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viernes, 7 de octubre de 2022

Programa doble: Oscar y Faithful



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Faithful (Fiel) - Oscar

 

En Faithful (Paul Mazursky, 1996) la acción transcurre en un día clave para Margaret (Cher). Es su veinteavo aniversario de casada con Jack (Ryan O’Neal) con quien comparte un negocio de transporte que abrieron con el dinero que ella heredó y que expandieron gracias a ideas de ella, hoy son muy exitosos, no les falta nada, viven en una mansión lujosísima, andan en autos exclusivos, aunque ella siente que dejó que la relegara de los negocios y la confinara a ser la consorte rica que solo debe gastar dinero. Para colmo sabe que él le mete los cuernos con su asistenta que quizá le dé el hijo que ella no puede darle. Cuando finalmente acomete el plan de vaciarse el frasco de pastillas que lleva meses mascullando, entra en la casa Tony (Chazz Palminteri) un sicario contratado supuestamente por Jack para liquidarla. Tony no puede matarla de entrada por un trauma reciente y la deja hablar. Craso error, al menos para el cometido que debe cumplir. Tony también tiene lo suyo, es un hombre muy peculiar con ideas altamente personales, algo que eleva el juego de comedia a otro lugar. Entonces…

 

En Oscar (John Landis, 1991) estamos en los años veinte y el gánster Angelo “Chasquido” Provolone (Sylvester Stallone) enfrenta también un día clave. Cumplirá la promesa que le ha hecho a su padre, Eduardo (Kirk Douglas), en su lecho de muerte, se retirará de la vida de delitos y se dedicará solo a negocios supuestamente legales. Digo supuestamente porque planea convertirse en accionista principal de un banco. Pero justo en la mañana de este último día de vida criminal, su joven contador, Anthony Rossano (Vincent Spano) le confiesa que le ha estado “apartando” dinero casi de casualidad, y que le devolverá sin dudar… si lo deja casarse con la luz de sus ojos que no es otra que la hija de Angelo. Cuando dicha hija Lisa (Marisa Tomei), la única que tiene con su esposa Sofia (Ornella Muti)  es enfrentada, la pobre al principio no tiene idea de qué le está refiriendo su padre, pero supone que habla de Oscar, el chofer de la familia. En realidad Anthony no está enamorado de Sofia sino de Theresa (Elizabeth Barondes) que por un impulso se hizo pasar por hija de Angelo. Aunque quizá este impulso no haya sido infundado. Como en todo buen vodevil cada personaje que aparece contribuye a algún enredo. Aquí los hay tantos que conforman una avalancha que incluye a unos banqueros más letales y mafiosos que cualquier gánster que se precie y a un jefe de policía más interesado en salir bien en la prensa que en combatir el delito.

 

Estas dos películas se basan en obras de teatro. Faithful (Fiel) es de Chazz Palminteri, que en la versión cinematográfica se aseguró el mejor papel. Palminteri casualmente también integra el elenco de Oscar, donde hace un papel en las antípodas del de Faithful. Oscar en su origen es una comedia del francés Claude Magnier.

 

Por lo que aquí exhibe es una pena que Stallone no haya hecho más comedia. Si bien aquí este personaje es ideal para su cuerpo de guardaespaldas y voz de funebrero, como lo describió alguien, demuestra gran capacidad y comprensión del juego de la comedia. Tiene momentos excelentes. Cher, como ya lo ha demostrado, se mueve bien en lo cómico y saca partido, y no poco, de su cara inmóvil como permanentemente anestesiada.

 

Como ya dijimos por ahí, las obras de arte (o los artefactos artísticos si se prefiere) tienen como los humanos suerte y destino. Algunas nacen con un pan bajo el brazo, mientras que otras padecen un hambre de gloria que no se sacia nunca. Faithful es muy buena, pero nació con poca suerte, no se la representa mucho. Languidece en su rincón a la espera de ser descubierta. Pero o se la pasa por alto o se la subestima mucho. Oscar en cambio nació con cuchara de oro. Se la ha representado en casi todos los escenarios del mundo y ya cuenta con dos transcripciones cinematográficas. Hay una anterior a la que comentamos aquí, es de 1967, la dirigió Édouard Molinaro con Louis de Funès en el protagónico.

