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viernes, 14 de noviembre de 2025

The Medusa Touch - Satánico


 


El 10 de noviembre de 2025 se cumplieron 100 años del nacimiento de Richard Burton. El aniversario me pareció una buena excusa para ver una película en la que estuviera.

 

Reviso las que tengo a mano y en una primera selección, me quedo con Alexander the Great / Alejandro Magno (Robert Rossen, 1956), Where Eagles Dare / Donde las águilas se atreven (Brian G. Hutton, 1968), The Medussa / Satánico (Jack Gold, 1978) o 1984 (Michael Radford, 1984). O sea, una por década.

 

A Alejandro Magno nunca la terminé de ver, me aburro por la mitad. A Donde las águilas se atreven, en cambio, nunca me canso de mirarla, es una de mis favoritas. A Satánico, la vi una vez y por la mitad, entré cuando ya estaba empezada, eran los tiempos del continuado y no me quedé para ver el principio. A 1984 la vi en video una madrugada entre sueños, tenía que devolver el video al día siguiente y con tal de no pagar la multa, preferí malverla.

 

Opto por Satánico. Dicen las malas lenguas que, por la bebida, en los setenta, Richard, Dick, para los amigos, no era muy quisquilloso a la hora de elegir proyectos, de ahí que esté en películas que los puristas califican de impresentables y que el resto ve con regocijo, maligno o renovado.

 

Satánico figura en los primeros puestos de las peores películas de 1978. Pero, ¿qué es lo mejor o lo peor? Maravillas reverenciadas por la crítica caen en profundos olvidos y supuestos bodrios son con el tiempo celebrados como hitos imperdibles. Nada permanece incólume por siempre. Sobre todo, los juicios críticos.

 

Satánico puede revivir en culto, no por decisiones estéticas que más tarde se vuelven camp o kirsch, ni por actuaciones tan desmelenadas que de tan pasadas de vuelta son deliciosas, ni porque cuente una historia tan implausible que desata sonrisas involuntarias.

 

No, se trata de una producción profesional, filmada con corrección, con un elenco que sostiene la trama con mucho oficio y está bien dirigida dentro del género en que hay elegido ubicarla.

 

Creo que no se la olvidó, porque sorprendió, sedujo y entusiasmó.

 

La premisa que fundamenta el argumento puede resultar polémica, pero nunca ridícula o involuntariamente cómica.

 

Se trata de un thriller sobrenatural, que inicia con una indagación policial clásica de quién mató a la víctima, que de a poco deriva en lo extraordinario y que termina con elementos del cine catástrofe.

 

Hay un escritor de novelas acusatorias del establishment y sus inequidades (las reacciones ante la injusta distribución de la riqueza vienen ya de lejos), personaje llamado John Morlar, que es el que hace Richard Burton. Lo golpean en la cabeza repetidas veces con una estatuita de Napoleón y lo dan por muerto, aunque queda en coma.

 

Al ataque lo investiga un policía francés, que anda en Londres por un intercambio con un inglés que anda por París, el galo se llama inspector Brunel, papel que hace Lino Ventura, que parece que hablara inglés con acento francés, pero que informan que fue doblado por David de Keyser (yo hubiera jurado que era el propio Ventura).

 

La víctima, o sea Burton, no tiene amigos ni parientes, pero tiene psiquiatra, la doctora Zonfeld, papel que hace Lee Remick.

 

La Medusa del título en inglés es, claro, la gorgona de la mitología griega que te deja de piedra (literalmente) si te mira fijo.

 

Y no está en el título, hablo de la vieja y querida telekinesis, pero la película se ocupa de definirla oportunamente con claridad. Dice alguien que es la capacidad que tienen algunas mentes de mover objetos o controlar eventos.

 

Es que en los setenta la telekinesis era furor. Brian de Palma no podía estar sin ella: Carrie (1976) y The Fury / La furia (1978).

