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viernes, 10 de febrero de 2023

Desafío del mes de San Valentín - Segunda semana

Este Febrero es un mes complicado para mí. Tengo que despejar incógnitas, tomar decisiones, aceptar condicionamientos que no dependen de mí, etc. Pero para no obsesionarme, desarrollar ideas satélites o hacer de mi mente un embudo atascado, me conviene pensar en otras cosas. Y como el cine es una de las pocas cosas que siempre me divirtió, nunca me traicionó y si alguna vez me decepcionó, me recompensó casi de inmediato, me planteé un desafío. Como es el mes de San Valentín, voy a ver si puedo completar una lista de 28 películas de amor que me gusten de verdad.

Sábado 4 de febrero de 2023 


Día 4: Mad Dog and Glory (Una mujer para dos, John McNaughton, 1993).

El policía Wayne (Robert De Niro) también apodado Perro loco salva la vida de Frank Milo (Bill Murray), un prestamista mafioso en un asalto. Frank en agradecimiento le envía a Gloria (Uma Thurman) a que conviva con Wayne unos días y le haga la vida placentera, con todo lo que esto implica. Gloria, en realidad, es la "garantía" de un préstamo que Frank le hizo al hermano de Gloria y como este incumplió, Gloria está condenada a hacer lo que Frank le pida. Para cuando Frank venga a reclamar a Gloria, Wayne tendrá que luchar por ella, porque se han enamorado. Y Frank no es un hueso fácil de roer por más Perro loco que Wayne sea. A De Niro, por prepotencia de talento (entiéndase Taxi-driver, El francotirador, El toro salvaje, New York, New York, Érase una vez en America, entre las más destacadas) le doy la autoridad de venderme cuanto buzón quiera. Y me los ha vendido, porque el hombre acepta cualquier proyecto. Pero en este caso, no. El amor que siente por Gloria es fuerte, lo hace vencer cobardías, lo pone a prueba con balas y puños. Gloria no se puede quejar, da gusto ser amada/o así.


Domingo 5 de febrero de 2023 


Día 5: Cesar et Rosalie (Claude Sautet, 1972)

Cesar (Yves Montand) ha llegado a su Paraíso. Su personalidad avasalladora es apreciada, con sus hermanos comanda una empresa floreciente de chatarra (negocio sin buena prensa, pero detrás del armamentista, el más exitoso del siglo XX) y después de varios ensayos (el hombre es mayorcito) está con la mujer de sus sueños, Rosalie (Romy Schneider) a la que ama y respeta. Rosalie tiene una hija de 5 años que tuvo con Antoine (del que está alejada), con el que se consoló cuando el hombre que ella de verdad amó, el historietista David (Sami Frey) la dejó para irse a probar suerte a Estados Unidos. Pero como todo Paraíso tiene su serpiente, al de Cesar lo desbaratará la vuelta de David, que impacta en el presente de Rosalie, que de todos modos le asegura a Cesar, que él es el elegido. Cesar para asegurar la victoria mete la pata. Le dice a David que Rosalie está embarazada y que se casarán pronto. Rosalie que valora su libertad por sobre todo, ante la mentira se siente ultrajada y abandona a Cesar, que se desahoga en una violencia que es pura impotencia, no destrucción. La soledad y el desamparo enseñan y Cesar es hombre de aprender. Ya venía bien encaminado en esto de querer, sin embargo la partida de Rosalie lo llevará al Doctorado del Buen Amar, y ya no querrá sacarse de encima a David sino incluirlo para que ella no tenga que elegir, y si Rosalie ama a David es por algo, entonces Cesar aprenderá a apreciarlo y quererlo. Surge entonces la paradoja, en su afán de recuperarla, Cesar le pone la vara muy alta a Rosalie, ahora le toca a ella aprender, ¿lo hará? En el amor todo vale, hasta ser sabio y honesto.


Lunes 6 de febrero de 2023 


Día 6: Oci Ciornie (Ojos negros, Nikita Mikhalkov, 1987)

Fines del siglo XIX. Chico conoce chica, chico pierde chica, ¿chico recupera chica? La última premisa de este caso va con signos de interrogación porque son personas adultas, están casados y el autor es Chéjov. Hay historias que no se gastan por más que se cuenten una y otra vez. La dama del perrito de Antón Chéjov, de celebrada popularidad, es una de ellas. Mikhalkov, con Marcello Mastroianni al frente de un elenco ítalo-ruso, fue uno de los que mejor la contó. No fue el primero ni será el último, porque podemos prescindir hasta del aire, pero nunca podremos prescindir de Antón Chéjov.