 

Ambas piezas se representaron en Argentina. Faithful, fiel a su destino, se estrenó un verano (tiempo de comedias) y duró un suspiro, no sé si llegó al mes de funciones. Oscar, en cambio, ya se presentó dos veces al menos, en los sesenta y en la década del 2000, con fulgurante o más que respetable éxito las dos veces. Hasta en esto se cumple el dicho aquel de con estrella o estrellados. Ah, los arcanos del universo, ¡quién pudiera desentrañarlos!

Gustavo Monteros

jueves, 7 de enero de 2016

La gran apuesta



Hay películas con cuyo tema es imposible no estar de acuerdo, pero que uno preferiría verlas resueltas en otro género, con otro registro, con un punto de vista diametralmente opuesto al que ofrecen. The big short o La gran apuesta de Adam McKay (El reportero-La Leyenda de Ron Burgundy, 2004, Ricky Bobby, 2006, Hermanastros, 2008, Policías de repuesto, 2010, Al diablo con las noticias, 2013), al menos para mí, es un buen ejemplo de ese tipo de películas. Tal como está, es una comedia amarga sobre la explosión de la burbuja inmobiliaria en 2008 en los EE UU y su consiguiente crisis económica de repercusión internacional. Tiene sus momentos insidiosos, aunque sin duda uno hubiera preferido que fuera una desembozada sátira mordaz.


Se centra en algunos individuos que la vieron venir y apostaron a favor de su eclosión. Ellos son: Michael Bury (Christian Bale), un genio de las finanzas con peculiares e irresolubles problemas de sociabilización; Mark Baum (Steve Carell) un estadounidense crédulo con una esposa comprensiva (Marisa Tomei) que arrastra el suicidio del hermano y que por ser un as de las inversiones cuenta con un séquito de talentosos asistentes (Rafe Spall, Hamish Linklater y Jeremy Strong); un subgerente de un banco, Jared Vennett (Ryan Gosling) con ínfulas de tiburón de los negocios que no se conforma con su puesto menor, secundado por un asistente incondicional que hace las veces de puching ball en un juego de comedia clásico pero siempre efectivo (Jeffry Griffin); dos emprendedores inversionistas, Charlie Geller (John Magaro) y Jamie Shipley (Finn Wittrock) con una oficina en un garaje que aspiran a sentarse a la mesa de “los grandes” y que son ayudados por un importante bróker retirado, Ben Rickert (Brad Pitt) al que conocieron paseado al perro. 


Con un tema central tan técnico, el film necesita aquí y allá definiciones, aclaraciones o especificaciones, las suple de una manera clara y didáctica. Para ello recurre a chicas lindas y celebridades de todo tipo y color que le hablan a la cámara, como en un “aparte” al público de una comedia teatral clásica. Dichas intervenciones son siempre gratas y muy bienvenidas.


Por supuesto, la película se propone desnudar las bambalinas y entretelones de las actividades financieras, que como se sabe, no tienen escrúpulo alguno, desconocen toda moralidad y en su codicia no respetan ninguna regla: la voracidad justifica cualquier accionar. Y desde este costado del mundo, en el que duramente aprendimos de qué y cómo va la cosa, es un tanto increíble ver a individuos que trabajan desde siempre en esa actividad y que desconocen la profunda inmoralidad del asunto. Cuesta creer que en un mar de tiburones, haya pececitos que nadan en esas peligrosas aguas como si estuvieran en una cuidada pecera.