 

Y como era muy influyente, creó tendencia: Ruby (Curtis Harrington, 1977), Jennifer (Brice Mack, 1978), Patrick / Patrick, una experiencia alucinante (Richard Franklin, 1978), The Kirlian Witness / El testimonio de Kirlian o El poder de las plantas (Jonathan Sarno).

 

Como se ve, la ola era irrefrenable, tanto que siguió en los ochenta: Scanners (1981) / Telépatas, mentes destructoras / Los amos de la muerte, clásico de David Cronenberg, The Sender / Alucinaciones del mal (Roger Christian, 1982), The Dead Zone / La zona muerta (1983), otro Cronenberg imperdible, con el siempre atendible Christopher Walken, Firestarter / Llamas de venganza (Mark L. Lester, 1984) con la niña Drew Barrymore.

 

La veta dio también para la comedia: Modern Problems / El poder de los celos (Ken Shapiro, 1981), con el por entonces rey de las boleterías, Chevy Chase y Zapped! / Los estudiantes se divierten (Robert J. Rosenthal, 1982).

 

(Y no es que sea un experto en el tema, esta información me la dio la enciclopédica internet)

 

Y si creen que con lo de la telekinesis hago espóiler en esta crónica de Satánico, les cuento que el afiche decía: “Richard Burton es el hombre con el toque de Medusa… Tiene el poder de crear catástrofes…”

 

Puede que, en 1978, los veteranos dijeran: “Bueno, seamos serios…”, pero los jóvenes con nuestras mentes febriles (pero no telequinéticas, ¡qué lástima!) abrazamos la premisa con fervor y la registramos a fuego. De ahí que varios comentarios de usuarios de IMDB digan: “la vi de chico y se me pegó”. El poder de las películas.

 

Puede que, por las reacciones ante el estreno, Dick y Lee se vieran en la obligación de justificarse. Burton se escudó en Remick y ella en él. Dijeron que aceptaron hacerla porque el otro ya estaba en el proyecto. Lino Ventura no dijo nada. Trabajaba demasiado como para volver atrás y lamentarse.

 

No debieron haberse disculpado, la muchachada estaba agradecida. No habremos hecho volar cosas con la mente para vengarnos de los males recibidos, pero todavía nos dura la fantasía de querer hacerlo.

Gustavo Monteros

 

Ah, en un momento dado, el personaje de Burton dice: “Todos somos los hijos del demonio. Aprendemos en qué consiste la energía del sol y nos ponemos a hacer bombas. Creamos riqueza y nos obsesiona la avaricia. Conseguimos poder y nos volvemos locos. Siempre destruimos. ¿Por qué, Zonfeld, por qué?”

 

Cualquier parecido con la realidad no es, por desgracia, pura coincidencia.


 






jueves, 23 de octubre de 2014

Polvo de estrellas



Hay directores con los que uno dialoga poco o nada. O solo esporádicamente. Es mi caso con David Cronenberg. Salvo su Historia de violencia, película que aprecio, que figura entre mis favoritas y que de tanto en tanto no me molesta para nada revisitar, el resto de su filmografía me tiene sin cuidado. De sus últimas películas, más allá de sus correcciones formales, Un método peligroso me dejó afuera y a Cosmópolis no terminé de verla, el aburrimiento pudo más y me retiré del cine porque creí que roncaba. A Polvo de estrellas la vi hasta el final, fue mi acto de amor hacia Julianne Moore, que ganó el premio a la mejor actriz de Cannes de este año por esta película. Pero ¿qué dicen los que sí dialogan con Cronenberg?


