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jueves, 11 de febrero de 2016

En primera plana



En primera plana o Spotlight se inscribe en la escuela de las películas de denuncia y egresa, no con notas para el cuadro de honor, pero sí con un buen promedio. Cuenta la minuciosa  investigación periodística llevada a cabo por un grupo de periodistas de la sección Spotlight, que depende del Boston Globe, y que terminó el 6 de enero de 2002 con la impunidad de los acosos sexuales contra niños cometidos sistemáticamente por miembros de la iglesia católica y que fueron silenciados por las autoridades eclesiásticas. El film sigue cronológicamente la investigación.


En el principio vemos en una comisaría a un cura detenido (bah, más bien “retenido”) a punto de salir libre ya que en un cuarto contiguo otro cura y un abogado convencen a la familia de la víctima de retirar la denuncia. Algo en apariencia tan habitual que no sorprende a los policías, pero que llama ligeramente la atención al periodista presente en el lugar. Tirará del hilo y con sus compañeros darán con un ovillo gigante. Será crucial para el desvelamiento de la verdad la llegada de un nuevo editor en jefe, Marty Baron (Liev Schreiber) quien les pedirá a sus periodistas que no se queden en lo anecdótico sino que vayan tras lo estructural, que revelen el ocultamiento sistemático que hizo la iglesia. Lo lograrán, no sin esfuerzo.


El buen guión de Josh Singer (El quinto poder, The West Wing) y del director Tom McCarthy (The station agent, Visita inesperada, Ganar ganar, En tus zapatos) trabaja mayormente por implicancia, tangencialmente, con el conocimiento tácito que tenemos de los horrores  del abuso sexual a niños, no se permite flashbacks morbosos con curas en acción, lo que se agradece. Bordea también siempre el camino de cornisa del discurso, de la declaración de principios, de la furia tan justificada pero altisonante, sin caer en el precipicio. Lo que también se agradece. Pero no alcanza para llegar al status de obra mayor indiscutible, porque se pone insegura o no confía del todo en el espectador y subraya innecesariamente aspectos que tendrían que estar mejor integrados y no tan declamados, como la subtrama de la casa de retiro para sacerdotes abusadores en el vecindario de uno de los periodistas, Matt Carroll (Brian d’Arcy James) o que en la última visita del periodista, Mike Rezendes (Mark Ruffalo) al abogado Mitchell Garabedian (Stanley Tucci) haya justo niños abusados en la consulta; o la misma furia de Rezendes/Ruffalo a Walter “Robby” Robinson (Michael Keaton) por la demora en la publicación. No llegan a tirar abajo los buenos logros, pero empañan una superficie que debió brillar sin opacidades. Otro punto en contra es la banda sonora del veterano Howard Shore (Ed Wood, la saga de El señor de los Anillos, la saga de The hobbit, varios filmes de Scorsese, más de un Cronenberg,  entre muchas otras). Si bien no hizo la típica composición efectista, que parece más bien alternancia de ruidos y violines, ensayó algo cercano al jazz, pero que conspira con lo que pasa en pantalla, tan torpe es que el silencio no solo habría sido preferible sino incluso más eficiente.  


Entre los puntos más altos, el elenco, a los nombrados hay que agregar a Rachel McAdams, John Slattery, entre los periodistas, a James Sheridan, Billy Crudup, entre los abogados y a Neal Huff, Michael Cyril Creighton, Jimmy LeBlanc, entre las víctimas. Si bien Mark Ruffalo y Rachel McAdams lograron nominaciones para el Óscar como Mejor Actor y Actriz de reparto respectivamente, esta película es de “ensamble”, necesitaba de un elenco parejo, comprometido y talentoso y lo consiguió. Un trabajo grupal compacto como pocos. Ahora que hay premios para elencos, acaban de ganar con orgullo y con justicia, el del Sindicato de Actores Cinematográficos (Screen Actors Guild Awards).


En resumen, más allá de los “peros” que le encontré, más cabronadas de andropáusico que otra cosa, merece con creces entrar en la sección de películas "tres eses"; ya que es seria, sólida y sincera.

Gustavo Monteros

jueves, 21 de noviembre de 2013

Gambit



Hubo una vez en 1966 una comedia de frágil pero imperecedero encanto. Significó el desembarco en Hollywood, a instancias de una por entonces poderosa Shirley Mac Laine, que lisa y llanamente lo impuso a los productores, de un por entonces incipiente inglesito, un tal Michael Caine. El gran Herbert Lom completaba el elenco. La dirigió el versátil Ronald Neame (La aventura del Poseidón, La primavera de una solterona, La alegre historia de Scrooge). La película se llamó Gambit.

