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viernes, 18 de septiembre de 2026

Un rejunte de aficionados


 

Primera parte de un Programa doble con Burt Reynolds

Hoy: A Buch of Amateurs

 

Algunos lo aprenden más temprano que tarde, otros a pesar suyo porque no les queda posibilidad de resistirse, los más porque ya están de vuelta de tantas cosas que ¿por qué no? En resumen, no hay estrella con una larga carrera que no aprenda en un recodo del camino a reírse de sí o de la imagen proyectada.

 

Burt Reynolds, rey de la taquilla por casi 20 años, desde fines de los sesenta a fines de los ochenta del siglo XX, estuvo entre los que aprendió pronto a no tomarse tan en serio.

 

En los tempranos años setenta ya venía haciéndose guiños, pero invitado por Mel Brooks, se permitió una deliciosa autoparodia en La última locura de Mel Brooks, descriptivo título con el que se conoció por estos parajes a Silent Movie (Mel Brooks, 1976).

 

Y parece que le gustó porque en sus dos películas para 1978 reincidió: Si no me muero, me suicido (The End, Burt Reynolds, 1978) y Hooper, el increíble (Hooper, Hal Needham, 1978).

 

Y después, instalada ya la postmodernidad, con los juegos de metalenguaje presentes en casi todo, no faltaba algún ejemplo de autorreferencialidad aquí y allá en sus películas.

 

Y cuando se hizo muy mayor y ya no podía sostener el veterano héroe de acción o el galán maduro, algún que otro chiste sobre su pasada fama entró en las referencias de los secundarios característicos que hacía.

 

Pero su fulgor nunca se opacó del todo y lo seguían llamando para protagonizar y aparecer en los créditos antes del título. Y dos de esas muchas películas (Burt fue un gran trabajador, en la página IMDB, se cuentan 188 créditos actorales) lidian con los efectos colaterales de las largas carreras del mundo del espectáculo, como la fama escurridiza, el olvido a la vuelta de la esquina, el ya no ser lo que se era, y el “nadie te quita lo bailado”.  Y, claro, las referencias personales en los dobleces de los personajes, que de tan transparentes y específicas, casi son del mismísimo actor que los protagoniza.

 

Con casi diez años de diferencia, Burt Reynolds protagonizó dos comedias amables que espejan aspectos de su vida y de su figura. En el 2008 hizo A Bunch of Amateurs (Un rejunte de aficionados, Andy Cadiff) y en el 2017 hizo una película con dos títulos, el primero fue Dog Years (Años de perros, Adam Rifkin) que más tarde rebautizaron como The Last Movie Star (La última estrella cinematográfica).

 

Y las dos, la del único título y la del doble, contraponen los años dorados de la juventud y la fama con los no tan halagüeños presentes de los achaques y del ¿usted quién era?

 

En A Bunch of Amateurs, Burt es Jefferson Steel, un actor muy veterano que acaba de estrenar un film de acción, en el que a pesar de los años que no puede disimular sigue siendo el héroe y el galán. El público oscila entre la vergüenza ajena y la burla, cuando en el final del film lo ve irse en una moto con la chica linda. A juzgar por los pocos espectadores presentes, no será el éxito del año.

 

Su representante de toda la vida, Charlie Rosenberg (el entrañable Charles Durning) lo convence para que dé un giro a su carrera y acepte hacer teatro en Inglaterra: participar de un montaje del Rey Lear de Shakespeare, haciendo el personaje del título, en Stratford St. John, lugar que el representante y su representado confunden con Stratford-Upon-Avon.

 

Antes de partir, Jefferson se despide de su hija, Amanda (Camila Arfweds) que también es actriz y está dando sus primeros pasos en el teatro independiente. La dinámica padre-hija es ríspida. No están de acuerdo en nada.

 

Llega a Inglaterra y es el momento de enfrentar la realidad, no hay limusinas, ni hoteles cinco estrellas, ni siquiera un tráiler, y menos que menos un teatro hecho y derecho, si no un granero adaptado para hacer funciones.

 

Y cuando conoce a todo el elenco que lo acompañará, les dice:” Dónde está Judi Dench? ¿Kenny Branagh? ¡Que venga alguna de las Redgrave!” Lo irónico es que este grupo de aficionados lo admira y es el que lo invitó. El error de creer que lo llamaban del festival shakesperiano por excelencia o sea el de Strafford-Upon-Avon es de su ego y de su representante.

 

(Digresión necesaria: hubo desde siempre una aceptación universal de que los ingleses hacían sino el mejor teatro del mundo, el que más cercano estaba de serlo. Los ingleses se lo creyeron y establecieron una auténtica industria teatral. A lo largo y ancho del país, se incentiva la tarea teatral. Se la protege, se la subvenciona, se la estimula. No hay población que no tenga su teatro comunal o su teatro independiente, que compiten con los de las escuelas u universidades lugareñas, sin descartar las actuaciones de stand-up, humor, cabaret, burlesque, parodias, sátiras que se hacen en pubs o bares de hoteles. Además, están en las ciudades cercanas las grandes escuelas, las compañías establecidas, algunas muy célebres. Las bibliotecas públicas promueven las lecturas de las obras de Shakespeare, se hacen clubes del libro sobre sus ciclos, el histórico, las tragedias, las comedias, etc. Las bibliotecas hacen también lecturas ensayadas de obras, lo que nosotros llamamos semimontajes de obras. Los yanquis también estimulan la permanencia del teatro, en su caso, promueven sobre todo el teatro musical. Hacen campamentos de verano para montar musicales, las escuelas secundarias una vez por año hacen la producción completa de alguno, etc. Nosotros, los argentinos, también hacemos buen teatro y deberíamos resguardarlo. Cuando se vaya este gobierno que ha destruido todo lo que conseguimos, debemos recuperarlo, consolidarlo y extenderlo. Deben formarse escuelas y clubes de espectadores que analicen y vean las distintas propuestas tanto de teatros oficiales, independientes y comerciales. Recuperar no solo la capacidad de gestión sino la de crear un público fiel y entusiasta.)