Los “descubrimientos” que  hace el personaje de Steve Carell, si bien están justificados en la trama, nos suenan a nosotros, eternas víctimas del sistema, muy crédulos. Después de años de trabajar en un prostíbulo, nadie descubre de repente una mañana que no es… un convento. Otro tanto pasa con el personaje de Christian Bale, su “ingenuidad” huele a impostada y subraya demasiado su esforzada (muy esforzada) caracterización. Los personajes de John Magaro y Finn Wittrock tienen al menos la excusa de ser jóvenes y novatos. Y todos, cuando las calificadoras de riesgo no cumplen con lo que prometen… sino con los que más les pagan, evidencian que desconocen el comportamiento mafiosos de esas agencias ante las deudas externas de cualquier país del mundo. Parece que nunca se cruzaron con un documental de la BBC sobre el tema o que en sus universidades no se estudia la historia de las crisis económicas del siglo XX, sus antecedentes, postrimerías y la participación de los distintos agentes. Bah, los yanquis nunca se hacen cargo de su pasado (a veces ni de su presente) y siempre son los tiernos pollitos recién salidos del cascarón que se “enteran” tarde de que el mundo es cruel o despiadado. ¡Muchachos…!


Esta desmemoria es clave y está denunciada en el final… cíclico. No han aprendido nada o el sistema sobrevive a todo. No es de extrañar, las verdaderas víctimas están en otro lado y pueden ser invisibilizadas, el eterno factor de ajuste, el daño colateral inevitable.
Ojo, a pesar de los reparos, la película tiene sus logros, el interés no decae, las actuaciones de este auténtico seleccionado de astros consagrados y de actores nuevos que pueden llegar a serlo son destacadas, asimismo hay hallazgos de dirección, pero este material, en manos, digamos de un Robert Altam, en vena  M.A.S.H (1970) o Las reglas de juego (1992), hubiera elevado este material a la categoría de obra insoslayable.

Gustavo Monteros

jueves, 25 de junio de 2015

Escribiendo de amor



Los que doblamos la cincuentena, podemos contrarrestar los estragos del tiempo diciéndonos que leímos en primera edición El amor en los tiempos del cólera, que atestiguamos el nacimiento, desarrollo y apogeo del rock nacional, que asistimos a estrenos de Bergman, Fellini, Fosse, Billy Wilder, Visconti entre otros grandes, que vimos triunfar a Piazzolla y que escuchamos hablar a Borges, Cortázar, Bioy Casares, Mujica Láinez y Manuel Puig, con cosas así, intentamos curarnos de las canas, los calambres, los huesos que pesan, las nuevas dispepsias, entre otros deliciosos achaques que nos acometen.


Cuando les llegue el turno a los que ahora andan por la treintena o la cuarentena, recordarán que vieron en estreno las más felices actuaciones de Robert DeNiro, Meryl Streep, Emma Thompson, Morgan Freeman o Hugh Grant.


Sí, Hugh Grant es un lujo para cualquier época y por suerte nos tocó a nosotros. Eso sí, el pobre tiene una de las especialidades más ingratas de los actores, ser “el” galán o el “héroe” de las comedias románticas. Especialidad que, a pesar de todas sus dificultades (entre ellas, la no menor de todas, tener un “timing” perfecto), no da lustre ni obtiene premios. Cualquiera hace drama o tragedia, pero no cualquiera hace “comedia” ni menos “comedia romántica”, de ahí que cuando DeNiro o Streep decidieron ampliar sus talentos se volcaron a la comedia.


Hugh Grant ya está grandecito (el tiempo nos alcanza a todos) y ésta quizá sea una de sus últimas intervenciones como protagonista romántico. Aquí es Keith Michaels, un guionista, no en la mala sino en la peor, que procura ejercer su profesión como sea. Su agente le consigue un puesto de profesor de escritura creativa en una universidad prestigiosa pero perdida en el mapa. A Keith no le quedará más remedio que aceptar, las jóvenes alumnas serán una tentación en la que caerá, pero la presencia de una luminosa madurita, la impar e igualmente grandiosa Marisa Tomei será la que lo saque de más de un entuerto.


