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viernes, 4 de julio de 2025

Como visto al pasar - Hoy: La venganza


 

Puede algo, un film en este caso, ser fallido y a la vez, pertinente. ¿Es el cielo azul? Y sí.

 

Vogter o La venganza, por estos lados (Gustav Möller, 2024) sin ser una obra maestra impecable nos plantea el para qué de una revancha si no da un cierre o una clausura emocional, nos interroga sobre el sentido y el límite del duelo: ¿acaso termina?, y nos interpela sobre si todos merecen o pueden aspirar a la redención.

 

Eva (Sidse Babett Knudsen) la protagonista de esta historia está para un chiste malo de colmos. ¿Cuál es el colmo de una guardiacárcel (la profesión de Eva)? Tener un hijo prisionero.

 

Y el colmo de este chiste en sí bastante malo es que el pobre chico termina muerto en prisión a manos de otro interno. Algo así como (y sin caer en sobreinterpretaciones) que la profesión de la madre no pudo mantenerlo lejos de la cárcel ni a salvo cuando estuvo adentro.

 

Pero ahora las casualidades de la vida o el capricho del director y coguionista le dan a esta guardiana la oportunidad de resarcirse de ¿la culpa?, ¿el duelo?, ¿la ausencia? El joven que mató a su hijo, Mikkel (Sebastian Bull) viene a cumplir condena en el penal en el que ella trabaja.

 

Y esa es la primera de las muchas improbabilidades que nos tenemos que tragar como a los sapos del dicho.

 

Enunciemos algunos ejemplos. El pasillo al que da la celda de Mikkel quizá tenga una cámara, si no cómo la ve su nuevo jefe, Rami (Dar Salim) cuando ella se queda sola frente a la puerta. (Eso del nuevo jefe viene a cuento porque Eva estaba en un pabellón de presos comunes o recuperables y al ver que Mikkel cae en este penal, pide el traslado al pabellón de presos peligrosos que es dónde lo ponen) Retomo a la suposición de la cámara. Si la hay como tal parece, ¿cómo es que no la filma cuando más adelante se mete a la celda con drogas y un arma para incriminarlo?

 

Rami, después de retarla por haber andado por el pasillo sola, le muestra el expediente de Mikkel en el que hay fotos del cadáver del hijo de Eva, ¿y no figuran en el expediente datos de la madre? En una sociedad tan cuidadosa como la dinamarquesa, ¿no se entrecruzan datos para reducir las posibilidades de riesgo en las prisiones de mezclar a victimarios con víctimas?

 

Cuando en la redada por armas y drogas en las celdas, Eva se extralimita con Mikkel, ¿no hay ni siquiera una medida precautoria para que Eva no vuelva a cruzarse con Mikkel?

 

Como vemos la lógica de la historia se desnaturaliza porque responde más a las preguntas conflictivas que quiere plantear el guion que a la organicidad que se necesita para que una trama se sustente creíble.

 

Así todo el acercamiento posterior entre Mikkel y Eva queda muy endeble y avanza porque dimos por válido lo anterior, sin chistar ni cuestionarlo demasiado.

 

De todos modos, es fácil ir aceptando los reveses pocos creíbles del argumento y ver adonde nos lleva por dos razones. Primero el trabajo de Sidse Babett Knudsen, una actriz magnífica que nunca hace obvias o muy visibles las motivaciones de su personaje y que nos intriga con cada paso que toma. Y segundo, el clima de encierro que sabe crear el director Gustav Möller y que nos atrapa como a sus personajes.

 

Curiosidades. El título original Vogter, en danés, significa “guardián” y por extensión supongo que también guardiana, o sea, refiere a Eva directamente.

 

En inglés eligieron llamarla Sons, es decir, “hijos”, acentuando el rol que las madres tienen respecto del futuro de los dos hijos, el asesino y el asesinado, que quedan equiparados.

 

En España se decidieron por Condenados, subrayando que los personajes son víctimas de un destino que se cumple en el mismo ámbito, en prisión, porque como toda película centrada en un microcosmos, las distinciones sociales tienden a perderse, y la diferencia entre guardianes y condenados se diluye, se uniforma porque estar de un lado u otro de la puerta que se cierra es apenas un detalle, las mismas reglas sujetan a todos.

 

Aquí, en Argentina, se optó por La venganza, deteniéndose en el deseo de infligir en el otro lo que se ha sufrido en carne propia.

 

Cada elección de cómo vender la película eligió un aspecto distinto de la trama, que sin embargo los contiene a todos. Que no haya una propuesta unívoca quizá no sea casual. Como reza el lugar común sobre la Filosofía, las respuestas son menos abarcadoras que las preguntas, dado que estas nunca se dan por respondidas del todo.