 

Volvamos a la película. Jefferson se debate entre irse y quedarse. Volver a Los Ángeles es volver a lo de siempre, que ya no le ofrece porvenir. Quedarse quizá le abra nuevos caminos. Estas personas no serán ni Dench, ni Branagh, ni ninguna de las Redgrave, pero lo admiran y la han elegido para, nada más ni nada menos, Rey Lear.

 

No se va, pero no quiere profundizar relación con ellos. Los mantiene a distancia todo lo que puede. Esto de la ficción se espeja en lo que pasó en la realidad, según cuentan los compañeros de elenco de Burt Reynolds. Veamos quienes son.

 

En este momento de sus carreras, cuando filmaron esta película, algunos no habían alcanzado su cénit, pero pronto lo harían. Otros ya habían llegado a la cumbre. En el top billing (orden que aparecen en el reparto) esto se registra. Primero, claro, está el viejo y querido Burt, en segundo lugar, viene Samantha Bond, actriz de larga y prominente carrera en teatro y televisión, que en cine alcanzó su máxima notoriedad como la Srta. Moneypenny en la saga de James Bond, cuando este fue protagonizado por Pierce Brosnan.

 

El tercer lugar lo ocupó un actor tan querido por el público, mimado por la crítica, como respetado por sus pares actores, Derek Jacobi, que entre muchos personajes inolvidables fuera el Claudio de la ejemplar serie Yo, Claudio.

 

En cuarto lugar, aparece Imelda Stauton (estamos en 2008, Imelda no es la potencia que es hoy, pero ya había dejado su marca en la ineludible Vera Drake (Mike Leigh, 2004) por la que se llevó hasta una nominación para un Oscar como mejor actriz protagónica, no lo ganó, se lo arrebató Hilary Swank, por la boxeadora que hizo para Clint Eastwood en Million Dollar Baby o Golpes del destino. Las otras “perdedoras” de ese 2004 fueron Annette Bening por Being Julia (Conociendo a Julia, István Szabó), Kate Winslet por Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Michael Gondry) y Catalina Sandino Moreno por María, llena eres de gracia (Maria Full of Grace, Joshua Marston).

 

Y en el elenco de los actores aficionados que pretenden hacer Rey Lear está también Alistair Petrie, que venía haciéndose notar, además de por su altura, mide 1 metro, noventa y un centímetros, por su talento para armar personajes peculiares, pero que lograría por fin quedar en la mente de los espectadores con Sex Education, serie de cuatro temporadas entre 2019 y 2023, en la que interpretó al director de escuela Michael Groff, padre del díscolo Adam Groff (Connor Swindells). A decir verdad, Sex Education puso en el mapa y, con justicia, a todos los que participaron.

 

Estados de las carreras aparte, si juntás un elenco de actores ingleses, famosos desde el inicio de los tiempos como los más profesionales del universo y una estrella hollywoodense que comenzó como extra y doble de cuerpo. y que tiene un gran número de créditos profesionales en IMDB, es muy predecible que tengas un rodaje en fecha y sin mayores inconvenientes. Salvo alguna que otra anécdota, claro, que somos todos humanos.

 

Reiteramos, al igual que hace su personaje Jefferson Steel en la película, Burt Reynolds no sociabilizó mucho con sus compañeros de elenco y pasó casi todo su tiempo de no rodaje en el tráiler. Solo el productor podía ir a buscarlo para rodar y no siempre se sabía la letra. Sus compañeros actores no tuvieron que emular a los detectives de Agatha Christie para darse cuenta de que la letra no aprendida tenía que ver con los parlamentos sacados de Shakespeare. Reynolds nunca en su vida había dicho el título de una obra de Willy, menos recitado un parlamento. Cualquiera de sus compañeros de elenco y muchos de los técnicos podrían haberlo ayudado con las técnicas y trucos para decir Shakespeare. Por orgullo o timidez, Burt no pidió ayuda y tuvieron que recurrir a los viejos cartelones colgados por fuera del campo de la cámara con los textos que debía decir. Calculo que las pausas y prosodias para los versos se las marcaron en los ensayos.

 

Este párrafo contiene espóileres, así que si son quisquillosos con la información que podría evitarles sorpresas, saltéenselo. Después de muchas vueltas y problemas, este hato de aficionados, comandados por un héroe de acción, estrena por fin su versión de la obra. Todos los espectadores (público, periodistas, fotógrafos) se aprestan a desternillarse de risa, pero se llevan una gran sorpresa, la obra está bien contada, los actores están a la altura del desafío, y en el final todos terminan emocionados y tributan una ovación. Tal es el éxito que el granero, sede de la compañía, no da abasto y terminan haciendo algunas funciones en un teatro de verdad en la mismísima Londres. En las escenas en que se ve la obra, hay otros actores que los que conocimos, que hacen de figurantes o personajes secundarios. Pertenecen a una compañía de aficionados que montó Rey Lear y que como la de la película tuvo su tarde de sol en el éxito. No es de extrañar, lo de “aficionados” es muy relativo. Hay gente que estudió y no se desarrolló profesionalmente que después despunta el vicio en estos elencos. Otros no estudiaron, pero van por una docena de años que participan en compañías estables que montan tres o cuatro obras por año y tienen ya más experiencia que cinco profesionales. Etc. O sea, tránsito por un escenario no les falta.