En reportajes previos Grant aclaró que la parte romántica ocupa un breve espacio en la película. Es verdad, más que una comedia romántica es una comedia amable de segundas oportunidades. Se distingue entre otras porque nada de lo que sucede, permite el facilismo del cinismo. Todo procura ser genuino, no gastado, si no nuevo al menos fresco.


Hay un elenco de secundarios notables que brillan tanto como las estrellas de la velada: el recientemente Oscarizado J.K. Simmons, la siempre impecable Allison Janney, el simpático Chris Elliott, más un promisorio grupo de jóvenes: Olivia Luccardi, Bella Heathcote, Maggie Geha, Aja Naomi King, Andrew Keenan-Bolger, Nicole Patrick, Steve Kaplan y Emily Morden.


Escribió y dirigió, el exguionista a secas, Marc Lawrence, gran admirador de Grant, porque hasta la fecha le ha dedicado toda su producción como director: Amor a segunda vista (Two week notice, 2002) coprotagonista Sandra Bullock, Letra y música (Music and lyrics, 2007) coprotagonista Drew Barrymore, ¿Y… dónde están los Morgan? (Did you hear about the Morgans?, 2009) coprotagonista Sarah Jessica Parker.


En resumen, una comedia inteligente, más otro gran trabajo de Grant y de Tomei, y está todo dicho. (El horrible título elegido para su distribución en estas tierras no le hace justicia al original The rewrite o sea La reescritura, más seco, quizás, pero el adecuado para lo que la película es).

Gustavo Monteros

sábado, 21 de enero de 2012

Secretos de estado


El problema con los cuentos de hadas es que hay que creer en ellos para que funcionen. Si uno no cree, por más bonitos que sean, nos dejan indiferentes. Secretos de estado no es técnicamente un cuento de hadas, pero por su idealización de la política yanqui se parece mucho a uno. En esencia es un drama moral de crecimiento. El protagonista (Ryan Gosling) pasa del candor y la ingenuidad, no a la madurez, sino al cinismo y el desencanto por los motivos equivocados, al menos  para los habitantes al sur del Río Grande.

Hay dos “supuestas” fallas trágicas en el devenir de la historia. Ryan Gosling, segundo del jefe de campaña (Philip Seymour Hoffman) del candidato George Clooney comete el “error” de reunirse con el jefe de campaña (Paul Giamatti) del candidato opositor. Y dos, el candidato George Clooney comete el “error” de acostarse con una interna (Evan Rachel Wood) de su equipo de campaña. El marco es el de unas elecciones primarias, o sea entre dos candidatos del mismo partido, demócrata en este caso, en Ohio.

Analicemos un poquito. En la idealización que se propone, es inadmisible que un asesor segundón de campaña tome una cerveza con el jefe de campaña opositor. Se vive como una falta imperdonable a la lealtad. Ahora bien, que mientras tanto, el jefe de campaña propio, Philip Seymour Hoffman, procure pactar con el diablo, o sea un senador republicano, Jeffrey Wright, para que le garantice el voto de sus electores es visto como una contingencia admisible de la política. Ojo, el senador republicano, a cambio de sus electores, en caso de triunfo quiere un cargo importantísimo en el futuro gabinete. O sea atar de pies y manos el “supuesto” progresismo de Clooney. Todo en nombre de un “supuesto” bien mayor.

Debe también suponerse inadmisible e imperdonable que un candidato, George Clooney, en una noche de descuido y stress  se acueste con una chica de su propio partido. Ahora bien, es perdonable, en nombre del “supuesto” bien mayor, que dicho candidato mienta posturas progresistas, que no le interesan, como el matrimonio igualitario, porque sabe que jamás se llevarán a la práctica; o que sostenga posturas ecológicas que serían, a la larga pacifistas,  como el uso de motores sin combustible versus los propulsados con derivados del petróleo, hábitos, que sabe,  los yanquis no considerarán hasta que se acabe todo el petróleo de la Tierra. A estas cosas, el idealista Ryan Gosling las pasa por alto o las perdona en nombre del mentado bien mayor, que en este caso sería una mejora en la educación pública y en la distribución de la riqueza, con los ricos pagando más impuestos que los pobres. Es decir, Ryan Gosling, más que idealista, es un salame.

