intolerable. La vociferante pelea en la que se enredan hace que los echen del edificio en plena noche y deambulen hasta recalar en el departamento de un amigo de él. La promiscuidad obligada los hará conocerse, apreciarse y enamorarse.

 

En Le Sauvage / El salvaje (Jean-Paul Rappeneau, 1975) Nelly (Catherine Deneuve) es una muchacha francesa que vino a Caracas para casarse, pero se arrepiente y huye de la inminente boda con un italianísimo Vittorio (Luigi Vannucchi) que no acepta un no como respuesta. Nelly termina por pedirle ayuda a un desconocido Martin (Yves Montand), que hará lo que esté a su alcance para sacársela de encima, algo que no logrará y terminará por albergarla, o más bien soportarla en la paradisíaca isla del Caribe en la que vivía apartado, recluso y tranquilo.

 

El búho y la gatita fue en su origen una obra de teatro de Bill Manhoff, de suerte inmerecida (se representó profusamente en todo el mundo) porque es pobre en la caracterización de sus personajes, escasa de ingenio y mecánica en el desarrollo de sus conflictos. La suerte le alcanzó también en la versión cinematográfica puesto que sus tres responsables principales, el director Herbert Ross y los actores Streisand y Segal ponen en juego su arte y oficio para disimular las cortedades de un producto vacío y medio tonto. Los años desnudan con impiedad las falencias y salvo algunas líneas, el compromiso actoral de Segal, Streisand que está en su mejor etapa de comediante y el baby-doll que se ve en el afiche, el resto es para el olvido.

 

El solitario, en cambio, a pesar de los años, exhibe jovialidad y lozanía. Jean-Paul Rappeneau es siempre recordado por su maravilloso Cyrano de Bergerac (1990) con el gran protagónico de Depardieu, pero su impar talento florece en la comedia. Tanto La vie de château / La vida en el castillo (1966), como Les mariés de l’an deux / (aquí) El aventurero del Año II (1971) como Bon voyage (2003) para mencionar mis favoritas ofrecen detalles magistrales. El salvaje con gran lucimiento de sus carismáticos protagonistas no le va a la zaga.

 

En definitiva, una tanto, la otra tan poco. Aunque un buen par de protagonistas en su salsa hacen digerible el bodrio más soso.

Gustavo Monteros

jueves, 10 de enero de 2019

Mala hierba


Las películas Feel Good (Optimistas), como todo cuento de hadas, son una expresión de deseos.


Todas nos cuentan un mundo donde la redención es posible, los finales son felices, y las personas obtienen lo que se merecen (o algo así). Todo cuanto el mundo en general no es.


Y cuanto más falsa y colorida es la postal, más la amamos. La Feel Good Movie está hecha para eso, para esperanzarnos, para levantarnos la moral, para vendernos un buzón. Para que al terminar de verlas, nos sintamos un poco mejor de lo que somos. Bueno, tampoco podemos estar todo el tiempo tirándonos para abajo, en algún momento hay que construir autoestima.


Mala hierba es una Feel Good Movie con todas las letras y tiene ingredientes infalibles. Dos, aunque muy probados, de sabor garantizado: Catherine Deneuve y André Dussollier. Y uno nuevo, el autor-actor-director Kheiron, desconocido por mí hasta la fecha y que irrumpe con la sabiduría de los experimentados.


Wael (Kheiron) es un ex chico de la calle, adoptado en su momento por Monique (Catherine Deneuve) y los dos sobreviven de trapicheos de lo más divertidos (para ellos, para sus víctimas no tanto, aunque no hay grandes daños en sus mañas). Un día se topan (literalmente) con Víctor (André Dussollier) un viejo conocido de Monique que es director de una escuela de verano que anda necesitando un suplente para una clase de inadaptados. Por supuesto, Monique hará lo imposible para que Wael sea el candidato.


Mala hierba es una comedia muy lograda que abreva en varios lugares transitados antes (en cine, la originalidad importa menos que contar el mismo cuento de siempre con gracia) como el suplente sin experiencia que termina sabiendo más de cómo dar clase que el mismísimo Paulo Freire (porque hasta viene con teorías) o los alumnos enemistados que terminaran resolviendo el problema del otro y siendo los mejores amigos, o los romances de segundas o terceras oportunidades.