Martes 7 de febrero de 2023


Día 7: Love With the Proper Stranger (Desliz de una noche, Robert Mulligan, 1963)

No tendría que haber pasado, pero pasó. Y ahora ella (Natalie Wood) lo busca para que le consiga un médico para que le haga un aborto. Y él (Steve McQueen) ni siquiera se acuerda de ella, hasta que sí, ah, sí, ella era la de aquella noche en las montañas. Él es un músico  free lance y ella trabaja en la sección mascotas de Macy's, porque estamos en la New York de los sesenta. Y la relación se establece, se desarrolla y crece por donde todas terminan. Él la rescata del aborto clandestino al que la acompañó porque terminó por ser la definición de sórdido y siniestro. Y cada uno conoce la peor cara de la familia del otro. La de él está ganada por la decepción. Él no tiene un presente promisorio y ellos, sus padres, tampoco tienen algo mejor que ofrecer. Y la de ella, familia italiana de historieta, es de intromisión enfermiza, madre y hermanos tienen que decidir y controlar todo lo que ella hace, es porque la quieren, claro, pero a ella le gustaría que la quisieran menos. Pero entre todas estas idas y venidas, ella y él se enamoraron y ya el final feliz anda a la vuelta de la esquina. Así que descorchen los champanes, nomás.


Miércoles 8 de febrero de 2023 


Día 8: My Beautiful Laundrette (Ropa limpia, negocios sucios, Stephen Frears, 1985)

El neoliberalismo es feo, sucio y malo. Un invento de los ricos para ser más ricos y sumir al resto más en la pobreza. Como lo que trae es hambre, pobreza, desempleo, desesperanza, desata el sálvense quien pueda y la rápida anulación del otro que pasa a ser el enemigo. Johnny (Daniel Day Lewis) y Omar (Gordon Warnecke) fueron compañeros de escuela. Jugaban juntos y tomaban la merienda uno en casa del otro y viceversa. Pero en una marcha de odio a los supuestos inmigrantes, Johnny, al frente de unos amigotes skinheads, al pasar por la casa de Omar, le gritó al padre de este: ¡Paqui, volvete a tu tierra, sucio malparido! Pasan unos pocos años y los paquis (paquistaníes) parientes de Omar aprendieron las lecciones del neoliberalismo: mafia, negocios sucios, explotación, inmoralidad, avasallamiento de derechos, etc. Manejan tantas empresas que hasta se permiten traspasarle a Omar, un joven de escasa experiencia comercial, un negocio de los que mucho no rinden: una lavandería. Ahora Omar emplea a Johnny, lo explota más bien. Le cobrará el insulto aquel. Pero Omar y Johnny se aman. Se dirán cosas horribles, pero ninguna tiene que ver con ellos o su vínculo. Son por prejuicio, por las derivaciones políticas y sociales del neoliberalismo. Cerca del final, Johnny, herido físicamente, jura por enésima vez que se irá. Pero la última escena los sorprende con los torsos descubiertos, tirándose agua en las lastimaduras, en un claro prejuego sexual. Es que Ropa limpia, negocios sucios es sobre hipocresías varias, disrupciones del tejido social y amores que ni el neoliberalismo puede matar. Y Thatcher, por más poderosa que haya sido, hoy es mala palabra en 1753 idiomas. ¿Justicia poética? Algo es algo.


Jueves 9 de febrero de 2023 



Día 9: Cold War (Pawel Pawlikowski, 2018)

Cuando uno creía que ya no habría historias de amor que nos conmovieran hasta las masmédula, viene el polaco Pawel Pawlikowski y nos descerraja el cerebro y el corazón con un relato tan arrasador como ineludible. Zula (Joanna Kulig) está triplemente maldita, es bella, talentosa y con capacidad de amar en plenitud. Tres virtudes que son una maldición si se ha nacido en Polonia en los cuarenta y se es todavía joven en los sesenta del siglo XX. Vivir es complicado en cualquier época, pero algunas son peores que otras. La devastadora y volátil Polonia de la Guerra Fría no ofrece una de las mejores. De allí que Zula sea tironeada, abusada, explotada, esclavizada por las cambiantes facciones de turno. Encuentra en Wiktor (Tomasz Kot) su igual, pero lo perderá y recuperará, una y otra vez, y otra vez y otra vez. Dice Peter Handke en un texto poético: "La muerte es la mejor de las historias, después de las de amor". Cold war es, entonces, de las mejores y más mejores.