En definitiva, para nosotros, los del sur del Río Grande, las premisas éticas que sustentan el drama no son válidas. Con quien se acuestan los candidatos es cosa de ellos. Un asunto privado, como con quien nos acostamos nosotros. Y hace rato aprendimos que los pactos con los contrarios no llevan a ningún lado, salvo a la traición. Y curtidos de promesas, sabemos que lo tangible, el matrimonio igualitario o el ejemplo que prefieran, es mejor que cualquier buena intención declamada en balde.

George Clooney, un hombre políticamente correcto por excelencia, falla esta vez por criticar al sistema, no en su esencia, sino en sus “aspectos” supuestamente negativos. La lealtad que defiende Philip Seymour Hoffman es falsa y poco importante en términos prácticos. Y la supuesta falla de Clooney, el sexo ocasional, es disculpable. No lo es todo lo demás.

George, querido, la moral no se restringe al sexo. Abandona de una vez el puritanismo yanqui. En el siglo XXI (soy feliz de decirlo) a la moral le tiene sin cuidado con quien nos acostemos (no soy “tan” viejo, pero mi educación sexual fue antediluviana). Lo inmoral es sumir en el hambre a un cuarto de la población mundial, provocar desastres ecológicos inconmensurables en nombre de los buenos negocios, e invadir países con excusas vanas como la seguridad de Occidente para quitarles el petróleo. Ah, y justificar la tortura (remember Guantánamo?) y la discriminación (¿cómo puede ser posible que el mayor porcentaje de presos en los Estados Unidos sea negro?) entre otras cosas.

George, querido, sé que quisiste hacer un drama honesto, pero por no ir al fondo de la cuestión, el sistema en sí mismo, te salió un drama hipócrita como pocos. No te preocupes, no estás solo, a Robert Redford le pasó lo mismo o peor con Leones por corderos (2007) en la parte en la que él actuaba, justificaba ¡invasiones! y sostenía que participar en un “error patriótico”, una guerra, era mejor que criticar u oponerse. Y ya lo ves, por otros méritos, muchos, sigue siendo el rey del Sundance Festival. Qué se la va a hacer, Estados Unidos es un imperio corrupto que confunde.

En fin, si se tragan el sapo de la lealtad entre bandidos y la santidad sexual que todo candidato yanqui debe ostentar, la película se sigue con interés. Clooney filma con elegancia y elocuencia. Todos los actores, sin hacer nada del otro mundo ni mostrar nada nuevo a lo que ya hicieron, se ganan la plata con mucha dignidad. Y lo más parecido a una caracterización o a una actuación destacable la da Marisa Tomei.

En lo personal, estos Secretos de Estado me parecieron ridículos e intrascendentes.

PS. Clooney puede equivocarse políticamente, pero no hay duda que es un hombre considerado. Ver: Todo un caballero en  http://enunbelmondo.blogspot.com/
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 8 de enero de 2010

Enamorándome de mi ex

Meryl Streep, como todo grande, desata pasiones abrasadoras u odios furibundos. Saben de qué lado estoy. Procuro escribir sobre sus películas ya que atraviesa un período excelente. Dos amigas, que le tienen tirria, desestiman mi apreciación de Meryl diciendo que es porque le tengo “cariño”. Quisiera que entraran a YouTube y que vieran una detrás de la otra las “colas” de Mamma mía, La duda, Julia y Julie y Enamorándome de mi ex y que luego me dijeran si mi admiración es producto sólo de mi amor. No creo que lo hagan, no por darme la razón sino para seguir detestándola.


Meryl es lo mejor de Enamorándome de mi ex. No hace una caracterización como en Julia y Julie, parte de su persona y de la imagen que proyecta y da una actuación cómica “realista”. Llena cada segundo que está en pantalla con matices, intenciones, emociones, y redondea otra actuación magistral inolvidable. Y que me lo discutan… si pueden.