 

Ahora bien, ¿la película es buena? Sí, aunque tiene un guion a medio cocinar. De habérselo dado a corregir a algún “doctor de guiones” es probable que algunas de las buenas ideas que quedan en embrión habrían pasado de nivel. De todos modos, es una comedia amable, entrañable, que se sigue con una sonrisa. Y aquí y allá tiene muy buenas líneas. Van un par de ejemplos:

Nigel Dewberry: [sobre Jefferson Steel] Seamos realistas: no es Laurence Olivier. En realidad, podría ser el primer actor de la historia que es demasiado viejo para interpretar a Lear. Sería un Yorick estupendo.

Kevin Patel: ¿Quién es Yorick?

Nigel Dewberry: La calavera de *Hamlet*.

(…)

Jefferson Steel: [sugiriendo una obra en la que podría actuar el año siguiente] ¿Qué tal *Ricardo III*?

Amanda Blacke: Sí, se te dan bien las secuelas.

(…)

Dos datos más:

Esta película fue seleccionada, con poca antelación, para la Royal Film Performance (evento cinematográfico anual en el que la realeza ve una película) de 2008, en sustitución de Harry Potter y el misterio del príncipe (2009), cuyo estreno se retrasó seis meses.

 

Fue la primera película importante de Burt Reynolds, rodada en el Reino Unido y estrenada en cines, desde Ladrón por excelencia (Rough Cut, Don Siegel, Peter R. Hunt y Robert Elis Miller,1980).

 

Es decir, gala real y vuelta al ruedo de las películas para cine, nada mal incluso para el “aficionado” Burt Reynolds. Es que el crimen puede que no pague, pero Willy Shakespeare, ¡siempre!, querido Burt.

Gustavo Monteros


viernes, 11 de octubre de 2024

Andá, mirá si se va a morir Maggie Smith, ¿acaso no va a haber sol mañana?


 

Se me hace que la primera vez que la vi fue en La máquina de hacer millones (Hot Millions, Eric Till, 1968), porque la daban mucho por la tele de cinco canales y porque por entonces no me perdía película en la que estuviera Peter Ustinov.

 

La vi también en El jarro de miel (The Honey Pot, Joseph L. Mankiewicz, 1967) porque tampoco me perdía películas con Rex Harrison.

 

Y la vi, claro, en El soñador rebelde (Young Cassidy, que comenzó a dirigir John Ford y que la dejó porque se enfermó o se hartó y la terminó Jack Cardiff, 1965 y que se supone es sobre la vida del autor Sean O’ Casey, aunque Rod Taylor que lo corporiza no se le parece en nada.

 

Y recuerdo haberla visto también por aquella época en otra que daban mucho en la tele, Hotel Internacional (The V.I.Ps, Anthony Asquith, 1963) en la que era la secretaria enamorada de su jefe, Rod Taylor otra vez. Este hotel tenía un montón de estrellas, por eso insistían en darla: la pareja más renombrada de esos años, o sea la de Liz Taylor y Richard Burton, aunque andaban también por ahí, Louis Jourdan, Margaret Rutherford, Orson Welles y Elsa Martinelli.

 

Y sin duda no la vi en Esclava y seductora (The Pumpkin Eater, Jack Clayton, 1964) que protagonizaban Ann Bancroft y Peter Finch y James Mason), es más, a esta película la vi finalmente durante la cuarentena covideña), ni vi su Desdémona para el Otelo de Laurence Olivier (1965) (película que siempre vi por partes porque invariablemente siempre encuentro algo más interesante que hacer), ni la vi en ¡Oh, qué guerra tan bonita! (Oh! What a Lovely War, Richard Attenborough, 1969) que terminé por ver, o más bien dormitar, en el auge del videoclub.

 

Y aunque estuve al tanto de su fama, no vi en ese momento The Prime of Miss Jean Brodie (por aquí Primavera de una solterona, Ronald Neame, 1969), no me acuerdo porque elegir no verla, pero fue mejor al final. Cuando estaba en la facultad, o sea en algún momento entre 1976 y 1981, me crucé con la novela en la mesa de saldos de la librería Rodríguez de Buenos Aires donde íbamos a comprar libros en inglés. La compré porque Maggie estaba en la tapa y porque era un librito breve como un catecismo. La empecé a leer en el viaje de vuelta en el Río de la Plata y me enamoré de la novela, que es una de mis favoritas y que releo de vez en cuando con mucho placer. Y a la película la vi ya en la tele a color en una trasnoche de canal 7 y decí que ya estaba enamorado de Maggie a más no poder, que si no me enamoraba de nuevo.

 

Menos mal que le dieron el Óscar porque si no había que haberle prendido fuego a la Academia. Y eso que ese año competía contra Liza Minnelli en su inolvidable Pookie Adams para Los años verdes, contra Jane Fonda y su desparramo de talento en Baile de ilusiones que es They Shoot Horses, don’t they?, que se basa en la novela de Horace McDoy que se conoce como ¿Acaso no matan a los caballos?, título que los distribuidores del filme no debieron cambiar, contra Genevieve Bujold y su Ana de los mil días y contra una de las eternamente postergadas del Oscar, Jean Simmons y su Final feliz. Contendientes duras si las hay, pero lo de Maggie como Jean Brodie es tan contundente que cierra toda discusión.

 

Eso si, vi en estreno en el cine Gran Ocho, u Ocho como se lo conocía antes de ser una multiplex, Viajes con mi tía, no se lo digan a nadie, pero todavía no leí la novela de Graham Greene en la que se basa y eso que leí casi todo Greene y más de una vez. Como media humanidad, la amé como la extravagante Tía Augusta.