Viernes 10 de febrero de 2023 


Día 10: Camille (La dama de las camelias, George Cukor, 1936)

Las viejas historias de amor me intrigan por lo que le contaban al público que las hizo clásicas, y cómo las podemos reinterpretar hoy según esta contemporaneidad nuestra. Margarita Gautier (Greta Garbo) la heroína de La dama de las camelias fue, desde que la concibió Alejandro Dumas hijo, el ejemplo más acabado de lo que se puede hacer por amor. Repasemos la historia: Margarita es una cortesana de éxito en el París del siglo XIX. Usufructúa hombres poderosos y ha amasado una pequeña fortuna. Se enamora de Armando Duval (Robert Taylor) un joven tan buenmozo como pobre e inútil. Lo lleva a vivir al campo porque está tuberculosa y supone que este recreo bucólico quizá sea el último. Se le aparece, entonces, el padre de Armando (Lionel Barrymore) que le pide que lo deje, porque si no la hermana menor de Armando no se va a poder casar, porque la familia del futuro esposo no aprueba que Armando viva en el pecado con una mujer pública. Margarita se conmueve y hace lo que le dice: deja a Armando y vuelve a su vida habitual en París. Armando, despechado, gana un dinero en el juego y, delante de todos los presentes en ese casino de moda, se lo tira a la cara a Margarita, mientras le dice que espera que sea suficiente para pagar los favores recibidos. Como sin salud no puede trabajar, Margarita se retira a morir pobre porque la enfermedad le consumió los ahorros. Armando se entera y la visita para jurarle amor eterno en el lecho de muerte. La inmolación de Margarita fue vista en los finales del siglo XIX y hasta mediados del XX como el sacrificio a hacer para ventura de la hermana de Armando y el mantenimiento del status quo. Para los parámetros actuales se equipara a chica independiente con medios y recursos que se paga un chongo para distraer la muerte inminente y ante la llegada del padre del chongo y el verso de la hermana, podría preguntarse: ¿sacrificarse por esta manga de hipócritas que la van de trigo limpio y están más sucios que una papa? ¡No! Mejor livin' la vida loca mientras el cuerpo aguante y la hermana del chongo que se consiga un marido menos pelotudo, porque es improbable que la haga feliz tan pendiente de la vida ajena como está. Con esta versión no habría conmoción y lágrimas, pero todos la pasarían mejor por ser más sinceros.

Gustavo Monteros

miércoles, 20 de julio de 2016

Florence

La historia de Florence Foster Jenkins ratifica con creces la aseveración de que la realidad supera siempre a la ficción. De no haber sido cierta, si a alguien se le hubiera ocurrido inventarla, tendría que haber trabajado muy duramente pare crear el verosímil que la sustentara. Y sin embargo, allí está.


En la Nueva York de la entreguerras y en particular durante la Segunda Guerra Mundial, Florence fue una generosa mecenas que sostuvo el mundo de la música. Nada extraordinario en sí, dado que la señora poseía una cuantiosa fortuna, lo prodigioso fue que desarrollara a la vez una celebrada carrera de cantante lírica para la que no tenía oído, ni diafragma ni talento. ¿Consentida por sus veteranas amigas ricas, sordas como tapias? ¿Los Toscanini y otras glorias de la música acaso hacían oídos sordos a sus inhabilidades como gratitud hacia su generosidad? La enfermedad crónica que la acuciaba, contagiada por su primer marido, ¿ya había hecho mella en su cerebro? ¿Era una reina del autoengaño o de verdad estaba convencida de la fortaleza y belleza de su voz? Si la verdad supera a la ficción, es también más misteriosa en sus causas y razones que cualquier ficción bien urdida.


Cualquiera sea la explicación por la que se opte, esta peripecia vital no hubiera sido posible sin la activa intervención de St Sinclair Bayfield, el último marido de Florence, un ex actor de dudoso linaje aristocrático. El análisis de sus acciones solo permite una explicación plausible, el hombre la quería. El interés o el egoísmo no llegan a tanto, no son capaces de sostener con tanta perfección la posibilidad del engaño. El timo es poderoso, pero se agota cuando el engañado abandona el juego. El amor es más perseverante y hasta permite que el amado (el engañado, en este caso) dude.