En ella, Harry Dean (Michael Caine) un barriobajero londinense contrata a Nicole (Shirley Mac Laine) una corista de un cabaret hongkonés y se hacen pasar por aristócratas ingleses para estafar a un multimillonario, Shahbandar (Herbert Lom) en un indeterminado país árabe. 

Hubo una vez un productor, Mike Lobell, que asistió a la premiere inglesa de Gambit en 1966 con reina, pompa y circunstancia y esas cosas. En 1996, la compañía para la que trabajaba le pidió una remake y él sugirió Gambit. El proyecto comenzó a andar. En algún momento, los hermanos Coen, muy necesitados de plata, aceptaron reformular el guión. Pusieron poco oficio y menos inspiración en la tarea. La remuneración de debe haber sido muy estimulante. Alcanzó a lo sumo para que se divirtieran contraponiendo dos registros de habla: el inglés de las clases altas y cultas versus el tejano más pintoresco y folklórico.

En la versión de los Coen, la cosa es así: Harry Deane (Colin Firth), un experto en arte inglés contrata a P J Puznowski (Cameron Díaz), una reina del rodeo tejano para hacerla pasar por la dueña de un Monet y estafar a su insoportable patrón, el megamillonario Lionel Shahbandar (Alan Rickman) en la Londres contemporánea. Dirigió Michael Hoffman.

Antes de llegar a la conformación del presente equipo creativo se barajaron varios nombres. Algunos directores no quisieron trabajar con un guión ajeno, otros actores no se avinieron a los directores propuestos. Una pena que el proyecto no se empantanara indefinidamente porque esta vez el cuento termina mal.

Los Coen respetaron al menos el artilugio que hace única a la versión original aunque denuncian el truco. En el Gambit de 1966, durante la primera media hora en que Shirley Mac Laine, créase o no, no dice una sola palabra, se exhibe la ejecución de un plan hasta los más mínimos detalles. Luego, en el minuto 31 sabremos que no asistimos a hechos sino a la versión idealizada que de los mismos tiene Michael Caine. Y entonces Shirley, conocida parlanchina si las hay, hablará hasta por los codos. Aquí, los Coen, introducen un narrador, Wingate (Tom Courtenay) un falsificador genial que denuncia antes de que los hechos se escenifiquen que veremos la versión que de los mismos tiene Colin Firth. Cameron Díaz, no tan conocida parlanchina, tampoco dirá una palabra pero el artilugio ya no despista y carece de gracia. 

El director Michael Hoffman (Sopa de jabón, Restauración, Sueño de una noche de verano, Lección de honor, La última estación más que seguir la huella de los clásicos que en los 60s hizo Stanley Donen con también una palabra en el título, Charada y Arabesque, homenajea más bien a las comedias que por la misma época hacía Blake Edwards. Hasta se permite marcarle a Colin Firth un par de gags muy en el estilo del inspector Clouseau, pero como veremos el actor tiene otra agenda.

Cameron Díaz es tan encantadora como Shirley Mac Laine, aunque su personaje está mal armado, las situaciones en las que participa son tan risibles como un dolor de muelas y sus líneas “tejanas” son más malas que un dóberman asesino. Con un personaje que no estaba en el original, Stanley Tucci en clave de corrección política actualiza el viejo y querido mariquita, así de marcado y estereotipado es su gay. Tom Courtenay no tiene mucho para hacer salvo poner la cara y lucir tierno. El personaje de Cloris Leachman, que tampoco estaba en el original, parece vivir en El chiquero de Pasolini, La gran comilona de Marco Ferreri o Feos, sucios y malos de Ettore Scola, pero sin la punzante ironía de los clásicos italianos, lo suyo es pura grosería.

Dos cosas, sin embargo, se salvan del naufragio. Colin Firth de Michael Caine sólo toma los míticos anteojos y se dedica a interpretar su papel como si lo hubiera hecho Cary Grant. No es una imitación en el sentido estricto del término sino una personificación “a la manera de”. Si se conoce o se tiene muy presente el paradigma Cary Grant, su trabajo adquiere mayor relieve y se disfruta más. Y por último, la primera escena con los dos recepcionistas del Savoy Hotel. Es un ejemplo logradísimo de doble sentido. Colin Firth y Cameron Díaz sostienen una discusión perfectamente inocente, “leída” en sentido sexual por los recepcionistas, interpretados antológicamente por Julian Rhind-Tutt y Pip Torrens, quienes por alguna curiosa razón no aparecen en los créditos finales y hubo que googlear para saber sus nombres, esfuerzo más que merecido porque es imposible no sonreír con ellos.

