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viernes, 22 de septiembre de 2023

Programa doble - Hoy: Alma criminal - El jardinero español



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Alma criminal y El jardinero español

 

Entre 1952 y 1956 en el cine inglés de postguerra, el niño actor Jon Whiteley fue una estrella tan popular como efímera. Había nacido en 1945 y con solo 7 años deslumbró al público junto a Dirk Bogarde en Hunted / Alma criminal (Charles Crichton, 1952). Al año siguiente con su compañero, Vincent Winter, que hacía de su hermano menor en The Kidnappers / Los pequeños secuestradores (Philip Leacock, 1953) ganaron incluso un Óscar en miniatura que se entregó por única vez al talento juvenil. En 1955 coprotagonizó Moonfleet / Los contrabandistas de Moonfleet (Fritz Lang, 1955) con Stewart Granger. En 1956, ya con 11 años, se lo vio en sus dos últimas películas, The Weapon / Amanecer incierto (Val Guest/Hal E.Chester) con glorias imperecederas como Lizabeth Scott y Herbert Marshall, más Steve Cochran, de carrera variada, pero de vida más intensa que cualquier película. Y The Spanish Gardener,/ El jardinero español (Philip Leacock, 1956) otra vez, junto a Dirk Bogarde con el que había hecho Hunted. Sí, su primer y última película fueron con el gran Bogarde.

 

En la década del cincuenta, Dirk hizo 26 películas (lo que habla con elocuencia de la pujanza de la industria del cine inglés de aquel tiempo) y años después, en retrospectiva, rescató a Hunted como una de las pocas de las que estaba verdaderamente orgulloso. No le faltaba razón, todavía hoy es de muy buena a excelente. Por sobre todas las cosas, se destaca por su modernidad. En estos tiempos de películas sobre-explicadas, en las que todo se establece como si el público fuera lelo, gagá o de sala azul, al que el engullimiento de tanto pochoclo le ha secado el cerebro, este film confía en la adultez y el discernimiento de la platea. Arranca como un policial clásico (un hombre mata a otro, el asesino en la huida secuestra provisoriamente a un niño, pero cuando lo libera el chico no quiere volver a la casa, porque dice que la ha prendido fuego y no quiere enfrentar el castigo) y deriva al drama de relaciones (el asesino tiene una esposa que se las trae, y el chico es un huérfano con una pareja adoptante que mejor perder que encontrar). Aquí nada se explica del todo, el guionista usa inteligentes puntos suspensivos y el director con encuadres creativos escamotea más datos de los que muestra. Y con esas herramientas más que desinteresarnos nos apasionan. Y cuando llegue el final, pondremos todos nuestros deseos en que sea feliz o algo parecido, aunque quizá diste de serlo. Bogarde dice también que el film tuvo un gran éxito y que terminó de cimentar su sitial de estrella. Por entonces contaba con 31 años y la cámara como hizo siempre, lo ama. Su rostro parejo, pero no del todo agraciado, en los claroscuros del blanco y negro se vuelve apuesto, enigmático y de tortuosa vida interior. Pero el sortilegio no se agota en el romance de la cámara con la estrella, el hombre es un actor de aquellos, un prodigio de sensibilidad y expresividad.

 

El jardinero español, en cambio, se deja ver, pero huele a antigua, a melodrama muy circunscripto al momento en que fue filmado, apegado en extremo a una sociedad conservadora y asfixiantemente pacata. Se basa en un best-seller de A. J. Cronin con un final distinto. De modo que novela y película se bifurcan y pueden verse y leerse alternadamente para decidir qué final es más lógico, más acorde al conflicto planteado o que gusta más. En la película, un diplomático menor es enviado a una comarca española, este señor acaba de ser dejado por su mujer, que se sentía apresada en un amor tiránico y le dejó un hijo de 10 años, que el hombre lleva consigo para educarlo y formarlo (mandarlo a la escuela pública de la vuela ni se le pasa por la cabeza, para la clase social a la que pertenece la única alternativa educativa posible es enviarlo de pupilo a un internado y como no se puede…). En resumen, este señor quiere hacer con el hijo lo mismo que hizo con la madre, someterlo a una convivencia opresiva y sin aire. Pero el chico se relaciona con el jardinero contratado y desata los celos y las paranoias del padre, incentivadas (pisamos aquí el más puro melodrama) por las intrigas de una especie de mayordomo, sinuoso y cruel. El film termina bien, la novela, dicen que no. También comentan que la traslación al cine obvió un claro sustrato homosexual, en la pantalla hijo y jardinero son solo amigos, sin sombras ni sobrentendidos, en la novela hay, según parece, una corriente sexual subterránea que jamás llega a la superficie, pero que existe y que prefigura que el chico será gay. Bogarde nunca tuvo problemas con expresar ambigüedades, de modo que fue más decisión de los productores de asegurar el éxito que de forjar otro antecedente al cine LGBT. Tuvieron razón en alejar el fantasma homosexual, el film fue un éxito de proporciones, que con sugerencias de amores contravencionales a la época quizá no lo habría sido tanto.