 

Y después vino Amor, dolor y todo el resto o sea Love and Pain and the Whole Damn Thing, Alan J. Pakula, 1973. Y no la vi (y sigo sin verla, aunque uno de estos días abandono el invicto) porque ya por entonces me disgustaban las películas en que uno de los protagonistas está enfermo y se muere, uno de los argumentos más efectivos y pobres del mundo, porque ¿quién no se va a conmover con un personaje tan condenado?

 

A la que siguió no me la perdí y se convirtió en una de mis favoritas de inmediato: Crimen por muerte (Murder by Death, Robert Moore, 1976) sobre guion de Neil Simon con Peter Falk, Alec Guinness, Peter Sellers, Eileen Brennan, Truman Capote, James Coco, Elsa Lanchester, Nancy Walker, Estelle Winwood, James Cromwell y Richard Narita. Maggie hace pareja con uno de mis favoritos de toda la vida, ¡David Niven!, y se supone, bah, no se supone, son William Powell y Myrna Loy, o sea Nick y Nora Charles de la saga del Hombre delgado o sea The Thin Man. Porque esta regocijante comedia es un misterio que homenajea a los más famosos detectives del cine o de las novelas policiales, como Hercule Poirot, Fu Man Chu, la señorita Marple, Sam Spade o Philip Marlowe (tamizados por Humphrey Bogart, claro) La vi una siesta gloriosa en el Gran Rocha.

 

Y la fiesta con Maggie siguió al año siguiente porque vino Muerte en el Nilo, John Guillermin, 1978, respuesta al éxito que había tenido Crimen en el Expreso de Oriente. Y otra vez, un elenco multiestelar y otra vez Maggie codeándose con leyendas del viejo Hollywood como Bette Davis, Angela Lansbury, David Niven, George Kennedy y Jack Warden, y los juveniles, por entonces, de Jane Birkin, Lois Chiles, Jon Finch, Simon MacCorkindale, y Mia Farrow. Maggie era la dama de compañía y quizás algo más de ¡Bette Davis!, ¡juntas no solo en la misma película sino en casi todas las escenas en que sus personajes tenían relevancia! La vi en el viejo San Martín.

 

Y llegó su segundo Oscar y una de las historias de amor que más me conmueven y revisitan, la de su estrella de cine apabullada, casada con un anticuario, Michael Caine, por pura fachada porque se supone que las estrellas están casadas y así la dejan en paz, pero hete aquí que ella sin querer ni poder evitarlo se enamora de él, que no puede corresponderla, porque es gay, y no quiere ni puede decirle qué hace en las tardes en que ella lo llama y no contesta el teléfono. Son solo unas escenas porque el filme se arma con otras historias pergeñadas por Neil Simon y que corporizan Jane Fonda y Alan Alda, Walter Matthau y Elaine May, Richard Pryor, Gloria Gifford, Bill Cosby y Sheila Frazier, pero son Caine y Smith los que se quedan con la película y nuestro recuerdo. La vi, por supuesto, faltaba más, en estreno en el Ocho.

 

La siguiente la vi en el San Martín y fue la primera vez de Maggie en un filme de James Ivory, Quartet sobre novela de Jean Rhys, que transcurre en París en los años treinta, y esta vez el placer era ver a Maggie con la estrella francesa refulgente de esos años, Isabelle Adjani, que hacía de una joven casada con Anthony Higgins, hombre que termina en la cárcel, obligándola a aceptar la hospitalidad de los Heidler, que no eran otros que Maggie y el glorioso Alan Bates.

 

A la siguiente Furia de titanes (Clash of Titans, Desmond Davis, 1981) no la vi. Porque las de fantasía mucho no me atraen y la mitología griega menos. Y eso que estaban Claire Bloom, la siempre perturbadora Ursula Andress, Burges Meredith, Sian Philips, Flora Robson, musculito Harry Hamlin y Judi Bowker (la chica de Hermano Sol, Hermana Luna) en los protagónicos. Maggie tenía escenas con Laurence Olivier, que se había jurado no trabajar más con Maggie porque sentía que lo opacaba, pero el juramento parece que abarcaba solo el teatro, ya que aquí compartió planos con ella.

 

En 1982, Maggie volvió con otro misterio de Agatha Christie, El demonio bajo el sol (Evil Under the Sun, Guy Hamilton) en la que Peter Ustinov volvía a ser Poirot. El elenco incluía a Diana Rigg, Jane Birkin, James Mason, Colin Blakely, Nicholas Clay, Roddy McDowall, Sylvia Miles, Denis Quilley y guion era de ¡Anthony Shaffer! Transcurría en los treinta, claro, con mucho Art Decó. Una delicia. La vi en estreno en el cine Astro.

 

De 1982 es también El misionero (The Missionary, Richard Loncraine) en la que Maggie hacía pareja con Michael Palin que era un pastor que, a principios del siglo XX, volvía del extranjero a Londres y le tocaba ocuparse de una parroquia con prostitutas. Trevor Howward, David Suchet, un joven Timothy Spall, y el gran Denholm Elliott completaban el elenco. La vi en un cine de la calle Lavalle, porque ya no todas las películas que se estrenaban en Capital llegaban a La Plata.

 

En 1983 participó de un acto de amor, Más vale tarde que nunca (Better Late Than Never, Bryan Forbes) David Niven se moría de complicaciones de ALS (esclerosis lateral amiotrófica) y su hijo Jr decidió fortificarle el ánimo produciéndole una película, que filmó en Monte Carlo cerca de la villa que David Niven tenía ahí y que se llamaba La Fleur du Cap Mansion. Una comedia de acción con el coprotagónico de Art Carney y la participación especial de Maggie. Un afectuoso canto del cisne del gran David Niven.