“Hay cuerpos lastimados, con heridas de las visibles y de las otras. Hay personajes certificadamente inestables y otros que, sin certificado, igual podrían concursar para el premio de desequilibrado del año. Hay familias disfuncionales que con sus retorcimientos renuevan y refrescan el concepto hasta darle nuevas y perversas declinaciones. Hay fantasmas, tramas en espejo y un poema -"Libertad", de Paul Eluard- que funciona como leitmotiv de varios de los personajes y del desarrollo de la narración. Hay tantas cosas en Polvo de estrellas y todas ellas son reconocidas marcas de autor de David Cronenberg, que esta vez llevó a Hollywood su festival de sangre, dolor y heridas.”
Natalia Trzenko


“A priori, no es la típica película que podría esperarse del director de Una historia violenta, porque el humor vitriólico no suele ser su estilo, aunque en muchas de sus películas haya bastante más de qué reírse de lo que parece. Sin embargo, a poco de que se la piense, se diría que antes que una comedia cáustica a la manera de Todd Solondz (como se la encasilló apresuradamente en el Festival de Cannes), Maps to the Stars es literalmente una película de monstruos, como quizá Cronenberg no hacía desde Festín desnudo.”
Luciano Monteagudo


“Casi como si se tratara de un neuropsiquiátrico a cielo abierto, la capital de la industria cinematográfica sirve como marco para que Cronenberg despliegue sus preocupaciones habituales. Claro que esta vez, quizás por su afán -o el de su guionista, Bruce Wagner- de mantenerse actual y en contexto, la historia coral carece del espesor de films como Pacto de amor;eXistenZ, mundo virtual o Crash, extraños placeres, por citar un puñado de obras en las que el sexo, el amor filial y la violencia son, como aquí, armas de doble y triple filo que lastiman a todos los involucrados.”
Natalia Trzenko


“Monstruos. Eso y no otra cosa son todos y cada uno de los personajes que habitan el Hollywood de Polvo de estrellas. Empezando por Havana Segrand, esa actriz famosa pero –a causa de su edad– en peligroso proceso de olvido y declive, una suerte de Norma Desmond (el personaje de Gloria Swanson en Sunset Boulevard) del siglo XXI, que interpreta sin red la gran Julianne Moore, rodeada de cremas, almohadones y pastillas. Havana vive tan recluida en su propio ego –más grande aun que su inmensa mansión– que cuando gana el papel que anhelaba más que nada en el mundo, porque la actriz original, de quien se dice su amiga, acaba de perder ahogado a su pequeño hijo, ella no tiene otra reacción que ponerse a bailar feliz alrededor de su piscina, seguramente idéntica a tantas en Hollywood y a la que causó la muerte del chico.”
Luciano Monteagudo


“Más allá de la transparente denuncia a los excesos de la sociedad de consumo e información representada por Hollywood, la historia y los personajes de Polvo de estrellas tienen vida, respiran, aunque sea un aire más bien contaminado. Y ninguna más contaminada que la estrella en decadencia que interpreta Julianne Moore, una patética y malvada actriz que entre masajes, terapias alternativas y desesperados intentos de salvar su carrera, se cruzará con Agatha, una misteriosa joven, aparente víctima de un incendio, que llega a Los Angeles en busca de algo más que las mansiones de las estrellas.”
Natalia Trzenko


“Como siempre en el cine de Cronenberg, sus planos parecen cápsulas cerradas, compartimentos estancos, donde sus personajes aparentan ser menos de carne y hueso que proyecciones malignas del inconsciente. Y para ratificarlo, en Maps to the Stars hasta fantasmas hay, filmados por el virtuoso fotógrafo Peter Suschitzky (operador habitual de Cronenberg) como si hubiera utilizado como modelo esa luz enceguecedora de las piscinas de Beverly Hills que pintó David Hockney, pero con esa estética tan pop de Hollywood transfigurada por unas pinceladas góticas, tan oscuras como las limusinas con vidrios polarizados detrás de los cuales se ocultan el miedo, la codicia y la desesperación por la fama.”
Luciano Monteagudo


Muy bien, ¿y a mí qué me pareció? Si he de ser sincero (y no veo porqué no debería serlo) me resultó una película bastante tonta, pagada de sí misma, como demasiado consciente de una importancia que no tiene, con escenas de mal gusto, como la de Julianne Moore, tirándose pedos y después limpiándose el culo en el mismísimo inodoro, puestas para escandalizar o choquear a los desprevenidos y encantar a los adolescentes, mezcla rara de comedia desaforada con tragedia griega pasada de incestos, un auténtico bodrio cinco estrellas, bah.


