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sábado, 19 de mayo de 2012

La fuente de las mujeres



Como saben, procuro escribir cada semana sobre una de las películas que se estrenan en La Plata. Esta semana me propuse escribir sobre Elefante blanco, el último film de Trapero, pero entre ocupaciones y contingencias varias no llegué a verla todavía. De allí que haya resuelto escribir sobre una película que está en cartel y que se da desde hace algunas semanas. En su momento no escribí sobre ella porque se estrenó al mismo tiempo que la maravillosa Una separación y por evidentes razones preferí hablar de esta impar película iraní. Pero me rindo al designio, quizá estaba en mi camino hablar de La fuente de las mujeres. Empecemos.

La fuente de las mujeres de Radu Mihaileanu podría definirse como una reformulación de la vieja y querida Lisistrata en versión fábula ambientada en algún lugar de la península árabe. Como en la obra de Aristófanes, una huelga sexual motoriza el relato.

Si en Lisistrata las mujeres no volverán a cumplir con sus deberes maritales hasta que no acaben la guerra, aquí no volverán a consentir tener relaciones hasta que no consigan los hombres que el agua lleve al pueblo o vayan ellos a buscarla a la montaña. Por una antigua tradición son las mujeres las que deben proveer el agua, trepar las pedregosas laderas y bajar cargadas con los pesados baldes. La tradición, según se cuenta, nació en épocas en que los hombres protegían las casas de ataques de pueblos vecinos. Ya no hay guerra ni trabajo, los hombres se pasan el día en el bar y las mujeres siguen cargando el agua como mulas. Pero la pesadez de la carga y las caídas las hacen perder embarazos o las hacen parir niños muertos. Eso será la gota que derramará no el vaso sino el balde en este caso.

Al cine de Mihaileanu (El tren de la vida, Ser digno de ser, El concierto) le cabe lo que se decía del cine de Claude Lelouch cuando yo era chico: los personajes y las situaciones son tan atractivos, vitales y seductores que se le perdona todo lo demás. En el caso de Mihaileanu serían las simplificaciones, los maniqueísmos, la ausencia de todo rigor y el atrevimiento de meterse con temas riesgosos y tratarlos con la levedad de los cuentos de hadas.

Sin embargo, uno se enamora de sus personajes. Y ya se sabe el amor es demasiado difícil y azaroso como para buscarle defectos cuando se da tan así de espontáneo y abarcador. Juro que intento hacer acopio de cuanto cinismo he aprendido y no caer en sus trampas, algunas grandes como un océano de tan obvias, pero hay un detalle, un matiz que me gana y ya no me importa criticar sino entregarme al deleite. Me digo: no te dejes atrapar que eso no es sino una ingenuidad profesional, una manipulación que de tan vieja ya es berreta, y allí está otra vez ese detallecito inusitado que me pierde.

Se ha dicho que con esta película ha reducido los problemas de la cuestión islámica a los pintoresquismos de una tarjeta postal, a la superficialidad de un mensaje de galleta de la suerte. Quizá tengan razón y sean injustos a la vez. No pretende un tratado filosófico sino contar una fábula, con moraleja y todo. Está bien, podría circunscribirla en realidades menos complejas, pero a él el talento le tira para ese lado, qué se le va  a hacer.

En resumen: un film seductor, leve como una pluma y bello como una boa de plumas que se desliza sigilosa sobre las curvas de una mujer despampanante.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 11 de marzo de 2011

El concierto

Hasta no hace mucho daban en la tele una propaganda en la que una chica sorbía una gaseosa en el cine, sonriente y emocionada, deleitada por completo por la película, mientras en off se oía la voz de un crítico que denostaba lo que ella veía. Esto pasa más a menudo de lo que los críticos están dispuestos a admitir. Ya no son, si alguna vez lo fueron, los árbitros indiscutidos de lo que está bien o mal. Los críticos, como algunos políticos, se aíslan a veces de la realidad y se pierden en teorías inválidas que los dejan todavía más solos.

Hace más de un año que vi El concierto. La bajé de internet y suelo cruzármela en las páginas para bajar películas. Es una de las más recomendadas por el público y muchos han dejado elogiosísimos comentarios breves. Supe que si alguna vez se estrenaba sería lapidada por los críticos. Cosa que terminó pasando. Si acerté, no fue porque tenga poderes de clarividencia, sino porque me pasé la vida leyendo críticas y porque por mi manera de ganarme el mango no puedo perder contacto con la realidad.