 

En 1984, Maggie estuvo en una más que atendible y en una insoslayable. La primera es Jugando para ganar (Lily in Love, Károly Makk) en la que un astro de Broadway (Christopher Plummer) recelaba que su esposa (Maggie, of course) una dramaturga de éxito ya no lo quería y prefería escribir para otros, de ahí que se disfraza de italiano seductor para encantarla y darse la razón. Elke Sommer y Adolph Green sobresalían en un elenco con mucho húngaro. Y la insoslayable es A Private Function (Malcolm Mowbray) En 1947 en una Inglaterra todavía bajo racionamiento, en un pueblito, los notables del lugar deciden festejar la boda de Isabel II con un banquete, en el que una cerda adquiere un gran protagónico. Maggie aquí es la esposa del pedicuro del lugar (Michael Palin) y tiene ambiciones de ascender socialmente. El libro es del director con ¡Alan Bennett! Y entre un elenco de notables, imposible no nombrar a Denholm Elliott, Richard Griffiths, Alison Seadman, Liz Smith, Jim Carter, Pete Postlethwaite. Una sátira social de aquellas. Para chuparse los dedos.

 

En 1985 Maggie estuvo en su segundo James Ivory, la súper oscarizada Un amor en Florencia (A Room with a View) romance de época sobre la novela de E.M. Forster, en el que Helena Bonham Carter se enamoraba de Julian Sands ¿brevemente o hasta el Y vivieron felices?) Maggie capitaneaba un elenco en el que estaban Judi Dench, Denholm Elliott, Simon Callow, Rupert Graves y ¡Daniel Day Lewis! Maggie obtuvo una nominación para el Oscar de reparto, pero no ganó. (Se lo quedó Dianne Weist por Hannah y sus hermanas de Woody Allen). La vi en estreno en el Cine San Martín.

 

En 1987 nos compensó por no haber hecho ninguna película en 1986 con esa maravilla que es The Lonely Passion of Judith Hearne (Jack Clayton) en la que Maggie es una solterona de trago fácil que se enamora de uno de los huéspedes (Bob Hoskins) de la pensión que regentea y que le lleva el apunte porque cree que es rica cuando no lo es ni remotamente. Otra actuación inolvidable por la que ganó el BAFTA. La vi en video en el auge del video club.

 

En 1991 con el Hook de Steven Spielberg inaugura una serie de participaciones especiales que sigue con Cambio de hábito (Sister Act, Emile Ardonlino) en 1992, The Secret Garden (Agnieszka Holland), Cambio de hábito 2 (Sister Act 2: Back in the Habit) en 1993, Richard III (Richard Loncraine) en 1995, El club de las divorciadas (The First Wives Club, Hugh Wilson) en 1996, Washington Square (Agnieszka Holland) en 1997. Las vi a todas en estreno en diferentes cines. Que sus participaciones fueran breves no significó que pasaran desapercibidas, ¡lejos de ello! Todas nos dejaron su recompensa.

 

En 1998 volvió al protagónico con Curtain Call, comedia en la que con Michael Caine oficiaban de fantasmales deux-ex-machina para un desorientado en amores James Spader. Cumplía, pero dejaba con las ganas, uno esperaba más de la reunión de Caine-Smith.

 

En 1999 participó de la comedia coral Té con Mussolini (Franco Zeffirelli) sobre la fascinación que experimentaron algunas damas inglesas en la bella Italia con el fascismo, después, claro, habrían de desilusionarse. Judi Dench, Joan Plowright, Lili Tomlin, Cher descollaban con Maggie. No era un té muy cargado, pero Florencia con semejante elenco siempre merece una vista. La vi en estreno con Horacio en el cine Ocho.

 

En 1999 se vieron también dos películas históricas, una sobre el fin de una era The Last September (Deborah Warren) sobre la etapa final en Irlanda de los Anglo-irlandeses que, después de la revuelta de 1916, quedaran atrapados entre dos fuegos, el los irlandeses republicanos y el del ejército británico. En la casa solariega de un matrimonio mayor (Maggie y Michael Gambon), la sobrina de ambos, Keeley Hawes, se debate entre entregarse al amor de un soldado inglés (David Tennant) o al de un revolucionario irlandés (Gary Lydon), hay también un romance secundario entre Fiona Shaw a la que ama Lambert Wilson, casado con Jane Birkin. La vi hace poco a instancias de los recuerdos de un crítico inglés por la partida de Maggie. Buena película, muy bien actuada y contada. Y la otra fue All the King’s Men (Julian Jarrold) sobre una compañía de soldados británicos que desapareció en Gallipolli, en 1915, sin dejar rastro, entraron en acción, los envolvió una niebla y nada más se supo de ellos.

 

Entre 2001 y 2011, Maggie participó de la saga de Harry Potter, alcanzando fama mundial, niños y jóvenes que hasta ese momento jamás habían sabido nada de ella, de pronto la conocían y la admiraban. Pero a Daniel Radcliffe ya lo había conocido en 1999, cuando filmaron para la BBC una versión de David Copperfield, en la que Radcliffe era el personaje del título en tamaño niño. Aparte del suyo, nombres preeminentes aparecían en el reparto: Bob Hoskins, Ian McKellen, Imelda Stauton, y Tom Wilkinson.

 

En 2001 estuvo en la obra maestra de Robert Altman, Gosford Park. Y se dice que el guionista Julian Fellowes, el de Downton Abbey, claro, le regaló un personaje que sería predecesor directo del que inmortalizaría en la serie. Aunque una diferencia importante los separa, el dinero. La Violet de Downton Abbey tiene más plata que los ladrones, mientras que la Constance Trentham de Gosford Park no tiene donde caerse muerta (para seguir con los lugares comunes). En esta oscura comedia coral participaban también Ryan Philippe, Michael Gambon, Kristin Scott Thomas, Tom Hollander, Charles Dance, Jeremy Northam, James Wilby, Stephen Fry, ¡Kelly Macdonald!, Clive Owen, Helen Mirren, Eileen Atkins, Emily Watson, Alan Bates, Derek Jacobi, Richard E. Grant, y el también guionista del film, Bob Balaban. Lisa y sencillamente, una fiesta. La vi en estreno en el San Martín.