 

Fue el último film de Jon Whiteley (que completaría su carrera actoral con dos breves participaciones televisivas en programas muy celebrados por entonces, un policial que en Inglaterra son tan idiosincráticos como el té y una de las centeneres de versiones de Robin Hood, ídem anterior. Hay niños actores que hacen carrera como Natalie Wood o Roddy McDowall, otros se alejan de tablas o reflectores como de la peste. A Jon Whiteley, el fuego sagrado de la actuación se le apagó, si es que alguna vez estuvo prendido, los niños juegan, que es la base imprescindible de actuar. Whiteley se puso a estudiar historia y arte y se doctoró en Oxford, se casó, tuvo dos hijos y fue curador en importantes museos, escribió, además, libros insignes sobre arte, Francia lo hizo caballero de las Artes y las Letras en 2009 y murió a los 75 años en Oxford en 2020. Y aunque siempre habló maravillas de Dirk Bogarde, su película favorita, entre las que hizo, no fueron ninguna de las dos que filmó con él, sino la de Fritz Lang, Los contrabandistas de Moonfleet. (Sé que yo no vengo a cuenta en nada, pero como soy quien esto escribe y el que se tomó la molestia de ver las cinco que hizo, digo sin dudar que mi favorita es Hunted! / Alma criminal) (Tomá, te lo dije)

 

Gustavo Monteros


viernes, 10 de febrero de 2023

Desafío del mes de San Valentín - Segunda semana

Este Febrero es un mes complicado para mí. Tengo que despejar incógnitas, tomar decisiones, aceptar condicionamientos que no dependen de mí, etc. Pero para no obsesionarme, desarrollar ideas satélites o hacer de mi mente un embudo atascado, me conviene pensar en otras cosas. Y como el cine es una de las pocas cosas que siempre me divirtió, nunca me traicionó y si alguna vez me decepcionó, me recompensó casi de inmediato, me planteé un desafío. Como es el mes de San Valentín, voy a ver si puedo completar una lista de 28 películas de amor que me gusten de verdad.

Sábado 4 de febrero de 2023 


Día 4: Mad Dog and Glory (Una mujer para dos, John McNaughton, 1993).

El policía Wayne (Robert De Niro) también apodado Perro loco salva la vida de Frank Milo (Bill Murray), un prestamista mafioso en un asalto. Frank en agradecimiento le envía a Gloria (Uma Thurman) a que conviva con Wayne unos días y le haga la vida placentera, con todo lo que esto implica. Gloria, en realidad, es la "garantía" de un préstamo que Frank le hizo al hermano de Gloria y como este incumplió, Gloria está condenada a hacer lo que Frank le pida. Para cuando Frank venga a reclamar a Gloria, Wayne tendrá que luchar por ella, porque se han enamorado. Y Frank no es un hueso fácil de roer por más Perro loco que Wayne sea. A De Niro, por prepotencia de talento (entiéndase Taxi-driver, El francotirador, El toro salvaje, New York, New York, Érase una vez en America, entre las más destacadas) le doy la autoridad de venderme cuanto buzón quiera. Y me los ha vendido, porque el hombre acepta cualquier proyecto. Pero en este caso, no. El amor que siente por Gloria es fuerte, lo hace vencer cobardías, lo pone a prueba con balas y puños. Gloria no se puede quejar, da gusto ser amada/o así.


Domingo 5 de febrero de 2023 


Día 5: Cesar et Rosalie (Claude Sautet, 1972)