Kheiron es una fuerza de la naturaleza, dirige con aplomo, escribe bien y actúa con garbo y destreza y tiene un carisma y una simpatía a prueba de cínicos y malhumorados. Deneuve, patrimonio cultural de la humanidad a esta altura, después de haber trabajado (y más de una vez) con todos los alguienes que en este mundo han sido, no le queda registro sin entender ni manejar. Es de esas actrices que pesca al vuelo el estilo de la película y lo lleva a cabo en consecuencia. Ya es infalible y una delicia para los que degustan las buenas actuaciones. Aquí aprovecha para reírse de los efectos de la vejez, incluido el ligero sobrepeso. André Dussollier no le va a la zaga ni en logros, gracia y prosapia.


Si se quiera pasar un buen rato, no hay que desherbar esta Mala hierba, que desde hace poco crece en Netflix.

Gustavo Monteros







jueves, 3 de enero de 2019

Con la frente en alto


Llegué a Con la frente en alto (La tête haute, Emmanuelle Bercot, 2015) por Catherine Deneuve. (Tarde o temprano termino por ver todas las películas de mis actores favoritos, sin tomar en cuenta temas o variaciones en calidad, soy un fan fiel, si alguien me gusta, me entretendrá incluso en el mayor de los bodrios. Además, los actores, por ese vicio de comer, a veces tienen menos libertad que los directores o guionistas) Como sea, volviendo al tema que nos ocupa, me llevé una grata sorpresa. Después averigüé que en realidad es la segunda película dirigida por Emmanuelle Bercot que veo. La anterior de 2013, también con Catherine Deneuve se estrenó en los cines: Ella se va.


Con la frente en alto trata la relación que entablan durante 10 años, la jueza de menores, Florence Blaque (Deneuve) y uno de sus “clientes”, Malony Ferrandot (Rod Paradot), un chico primero y adolescente después, aparentemente irrecuperable. A la mínima contrariedad o frustración, lo arremeten ataques de violencia ¿incontrolables?


Un guía o asistente en desarrollo o educación, Yann (el carismático Benoît Magimel) querrá bajar los brazos, ante el caso, ante el sistema, pero la jueza le recordará que él es un “rescatado” y no hay que cejar aunque se caiga el mundo.


Malory fue hijo de una chica adolescente, Séverine (Sara Forestier) que nunca termina de madurar y que vive sobrepasada por sus necesidades, tanto materiales como emocionales. Con ella (o sin ella) Malory tiene pocas o ningunas opciones. Y como lo tuvo de muy jovencita, no se llevan muchos años de diferencia, por momentos más que madre e hijo, parecen hermanos.


Y sin embargo, cuando el tiempo se acaba, cuando está a punto de llegar a la mayoría de edad, los famosos 18 (ante la ley, parece ser esa la edad en Francia) el milagro se produce, que no es otro que el truco más viejo del mundo: el amor. Aprender a dar y recibir amor, previo aprender a quererse primero, claro.


Rod Baradot, el Malory protagonista, es un actor portentoso, que entiende y transmite la frustración y violencia de su personaje, a la vez que no nos aleja de su peripecia. Detestamos sus acciones, pero queremos que comience a madurar, porque adivinamos, más que comprobamos, que es una buena persona.


Deneuve tiene, no bien comienza la película, dos escenas antológicas. “Bastonea” dos audiencias con mucha gente, gritos, chicos, sin perder intención, personaje y lo más importante: ritmo. Un despliegue impresionante de talento.


La directora Bercot ha elegido para narrar su historia un realismo sucio, impiadoso casi, que hace la redención final más conmovedora.


Para no perdérsela, es de esas películas que se quedan con uno, que ratifican lo que sabemos, que con las personas, más con los chicos y adolescentes, no hay que rendirse, aunque no se llegue a la redención como aquí, lo sembrado en algún momento florece y nunca es tarde.


Ojalá más de cuatro que tienen opiniones horribles de los marginados la vieran. La vida es tan distinta a cómo ellos la ven…


Con la frente en alto puede verse en Netflix

Gustavo Monteros

viernes, 9 de diciembre de 2016

El nuevísimo testamento

Sí van al cine este fin de semana, no se pierdan El nuevísimo testamento de Jaco Van Dormael. En cuanto pueda escribo la crónica.
Gustavo Monteros

jueves, 17 de abril de 2014

Ella se va



Bettie (Catherine Deneuve) como tantos de nosotros, cree que vive intensamente, cuando en realidad sólo llena huecos. Bettie maneja un restaurante, vive con su madre, tiene un amante díscolo, una hija con la que se lleva poco y un nieto al que casi no conoce. Un día, su madre le da una noticia que desbarata su mundo. Toma el auto y se va a tomar un poco de aire, la necesidad de un cigarrillo la llevará más lejos, tanto que se habrá ido para hacerle honor al título.