 

En 2002 volvió a la participación especial en Divinos secretos (Divine Secrets of the Ya-Ya Sisterhood, Callie Khouri) en la que Sandra Bullock y Ashley Judd encabezaban el cartel, que secundaban Maggie, Ellen Burstyn y James Garner. Confieso no haberla visto.

 

En 2003 volvió al protagónico para el telefilm Mi casa en Umbria (Richard Loncraine) sobre un grupo de personas que se conocen por culpa de un ataque terrorista. Junto a Maggie estaban Chris Cooper, Ronnie Barker, Benno Fürmann, ¡Giancarlo Giannini!, y Timothy Spall. La vi por cable.

 

En 2005 hizo El violinista que llegó del mar (Ladies in Lavender, Charles Dance) en la que en los años treinta, en la costa de Cornish, se peleaba con Judi Dench por las atenciones de un violista náufrago, el bueno de Daniel Brühl. Freddie Jones, Miriam Margolyes, Clive Russell, Toby Jones y Natasha McElhone completaban el elenco. La vi en cable.

 

En 2005 la vimos en ¡Sálvese quien pueda! (Keeping Mum, Niall Johnson) como una madre que se las trae para el atribulado pastor Roman Atkinson. Kristin Scott Thomas, Liz Smith y Patrick Swayze redondeaban el elenco. La vi en estreno en el Cine Ocho.

 

En 2007 en otra participación especial para una película de época, Becoming Jane (Julian Jarrold) fue Lady Gresham, ante una todavía desconocida Jane Austen (Anne Hathaway) que andaba de romance con un irlandés, James McAvoy. Componían el resto del reparto, James Cromwell, Ian Richardson, Julie Walters, Helen McCrory. No la vi todavía, pero la tiene Prime Video.

 

En 2007 estuvo en un telefilme de Stephen Poliakoff, Capturing Mary, con Ruth Wilson, David Walliams, Gemma Artenton, que es difícil de encontrar, pero vi que está online con subtítulos rarísimos, arábigos, creo. Uno de estos días me le animo, después de todo, algo de inglés sé. LOL.

 

En 2009 participó de una película escrita y dirigida por Julian Fellowes, From Time to Time, sobre un chico de 13 años que puede viajar en el tiempo y desenterrar secretos familiares, a los que darles resolución. Alex Etel es el chico y aparte de Maggie, Timothy Spall, Pauline Collins, Carice van Houten, Christopher Villiers, Dominic West, Hugh Bonneville pueblan el elenco. Modestamente atractiva. La vi en cable.

 

En 2010 estuvo en la segunda de Nanny McPhee o sea Nanny McPhee and the Big Bang (El regreso de la nana mágica, por estos lados, la dirigió Susanna White) con Emma Thompson, que es la nana, claro, y Maggie Gyllenhaal, Ralph Fiennes, Asa Butterfield, Daniel Mays, Rhys Ifans, Ewan McGregor, entre los notables del elenco. No la vi todavía.

 

Entre 2010 y 2015 estuvo haciendo historia con Downton Abbey y agrandando su popularidad aún más. Estuvo también en los dos filmes que se desprendieron de la serie: Downton Abbey (Michael Engler, 2019) y Downton Abbey: A New Era (Simon Curtis, 2022) (Ahora se viene un tercer film, pero su personaje ya no está, fue enterrado en la de 2022)

 

Estuvo jubilada, en la India, en las dos del hotel Marigold. The Best Exotic Marigold Hotel (John Madden, 2011) con Judi Dench, Bill Nighy, Dev Patel, Tom Wilkinson, Penelope Wilton, Celia Imrie, Ronald Pickup. Y en The Second Best Exotic Marigold Hotel (John Madden, 2015) con los ya mencionados más David Strathairn y Richard Gere.

 

Prestó su voz en Gnomeo & Juliet (Kelly Asbury, 2011) y para el mismo personaje, Lady Bluebury, en Sherloc Gnomes (John Stevetson, 2018)

 

En 2012 hizo de jubilada otra vez, en esta oportunidad una ex prima donna, en un asilo para músicos. Se llamó Quartet (Dustin Hoffman), igual título que la que hizo para Ivory con otra historia, claro. (Esta se basa en una obra de Ronald Harwood, aquella en una novela de Jean Rhys) Michael Gambon, Billy Connolly, Pauline Collins, Sheridan Smith, Tom Courtenay se sumaban al elenco. La vi en el cinema Paradiso con Ingrid.

 

En 2014 fue parte del departamento que heredaba Kevin Kline en París en Mi vieja y querida dama (My Old Lady, Israel Horovitz) Kristin Scott Thomas era su hija y como todos suponíamos, enamoraba al cascarrabias de Kevin Kline. Cumple, si no se le pide mucho. La vi en streaming.

 

En 2014 fue The Lady in the Van (Nicholas Hytner) sobre texto de Alan Bennett. Y se alejó de las damas ricas, educadas e integradas que le venían endilgando. Está sencillamente soberbia. Tan enojosa como conmovedora. Es la historia real que vivió el propio Bennett. Trata de una señora que vive en una furgoneta instalada en la entrada de la casa de un dramaturgo. La vi en streaming.

 

En 2021 participó en la navideña, El chico que salvó la Navidad (A Boy Called Christmas, Gil Kenan) junto con Henry Lawfull, Michael Huisman, Jim Broadbent, Joel Fry, e Isabella O’Sullivan. No pasé del tráiler, las navideñas me dan pereza de verlas, está en Netflix.