Estos son algunos de los conceptos utilizados para destrozarla: “…no puede disimular la caótica marcha de un film que acepta cualquier mezcolanza y cualquier incongruencia, ni el postizo añadido de una historia sentimental que apela en vano a la emoción y sólo produce baches en la acción. Ni mucho menos redimirlo del retrato prejuicioso de judíos, eslavos, gitanos, nuevos ricos rusos y homosexuales, puros clichés imperdonables.” (…) “En El concierto, Mihaileanu vuelve a intentar cruzar comicidad y tragedia, picaresca e historia, absurdo y sentimentalismo, pero esta vez fracasa estentóreamente. Allí donde la frescura, la eficacia o la ambición permitían disimular torpezas, simplificaciones y grosores, ahora la ecuación se invierte, con resultados que merodean el desastre a toda orquesta.” (…) “Desde el comienzo se fuerza al espectador a suspender su incredulidad, no una sino mil veces.”

Vayamos por partes. Las mezcolanzas no están mal, salvo que sean indigestas. No existen los géneros puros. Pacto de sangre (Double indemnity, Billy Wilder, 1944) es uno de los ejemplos más preclaros del film noir, sin embargo el final de los asesinos puede transformarla en una desesperada historia de amor. Mi padre odiaba las películas de amor e idolatraba Casablanca, pero él la veía como una historia de aventuras, que también lo era, aunque no lo primordial, que pasaba por el romance.

Los clichés son un elemento narrativo más y distan mucho de ser imperdonables. El cliché es una reducción tipificada, una estereotipificación degrada, una observación limitada que se basa en un recorte de la realidad. Está mal suponer que todos los latinos son amantes ardientes, sabemos que no lo son. Algunos, sí. Y es ese recorte de la realidad lo que creó el cliché. No está mal poner a un latino calenturiento en una película si no es exclusivamente eso o si no se usa ese reduccionismo para segregarlo o perseguirlo. Partir del cliché para ampliarlo o humanizarlo es lícito y hasta bienvenido.

La suspensión de la incredulidad es un pacto entre el espectador y lo que se le cuenta. Tomemos un ejemplo que todos conocemos: Mujer bonita. Sabemos que es prácticamente imposible que un millonario se enamore de una prostituta, aunque sea la mismísima Julia Roberts. Sin embargo, cuando vemos que la cosa viene por ahí, a menos que nos levantemos del cine o cambiemos de canal, indignados por la falacia, aceptamos el entuerto y dejamos que el cuento se desarrolle. ¿Por qué elegimos suspender la incredulidad ante determinadas historias y ante otras no? Porque se nos canta, porque es nuestro derecho, nuestra prerrogativa, nuestro poder en cuanto espectadores. Y lo usamos según nuestro regio antojo.

Ahora bien, ¿por qué me pongo a discutir conceptos que usé, uso o usaré? Porque El concierto, como a muchos otros miles en el mundo, me enamoró. Y ya se sabe, el amor desconoce de lógicas y razones. Y me ofende que maltraten una historia que disfruté y me encantó.

Y no hay nada más difícil que definir el encanto. Lo intentaré. ¿Cómo resistirse ante una historia de compensaciones postergadas, de justicia poética, de reclamos vitales al fin atendidos? Y es aquí donde el contacto con la realidad cobra relevancia. ¿Quién de los que caminan la calle no se siente postergado de recompensas en trabajo, afectos u oportunidades? Si alguien contesta que eso no le pasa, le pido un autógrafo ya.

En cine se acostumbra a hablar de los directores y se relega a los actores. Todo bien, pero Bergman no hubiera sido Bergman sin esos actores impares que corporizaron sus reflexiones. Y los de El concierto exudan una humanidad contagiosa con la que entramos en empatía inmediata que deriva en cariñosa simpatía.

Y el director, Radu Mihaileanu, claro, le tiene una fe inquebrantable a su historia.

Creo que ese coctel de historia de fácil identificación, actores irresistibles y director fervoroso explica, al menos para mí, el encanto de una obra que enamora.

En definitiva, pueden ver El Concierto con la alegría de un perro que retoza en un parque, o como los críticos, con la gravedad de un perro que pasea en un bote. Como siempre, ustedes tienen la última palabra.

Un abrazo,
Gustavo Monteros