Cesar (Yves Montand) ha llegado a su Paraíso. Su personalidad avasalladora es apreciada, con sus hermanos comanda una empresa floreciente de chatarra (negocio sin buena prensa, pero detrás del armamentista, el más exitoso del siglo XX) y después de varios ensayos (el hombre es mayorcito) está con la mujer de sus sueños, Rosalie (Romy Schneider) a la que ama y respeta. Rosalie tiene una hija de 5 años que tuvo con Antoine (del que está alejada), con el que se consoló cuando el hombre que ella de verdad amó, el historietista David (Sami Frey) la dejó para irse a probar suerte a Estados Unidos. Pero como todo Paraíso tiene su serpiente, al de Cesar lo desbaratará la vuelta de David, que impacta en el presente de Rosalie, que de todos modos le asegura a Cesar, que él es el elegido. Cesar para asegurar la victoria mete la pata. Le dice a David que Rosalie está embarazada y que se casarán pronto. Rosalie que valora su libertad por sobre todo, ante la mentira se siente ultrajada y abandona a Cesar, que se desahoga en una violencia que es pura impotencia, no destrucción. La soledad y el desamparo enseñan y Cesar es hombre de aprender. Ya venía bien encaminado en esto de querer, sin embargo la partida de Rosalie lo llevará al Doctorado del Buen Amar, y ya no querrá sacarse de encima a David sino incluirlo para que ella no tenga que elegir, y si Rosalie ama a David es por algo, entonces Cesar aprenderá a apreciarlo y quererlo. Surge entonces la paradoja, en su afán de recuperarla, Cesar le pone la vara muy alta a Rosalie, ahora le toca a ella aprender, ¿lo hará? En el amor todo vale, hasta ser sabio y honesto.


Lunes 6 de febrero de 2023 


Día 6: Oci Ciornie (Ojos negros, Nikita Mikhalkov, 1987)

Fines del siglo XIX. Chico conoce chica, chico pierde chica, ¿chico recupera chica? La última premisa de este caso va con signos de interrogación porque son personas adultas, están casados y el autor es Chéjov. Hay historias que no se gastan por más que se cuenten una y otra vez. La dama del perrito de Antón Chéjov, de celebrada popularidad, es una de ellas. Mikhalkov, con Marcello Mastroianni al frente de un elenco ítalo-ruso, fue uno de los que mejor la contó. No fue el primero ni será el último, porque podemos prescindir hasta del aire, pero nunca podremos prescindir de Antón Chéjov.


Martes 7 de febrero de 2023


Día 7: Love With the Proper Stranger (Desliz de una noche, Robert Mulligan, 1963)

No tendría que haber pasado, pero pasó. Y ahora ella (Natalie Wood) lo busca para que le consiga un médico para que le haga un aborto. Y él (Steve McQueen) ni siquiera se acuerda de ella, hasta que sí, ah, sí, ella era la de aquella noche en las montañas. Él es un músico  free lance y ella trabaja en la sección mascotas de Macy's, porque estamos en la New York de los sesenta. Y la relación se establece, se desarrolla y crece por donde todas terminan. Él la rescata del aborto clandestino al que la acompañó porque terminó por ser la definición de sórdido y siniestro. Y cada uno conoce la peor cara de la familia del otro. La de él está ganada por la decepción. Él no tiene un presente promisorio y ellos, sus padres, tampoco tienen algo mejor que ofrecer. Y la de ella, familia italiana de historieta, es de intromisión enfermiza, madre y hermanos tienen que decidir y controlar todo lo que ella hace, es porque la quieren, claro, pero a ella le gustaría que la quisieran menos. Pero entre todas estas idas y venidas, ella y él se enamoraron y ya el final feliz anda a la vuelta de la esquina. Así que descorchen los champanes, nomás.


Miércoles 8 de febrero de 2023 


Día 8: My Beautiful Laundrette (Ropa limpia, negocios sucios, Stephen Frears, 1985)

El neoliberalismo es feo, sucio y malo. Un invento de los ricos para ser más ricos y sumir al resto más en la pobreza. Como lo que trae es hambre, pobreza, desempleo, desesperanza, desata el sálvense quien pueda y la rápida anulación del otro que pasa a ser el enemigo. Johnny (Daniel Day Lewis) y Omar (Gordon Warnecke) fueron compañeros de escuela. Jugaban juntos y tomaban la merienda uno en casa del otro y viceversa. Pero en una marcha de odio a los supuestos inmigrantes, Johnny, al frente de unos amigotes skinheads, al pasar por la casa de Omar, le gritó al padre de este: ¡Paqui, volvete a tu tierra, sucio malparido! Pasan unos pocos años y los paquis (paquistaníes) parientes de Omar aprendieron las lecciones del neoliberalismo: mafia, negocios sucios, explotación, inmoralidad, avasallamiento de derechos, etc. Manejan tantas empresas que hasta se permiten traspasarle a Omar, un joven de escasa experiencia comercial, un negocio de los que mucho no rinden: una lavandería. Ahora Omar emplea a Johnny, lo explota más bien. Le cobrará el insulto aquel. Pero Omar y Johnny se aman. Se dirán cosas horribles, pero ninguna tiene que ver con ellos o su vínculo. Son por prejuicio, por las derivaciones políticas y sociales del neoliberalismo. Cerca del final, Johnny, herido físicamente, jura por enésima vez que se irá. Pero la última escena los sorprende con los torsos descubiertos, tirándose agua en las lastimaduras, en un claro prejuego sexual. Es que Ropa limpia, negocios sucios es sobre hipocresías varias, disrupciones del tejido social y amores que ni el neoliberalismo puede matar. Y Thatcher, por más poderosa que haya sido, hoy es mala palabra en 1753 idiomas. ¿Justicia poética? Algo es algo.