 

Y en 2023, la última (o la penúltima, nunca se sabe) The Miracle Club (Thaddeus O’Sullivan) sobre una peregrinación a Lurdes a fines de los cincuenta. Con Kathy Bates, Laura Linney, Stephen Rea, Brenda Flicker, Agnes O’Casey, Mark O’Halloran, entre otros, en el elenco. La veré pronto, lo juro.  

 

Y hasta aquí el recuerdo de Maggie, ahora una anécdota del tuyo, tocaya de la Bergman. Íbamos en el Misión a Buenos Aires a ver una obra de teatro. Nuestra habitual conversación laberíntica se bifurcaba en recovecos. De pronto me preguntaste si reconocía la melodía que te pusiste a tararear (terminó siendo una de Morricone para una vieja película con Florinda Bolkan y Tony Musante), en ese momento te reconocí que me resultaba familiar, pero que no podía ubicarla. Y no sé porque me puse a decir que de viejo, me había puesto llorón, y que cada vez que alguien del cine o del teatro moría, aunque jamás los había conocido personalmente, si eran significativos para mí, me desataban gruesos lagrimones. Entonces dijiste que cuando muriera Maggie ibas a llorar hasta pasparte. Y no va que te morís antes y me dejás solo, llorando a Maggie no sé si hasta pasparme, pero al menos hasta agotar un par de paquetes de pañuelos descartables. Maggie me acompañó toda la vida, vos un par de décadas. Las dos me dejaron más bello y más sabio. Y cuando se me pasa la congoja de la partida, más feliz. Para ser un cinéfilo se necesitan dos cosas, buena memoria y ganas de ser agradecido. Porque siéndolo se vive de recuerdos y de dar gracias por lo acumulado. Y el cinéfilo también es un deudo, que lamenta lo que ya terminó, pero sin aflicción, porque fue feliz. Y ahora vos también sos una película. El cine de mi mente te proyecta con asiduidad. Y ya no estás y sin embargo estás. Como las actuaciones de Maggie. Sombras que emocionan porque aluden a momentos buenos. Sé que te haya puesto en un mismo párrafo con Maggie, te llena de satisfacción y eso solo ya justifica estas páginas. Y ojalá que nunca me falle la memoria, y si me falla por veleidades del destino, sepan que igual voy a estar sonriendo sin saber por qué, pero con tozudez. Lo que se vive no se pierde. Es eterno, como lo bello, y ni la falta de memoria puede anularlo.

Gustavo Monteros




viernes, 18 de marzo de 2022

Belfast


 Demos un paseo por películas que tienen el nombre de una ciudad, país, provincia o accidente geográfico como título (ejemplos: Veracruz, Tanganica, Kamchatka, etc)

Hoy: Belfast

Como la carrera de muchos directores, aunque pocas con una bifurcación tan tajante, la de Kenneth Branagh se divide en proyectos personales (Henry V, 1989, In the Bleak Midwinter / Sueño de una noche de invierno, 1995, Hamlet, 1996, The Magic Flute / La flauta mágica, 2006) y proyectos de encargo (Thor, 2011, Jack Ryan, Shadow Recruit / Código sombra: Jack Ryan, 2014, Cinderella / Cenicienta, 2015, Artemis Fowl, 2020). Y sin duda, de entre sus películas personales, Belfast, 2021, es la más cercana a su historia y creatividad. Narra hechos familiares en la Belfast de su infancia, allá por 1969. O sea que se inscribe en la tradición cinematográfica de Los 400 golpes (François Truffaut, 1959), Amarcord (Federico Fellini, 1973), Fanny y Alexander (Ingmar Bergman, 1982), È stata la mano di Dio / La mano de Dios (Paolo Sorrentino, 2021) y en la que se anotará Spielberg con su próximo proyecto, The Fabelmans.

Y como todo director con una impronta muy marcada, Branagh tiene exégetas y detractores que usan los mismos conceptos para elevarlo o defenestrarlo: el cuidado de su puesta en escena, que puede derivar en preciosismos, un uso pictórico-teatral de la luz, y  la utilización de tableau vivant. Donde todos se ponen de acuerdo para ensalzarlo es en la dirección de actores. Actor extraordinario él mismo, desde que asomó la cabeza supo ganarse el respeto de sus compañeros que siguen a pie juntillas sus directivas y dan actuaciones destacables. Belfast no es la excepción. Todo el elenco, encabezado por Caitriona Balfe, Jamie Dorman, Judi Dench, Ciarán Hinds y los chicos Jude Hill y Lewis McAskie, descuella y se vuelve inolvidable.

Como me cuento entre sus admiradores, Belfast me resultó entrañable y excelsa.

Gustavo Monteros

jueves, 31 de octubre de 2019

Amor, deseo y tulipanes




El cine industrial contemporáneo ha desarrollado tanto su departamento de mercadeo y se siente tan capaz de vender cualquier cosa que produzca, que ha dejado de lado aspectos inherentes al producto que vende, tal como desarrollar bien una historia.


Me gustan los novelones como al que más. Esas historias como las de Lo que el viento se llevó, tan llenas de incidentes sorprendentes, inesperadas vueltas de tuerca, personajes extraordinarios, historias en las que brotan todo el tiempo peripecias coloridas que hacen que nuestras vidas sean pálidas y aburridas, y que sintamos que como no se parecen en nada a lo que vemos, nos estemos perdiendo la diversión y la aventura. El cine, entre muchas otras cosas, es un sueño colectivo. Tan maravilloso y absurdo como toda fantasía compensatoria o vicaria.