Gustavo Monteros


viernes, 30 de junio de 2023

Programa doble: El pacto - Kandahar



 Así como en la Puerta del Infierno está la inscripción; “¡Pierdan toda esperanza los que entren!”, una advertencia similar deberíamos hacerles a quienes se dispongan a ver cualquiera de estas dos películas. Sería algo así como “¡Pierdab toda esperanza de multilateralidad política los que entren a estas aventuras, los talibanes son malos y los yanquis son buenos!” Punto seguido o aparte y sin discusión. Guy Ritchie's The Covenant como en los westerns primitivos cuya lógica narrativa comparte a rajatabla, el mal absoluto que antes recaía en los indios, a menudo caracterizados como meros pieles rojas, ahora infunde las acciones de los talibanes. Aquí y allá, se les da un matiz para no revolver el estómago de adherentes a la corrección política. Y en Kandahar como en las primera películas de guerra cuya lógica narrativa cultiva a pie juntillas, la perfidia que antes les caía a los japoneses, caracterizados a menudo como meros amarillos o nipones, la ostentan ahora en grado sumo los talibanes. Y sin más preámbulo digamos que lo que emparenta a estas dos películas es que, en un largo tramo final, un soldado (yanqui en una, inglés en la otra) deben llevar a la salvación de la civilización capitalista a un traductor que los había ayudado en sus misiones hasta no hace mucho.


En Guy Ritchie's The Covenant (El pacto, Guy Ritchie, 2023) hay tres momentos claramente discernibles. Un primero donde un pelotón de soldados ejecuta una misión peligrosa en la que el trabajo del traductor es insoslayable, un segundo momento en el que el traductor ayuda al soldado a atravesar territorio enemigo y un tercer en que el soldado debe rescatar de una muerte inminente al traductor y a su familia y traerlos a los Estados Unidos. Los veteranos adeptos al western reconocerán de inmediato que el segundo y tercer momento, sobre todo, atan y desatan nudos narrativos que hemos visto atar y desatar hasta el hartazgo en las clásicas películas de vaqueros. Como es ya muy difícil ser originales, los directores prefieren la recreación actualizada de las viejas estructuras del relato típico. Es curioso que Guy Ritchie famoso por jugar con la articulación del relato, poniendo por ejemplo la conclusión como hecho fundante del cuento a contar, con flashbacks intermitentes que dan cuenta de como algunos personajes llegaron a enredarse en la trama, con proyecciones al futuro de otros personajes que nos informan que postura tomarán cerca del desenlace o con el protagonista, etc., más un montaje acelerado y zumbón, anteponga su nombre al título en su realización más clásica, sin ninguna de sus características enumeradas presentes, como si quisiera que el Guy Ritchie menos Guy Ritchie de todos firmara el relato. Rarezas, caprichos, divismos, apetencias. Después de todo cada uno hace con su nombre lo que se le antoja. Solo nos resta decir que en estas aventuras en Afganistán, Jake Gillenhaal es el soldado estadounidense y Dar Salim el traductor.


Kandahar (Ric Roman Waugh) por estructura de relato está más relacionada con las películas clásicas de la Segunda Guerra Mundial del viejo Hollywood. Un mercenario, Tom Harris (Gerard Butler) hace volar en suelo afgano un reactor nuclear. Por qué no se va de inmediato y ve las consecuencias desde lejos es el primer sapo a deglutir si se quiere disfrutar del relato. Como demora su vuelta a Inglaterra para asistir a la graduación del secundario de su hija, un “empresario” independiente, Roman Chalmers (Travis Fimmel) lo incita a aceptar una misión que plantea tan peligrosa como breve y para la que necesitará la ayuda de un traductor, Mohammad “Mo” Doud (Navid Negahban). Ya en el terreno, la misión se abortará antes de empezar porque se ha descubierto que el autor de la explosión del reactor es Tom, que deberá desandar camino y salvar su pellejo y el de Mo. Los perseguirán servicios secretos, mercenarios varios que cambian de bandos como de turbante, cazadores de recompensas, y otros que odian a los occidentales por el mero hecho de serlo ya que los asocian a desmanes y masacres imperdonables (según los parámetros del relato son los buenos, pero según cualquier otro parámetro de buenos no tienen nada o muy poco). La aventura concluye, pero como el final de algunas series o miniseries deja cabos sueltos, secundarios, no esenciales, para una continuación.


Los héroes de estos cuentos tienen cola de paja, aclaran siempre que ellos no son responsables (directos, al menos) de devastaciones y tragedias desatadas en las tierras que pisan, y ponen, con ahínco e insistencia, cara y actitud de inocentes. Sí, hermano, puede que vos en particular no hayas sido, pero los ejércitos y las naciones que representás, sí. Podemos aceptar el maniqueísmo para seguir en el cuento, pero no exageren con la presunción de inocencia. Aprendimos a hacernos los tontos, no a serlo.

Gustavo Monteros