Si la memoria no me falla, es el enésimo film de Michael Caine que se replica. Antes hubo un nuevo Alfie, un nuevo Get Carter, un nuevo The Italina job y otro Sleuth-Juegos macabros. En todos los casos y ante los pobres resultados, uno no puede evitar preguntarse: ¿no hubiera sido mejor invertir la plata gastada en las remakes en una gran campaña publicitaria y reestrenar los originales? La respuesta es obvia.

Un abrazo, Gustavo Monteros
Gambit (2012) acaba de ser lanzada en DVD y se halla en todos los clubes de DVD. Gambit (1966) hace rato que se lanzó en DVD y se encuentra en los clubes de DVDs clásicos.

jueves, 15 de agosto de 2013

Causas y consecuencias




Uno jamás envejece en el espejo propio. Por mirarnos día tras día nos amigamos con las canas que ya no son esporádicas sino frecuentes, con las arrugas y palideces que ya no son las del sueño sino las de la edad. Tampoco envejecemos en los espejos de los que nos circundan. Extendemos la generosidad que nos concedemos también a ellos. Pero un día nos chocamos con alguien de nuestra edad a quien no vemos desde hace tiempo y pensamos, aunque no lo decimos, a la mierda qué viejo está, y más tarde que temprano nos damos cuenta de que nosotros también ya somos gallos viejos.  Es en el espejo de los prójimos no tan próximos donde notamos los estragos del tiempo. Robert Redford, Sam Elliot, Susan Sarandon, Nick Nolte y Julie Christie eran jóvenes cuando yo era un tierno adolescente. Ahora ya doblé la cincuentena y ellos están más que maduros. A Chris Cooper, Richard Jenkins, Brendan Gleeson y Stanley Tucci los conocí después, pero ya tampoco se cuecen en el primer hervor. Y sería utópico reconocerme en el espejo de Shia LaBeouf, Anna Kendrick o  Brit Marling, cuando no llegó ni al de Terrence Howard con sus diez años menos que los míos. Acabo de nombrar, claro, al elenco de Causas y consecuencias (The company you keep), culpables no de tirarme encima una chorrera de años, que de eso se ocupó la vida, sino de hacerme percatar de que ya los tengo encima. Primero aparece Susan Sarandon y uno ya no piensa qué buena que está sino qué bien lleva la madurez, la piedad más que bien intencionada es tendenciosa, queremos que nos abarque. Después aparece Robert Redford y la cosa se pone un poco patética, se supone que su personaje era veinteañero a principios de los setenta, cuando en realidad él era veinteañero a mediados de los cincuenta, encima tiene una hijita de la que más que padre, debería ser abuelo. Está bien que el tiempo plancha las diferencias, que pasada la cuarentena, los lustros de distancia importan poco o se notan menos, pero no tanto, Robert, no tanto.

Robert Redford, Susan Sarandon, Julie Christie, Nick Nolte y Richard Jenkins pertenecían a grupos de activistas que protestaban contra la guerra de Vietnam, un buen día, algunos de ellos, viendo que no lograban mucho, se radicalizaron y comenzaron actos de terrorismo, una bomba acá, un robo más allá y esas cosas. Pero un asalto salió tan mal que hubo un par de muertos, y los supuestos responsables pasaron a la clandestinidad o más bien a metamorfosearse en otras personas para escapar al castigo. Ahora un inflexible representante del FBI (Terrence Howard) los persigue y un periodista (Shia LaBeouf) quiere desentrañar los secretos que los hechos ocultan.

Causas y consecuencias es todo lo progre que puede ser una película yanqui. Como es bien intencionada le tendremos piedad y no señalaremos las contradicciones que ostenta. ¿Para qué? Un yanqui progre es mejor que un yanqui conservador pero sigue siendo hijo de una sociedad que avanza en base a antinomias que no asume. El tiempo envejece pero no cambia al imperio. El guión no es tan pomposo como el de las dos o tres últimas películas que dirigió Redford, con buena voluntad, tiene algo de thriller y el inmenso talento y carisma de los actores lo hacen seguidero y entretenido, aunque Robert, por aquello de que el zorro no pierde las mañas, no puede evitar la solemnidad que lo caracteriza, su escena con Julie Christie es tan envarada como acto académico. Algunos personajes, como el de Howard, Tucci y LaBeouf rozan el estereotipo puro, pero los actores lo superan con encanto y pasión. El final mucho no cierra y es tan dulce que repugnaría a un goloso. Ah, y ¿qué diablos pasa con el personaje de Susan Sarandon? La trama la pierde y la deja en el olvido. Reparos al margen, no es mala y entretiene. Además siempre es gozoso ver todos esos nombres juntos.