Jueves 9 de febrero de 2023 



Día 9: Cold War (Pawel Pawlikowski, 2018)

Cuando uno creía que ya no habría historias de amor que nos conmovieran hasta las masmédula, viene el polaco Pawel Pawlikowski y nos descerraja el cerebro y el corazón con un relato tan arrasador como ineludible. Zula (Joanna Kulig) está triplemente maldita, es bella, talentosa y con capacidad de amar en plenitud. Tres virtudes que son una maldición si se ha nacido en Polonia en los cuarenta y se es todavía joven en los sesenta del siglo XX. Vivir es complicado en cualquier época, pero algunas son peores que otras. La devastadora y volátil Polonia de la Guerra Fría no ofrece una de las mejores. De allí que Zula sea tironeada, abusada, explotada, esclavizada por las cambiantes facciones de turno. Encuentra en Wiktor (Tomasz Kot) su igual, pero lo perderá y recuperará, una y otra vez, y otra vez y otra vez. Dice Peter Handke en un texto poético: "La muerte es la mejor de las historias, después de las de amor". Cold war es, entonces, de las mejores y más mejores.


Viernes 10 de febrero de 2023 


Día 10: Camille (La dama de las camelias, George Cukor, 1936)

Las viejas historias de amor me intrigan por lo que le contaban al público que las hizo clásicas, y cómo las podemos reinterpretar hoy según esta contemporaneidad nuestra. Margarita Gautier (Greta Garbo) la heroína de La dama de las camelias fue, desde que la concibió Alejandro Dumas hijo, el ejemplo más acabado de lo que se puede hacer por amor. Repasemos la historia: Margarita es una cortesana de éxito en el París del siglo XIX. Usufructúa hombres poderosos y ha amasado una pequeña fortuna. Se enamora de Armando Duval (Robert Taylor) un joven tan buenmozo como pobre e inútil. Lo lleva a vivir al campo porque está tuberculosa y supone que este recreo bucólico quizá sea el último. Se le aparece, entonces, el padre de Armando (Lionel Barrymore) que le pide que lo deje, porque si no la hermana menor de Armando no se va a poder casar, porque la familia del futuro esposo no aprueba que Armando viva en el pecado con una mujer pública. Margarita se conmueve y hace lo que le dice: deja a Armando y vuelve a su vida habitual en París. Armando, despechado, gana un dinero en el juego y, delante de todos los presentes en ese casino de moda, se lo tira a la cara a Margarita, mientras le dice que espera que sea suficiente para pagar los favores recibidos. Como sin salud no puede trabajar, Margarita se retira a morir pobre porque la enfermedad le consumió los ahorros. Armando se entera y la visita para jurarle amor eterno en el lecho de muerte. La inmolación de Margarita fue vista en los finales del siglo XIX y hasta mediados del XX como el sacrificio a hacer para ventura de la hermana de Armando y el mantenimiento del status quo. Para los parámetros actuales se equipara a chica independiente con medios y recursos que se paga un chongo para distraer la muerte inminente y ante la llegada del padre del chongo y el verso de la hermana, podría preguntarse: ¿sacrificarse por esta manga de hipócritas que la van de trigo limpio y están más sucios que una papa? ¡No! Mejor livin' la vida loca mientras el cuerpo aguante y la hermana del chongo que se consiga un marido menos pelotudo, porque es improbable que la haga feliz tan pendiente de la vida ajena como está. Con esta versión no habría conmoción y lágrimas, pero todos la pasarían mejor por ser más sinceros.

Gustavo Monteros

viernes, 15 de mayo de 2020

Programa doble: Un detective curioso - El halcón negro



Ningún adolescente solitario que hubiera leído un libro de Raymond Chandler o Dashiell Hammett volvía a ser el mismo. Quedaba marcado de por vida con el amor al noir más puro y excelso. Y si con los años, el tal adolescente se inmiscuía en los caminos del arte, en algún momento sentía que tenía que exorcizar ese temprano amor en la recreación, la copia, la parodia o la burla.


Desde mediados de los sesenta hasta bien entrados los ochenta, hubo una ola de reformulaciones del noir clásico de los cuarenta. Y se erigieron dos cumbres irremontables, en cine: Chinatown (1974, Roman Polanski, con guión de Robert Towne) y en la novela (gracias a Dios nos tocó a nosotros) Triste, solitario y final (1973) de Osvaldo Soriano.