Tulip fever fue primero una novela de Deborah Moggach, que la transformó en guión nada más ni nada menos que con Tom Stoppard, el célebre dramaturgo inglés, autor de Rosencrantz and Guildenstern are dead, entre otras maravillas. El hombre ha firmado guiones notables como el La inglesa romántica (Joseph Losey, 1975), Brazil (Terry Gillian, 1985), La casa Rusia (Fred Schepisi, 1990), Billy Bathgate (Robert Benton, 1991), Vatel (Roland Joffe, 2000), Enigma (Michael Apted, 2001) y Anna Karenina (Joe Wright, 2012) y, claro, ha ganado un Óscar por su guión original de Shakespeare in love (John Madden, 1998). O sea que en los papeles, Tulip fever viene de lauros y oropeles.


El problema es la dirección y la elección de algunos actores. De movida para que una historia nos atrape, debemos interesarnos por los personajes.  Aquí la cosa transcurre en la Ámsterdam del siglo XVII en plena burbuja económica, no inmobiliaria, sino del ¡tulipán!, bueno, cosas más raras han sucedido, como votar ¡La revolución de la alegría! Y al igual que en el ejemplo citado de Lo que el viento se llevó, hay dos protagonistas femeninas. Sophia (Alicia Vikander) y su triángulo de esposo, Cornelius (Christoph Waltz) y amante, Jan (Dane DeHaan) por un lado, y su mucama, María (Holliday Grainger) y su amante pescador, Willem (el bueno de Jack O’Connell) por el otro. Las historias habrán de mezclarse y habrá intrigas amorosas, enredos de vodevil y especulaciones financieras. Otros tantos personajes serán interpretados por talentos tales como los de Judi Dench (que poco y nada tiene para hacer), Tom Hollander (que se divierte un poquito con su médico chanta), y Matthew Morrison, Douglas Hodge, Kevin McKidd y Zach Galifianakis, que se ponen los pelucones de época y pasan a cobrar el cheque.


El director Justin Chadwick nunca logra interesarnos en nada de lo que sucede, pese a la profusión de vueltas de argumento, y Alicia Vikander no es la elección más empática para crear suspenso por lo que le suceda a su personaje. La chica tiene su talento, pero necesita ayuda, no es de las que entra en escena y nos enciende la simpatía por lo que le pase. Hollyday Grainger es fotogénica y bella hasta el suspiro y se merece un protagónico más lucido o un director más lúcido. Y Jack O’Connell al que la directora Angelina Jolie llevó a los primeros planos con su insoslayable Unbroken / Inquebrantable (2014) justifica que la monja de Judi Dench le tenga simpatía, aunque deba ponerlo donde el viento no le traiga su olor, o que Grainger quiera meterle mano aunque huela a mares podridos y haya que frotarlo con albahaca antes.


Tulip fever, rebautizada para la ocasión como Amor, deseo y tulipanes, puede verse en Netflix. Una película mala que sin embargo no aburre por la cantidad de cosas que pasan en el argumento.


Gustavo Monteros

viernes, 14 de febrero de 2014

Philomena

 


La iglesia católica, en más de un aspecto, se parece a los noticieros del multimedio procesado por apropiación ilegítima de la empresa papelera que se hacen los buenitos, ponen musiquita sensiblera y procuran estimular una "correcta" indignación para ocultar un pasado de sangre y estafa. No es mi intención ofender a nadie, pero los hechos son los hechos. Al margen de santos y prohombres, la iglesia católica tiene unos cuantos muertos en el placard: la inquisición, la bendición a las dictaduras más cruentas y esas cosas. Como todo culto es fundamentalista y si se la da cuerda se entrega a fanatismos salvajes que dejan un tendal de víctimas. En Irlanda durante más de la primera mitad del siglo XX vaya si le dieron cuerda y Philomena fue una víctima de las hermanas de la Misericordia, que no eran ni una cosa ni tenían la otra.


A los 16 años iba a ser una madre soltera, la internaron en un asilo a cargo de estas monjas para que diera a luz, luego estas hermanas de negro hábito y alma retinta le quitaron el hijo y lo entregaron en adopción (lo vendieron, bah) a una pareja estadounidense. Ahora 50 años después, Philomena (Judi Dench), viuda y madre de una treintañera, Jane, decide saber qué fue de la vida de su primogénito. Jane se pondrá en contacto con Martin Sixsmith (Steve Coogan), un periodista desocupado para que ayude a Philomena. Juntos Martin y Philomena desandarán el camino hacia unas cuantas revelaciones.


Durante los primeros 10 minutos Stephen Frears (The hit, Ropa limpia negocios sucios, Relaciones peligrosas, Ambiciones prohibidas, Alta fidelidad, Negocios entrañables, La reina) filma bonito, el compositor Alexander Desplat derrama violines dulces y parece que estamos ante un típico telefilm Hallmark, pletórico de sentimentalismo, amabilidad y empalagamiento. Pero al minuto 11, por suerte la cosa cambia, se pone mordaz sin perder ternura y el “interés humano” mencionado con reiteración se vuelve subyugante. Y a pesar de la impiedad que se revela, no baja línea ni se entrega a la cursilería. Es más, deviene un film ejemplar y entrañable.


Judi Dench es y está maravillosa como siempre. Steve Coogan, quien también escribió el guión basado en el libro del verdadero Martin Sixsmith (porque la historia es verídica, y sin ir más lejos la semana pasada, Coogan y la Philomena real se sacaron una foto con el Papa Bergoglio), acompaña con nobleza a la suprema Dame Dench (a quien asimismo convenció para que participara en el proyecto).


En resumen, una película que va alcanzando altura y sobriedad para contar una historia conmovedora sobre las consecuencias de las acciones de unas monjas que de tan “devotas” se olvidaron del cristianismo.
 
Un abrazo, Gustavo Monteros