“Ahora somos una historia que se le cuenta a los más jóvenes”, dice Richard Jenkins por ahí. Y sí, sobre todo por Redford, la Christie, la Sarandon, que estuvieron en algunos títulos ahora clásicos, la película se viste de nostalgia y revisita sus leyendas. A la salida me imaginaba contándole a mi sobrina quienes eran estos viejos. Tendría que empezar con: Cuando yo tenía tu edad e iba al cine, ellos protagonizaban las películas que había que ver…
Un abrazo, Gustavo Monteros

jueves, 28 de marzo de 2013

6 estrenos 6

Estas crónicas son ante todo un servicio. Elegimos uno de los títulos que se estrenan y lo analizamos para que ustedes puedan saber si les interesa o no verlos. Esta semana se estrenan no uno ni dos, sino ¡seis! films. Ninguno de los cuales tengo ganas de ver, más que nada porque estoy de ánimo para un policial negro tipo Barrio Chino, El halcón maltés o La novicia rebelde (uy, La novicia rebelde no es un policial negro, pero como hace dos milenios la daban en Semana Santa, se me coló) y no hay. Bueno, la cuestión es que por más que yo no tenga ganas de ver nada, esto no es óbice (óbice, ¡qué linda palabra!) para que no cumplamos con el servicio, así que al menos reseñaremos dichos estrenos. Allá vamos.



 El primero es una película de terror. La memoria del muerto de Valentín Javier Diment con Horacio Acosta, Raquel Albéniz, Jimena Anganuzzi, Lola Berthet, Belén Brito, Ana Celentano, Rafael Ferro y Gabriel Goity. En general, salvo alguna excepción como El orfanato no hacemos crónicas de películas de terror, por tres motivos. 1) No somos adeptos al género. 2) Debido al punto uno, salvo los viejos clásicos como Frankenstein, el Drácula de Lugosi o los de Christopher Lee o los Halloween de John Carpenter no hemos seguido el desarrollo del género y no sabemos mucho, y como ya hay demasiada gente que habla de lo que no sabe, no queremos sumarnos a la sanata generalizada. Y 3) Los fanáticos del género no necesitan análisis para ver un film, se estrena uno y allá van. Lo sé, soy fana del musical y he visto hasta ¡Grease II!


El segundo estreno es Jack, el cazagigantes de Bryan Singer (Los sospechosos de siempre, El discípulo, X - Men, Superman regresa, Operación Walkiria). Reformulación del cuento infantil clásico de Jack y las habichuelas mágicas en versión súper producción pochoclera. Habrá fantasía, hallazgos visuales, alguna humorada lograda y buenas actuaciones. También… ¡con ese elenco!: Nicholas Hoult, Eleanor Tomlinson, Ewan McGregor, Stanley Tucci, Eddie Marsan, Ewen Bremner, Ian McShane.



El tercero es Proyecto 43, película dividida en cortos de Bob Odenkirk, Elizabeth Banks, Steven Brill, Steve Carr, Rusty Cundieff, James Duffy, Griffin Dunne, Peter Farrelly, Patrik Forsberg, Will Graham, James Gunn, Brett Ratner, Jonathan van Tulleken de humor grueso, absurdo, políticamente incorrecto, de espíritu adolescente, escatológico, con afán de escandalizar. La novedad es que cuenta con un elenco de estrellas como Dennis Quaid, Greg Kinnear, Hugh Jackman, Kate Winslet, Liev Schreiber, Naomi Watts, Emma Stone, Richard Gere, Justin Long, Uma Thurman, Gerard Butler, Seann William Scott, o Terrence Howard. No sé el todo, pero en estos casos, uno que otro corto puede estar logrado.


El cuerto es GI Joe el contraataque de Jon M. Chu con Dwayne Johnson, D.J. Cotrona, Channing Tatum y ¡Bruce Willis! O sea la típica película con músculos, testosterona y cosas que explotan cada cuatro minutos. La veremos en algún momento porque siempre hay un domingo a la tarde de lluvia en el que las opciones son planchar las camisas para la semana o ver una peli de acción elemental y ¡adivinen qué elegimos! Y porque siempre vemos las pelis de Bruce Willis, aunque, querido Bruce, no te digo que hagas Shakespeare (bien podrías, talento no te falta) pero de vez en cuando ¿no podrías elegir un proyecto con alguna clase de argumento o con algo que se parezca a personajes? De más está decir que el querido Bruce ya tomó nota de mi objeción y ya está volando a Suecia para buscar con Liv Ullman un guión perdido de Ingmar Bergman y transformarlo en Duro de matar XVIII.