Lo demás es mérito o culpa de Nancy Meyer, la autora y directora. Nancy ha patentado la fórmula de la comedia bonita, superficial y encantadora que roza temas “importantes” que alientan las fantasías de las mujeres de edad mediana. Su método es hacer que las protagonistas se corran de su vida cómoda por un rato, aprendan algo a través de una relación y terminen más sabias y satisfechas sexualmente. Revitaliza los lugares comunes del género con módica creatividad, escasa gracia y poco cinismo. Pero sus films son destacables y quizá memorables por las oportunidades de lucimiento que reciben sus protagonistas. Cuando se enumeran sus obras es relevante mencionar sus elencos. Lo que ellas quieren (What women want, 2000) Mel Gibson, Helen Hunt, Alan Alda, Marisa Tomei, Bette Midler; Alguien tiene que ceder (Something’s gotta give, 2003) Diane Keaton, Jack Nicholson, Frances McDormand, Amanda Peet; El descanso, el amor no se toma vacaciones (The holiday, 2006) Cameron Diaz, Kate Winslet, Jude Law, Jack Black, Eli Wallach, Edward Burns, Rufus Sewell, su única aventura con gente más o menos joven. Su primer film es el menos personal, un encargo de la factoría Disney: Juego de gemelas (The parent trap, 1998) con Lindsay Lohan, Dennis Quaid y Natasha Richardson. El más interesante quizá sea el que protagoniza Mel Gibson, que casualmente es el que tiene otros guionistas.


En el caso que nos ocupa, el estúpido y obvio título en castellano nos cuenta toda la historia: Enamorándome de mi ex. El título original en inglés, sin ser un dechado de ingenio, es un poco más sutil: It’s complicated (Es complicado).


Es agradable de ver, se sigue con interés y provoca algunas sonrisas. La Meyer hace cine pochoclero para mujeres, el equivalente femenino de los tanques de acción para hombres. De nuevo no se desintegrará en el olvido por la magia de los actores. Como ya dijimos, Meryl está soberbia. Alec Baldwin desempolva su bagaje de trucos, que no son pocos. Lo que llama la atención es el opaco personaje que le tocó en suerte a Steve Martin. Aprovecha, eso sí, para dar una lección de humildad y generosidad. De todos modos, se extraña su luminoso histrionismo, pero ¿quién podría culparlo por aceptar un personaje menor y poco carismático si el precio a pagar es tener todas las escenas con la impar Meryl?

Un abrazo,

Gustavo Monteros

domingo, 13 de julio de 2008

Antes que el diablo sepa que estás muerto

Hay artistas que aman su arte por encima de toda consideración, que ven su talento como algo natural que no merece una celebración exagerada. Uno los cree víctimas de una humildad malsana. Se toman tan en serio su rol de laburantes del arte, que no especulan con la elección de proyectos que asegurarán su nombre o consolidarán su fama. Prefieren el trabajo continuo, la frecuentación constante de su arte. En la Argentina, el ejemplo que se me ocurre es el de Roberto Carnaghi, quien ha prestado su figura a proyectos excelsos y a aventuras que sólo se podrían disculpar por la atendible necesidad de parar la olla. Pero más que por eso, uno intuye que es porque no puede estar sin actuar, y donde sea que esté, siempre dignifica su arte entregando sus mejores recursos.

El cine yanqui tiene uno de esos héroes: el director Sydney Lumet.

Su capacidad creativa está a la altura de la de Kubrick, Scorsese, Coppola, Polanski o Spielberg. Pero por trabajar mucho, durante años se lo consideró un artesano eficiente y recién ahora se le está dando la categoría de maestro, que en realidad siempre tuvo. Cuando recibió el Oscar por la trayectoria, premio consuelo que les dan a los que soslayaron sistemáticamente por celos o marketing, no pasó factura ni se hizo autobombo, sino que aprovechó la ocasión para hablar de su arte y terminó dando una clase magistral, que pasó desapercibida entre el glamour y la estupidez habitual de esa fiestita anual.

