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viernes, 12 de agosto de 2022

Programa doble: Todo en todas partes al mismo tiempo - El peso del talento



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Todo en todas partes al mismo tiempo – El peso del talento

En Everything Everywhere All at Once (Dan Kwan, Daniel Sheinert, 2022) Evelyn Wang (Michelle Yeoh) tiene un día para el olvido que por los motivos equivocados se volverá inolvidable. En la lavandería, que dirige con su marido Waymond (Ke Huy Quan) que anda buscando la manera de pedirle el divorcio, festejarán el Año Nuevo Chico, con familiares, clientes y amigos. Su hija Joy (Stephanie Hsu) quiere que presente a su novia Becky (Tallie Medel) al abuelo Gong (James Hong) no como una amiga sino como lo que es, su pareja, algo a lo que Evelyn se resiste, un poco por negación y otro poco para evitarse explicaciones y reproches. Antes de los festejos nocturnos, ese mismísimo día, Evelyn, Waymond y Gong deben presentar la liquidación anual de impuestos ante una sádica agente, Deirdre Beaubeirdre (Jamie Lee Curtis). En un momento del trámite, un Waymond alternativo le explicará a una más que confundida Evelyn que existen realidades simultáneas en la que ella vive versiones paralelas de su vida, y que por esas cosas del universo, es la única que puede salvar nada menos que al Mundo de la destrucción que pretende una villana maldita que no es sino…

 

En The Unbearable Weight of Massive Talent (Tom Gormican), un Nicolas Cage, narcisista insoportable, que puede o no ser el Nicolas verdadero, pero sí uno bastante cercano al que todos imaginamos o sospechamos que es, está desesperado por obtener el rol en una película en preproducción que finalmente no conseguirá. Su representante Richard (Neil Patrick Harris) le mostrará que su situación económica es desesperada y le pedirá que acepte la oferta de “solo” aparecer en la fiesta de un fanático ricachón, Javi Gutiérrez (Pedro Pascal). Pero lo que Javi se trae bajo el poncho no es fotografiarse con él para lucirse en redes sociales ni arrastrarlo a una orgía, ni sumarlo a una colección de logros, no, lo que pretende es que Nicolas Cage lea un guión que ha escrito con la esperanza de que lo protagonice. Pero la CIA cree que Javi es el responsable del secuestro de la hija de un candidato a presidente del país innominado donde transcurre esta parte de la acción, de ahí que la CIA pretenda usar a Nicolas Cage como Caballo de Troya en la mansión de Javi, pero nada es lo que parece, ni Cage puede salir “actuando” del embrollo, entonces…

 

Estas dos películas se atreven a ser originales sin perder sus ambiciones de obtener la mayor popularidad posible. Algo que han logrado porque el espectador contemporáneo ya está ducho con los mulitiversos, las realidades paralelas, los juegos posmodernos de ficción dentro de una ficción dentro de otra ficción que remite quizá a una realidad que puede ser ¿por qué no? otra ficción. De metalenguajes está lleno el universo actual. Algo muy bueno para descifrar ficciones y algo muy malo para la realidad. Hay personas que van por la vida creyendo que la realidad no es aquello objetivo que es, independientemente de nosotros, sino lo que estas personas creen que es. Sus “subjetividades” se contraponen o anteponen a lo que es, pasa o deviene. ¿Una locura? No, una modernidad vigente. Comenzó con lo político, pero ya se extiende o otros órdenes de la vida. Confiemos que una nueva santa inquisición no esté a la vuelta de la esquina. Cruzo los dedos.

Gustavo Monteros

viernes, 10 de agosto de 2012

La fuerza del amor



Luc Besson es más francés que le croissant, la baguette o l’éclair. Sin embargo es el más hollywoodense de los realizadores europeos. A las pruebas me remito: Azul profundo, Nikita, El perfecto asesino, El quinto elemento. Aunque le ha dado un toque de finesse, d’auteur a la estandarizada receta yanqui del cine de acción.

La fuerza del amor (The lady, en el original) es su segunda biopic (película biográfica) si consideramos como tal su pochoclerísima Juana de Arco. Se centra en Aung San Suu Kyi, una líder pacifista birmana que se opone a una dictatorial Junta Militar. Ya se sabe, en las dictaduras la vida no vale nada y Suu conserva su pellejo primero por la superstición de un general y después por la siempre atendible razón de que contra un enemigo vivo se puede luchar mientras que con un mártir no queda otra que verlo agigantarse. La dama, que lo es en todo el sentido de la palabra, cuenta con el apoyo incondicional del marido y padre de sus dos hijos, Michael Aris, un erudito inglés en cuestiones orientales.

The lady comete todos los pecados veniales y mortales de una biopic. Idolatra a su protagonista, simplifica lineamientos políticos que se intuyen más complejos y banaliza dilemas éticos inconmensurables. Con buen criterio Besson muestra cuidado y reserva en el registro de las atrocidades de una dictadura, lo que resulta paradójico en alguien que no tuvo restricciones en pergeñar sadismos varios en producciones anteriores. Pero claro aquello era ficción pura y esto realidad amarga: la crueldad de los dictadores supera la imaginación descabellada de cualquier autor. De todos modos el peor pecado del film, la santificación de su protagonista (de la que se ríen en un tierno diálogo) es absuelto por la franqueza que exhibe. Es una película militante, el problema sigue sin resolverse, Birmania continúa bajo una dictadura y se dice por ahí: Ustedes que tienen libertad ayúdennos a obtener la nuestra. La señora ganó en 1991 el otrora significativo Premio Nobel de la Paz, devaluadísimo ahora desde que se lo dieron a ¡Obama!

El film triunfa o sea gana en temperatura emocional cuando se concentra en detalles: la radio sin pilas, el teléfono espasmódico que incomunica más que comunica, el piano que enseña la palabra música o los dedos del asesino que se despiden en el gesto de disparar un arma. Es cuando lo político se convierte en peripecia humana que se logra la conmoción y la solidaridad del espectador.

Me costó entrar en la película, un problemita que tengo últimamente. Es que el cine contemporáneo es tan previsible, tan verificable, tan fácilmente decodificable que uno al segundo fotograma ya sabe de qué viene el trámite y se padece un déjà vu que dura toda la proyección. Como siempre los actores vinieron a mi rescate. Una mirada desesperada, triste y piadosa de Michelle Yeoh me hizo entrar y la historia ya no me soltó. Yeoh nació en Malasia y tiene una carrera muy particular. Estudió danza en Londres, fue reina de la belleza, triunfó en el cine haciendo acrobacias y artes marciales en películas de acción, hasta coprotagonizó un par con, nos ponemos de pie y hacemos una reverencia, el genial Jackie Chan. Occidente la conoció cuando James Bond era Pierce Brosnan en El mañana nunca muere y alcanzó notoriedad mundial con la inolvidable El tigre y el dragón. Después Hollywood la usó en varios despropósitos, pero no importó, porque ya sabíamos que era una actriz maravillosa. Aquí deslumbra. Hay una foto del estreno, en la que Besson se inclina y le besa la mano. No es un aspaviento francés, es el reconocimiento sincero a una grande. El bueno de David Thewlis es el marido, que hace una cosa medio rara, por momentos su actuación tiene profundidad y sutileza y en otros un trazo grueso con acabado de hilo chanchero. Sea como fuere, tamaño contraste lo vuelve hipnótico.

Un abrazo, Gustavo Monteros