Respecto del quinto y sexto estreno, copiaremos a The guardian (que decimos que es de Londres, aunque por origen es de Manchester) que analiza tráileres (la viejas y queridas colas). Los tráileres son reveladores. Pueden vender mal una buena película, aunque las bondades de la misma trascienden y se “ven”. Se registra en toda la historia del cine que sólo hubo un caso, uno, de una excelente cola que vendió un film malísimo transformándolo en interesante, atractivo, caso del que nos ocuparemos en alguna otra ocasión.




Según el tráiler, Verano del 79 (Le skylab) de Julie Delpy (actriz identificada por la serie de films de Richard Linklater que compartió con Ethan Hawk: Antes del atardecer, Antes del amanecer, Antes de medianoche) es el viejo y querido relato costumbrista-pintoresco de relaciones familiares y del paso epifánico de la niñez a la adolescencia. Si no anduviera en ánimo de policial negro, quizá me hubiera aventurado a verla.



Y por último La reconstrucción de Juan Taratuto (No sos vos, soy yo, ¿Quién dice que es fácil?, Un novio para mi mujer) con Diego Peretti, Claudia Fontán y Alfredo Casero. Este tráiler es muy pero muy singular: cuenta toda la película. Promete ternura, lecciones de vida y por la naturaleza del elenco, actuaciones destacadísimas.

Esperamos haber sido de utilidad. ¡Felices Pascuas! ¡Feliz Fin de Semana Súper Largo!
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 16 de marzo de 2012

El precio de la codicia



Si Nueva York reluce como el oro
y hay edificios con quinientos bares,
aquí dejaré escrito que se hicieron
con el sudor de los cañaverales:
el bananal es un infierno verde
para que en Nueva York beban y bailen.

Pablo Neruda



El drama persigue la empatía, la suspensión de nuestra incredulidad, la identificación con los personajes, la conmoción ante su desgracia. Que la empatía se dé en El precio de la codicia es un milagro. No porque el guión o el film sean malos, no, más bien todo lo contrario, sino porque estamos ante unos hijos de putas tan redomados, del primero al último, que más que identificación con su suerte o conmoción ante su destino, merecen nuestro repudio, nuestro desprecio, que los lapiden, bah.

Sin embargo, el guionista y director, J. C. Chandor juega sus cartas con astucia y la empatía se produce. La película transcurre casi por completo en una entidad financiera, un banco de inversión. En la primera escena, se hace presente en el lugar, un consejo encargado de despidos, esos psicólogos expertos en dejarte en la calle con el mínimo de dolor para la empresa. Y es un golpe artero porque ¿cómo no conmoverse de gente que pierde el trabajo de la noche a la mañana? Que el trabajo que hacen sea abominable queda en segundo plano. Después, cuando las máscaras caigan y dejen ver los rostros miserables, cuando la mierda que hacen sea tan olorosa que ni hectolitros de Chanel N° 5 podrían tapar, será imposible condolerse de ellos con plenitud, aunque los comprenderemos un poquito, porque si como decía desde el título, la vieja telenovela con Verónica Castro, Los ricos también lloran, nosotros ahora podríamos agregar Los hijos de puta también tienen corazón. Como sea, el drama comienza a funcionar porque la empatía está creada.

En los despidos iniciales que mencionábamos, a uno de los primeros que rajan es a un experto en riesgos, Stanley Tucci, que alcanza a entregarle a un protegido suyo, Zachary Quinto, una investigación candente en la que trabajaba. Zachary Quinto completa la investigación que determina que la burbuja financiera explotará porque se han pasado todos los límites. Con un compañero, Penn Badgley, le avisarán a su jefe, Paul Bettany, quien a su vez alertará al suyo, Kevin Spacey, que llamará a otros jefes, Demi Moore y Simon Baker. Y Simon Baker hará venir al capo máximo,  Jeremy Irons. Entre todos deberán elaborar la estrategia que impedirá la quiebra, que implica estafar a muchos, dejar a medio mundo fuera del juego y despojar aún más a los pobres incautos de la calle. Salvarse a costa de la caída de los otros, bah. Rodarán algunas cabezas, surgirán incómodas dudas morales y se establecerán alianzas impensadas. El drama alternará con el thriller y el interés no decaerá hasta un desenlace cruel. El sistema puede que esté podrido, pero no nos engañemos, también lo están los hombres que medran con él.