A él le debemos: Doce hombres en pugna, Límite de seguridad (Fail Safe), El prestamista, Serpico, Tarde de perros (mi favorita entre las de él), Network, poder que mata, Príncipe de la Ciudad, Será justicia (The verdict), El precio del poder (Power), Daniel, entre otras.

Amante del teatro, llevó al cine respetuosas versiones de Panorama desde el puente (Arthur Miller), Largo viaje de un día hacia la noche (Eugene O'Neill), El hombre de la piel de víbora (The fugitive kind sobre Orpheus descending de Tennessee Williams), La Gaviota (de Anton Chejov, con las magníficas Simone Signoret y Vanessa Redgrave), Equus (Peter Shaffer) ,
La colina de la deshonra (The Hill de Ray Rigby), Trampa mortal (de Ira Levin), El sueño de Stella (Garbo talks de Larry Grusin).

Riguroso director de actores, bajo sus ordenes, muchos dieron su actuación más compleja: Al Pacino (Tarde de Perros), Treat Williams (Príncipe de la ciudad), Raf Vallone (Panorama desde el puente), Katherine Herpburn (Largo viaje de un día hacia la noche) Henry Fonda (Doce hombres en pugna). Y le sacó algo nuevo a algunos caballos veteranos que volvieron a correr como potrillos: Paul Newman (Será justicia), Gene Hackman y Julie Christie (El precio del poder), Ingrid Bergman (Crimen en el expreso de Oriente), Anne Bancroft (El sueño de Stella), Sean Connery (Negocios de Familia).

Llevar novelas al cine, tampoco le generó grandes inconvenientes: Llamada para un muerto (de John Le Carré), El grupo (de Mary Mc Carthy), Los tapes de Anderson (de Lawrence Sanders), Crimen en el expreso de Oriente (de Agatha Christie, Asuntos de familia (de Vincent Patrick).

Los fanáticos del musical le reclamamos la poca onda que le puso a El Mago (The Wiz), pero había tanto ego suelto y tanto productor desesperado porque la plata invertida se viera, que prácticamente sólo le dejaron poner la cámara.

Aún sus títulos no tan logrados son interesantes: Un extraño entre nosotros con Melanie Griffith, El lado oscuro de la justicia (Night falls on Manhattan) con Andy García, La mañana siguente (con Jane Fonda y Jeff Bridges), Tan culpable como el pecado (con Rebecca de Mornay y Don Johnson), Gloria (la remake del film de Cassavetes con Sharon Stone).

Y ahora, a los 84 años, con el brío que más de un director joven le envidiaría, se despacha con una obra maestra; una indagación, incisiva como pocas, de la decadencia de la sociedad yanqui: Antes que el diablo sepa que estás muerto, en la que un par de hermanos decide robar la joyería de sus padres. Una lección de cine por donde se la mire, desde el uso de la cámara, la banda de sonido, la dirección de arte, el manejo de los tempi del guión, hasta como dirigir a un actor. La actuación es sencillamente sobresaliente. Philip Saymour Hoffman, Ethan Hawke, Marisa Tomei, Albert Finney y Rosemary Harris resplandecen, sacan a la luz la tremenda humanidad de sus personajes.

El título sale de un brindis irlandés: "Que tengas comida y ropa, una almohada mullida para tu cabeza, que estés 40 años en el Cielo antes que el diablo sepa que estás muerto."

Yo por mi parte levanto la copa y brindo: ¡Larga vida a Sydney Lumet!

Hoy en día hay muchas maneras de ver cine: el DVD, legal o trucho, el video, el cable o las bajadas de Internet, pero esta maravilla merece la vieja ceremonia de ir al cine. Sé que no me condenarán por mi entusiasmo.


Un abrazo.


Gustavo Monteros