En resumen, depende de donde usted se ponga, puede pasarla muy bien disfrutando el nuevo opus de un director importante o no vaya, que para las cosas del inodoro, mejor quedarse en casa.
 
Gustavo Monteros

viernes, 9 de noviembre de 2012

Bel ami - Cosmópolis



Esta crónica bien podría titularse Robert Pattison x 2. El muchacho es el protagonista de la saga de Crepúsculo, fenómeno del que por distintas razones permanecí al margen. Por esas cosas de la vida (y de la distribución cinematográfica) aparece esta semana, no en uno sino en dos de los estrenos. No diré que me disgustó conocerlo (supuestamente lo había visto en Harry Potter y el cáliz de fuego, pero no lo recuerdo) aunque no creo que me convierta en su fan.
 


Arranqué con Bel Ami. En la primera escena aparece mal dormido, mal comido y sexualmente mal atendido y uno dice: Pobre, se le nota en la cara. En la segunda escena ya se supone que ha comido, dormido, etcétera y la cara sigue igual, entonces uno dice: Pobre, se ve que es así. Puede que para vampiro su cara fuera ideal, sin embargo para el drama sutil o el drama a secas, la cara mucho no lo ayuda. No es un negado, parece entender el trabajo “técnico” del actor, llora cuando hay que llorar, sonríe a tiempo, maneja algún que otro subtexto, pero no sabe darle “organicidad” a su actuación, como si entendiera escena por escena pero no al personaje. Y falla en el aspecto clave de su papel: no tiene ni idea de lo qué es “seducir”. Las mujeres caen rendidas a sus pies más por imperativo del guión que por algún indicio que él les brinde.
 


Bel ami se basa en la novela homónima de Guy de Maupassant que retrata el ascenso de un pobre diablo por su donosura, manipulando el deseo de influyentes mujeres, claro, y hay mucho amor, traiciones varias, resentimientos ineludibles más una subtrama política de engaño y corrupción. Siempre habrá adaptaciones de cuentos y novelas de Maupassant, ya que sus tramas son ricas y pletóricas de personajes atrapantes que se prestan idealmente al registro cinematográfico. Pero esta adaptación con un guión poco feliz de Rachel Benette y una dirección tan sutil como una alisadora de caminos de la dupla Declan Donnellan - Nick Ormerod (fundadores y mentores de la compañía teatral inglesa Cheek by Jowl) figurará entre las peores. No tiene textura, detalles, profundidad. Los rubros técnicos desperdician talento y belleza, una pena, uno les desea un mejor guión y dirección. Tanto la dirección de arte, el vestuario y la música son lisa y llanamente bellísimos. Las damas son un capítulo aparte. Son nada más ni nada menos que Uma Thurman, Kristin Scott Thomas y Christina Ricci. Hacen el habitual, y esperable en ellas, derroche de talento, aunque terminan por naufragar. A la Ricci le va un poco mejor, a la Thurman le va peor y a la Scott Thomas le va más o menos porque su personaje da un vuelco no muy justificado por el guión que ella lleva a cabo con fe y gracia. De todos modos verlas es siempre un placer.
 


En resumen, si tiene que perder un par de horas, llueve a cántaros o hace un calor abochornante, está frente al cine y justo está por empezar, puede verse. No acariciará el alma pero tampoco da dolor de muelas.
 


Sigo con Cosmópolis de David Cronenberg. Aclaración necesaria: me gusta el cine (obvio) y el cine de Cronenberg me gusta… a veces. Una historia violenta (2005) es una de mis películas favoritas, recuerdo con agrado Pacto de amor (1988) y Promesas del Este (2007), mientras que a otras, que prefiero olvidar, las padecí. En mi ranking personal Cosmópolis está más cerca de las últimas que de las primeras. Quizá soy injusto, quizá sólo llega en un momento en que no puedo apreciar sus valores. Se centra en un viaje en limusina de un joven multimillonario, un rey de las finanzas, que debe atravesar la ciudad para cortarse el pelo. Hay algo así como una odisea, la ciudad es un caos porque la visita el presidente de la nación y se lleva también a cabo el funeral de un rapero muy popular. La acción transcurre casi todo el tiempo en la limusina, a ella se suben distintos personajes que guardan estrecha o ninguna relación con el millonario. El diálogo oscila entre la solemnidad, la altisonancia y la amenaza velada y un poco absurda típica de las primeras obras de Pinter. Debo confesar que a la hora me harté y me fui. Vi la participación siempre luminosa de dos actrices que amo: Juliette Binoche y Samantha Morton. Me perdí la actuación de dos actores que admiro: Mathieu Amalric y Paul Giamatti. En algún otro momento la veré completa o quizá no. No puedo decir que es un bodrio porque es evidente que el film tiene sus valores. Afirmaré en cambio que no es para mí o no es al menos lo que me interesa ver en este momento. Por ahí me estoy poniendo viejo y ya no soporto la pretenciosidad que se finge genial o profética. O mi formación, mi experiencia me llevan a rechazar los extremos, no me gusta el cine pochoclero anodino ni tampoco el intelectualismo que aburre para ser profundo. Insisto, otros quizá disfruten de esta adaptación de una novela de Don DeLillo que a mí no me da tampoco ganas de leer. Pero no me lleven el apunte, véanla, quizá descubran que soy un tonto de capirote digno de lástima o desprecio.
 


Ah, a Robert Pattison, por lo que pude ver, le va mejor que en Bel ami. El personaje y el llevar anteojos negros le sienta bien a su registro actoral y a su cara extraña y un poco desangelada.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 31 de marzo de 2012

Un método peligroso


Si he de decir la verdad (y no veo por qué no habría de hacerlo), a esta película no hay con que darle. El tema es apasionante. La relación cambiante y ambivalente entre el viejo y querido Sigmund Freud (Viggo Mortensen) y Carl Jung (Michael Fassbender), con el agregado de una coprotagonista de lujo, Sabina Spielrein (Keira Knightley) y un secundario que no le va a la zaga, Otto Gross (Vincent Cassel).

Como se ve un elenco de aquellos, en plena forma y dispuesto a dar lo mejor de sí en personajes únicos. Viggo Mortensen entrega una notable caracterización de Freud. Keira Knightley brinda la actuación más audaz e histriónica de su carrera y sale con todos los laureles reverdecidos. Michael Fassbender confirma que es un actor envidiable. El hombre es de muy buen ver, tiene una fotogenia inexpugnable y un talento a prueba de escépticos. El gran Cassel está en su salsa y destella comme d’habitude.

El guión de Christopher Hampton (El cónsul honorario, Relaciones peligrosas, Carrington, El fuego y la sombra, El americano, Expiación – deseo y pecado, ¡hay que tener ese currículo!) concibe un guión (basado en su propia obra de teatro, basada a su vez en un libro de John Kerr) con el que se podrían dar clases. Es preciso, contundente, claro, fluido, con detalles certeros, situaciones arteras y con toques de humor tan bien puestos que se equiparan a la famosa cereza de lo postres.

David Cronemberg, alejado al parecer definitivamente del despanzurramiento de cuerpos con fines metafísicos y/o terroríficos del pasado, como en las recientes Una historia violenta o Promesas del Este (protagonizadas también por el amigo Viggo) se dedica con elocuencia y elegancia a desmenuzar secretos y viviseccionar almas.

Sin embargo, a pesar de tanto nombre de lustre y fuste, tanta profusión de talento, tanto tema intrigante y revelador, me pasé toda la película insuflándome el entusiasmo y aventándome el interés. Las tres veces que la vi. Y… soy de insistir.

La primera vez la vi a poco de su estreno en Europa, en algún momento del año pasado. Como suele suceder, rondó por la web primero en versión Cam, o sea filmada con una camarita en una función de cine. La bajé y la vi porque me daba mucha curiosidad. El sonido era impecable y la imagen un poco opaca. Supuse que con una copia mejor la disfrutaría más. Cuando llegó la temporada de premios, apareció un ripeo del DVD. Lo bajé y volví a verla. La reacción fue parecida a la de la primera vez. Me dije lo que me digo siempre: a las películas hay que verlas en el cine. Y ahora que la estrenaron fui. Y sigo como la primera vez. Hay algo que no me funciona. Conmigo esta película es como esas chicas que de tan pero tan lindas no son atractivas. Me parece demasiado impecable, controlada, medida, estudiada.  Sin esa coma fuera de lugar o ese adjetivo discutible que le da vida repentina o belleza imprevista a las cosas.

Pero no me lleven el apunte. Para nada. Véanla. El problema soy yo, no la película. Como dije en un principio, objetivamente no hay con que darle.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 13 de noviembre de 2009

Una historia de violencia

De vez en cuando a propósito compro golosinas que ya existían en mi tierna y lejana infancia (galletitas Rumba, Tita, alfajores Jorgito, pastillas D.R.F., caramelos Media Hora, etc.). Lo hago para comprobar si tienen el mismo gusto que tenían en la antigüedad. Inútil y frustrante ejercicio de memoria emotiva. No saben cómo sabían. No porque mi memoria sea quisquillosa o amnésica sino por la sencilla razón de que las firmas que las producían fueron absorbidas por compañías multinacionales a las que les importa un bledo y tres pepinos el sabor, la calidad y la tradición.


Me va mejor cuando hago el mismo ejercicio con películas que en su momento me gustaron mucho. De tanto en tanto vuelvo a verlas para comprobar si están envejeciendo bien.


A history of violence de David Cronenberg sigue tan perfecta y potente como en su estreno en el 2005. Es un cóctel delicioso del western del héroe misterioso y el policial negro retinto del pasado turbulento que vuelve.


Sam Stall (Viggo Mortensen) es un padre de familia irreprochable que atiende un bar. Cuando dos maleantes llegan a asaltarlo, revela una pericia inusitada para matar gente. Este hecho acabará con su bajo perfil y la fama hará que enfrente algunas deudas pendientes.


La clave está en el título porque no es una story sino una history. Ambas pueden traducirse como historia, pero story en su primera acepción es cuento mientras que history en su primera acepción es historia. Esto viene a cuento no porque tenga un ataque de etimología pelotudo sino porque en este relato cinematográfico hay un recorte de tiempo con principio y final. Un círculo, válgame la redundancia, redondísimo entre la escena familiar de apertura (la pesadilla de la nena) y la escena familiar de cierre (la cena). Más un perturbador prólogo que delimitará magistralmente el ámbito en el que se desatará la violencia.


Es una parábola ejemplar que no nos dejará indiferentes y que más allá de su simpleza suscitará tantas interpretaciones como espectadores tenga. Porque cuando las ideas son claras, no hay nada más profundo que lo simple.


Los caballeros confirman su derecho a portar todos los adjetivos admirativos que les han tributado. Viggo Mortensen es el candidato ideal para retratar a este hombre que es tanto un padre soñado como un asesino implacable. A Ed Harris le bastan tres o cuatro escenas para ratificar su estatura de actor inmenso. Y un audaz William Hurt camina por el precipicio de la sobreactuación sin desbarrancarse jamás, regocijándonos con su histrionismo sin par. Pero la sorpresa la da la dama, María Bello se revela como una actriz talentosísima y personalísima. Sincera, plena, segura, una auténtica maravilla. Muy hermosa, además.


Si no la han visto, no se la pierdan. Y si ya la han visto, vuélvanla a ver: vale la pena. La da ISAT, las próximas emisiones son el jueves 19 de noviembre (La Plata Day) a las 22hs y el domingo 29 a las 0:00 y a las 22.

Un abrazo,
Gustavo Monteros