La historia de Florence tardó en llegar al cine con nombre y apellido. La precedieron un par de obras de teatro y una película francesa, Marguerite (Xavier Giannoli, 2015) que se aproximaba a la historia sin asentarse en todas sus circunstancias verdaderas. En todas sus versiones, es un imán para el despliegue de histrionismo de una actriz. Meryl Streep se da y nos da un festín. Apabullante e indiscutible como todo lo que hace. No tuvo la suerte que tuvo Karina K, cuando la encarnó en teatro hace unos años, de contar con los modelos de Olinda Bozán y Niní Marshall. Olinda Bozán llevó algunas millonarias excéntricas a la apoteosis, y Niní cuando se le daba por bailar o cantar llevaba la condición de no tener talento, y suplirlo con ganas de tenerlo, a cumbres irremontables. Como reflexionaba Muriel Santa Ana al interpretar a Rosaura en La vida es sueño de Calderón de la Barca, algunos personajes te hacen participar de una tradición y te hacen dialogar, por transitar por la misma senda, con las actrices que los encarnaron antes. Apuesto lo que no tengo a que Meryl desconoce a Niní, y sin embargo cuando canta por primera vez en la película está muy, muy cerca de Niní, como lo puede atestiguar cualquier espectador que se haya reído con nuestra cómica.


Pero para que Meryl pueda primero pulir y luego lucir el diamante de su personaje, necesita de un engarce que lo sostenga, rol que le cabe al inmenso Hugh Grant. Es nuestro representante en la historia, nuestro canal de acceso. Si entramos en empatía con él, nuestra participación será emocional; si no es así, la presenciaremos con distancia. Él asume con autoridad el puesto, y a fuerza de sensibilidad y prestancia, nos hace ver a Florence con sus ojos de puro amor, y así, Florence ya nunca más nos será ajena. Hugh Grant apoya y sostiene también el crecimiento del personaje de Simon Helberg, el pianista Cosme McMoon, que ingresa sin advertencia en esta peculiar circunstancia. Simon Helberg, que ganó fama con The Big Bang Theory, no se desmadra y viste con simpatía su rol.


Dirigió el gran Stephen Frears (The hit, 1984, Ropa limpia, negocios sucios, 1985, Susurros en tus oídos, 1987, Sammy y Rosie van a la cama, 1987, Relaciones peligrosas, 1989, Ambiciones prohibidas, 1992, Héroe accidental, 1993, El secreto de Mary Reilly, 1996, The van/La camioneta, 1997, Hi-Lo Country, 1998, Alta fidelidad, 2000, Dirty pretty things/Negocios entrañables, 2002, Mrs Henderson presenta, 2005, La reina, 2006, Chéri, 2009, Tamara Drewe, 2010, Philomena, 2013) quien entiende que se trata de una historia de personajes, o sea de actores, y no se pone hacer tomas grandilocuentes, intrusivas, que estorban y relata con claridad.


En el arte es imposible establecer quién es “el” mejor, están los mejores, porque Kiri Te Kanawa no es mejor que María Callas, no, son diferentes, por más que habiten igual grado de excelencia. Pero en dos disciplinas al menos, se ha establecido quienes son los peores. En cine se dice que el peor director es Ed Wood, y en el canto lírico se dice que la peor cantante es Florence Foster Jenkins. Borges enunciaba, como premisa de algunos cuentos y poemas, que los absolutos por ser inabarcables son iguales. ¿Puede abarcarse el todo? No, imposible. ¿Podemos hacernos idea de la nada? No, siempre se nos ocurre ponerle algo, aunque más no sea un color o un recipiente que la contenga. Entonces, el todo y la nada, por absolutos inabarcables, son iguales. De allí que al ser Florence Foster Jenkins la peor, quizá sea, sin discusión, por absoluto inabarcable, la mejor.

Gustavo Monteros


jueves, 7 de julio de 2016

¡Feliz fin de semana largo!

Este fin de semana, vean Florence. No la vi todavía, pero no hay peligro alguno en recomendar un Stephen Frears con Meryl Streep y Hugh Grant. Juntos o por separado siempre devuelven la plata de la entrada, lo que no es decir poco en estos tristes tiempos. 

viernes, 14 de febrero de 2014

Philomena

 


La iglesia católica, en más de un aspecto, se parece a los noticieros del multimedio procesado por apropiación ilegítima de la empresa papelera que se hacen los buenitos, ponen musiquita sensiblera y procuran estimular una "correcta" indignación para ocultar un pasado de sangre y estafa. No es mi intención ofender a nadie, pero los hechos son los hechos. Al margen de santos y prohombres, la iglesia católica tiene unos cuantos muertos en el placard: la inquisición, la bendición a las dictaduras más cruentas y esas cosas. Como todo culto es fundamentalista y si se la da cuerda se entrega a fanatismos salvajes que dejan un tendal de víctimas. En Irlanda durante más de la primera mitad del siglo XX vaya si le dieron cuerda y Philomena fue una víctima de las hermanas de la Misericordia, que no eran ni una cosa ni tenían la otra.