Chandor la pega en grande con el elenco. Se arriesga con los jóvenes Quinto y Badgley y la pega. Quinto es carismático y corporiza un personaje lúcido con reservas morales que sin duda se agotarán. Badgley está muy bien como el tarambana al que parece que le importa poco, pero no. Con los mayorcitos, Chandor va a lo seguro y obviamente también la pega. Tucci y Spacey son todoterreno, pueden hacer hasta de Betty Boop y King Kong,  y aquí, como siempre, deslumbran. Para cretino seductor, tan perverso como elegante, nadie mejor que el gran Jeremy Irons. Para mujeres duras que deben tragarse el sapo, Demi Moore se pinta sola y le da buen uso a su cara huesuda. Paul Bettany renueva su carnet de cínico y vuelve recordables unas cuantas líneas de su diálogo. Simon Baker perturba con un personaje que se las ingeniará para salir a flote de todos los peligros. Sobre el final, Mary McDonnell ratificará que sigue bella y que insiste con el peluquero equivocado.

Chandor obtuvo con justicia una nominación al Óscar para el mejor guión original (perdió ante Woody Allen y su deliciosa Midnight in Paris). Y el elenco ganó con igual justicia el premio Robert Altman al mejor ensamble actoral en los Independent Spirit Awards.

El precio de la codicia merece verse por la magnífica manipulación que hace de nuestras emociones, lo que la convierte en única en su tipo. Hasta ahora nadie había logrado conmover con una banda de personajes para quienes es poco castigo sumergirlos en un río de pirañas, rescatar sus huesos y triturarlos hasta perderlos en un gran basural. Que los trajes impecables, los dientes perfectos, los relojes suntuosos no nos obnubilen, estos especuladores son escoria, los perpetradores del hambre y la miseria mundial.
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 15 de enero de 2011

Burlesque - Noches de encanto

Burlesque es fantasía pura. Cualquier parecido con la realidad no sería pura coincidencia sino un auténtico milagro. La vida es cruel, benévola, fortuita, melodramática, trágica, absurda, pero nunca, nunca se parece a un mal guión. Una suerte, de otro modo no habría sorpresas. La vida sería un juntadero de fórmulas argumentales gastadas y de lugares comunes que el sentido común ya hace rato debería haber mandado a un museo.

Christina Aguilera, harta de la estrechez de horizontes de su Iowa natal, se viene a Los Ángeles con sueños de gloria. Para triunfar en lo que sea. La chica no tiene las metas claras. (¡Menos mal que no se topa con audiciones para un reality!) Por casualidad recala en un club de burlesque, se enamora del espectáculo y quiere ser su estrella. El burlesque hasta ahora se asociaba con lo pecaminoso, lo lascivo, lo lujurioso, y hasta si me apuran con lo prostibulario. Pero en el templo que regentea Cher, sólo se busca la excelencia en el arte de bailar y hacer fonomímica. Nada de strip-tease, danza de los 7 velos, baile del caño y esas berretadas de putita. No, hay que bailar como Chita Rivera, como mínimo, y mover los labios más rápido que Alfredo Barbieri. Los números tienen personalidad, buen gusto, profesionalismo y están tan aceitados que es increíble que no tengan más público que el Cirque du Soleil. Las chicas son más puras y decentes que personaje de Julie Andrews, y el par de homosexuales que trabajan en el lugar ni oyó hablar de Sarah Palin. Interaccionan como una familia cariñosa que se contiene y se respeta, y a la díscola del grupo (Kristen Bell que fuera Veronica Mars) se la tolera con paciencia y buen humor, se la comprende. Son como La familia Ingalls con plumas. Y sí, las chicas no se desnudan, pero plumas y lentejuelas tienen, sino no sería burlesque, tampoco la pavada. La Aguilera comienza como mesera y no hay que ser muy despabilado para suponer que pronto la fonomímica terminará y ella impondrá el canto. A la chica la ayuda el barman (Cam Gigandet, sin exagerar, uno de los peores actores que jamás haya visto) que ¡oh, casualidad! es compositor de canciones (¡!). Cher está punto de perder el club por una odiosa hipoteca y un adorable ex marido (el bueno de Peter Gallagher) la insta a que se lo venda al buenmozote de Eric Dane (un médico en Grey’s Anatomy). Obviamente, Cher no quiere ni oír hablar de semejante cosa y cuenta con el apoyo de un amigo homosexual (Stanley Tucci, que repite su papel de El diablo viste a la moda) también su asistente y con el que se acostó una vez y que sería, alguien lo duda, su pareja ideal de no ser porque le gustan los hombres al muy pillín. Con este enunciado, imaginarse el resto no les significará ningún esfuerzo. Ah, sin que venga mucho a cuento, anda por ahí como un taquillero, Alan Cumming, que recrea el papel de Maestro de Ceremonias que hizo en la versión teatral de Cabaret, dirigido por Sam Mendes.

Burlesque es un ejemplo de un tipo de cine que pensé que Hollywood ya no haría más, retirado y muerto Elvis Presley: la película de cantantes. Parece un musical, en esencia las películas de cantantes quizá lo sean, pero no son un musical en el sentido de Cantando bajo la lluvia y esas cosas. La Aguilera dice sus líneas bien, pero como en el caso de Elvis no importa si actúa o no, el atractivo depende de que cada tanto metraje ataque una nueva canción. Si quiere ser actriz, va a tener que elegir un guión más demandante y cantar mucho menos. Cher, con tanta cirugía, bótox, colágeno o lo que sea que se use para mantener las arrugas a raya, no puede mover un músculo de la cara. Es una máscara, pero hace una actuación interesantísima con la voz y los ojos, lo único móvil que le quedó. Me gusta su voz oscura y disfruté su versión de “The last of me”. La Aguilera también me gusta, tiene un vozarrón portentoso que maneja arteramente para emitir la difícil pirotecnia vocal de moda en un estilo del pop.

Los números musicales son atractivos, pero, por favor, por lo que más quieran, dejen de vampirizar a Bob Fosse, en especial sus coreografías para Cabaret, Sweet Charity o Chicago (la versión teatral porque a la cinematográfica la “maquilló” Rob Marshall). Ya se cuentan por miles las coreografías con sillas. El musical teatral o cinematográfico lo inventaron los norteamericanos, bueno, no del todo, pero lo desarrollaron, lo evolucionaron y lo llevaron a la cumbre. Es larga y hasta genial su historia. Hay otros coreógrafos en los que abrevar: Hermes Pan, Michael Kidd, Busby Berkeley, Gene Kelly, (apenas unos nombres que me dicta la memoria en este instante, hay más, muchos más a los que pueden “homenajear” o sea robar).

En resumen si les gusta Christina Aguilera o Cher, la verán, perdonarán sus obviedades y la disfrutarán. Si apenas les caen bien o no las conocen, también la pasarán bien; las chicas tienen su talento. Pero si no las pueden ni ver, no se expongan ni al afiche.

(Ah, perdón, hay un número con abanicos de plumas que podría pasar como un strip- tease, pero es tan perturbador que hasta Lolita Torres lo podría haberlo hecho.)
Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 21 de febrero de 2010

Desde mi cielo

Desde mi cielo se basa en la novela The lovely bones de Alice Sebold, no traducida ni distribuida en la Argentina. Según se dice, fue una novela muy popular y querida en los Estados Unidos. Lo creo. Pero después de ver la película, no me dieron ganas de leerla.


Durante años se la consideró una novela infilmable. Lo creo. Después de ver la película, considero que sigue siendo infilmable.


La trama tiene un punto de partida de lo más escabroso. Suzie Salmon, una nena de 14 años es violada y asesinada por un vecino asesino serial. Este hecho, por suerte, no se ve en la película. Suzie nos narra la historia desde su “cielo”, un lugar intermedio entre el Paraíso y la Tierra. Y más allá del tenebroso comienzo, todo es mayormente luminoso.


La disparidad de elementos que se manejan es notoria. Principalmente hay una historia policial, el drama de la pérdida y un costado metafísico. Cada uno de esos aspectos tiene bifurcaciones.


Peter Jackson (Criaturas celestiales, Muertos de miedo, la trilogía de El señor de los anillos, King Kong) parecía el indicado para hallar una unidad estilística que le diera cohesión a la historia. Parecía. Es ampliamente derrotado por todos y cada uno de los componentes. Como es un hombre talentoso, la derrota no es por goleada. Verla no da vergüenza ajena, pero tampoco place o gratifica.


El elenco de notables (Rachel Weisz, Mark Wahlberg, Stanley Tucci, Susan Sarandon, Michael Imperioli, Saoirse Ronan) luce perdido, desdibujado. Pobres, están todo el tiempo cerca de dar la peor actuación de sus carreras. (Cuando un director no sabe lo que quiere, los actores quedan a la deriva.) La nominación de Stanley Tucci para el Oscar como mejor actor de reparto ratifica que los premios son en el fondo una lotería. Sabrá Dios que azarosos vericuetos matemáticos le concedieron la nominación por una actuación que cualquiera con gusto borraría del currículum.


Lisa y llanamente, es mala, pero no llega a ser pésima, lo que por algún lado podría hacerla un poco más interesante. Eso sí, que un director de la experiencia y creatividad de Peter Jackson meta la pata de este modo me da ternura, y lo hace más entrañable. Espero con ansia su próximo film porque sé que hará lo imposible por superar esta bazofia.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 19 de septiembre de 2009

Julie & Julia

Nora Ephron, talentosa directora y guionista, desde Tienes un e-mail (1998), busca desesperada un proyecto que la devuelva a los dorados tiempos de Sintonía de amor (Sleepless in Seatle, 1993). No es para menos después de las sonadas patinadas de Lucky numbers (2000) y Hechizada (2005).


Procura esta vez hacer una película basándose en dos libros. Una biografía de Julia Childs (una Doña Petrona yanqui) por un lado y el libro que nació del blog de Julie Powell, por el otro. Le queda una especie de El Padrino II culinario, sólo que aquí no hay un apogeo y una caída sino dos apoteosis. Dos mujeres separadas por circunstancias y épocas distintas reafirmarán su lugar en el mundo a través del amor a la cocina francesa.

Julia (Meryl Streep) casada con un diplomático (Stanley Tucci) recalará en el París de posguerra, se abocará a aprender a cocinar y no parará hasta armar un manual que enseñe a dominar el arte de la cocina francesa.

Julie (Amy Adams), atrapada en un trabajo odioso, contará en un blog la experiencia de hacer todas las recetas del libro de Julia en un año.

No es una película floja o mediocre, pero dista de ser lograda. Como en Tienes un e-mail, más allá de los encantos que se muestran, en algún momento el trámite se hace un poco largo y el interés decae. Quizá el problema sea que Nora Ephron es una intelectual que hace comedias y se siente bajo el peso de no hacer la vista gorda al entorno en el que se desarrollan sus historias. Nunca hace subrayados, más bien trabaja acumulando indicios y si uno se abstrae un segundo del cuento de hadas en primer plano se ve el trasfondo de capitalismo decadente, exitista, hueco que nada ha hecho para que las personas vivan un poco mejor. Y dado que los protagonistas de sus películas son fracasados glamorosos que hallan su final feliz, sería aconsejable que Nora hiciera fluir sus historias y dejara que trabajen por implicancia. Creo que así ganarían en contundencia y se alejarían de los intelectualismos de té con masas. Porque si Vidas privadas de Nöel Coward aun hoy se sigue representando no es por su deliciosa frivolidad sino porque dice lo mismo que algunas obras de Strindberg (que el matrimonio es una prisión inexpugnable) en un desvergonzado tono de comedia. Una comedia que pide disculpas es tan absurda como una prostituta melindrosa.

Pero el as bajo la manga que Ephron siempre tiene es su habilidad para elegir y dirigir actores. No en vano Tom Hanks y Meg Ryan le deben la consolidación de sus carreras.

Amy Adams, que viene de padecer el gorgóneo personaje de Meryl Streep en La duda, vuelve a compartir el protagónico con Streep sin cruzarse con ella en ninguna escena. Le toca la historia menos atractiva, pero le basta con aparecer para que toda nuestra simpatía esté con ella.

Meryl Streep continúa con su racha de grandes éxitos y grandes papeles. No creo que sea casual que le lluevan los buenos personajes. Resolvió sus neurosis equilibradamente. Ya no pelea por el título de la Mejor Actriz De Su Generación. Hace rato que ganó por apabullante knock out. Ni tampoco la desvela ya estar a la altura de su leyenda. Ahora se entrega por entera a celebrar el don que Dios le dio y da actuaciones gozosas que contagian alegría. Ella sí que ya no pide disculpas por ser inmensa y paradójicamente disfruta de su talento con naturalidad y humildad. Verla es un placer.

Stanley Tucci, que trabajara frente a Streep en El diablo viste a la moda, es un partener de primera. Sabe que actuar es contar una historia en equipo y ante el impar histrionismo de Streep ofrece sutileza y contención. Su grandeza reside en crear contraste. Sólo el título de la vieja película de Trinity y Bambino los define con justeza: Juntos son dinamita.

Chris Messina arma un personaje que supera al típico galán y se ganó la lisonja de una de las espectadoras a la función que asistí: Yo quiero un marido así.

Para verla sin hambre, muestran platos exquisitos que hacen agua la boca.

Un abrazo,
Gustavo Monteros