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jueves, 3 de marzo de 2016

La juventud



A Paolo Sorrentino  (L'uomo in più, 2001, Las consecuencias del amor, 2004, El amigo de la familia, 2006, Il divo - La spettacolare vita di Giulio Andreotti, 2008, This must be the place, 2011, La grande bellezza, 2013) se le puede culpar de muchas cosas menos de falta de ambición. En La juventud (Youth, 2015), considerado por muchos críticos europeos como un film menor (¡?) se propone nada más ni nada menos que desentrañar el sentido de la vida. Sus personajes discurren sobre la vida y la muerte, y se asientan en tres ejes: el paso del tiempo y sus consecuencias, el amor y la creación. Dicho así puede parecer que todo es sesudo, profundo, demandante, pero no, es de fácil acceso, fluye y es altamente entretenido.


Pasan unos días de verano, en una mezcla de hotel, spa y sanatorio de Suiza (escenografía compuesta por varios hoteles de lujo, porque de existir en un solo lugar tantas comodidades como se muestran, uno haría lo imposible por procurar visitarlo) Fred Ballinger (the one and only Michael Caine) un compositor y director orquestal retirado, que resiste la invitación de la reina de Inglaterra a salir de su exilio artístico; su amigo de toda la vida, Mick Boyle (Harvey Keitel) un director de cine, que rodeado de un grupo de jóvenes guionistas ultima el borrador de su próxima película; Jimmy Tree (Paul Dano) un astro cinematográfico que procura aceptar las dificultades de su próximo papel; un innominado ex jugador de fútbol latinoamericano (nuestro Roly Serrano), considerado un dios, reconocido internacionalmente, muy excedido en peso y con dificultades para respirar, que se halla en recuperación y reposo, y que provoca una respetuosa deferencia de los mencionados anteriormente (cualquier semejanza con Diego Armando no es pura coincidencia), entre muchos otros huéspedes. Más tarde irrumpirá, Lena (Rachel Weisz) hija de Fred/Michael Caine y también su asistente; Julian (Ed Stoppard) el esposo de Lena con su nueva pareja, la estrella pop Paloma Faith, representándose a sí misma. Y claro, los médicos, las enfermeras, las masajistas, los recepcionistas, los entrenadores de distintas disciplinas, los botones, las prostitutas, los artistas que noche tras noche los entretienen con un show, y hasta la nueva y tremendamente escultural (como puede apreciarse en el afiche) Miss Universo (Madalina Ghenea). Ah, y cerca del final, Jane Fonda haciendo de ícono del cine, algo que salvo ella y tres más pueden hacer.


Este variadísimo elenco charlará sobre sus problemas, a veces los enfrentarán, otras veces no, resolverán alguna cosa o no, de tanto en tanto se entregarán a diálogos sentenciosos, pero en el jamás de los jamases, aburrirán.


Paolo Sorrentino es el rey del gran angular, de las tomas panorámicas, de los barridos abarcadores y épicos, de las grandiosas tomas multitudinarias; es también un insobornable buscador de belleza, que a veces encuentra y otras se queda en lo meramente “lindo” y casi publicitario; y como ya dijimos, un ambicioso que no se anda con chiquitas. Puede que sus logros no estén a la altura de sus ambiciones, pero se gana el respeto por salirse de la medianía, de lo seguro, de lo transitado. Como trabaja con constancia, de a poco nos vamos familiarizando con su estilo, con sus modismos, con sus obsesiones, y en un día no muy lejano comenzaremos a considerarlo un maestro. Esta vez no está el actor Toni Servillo, su protagonista frecuente, y en un papel que se adivina pensado para Servillo, Michael Caine le saca lustre a su inmenso talento. Su actuación no solo es deslumbrante, es antológica.


En resumen, no será perfecta, lejos de ello, pero es imperdible. Sobre todo para los admiradores de Caine, que le andábamos deseando un gran papel, y para los jóvenes cinéfilos, que por obvias razones ya no podrán decir “vi un Visconti, un Fellini, un Bergman en estreno”, pero que podrán enorgullecerse de haber visto Sorrentinos en estreno.

Gustavo Monteros

domingo, 15 de noviembre de 2009

La extranjera

Hace años hubo una telenovela llamada Muchacha italiana viene a casarse. La extranjera de Fernando Díaz bien podría tener como título alternativo Muchacha argentina viene a San Luis a descubrir las posibilidades comerciales del arrope de chañar.


La cosa es así. Una argentina de unos treinta y tantos largos, no muy bonita y flaca (ya se sabe que las flacas de protagonistas dan más chic) (María Laura Cali) trabaja en el guardarropas de una disco de Barcelona. La chica se aburre o se deprime tanto que es un milagro que no se haya suicidado antes (una pena, nos hubiera evitado este despropósito). Un abogado la obliga a volver a San Luis a que compruebe el abandono en que ha quedado su herencia, una chacra que era de su abuelo, y decida si la pone a la venta o la remata. El dueño del almacén de ramos generales (Roly Serrano) manifiesta su voluntad de comprarla. Pero San Luis es tan lindo y además pagó la película que nada revelo si digo que se queda. El rico del lugar (Arnaldo André en plan de hacendado aparato) la ayudará a instalarse. Su sirvienta (la gran Norma Argentina, el hallazgo cinematográfico más interesante de los últimos años) la mirará con desconfianza, no sea cosa que le birle el patroncito. La chica llegaría sin duda a finalista de un reality de supervivencia, porque demuestra ser un genio autodidacta en el tema. Sin ayuda de nadie y con sólo mirar las costumbres del lugar, se vuelve una chacarera de la primera hora, y de una aprende a hacer fatay y arrope de chañar. Se le ocurre entonces para salvar la chacra formar una cooperativa que comercialice el arrope.


La película exhibe un conservadurismo que haría palidecer de vergüenza a Enrique Carreras.


El bueno (Arnaldo André) no hace nada porque vive de las rentas que le da participar en un pool sojero. Juega a hacerse el gaucho en San Luis y tiene una esposa en Buenos Aires (que uno imagina viviendo en un country y patinándose la guita en los shoppings) e hijos en la universidad (que uno imagina convenientemente privada).


El malo es Roly Serrano, el pulpero ladino. Un hijo de su madre que si bien medra con las miserias de los lugareños, lo hace por necesidad e imitando las estrategias de los pulcros hacendados. (En una obra de Bertold Brecht o de George Bernard Shaw no llevaría la peor parte, Bertold y George sabían distinguir a los culpables de las injusticias sociales.)


Pero el film no sólo es conservador sino también insultante y condescendiente con los lugareños. Sus costumbres ancestrales y su sabiduría práctica pueden ser duplicadas por la primera paracaidista ex guardarropera de una disco barcelonesa. Y son tan caídos del catre que tiene que venir una citadina para explicarles que con una bolsita de arpillera como packaging pueden llegar a hacer pingues negocios hasta con su insípido arrope de chañar.


Hay además una ironía elemental, cuando nos enteremos de la historia de la muchacha, sabremos que aunque los lugareños la ven como una tilinga, fue tan humilde como ellos ya que es hija de una sirvienta y hasta ella misma fue mucama.


Y el guión hasta se permite banalizar innecesariamente tópicos dolorosos, la chica dice ser hija de un sindicalista asesinado por la dictadura.


La planificación es inexpresiva y el montaje espasmódico. Alterna escenas breves tirando a elocuentes con otras eternas que parecen filmadas en tiempo real. En una secuencia tuve tiempo de contar las nubes y ver cuáles eran las que el viento sacaba de cuadro.


María Laura Cali no es mala actriz, pero el protagónico le queda inmenso. No despierta ni empatía ni simpatía. Por momentos uno tiene ganas de que la agarre el puma que anda dando vueltas, a ver si otro asume el protagonismo y la cosa se pone más interesante. Y hay un par de secuencias en que da pena por los motivos equivocados. Se supone que halló su lugar en el mundo y debe exhibir la alegría liberadora de Alterio cuando gritaba: La puta que vale la pena estar vivo. Pero no, ella exhibe la alegría liberadora de alguien que en una fiesta aprovecha el airecito del balcón para tirarse un pedito.


Arnaldo André está muy bien, arma un personaje claro y llamativo. Lástima que empañe su trabajo un monólogo final imposiblemente torpe y discursivo. Pero ya se sabe, los patriarcas ricos tienen la verdad final y deben instruir a los humildes según su conveniencia. La de los ricos, claro.


Roly Serrano da una lectura impecable de su personaje. Y Norma Argentina tiene tanta vida interior, espesor y misterio que le basta con estar y mirar para darle contundencia a su personaje.


Un bodrio hecho y derecho. Y si no fuera tan ideológicamente enojoso, sería mortalmente aburrido.

Un abrazo,
Gustavo Monteros