No hay queja si uno sabe dónde se mete. Por las dudas las
fotos y el afiche no me hubieran informado lo suficiente, después de ver el
tráiler no me quedaba duda de que Mayday era una buddy movie, que cubría
todos los lugares comunes del género.
(Por las dudas haya un despistado que no sepa qué es una
buddy movie, le cuento que la inefable IA dice que “Una buddy movie (o película
de amigos) es un subgénero cinematográfico que se centra en la relación,
camaradería y dinámica entre dos protagonistas, tradicionalmente hombres.” No
hay que creerle mucho a la IA porque es muy mentirosa. Pero en este caso, como
se trata de una definición general le vamos a otorgar la razón.)
Confieso que del tráiler de Mayday, dos elementos me
generaron una ligera atracción: el debut como héroe geriátrico de acción de
Kenneth Brannagh y que transcurriera en la Rusia Soviética. Dado que su
exprincesa de la actuación (o sea Emma Thompson) ya había debutado como heroína
veterana de acción, no me sorprendía que él lo intentara.
(Emma anda a los tiros y patadas en la película Muerte
en el invierno (Dead of Winter, Brian Kirk, 2025) y en la serie Down
Cemetary Road, el misterio de Oxford, 2025).
Y por las dudas esté abriendo interrogantes, los cierro.
Hay gente sorprendentemente joven a la que, sucesos anteriores a la pandemia,
les resultan tan lejanos como el Medioevo, por eso aclaro que allá en los
lejanos años ochenta del siglo XX, Emma Thompson y Kenneth Brannagh irrumpieron
como la nueva pareja regia de la actuación inglesa, emulando a los legendarios
Vivian Leigh y Laurence Olivier.
Esta relación espléndida tuvo sus altibajos, pero cuando
trascendió que filmando Mary Shelley’s Frankenstein en 1994, Brannagh se
había enamorado de su coprotagonista Helena Bonham Carter, Emma volcó su
despecho en todos los medios británicos (los más amarillos ni les cuento cómo
lo aprovecharon) con tanta vehemencia que Kenneth y Helena estuvieron a punto
de perder la amplia popularidad que gozaban.
En septiembre de 1999 (¡estamos ya en el vigésimo séptimo
aniversario de la separación! ¡Cómo vuela el tiempo!), Helena dijo: “Bye-Bye,
Kenneth”, y Emma, si no cerró la herida, amansó su furia y comenzó a hablar de
otros temas. Por eso es que relacioné el debut de Branagh en el heroísmo
geriátrico con el de su expareja, doña Emma. Satisfecha la curiosidad por
romances viejos, volvamos al film que nos ocupa.
Como estaba diciendo, aparte de Kenneth y su inicio en las
patadas de vejete indomable, que el argumento de Mayday transcurriera en
la Rusia Soviética también me atraía.
Troy (Ryan Reynolds), un intrépido (¿hay otros en las
películas) piloto estadounidense, en una misión de espionaje, cae detrás de la
Cortina de Hierro, bien lejos de una frontera salvadora. Pero su desgracia
viene con suerte, lo rescata Nikolai Ustinov (Kenneth Branagh), un oso ruso
devoto de todo lo yanqui.
(Otra digresión: el apellido de su personaje, Ustinov
remite a Sir Peter, actor, escritor, director, al que, si no conocen, procuren
conocer, ¡no se arrepentirán en lo más mínimo!, porque Peter Ustinov está en la
exclusivísima categoría de los genios que en el mundo han sido)
Troy se escapa de la custodia de Nikolai y termina en un
bar donde, todavía convaleciente, debe pelear por su vida. Por supuesto es
rescatado por Nikilai.
Troy, como buen yanqui de película, pelea bien, pero
Nikolai es una mezcla de John Wayne con Jackie Chan, o sea, un imbatible.
Entonces una pregunta se impone: ¿cómo diablos aprendió a pelear así?
Obvio, ¡lo formó la KGB! ¡Era un interrogador! Es decir,
¡un torturador! ¿Por qué abandonó y se convirtió en un fan del capitalismo
yanqui? Porque de seguir, podría haber tenido que torturar a su propia hija,
Anna (Maria Bakalova), que, por esas cosas de la vida, se candidatea a segura
enemiga del Estado Soviético.
Y acá viene la rareza de esta película. Ideológicamente es
pro-yanqui, por supuesto. ¿Hay algún film Hollywoodense que no lo sea? Pero sin
discutir el mandato autoimpuesto de que los Estados Unidos son los guardianes
del mundo, los dueños del poder y del orden, aparecen en los considerandos de
la conformación de los personajes de esta película unos cuantos grises.
Se dice por ahí que el ciudadano soviético es lo que es,
porque le llenaron la cabeza, desde el nacimiento, con la convicción de que
debe obedecer ciegamente al politburó. Pero esta asunción se complementa con la
noción de que lo mismo le pasó al ciudadano norteamericano, solo que el signo
político era el opuesto, le taladraron el cerebro con que le debía obediencia
ciega al establishment capitalista. ¡Mirá vos!
Y cerca del final, Troy sacará, en el juicio, de la manga
de su planchado uniforme, la carta imbatible: para el estado capitalista, la
vida de los ciudadanos es secundaria o terciaria, ante la consecución de una
suculenta ganancia. Pueden condenar a la muerte a generaciones, si el negocio
que persiguen es bueno.
Además, se desliza aquí y allá que no hay libertad plena en
Estados Unidos, que los derechos de la gente común y corriente se pisotean, que
la lógica de las corporaciones se impone al cacareado republicanismo, que a la
hora de la verdad vale la ley del más fuerte que la representación democrática.
Son cosas sueltas, pero están y llaman la atención en un
film industrial. Por lo demás, es una buddy movie más. Hay química entre los
protagonistas. Reynolds, como ya lo demostró contra Hugh Jackman, en Deadpool
& Wolverine (Shawn Levy, 2024) sabe establecer dúos actorales, cuándo
hacer el remate y cuándo dejar al otro que lo haga. Y Branagh, como buen actor
británico, también sabe cuándo ponerse en la luz y cuándo dar un paso al
costado. Hay alguna que otra línea lograda y alguna que otra situación bien
planteada. Si uno está dispuesto a divertirse sin cuestionar demasiado trama ni
trompadas, puede que la pase bien. ¿La recomiendo? No, cada uno entra por su
cuenta y riesgo.
Gustavo Monteros