La distancia no importa, siempre se puede volver, es el corrimiento de que se es lo que cuenta. Bettie se corre un poco de cómo vive y, paradoja de paradojas, no se apartará de las obligaciones familiares, sino que será cumpliéndolas que llegue adonde tenga que llegar. Perdonen si me pongo críptico, pero no quiero revelar más de la cuenta.


Ella se va es el tercer largometraje que dirige la actriz Emmanuelle Bercot y está lleno de logros pequeños. No importa, ya se sabe, las cosas pequeñas son las únicas que se vuelven esenciales, lo demás es pura cáscara. La chica comanda con sabia precisión a sus actores (que incluye debutantes y no actores), elabora con astucia atmósferas y climas, y ostenta la medalla de oro de los narradores: sabe lo que quiere y cómo contarlo. Y hasta se da el lujo de hacer dialogar a una vieja gloria como Mylène Demongeot con su pasado, no de actriz sino de algo más punzante, de un prototipo de belleza, su Fanfan puede que esté algo marchita, pero palpita lozanía.


La cosa se centra en Catherine Deneuve, como corresponde, estrella de la que no se puede apartar la vista ni un segundo, su eterno magnetismo nos compele como el primer día. Aquí nos regala unas cuantas escenas que atesoraremos en nuestros recuerdos para siempre, y me freno para no arruinar sorpresas. Valga como ejemplo una que no revela mucho. Catherine maneja el auto por una carretera lateral del bello interior de Francia, perdida en el mapa como en la vida, mientras se oye la voz rasposa de Rufus Wainwright desgranar una canción doliente. Si eso no es cine, no sé que será. O para expresarlo mejor, permítanme parafrasear la marcha de gesta: Si esto no es el cine, ¿el cine dónde está?


En resumen, acompañemos a esta “ella” que se va, que la pasaremos tan cómoda o incómodamente como en el mejor viaje.
 
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 14 de mayo de 2011

Mujeres al poder

A François Ozon le gusta jugar con el cine y el teatro. No lleva al cine obras de teatro en el sentido tradicional, sino que experimenta con las herramientas de ambos medios expresivos. En Gotas que caen sobre rocas calientes, sobre obra de Rainer Maria Fassbinder, privilegió la forma por sobre el contenido, el cómo se contaba era más importante que el qué se contaba. En 8 mujeres, sobre obra de Robert Thomas, se movió en el más puro artificio y creó un homenaje a las divas del cine con las convenciones de los vehículos de lucimiento de las divas teatrales. Ahora, en Mujeres al poder, Potiche (florero) en el original, sobre obra del dúo Pierre Barillet y Jean-Pierre Grédy, opta por la transformación, la relectura feroz de una pieza enmohecida y apolillada.


Potiche fue el último vehículo estelar que eligió Mirtha Legrand para plantarse como florero en el escenario, lo que prueba la vetustez del original, porque ya se sabe que la señora atrasa en política, moral y buen gusto. El conservadurismo recalcitrante es su ADN.


Ozon conserva los vericuetos de la trama y reescribe con malicia diálogos y personajes. Sacude el moho, mata las polillas, elimina las ñoñerías y dinamita la moralina bobalicona. Para empezar, manda la acción a 1977, lo que le permite explotar lo retro y exacerbar lo kirsch. Se da el gusto de entregarse a excesos en los subrayados musicales y termina por vitalizar una obra convencional y llena de telarañas hasta volverla una mordaz comedia farsesca sobre la guerra de los sexos y la diferencia de clases. Y así la historia de una señora burguesota y cornuda, pasiva como un florero que termina potenciando capacidades que desconocía y llega a ser una buena directora de fábrica y luego política, se cubre de resonancias pertinentes y tiros por elevación certeros hacia la realidad contemporánea.


Catherine Deneuve y Gérard Depardieu no son monstruos sagrados del cine por azar o imposición del mercadeo. Prolíficos y/o generosos con su talento, han alcanzado una madurez deslumbrante. Regocija verlos hacer cosas difíciles a la velocidad de la luz. Los cambios, reacciones y transiciones de sus personajes fluyen con la celeridad con que ocurren en la vida. Aún en la farsa, se desenvuelven con la naturalidad de lo real. Y Ozon celebra sus mitos a la vez que los reinventa: el baile en la discoteca, por ejemplo, es un deleite endorfínico inusitado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros