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jueves, 6 de agosto de 2015

Mia madre



Terminaron las vacaciones de invierno y el reino de los Minions, los dinosaurios, los Píxeles,  las mentes habitadas, y los hombres hormigas comienza a declinar. Ya no dominan hegemónicamente la cartelera, y en las brechas se cuelan propuestas para adultos. (Aunque nos hayan postergado, que se hayan roto unos cuántos récords es bueno, nos alegra, significa que la gente tiene plata en el bolsillo y ánimo para gastarla).


Llega un film italiano que no veré (al menos por ahora), pero que merece ser reseñado. Se trata de Mía madre de Nanni Moretti. ¿Por qué no lo veré? Principalmente por dos motivos. Uno, no me gusta el cine de Nanni Moretti. Adelante, sus seguidores, lapídenme, mándeme a la horca, a la silla eléctrica, fusílenme, alquítrenme y emplúmenme, háganme caminar la plancha o inyéctenme letalmente, porque seguirá sin gustarme. Concibo a los artistas como seres con los que se dialoga. A través de sus obras, claro. Y el diálogo puede ser fructífero, fluido, fugaz o inexistente. En el fondo no es muy distinto que dialogar con cualquier otro mortal. Y así como uno no dialoga con todo el mundo (con la gente que no nos cae tan bien, por ejemplo, o con algunos que nos aburren a morir, también) no se dialoga con todos los artistas. Nada hay más subjetivo que el arte (de ambos lados, del creador y del consumidor/espectador) y debería estar permitido decir sin ambages “no me gusta”, “no me interesa”, “no es para mí” a cualquier propuesta artística sin importar lo genial que pueda ser. Sin embargo, existen fuertes presiones culturales que, en algunos casos, te aplastan si te atrevés a decir que Borges de tan pedante parece que siempre te está sobrando, que el cine iraní es más aburrido que sentarte a esperar a que vuelva la luz después de un corte de corriente eléctrica, o que Liliana Herrero canta como un samurái al que le pisaron la uña encarnada. Y si a pesar de toda la ciega bendición crítica que ostentan estos ejemplos mencionados, te munís de coraje y decís lo que pensás, recibís una mirada de seco desprecio que te convierte en un paria cultural sin remedio. Y si no podemos sustraernos a este fascismo avasallante, al menos no caigamos en la trampa de ver lo que no queremos, lo que no nos interesa, lo que no es para nosotros. De ahí que con simpleza digo: Nanni Moretti puede que sea un genio (no tengo intención ni elementos para refutarlo), pero a mí me deja afuera, ¿y qué?


Y dos, porque no tengo ganas en este momento de revisitar el vacío y el dolor que deja la muerte de una madre, ya que según parece la cosa es así (transcribo gacetilla) “Margherita (Margherita Buy) es una directora de cine y está rodando una película con el famoso actor estadounidense Barry Huggins (John Turturro), bastante problemático en el plató. Fuera del rodaje, Margherita se esfuerza en no derrumbarse ante el empeoramiento de la enfermedad de su madre (Giulia Lazzarini) y la rebeldía de su hija adolescente. Su hermano (Nanni Moretti), como acostumbra, es irreprochable.”


En resumen, no la veré, pero entiendo que muchos de ustedes quieran verla. Más allá de mi vehemencia inicial, sé por experiencia lo enriquecedor que puede ser un diálogo con Moretti. Dialogué con él con Habemus Papa y fue una experiencia feliz.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 9 de septiembre de 2011

Habemus Papam



No es mi intención ofender a sus seguidores, pero si he de ser sincero, debo confesar que el cine de Moretti no me va ni me viene. Lo conocí en los ochenta en un ciclo de cine italiano inédito en la Argentina, e incluso en esas primeras películas se evidenciaba una característica que se convertiría en su marca de fábrica: un narcisismo militante. Me resulta inútil dialogar con un narcisista, (es mi falencia), porque no pretende otra cosa que le demos la razón por adorarse y nos convirtamos en sus satélites. Prefiero cruzar de vereda y seguir mi camino. De allí que dejé de ver las películas de Moretti sin que se me moviera un pelo y sin sentir que perdía nada importante. Pero esta película me atrajo desde que supe de su existencia. Primero, por su título. Habemus Papam, junto con Quo vadis, Ubi sunt, In media res y alguna que otra frase que no me viene a la mente en este instante, es el poco latín que sé, pero que uso y abuso para chistes cotidianos tontos. Puedo decir, por ejemplo, Esta noche habemus pizza… Y bueno, con algo hay que divertirse. Volviendo a la película, después, cuando me enteré de qué iba, me atrajo más aún. Coincido a pie juntillas con la teoría de un amigo que dice que no hay nada más apasionante que las historias en que alguien dice que no a una cosa por la que otros asesinarían a sus madres. Y si se arrancó de monaguillo, se pasó por cura, obispo y se llegó a cardenal es lógico suponer que alguna vez se fantaseó con ser Papa, pero a Melville (Michel Piccoli) ni se le cruzó por la cabeza. Mientras los favoritos rezan para que no los elijan, él fuma bajo el agua, se sabe muy de perfil bajo. Pero no van y lo eligen. Azorado, presionado por la danza roja de prelados aliviados, contesta que sí, cuando le preguntan, después de la votación, si acepta ser Papa. Pero cuando le dan las ropas del oficio y van a sacarlo al balcón para que se presente, le agarra tal pánico que hasta hay que recurrir a lo impensable, un psicoanalista (Nanni Moretti). Y hasta ahí cuento, sin revelar demasiado porque son sólo los primeros cinco minutos.

Habemus Papam es una comedia inclasificable. Es satírica pero tierna. Es sencilla pero densa. Lineal pero compleja. Y no tengo un ataque de oxímoron compulsivo. Para acceder a alguna pretensión de claridad, concluiré que es misteriosa en su aparente simplicidad. ¿Acaso nos dice como Shakespeare y Calderón de la Barca que el poder es sólo una ilusión sostenida por rituales, y que la vida no es sino una representación? ¿No ya un “cuento contado por un idiota” sino una obra conocida representada por un actor desquiciado que sabe todos los parlamentos? ¿Insinúa acaso que el psicoanálisis no es sino teorías muy creativas que satisfacen la angustia de lo que nunca llegaremos a conocer o sea nosotros mismos, nuestras elecciones y nuestros caminos? ¿Cuando el curita dice, en medio del torneo de vóley,  que el psicoanalista ateo no irá al infierno porque es un lugar desierto, acaso nos quiere decir que muchas cosas no son como se han supuesto? ¿Hay un paralelismo entre el papa reacio y el psicoanalista exitoso, dos perdedores disfrazados de ganadores? ¿Es casual que la obra que ve el Papa sea La gaviota de Anton Chejov, autor incomprendido por excelencia porque escribió comedias que todo el mundo vio como dramas tremendos? ¿Acaso lo más revolucionario que se puede hacer en estos tiempos es decir “no sé”, como el experto que en la tele reconoce no tener ni idea de qué corno está hablando? ¿Hay incorrección política mayor que no imitar a Cristo, porque si éste pedía fuerza para soportar el sufrimiento deparado por su destino redentor, este hombre pide fuerza para apartarse de un destino de grandeza? Son sólo algunos de los interrogantes que despierta este entramado simple y conmovedor que pergeña Moretti.

Piccoli está supremo en su Papa fugitivo y Moretti, dicen los que lo han seguido que siempre se interpreta a sí mismo, será así, no podemos rebatir lo que desconocemos, pero aquí está simpatiquísimo en su psicoanalista locuaz, altamente italiano.

Y sí, lo han dicho todos, pero ¡cómo no mencionarlo!, en una escena clave se oye a la Negra Sosa cantar Todo cambia y se nos eriza de emoción hasta el último pelo de ya saben dónde.

Habemus Papam no me reconcilia con el cine de Moretti, pero sería un necio si no reconociera que disfruté cada segundo de esta película madura, serena, segura, diestra, elocuente, elegante. Sin lugar a dudas, una de las mejores películas que veremos este año.


Un abrazo, Gustavo Monteros