Y en medio de esa ola, en 1975 los estudios hollywoodenses concretaron dos proyectos similares en estilo e intención (para no quedarse atrás, se copian y así todo viene de a dos o tres): unas comedias de detectives privados a la manera de los de Chandler / Hammett. Una un poco más lograda que la otra, aunque ambas fallidas.


Peeper (Un detective curioso, 1975) gira alrededor de Leslie C. Tucker (Michael Caine) un inglés que a fines de los cuarenta se gana la vida en Los Ángeles como investigador. Una noche le aparece en su oficina/dormitorio un perseguido (literal) cliente, Anglich (Michael Constantine) que le pide ubique a una hija que años atrás dejó en un orfanato, porque quiere entregarle un dinero que se ganó. Tucker terminará desovillando enredos que incluye a dos hermanas, Ellen (Natalie Wood) y Mianne (Kitty Winn) y otras ramificaciones familiares.


Caine, desentendido de hacer un acento americano, fluye encantador y devuelve la entrada a puro talento. Por lo que fuera, no era un buen momento para Wood, a pesar de un profesionalismo irreprochable, se la adivina tristona, opaca, sin el brillo que le supo dar a comedias como Penélope (Arthur Hiller, 1966) o La carrera del siglo (Blake Edwards, 1965)




The black bird (El halcón negro, David Giler, 1975) es contemporánea a los tiempos en que fue producida o sea transcurre en los setenta. A Sam Spade Jr (George Segal), hijo del Sam Spade de El halcón maltés (John Huston, 1941, según novela de Hammett, of course) le ofrecen pagarle una gran suma si encuentra y entrega el famoso pajarraco negro sobre el que giraba la acción de la novela clásica y de la posterior película (también clásica). A Sam Junior la oferta le parece sospechosa y se pone a investigar qué puede haber detrás. En la trama terminará por aparecerle una femme fatale de ascendencia rusa, Anna Kemidov (una deliciosa Stéphane Audran). En un elenco variopinto sobresalen Lionel Stander y Signe Hasso, gloriosa en su falsamente remilgada experta en lenguas antiguas.


Ambas películas están atravesadas por el fantasma de Humphrey Bogart. No olvidemos que corporizó a los dos detectives emblemáticos de Hammett y Chandler. Hizo a Sam Spade en El halcón maltés y a Philipe Marlowe (la creación de Chandler) en Al borde del abismo (The Big Sleep, Howard Hawks, 1941).


En Peeper / El detective curioso no hay créditos iniciales sino que un actor personificado de Bogart le dice a la platea el título y los nombres que cubren los rubros principales. En The Black Bird / El halcón negro, George Segal es tan esmirriado como Humphrey y la actriz (Lee Patrick) que hace de secretaria es la misma que hizo igual rol (Effie Perine) en El halcón maltés del 41.


Ambas comedias no llegan a buen puerto. Peeper es un poco más coherente, más cohesionada que The Black Bird que es irremediablemente deshilachada, ilógica, incongruente.
Al margen de la importancia de los actores, ¿qué hace que estas comedias no sean desestimadas y a otra cosa? Los diálogos, que son chispeantes, ocurrentes, ingeniosos, verdaderamente brillantes. David Giler, Gordon Cotler y Don Mankiewicz firman los de The Black Bird y W.D. Richter, según novela de Keith Lautner los de Peeper. El “bantering” la devolución de réplicas es irresistiblemente irónico en casi todos los casos.


Cuando repasamos la carrera de George Segal durante los setenta nos sorprende que no haya defendido después su status de primera figura. Era normal que con el paso del tiempo, los protagonistas jóvenes resignaran su preeminencia y pasaran al reparto, pero al extenderse el promedio de vida y la entereza que lo acompaña, Jack Lemmon, Paul Newman, Walter Matthau, Robert Redford, Michael Caine, Alan Arkin, Donald Sutherland o Christopher Plummer mantuvieron en su otoño su cargo de estelaridad y si bien participaron en ciertos proyectos como secundarios, no dejaron de ser protagonistas. Otros, como Elliott Gould o George Segal, en cambio, un buen día pasaron a los repartos y no volvieron a estar antes del título. Elecciones que se hacen. A veces por necesidad, otras por convicción.


Cuando uno se reencuentra con Segal en un reparto, cuesta reconocer al rey del cartel y de la boletería de antaño. Sin embargo, se lo ve cómodo y feliz, que a la larga es lo único que importa.

Gustavo Monteros