A los 16 años iba a ser una madre soltera, la internaron en un asilo a cargo de estas monjas para que diera a luz, luego estas hermanas de negro hábito y alma retinta le quitaron el hijo y lo entregaron en adopción (lo vendieron, bah) a una pareja estadounidense. Ahora 50 años después, Philomena (Judi Dench), viuda y madre de una treintañera, Jane, decide saber qué fue de la vida de su primogénito. Jane se pondrá en contacto con Martin Sixsmith (Steve Coogan), un periodista desocupado para que ayude a Philomena. Juntos Martin y Philomena desandarán el camino hacia unas cuantas revelaciones.


Durante los primeros 10 minutos Stephen Frears (The hit, Ropa limpia negocios sucios, Relaciones peligrosas, Ambiciones prohibidas, Alta fidelidad, Negocios entrañables, La reina) filma bonito, el compositor Alexander Desplat derrama violines dulces y parece que estamos ante un típico telefilm Hallmark, pletórico de sentimentalismo, amabilidad y empalagamiento. Pero al minuto 11, por suerte la cosa cambia, se pone mordaz sin perder ternura y el “interés humano” mencionado con reiteración se vuelve subyugante. Y a pesar de la impiedad que se revela, no baja línea ni se entrega a la cursilería. Es más, deviene un film ejemplar y entrañable.


Judi Dench es y está maravillosa como siempre. Steve Coogan, quien también escribió el guión basado en el libro del verdadero Martin Sixsmith (porque la historia es verídica, y sin ir más lejos la semana pasada, Coogan y la Philomena real se sacaron una foto con el Papa Bergoglio), acompaña con nobleza a la suprema Dame Dench (a quien asimismo convenció para que participara en el proyecto).


En resumen, una película que va alcanzando altura y sobriedad para contar una historia conmovedora sobre las consecuencias de las acciones de unas monjas que de tan “devotas” se olvidaron del cristianismo.
 
Un abrazo, Gustavo Monteros


domingo, 11 de julio de 2010

Chéri

A Michelle Pfeiffer le iba bien con el corset. Dos de las mejores películas en que participó (Relaciones peligrosas y El fin de la inocencia de Martin Scorsese) tuvieron que ver con esa torturante prenda femenina. Aquí se reencuentra con el director (Stephen Frears) y el guionista (Christopher Hampton) de Relaciones peligrosas para transcribir al cine las novelas de Colette sobre Chéri. Estamos en la Belle Epoque y Consolata Boyle, la diseñadora de vestuario decidió que el personaje de la Pfeiffer se adscribiera entre las vanguardistas de la moda que abandonaban el corset. Michelle no debió aceptarlo. Debió insistir con el corset. Por cábala.


Chéri no es una mala, pero llama la atención, por los antecedentes de los nombres involucrados en el proyecto, que sea tan leve, tan insustancial, tan incorpórea. La historia está contada, los conflictos son claros, todos actúan bien, los rubros técnicos son irreprochables, pero el tono elegido es muy superficial. Hay elegancia, cinismo, sabiduría erótica, educación sentimental, sin embargo la historia no seduce, no nos hace partícipes. Quizá la línea que dice la Pfeiffer sobre el personaje de Chéri defina asimismo al film: No puedo criticar su carácter porque no parece tener ninguno.


Eso sí, no sé si será que el Art Nouveau me puede, pero me pareció una de las películas más bellas desde la dirección de arte que vi este año. El cuarto de la Pfeiffer, bah, toda la casa, son deslumbrantes. Y el hotelito de Biarritz, ni les cuento. Ah, y la música de Alexandre Desplat acaricia los oídos. Al fin un poco de melodía y no los colchones sonoros atmosféricos con que nos tortura el cine comercial contemporáneo.


No se padece, entretiene, pero no convive mucho con nosotros, se la olvida pronto.

Un abrazo,
Gustavo Monteros