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viernes, 12 de agosto de 2011

En un mundo mejor



En un mundo mejor bien podría tener como título alternativo: Cómo enfrentar a tres matones y no morir en el intento. Es que tres violentos pivotean el relato y los buenos buenísimos deben lidiar con el mal que desparraman.

La historia se maneja en dos planos narrativos. Uno tiene lugar en África en donde Anton (Mikael Persbrant), un médico en misión humanitaria, cura como puede a las víctimas de un caudillo local, sádico y pérfido como pocos. El otro transcurre en Dinamarca, donde su hijo Elías (Markus Rygaard) enfrenta en la escuela a un grandulón agresivo y discriminador. Por suerte, el pobre Elías recibirá la ayuda de un nuevo compañerito, Christian (William Johnk Nielsen) que trae un entorno muy particular que ensanchará más el relato. Anton, Elías y Christian, todos juntos, serán de algún modo víctimas de un tercer matón, el típico e insoportable machote xenófobo.

Tanto matón dando vuelta en un mismo melodrama tiene su razón de ser. Susanne Bier, la directora y guionista de este film, se ha propuesto un análisis del círculo de violencia que parece imparable en todo tipo de sociedad. Bueno, más que un análisis, se ha propuesto una disertación. Y llegamos así al problema principal del film, su costado pedagógico, instructivo, formador. Es como que la buena de Susanne se trepa al púlpito y le entra a dar a la prédica como loca. No a través del discurso que enuncian los actores, sino a través del armado del guión, del delineamiento de algunos personajes y de la resolución de algunas escenas. Por ejemplo, Anton es tan, pero tan políticamente correcto que dan ganas de tirarle el rígido manual de ética que maneja por la cabeza. Y si no llega a ser intolerable, es porque la buena de Susanne le dio un costadito oscuro para que no sea tan pero tan santo. El hombre se está divorciando de Marianne (Trine Dyholm, una actriz notable) a quien hizo sufrir miserablemente, portándose muy pero muy mal. Y si insisto con subrayar los aumentativos, es porque en todo el film hay un tufillo maniqueo que aplana los conflictos. Está bien, es un melodrama, y el contraste muy marcado es un recurso válido en el género, pero la buena de Susanne quiere venderlo como un gran drama, y es ahí donde se le notan los costurones de pespuntes gruesos. Un final a toda orquesta redime a todos y siembra amor y comprensión, porque ya se sabe la bondad siempre paga.

Sin embargo, no llega a ser un bodrio. El perfecto acabado técnico, la elegancia de su estilo, la destreza con que resuelve algunas escenas (la culminante entre los dos chicos está muy lograda) y por sobre todo, las excelentes actuaciones (no hay nada que hacerle, algo puede no ser del todo bueno, pero si te actúan impecablemente, te comprás todo) la hacen seductora y agradable.  

En conclusión, si uno acepta que lo sermonearán un rato y que recibirá una lección de bondad y ética, se puede pasar un momento entretenido. Ah, sí, es la peli que ganó el Óscar a la Mejor Película Extranjera este año.

Coda:

La buena de Susanne declaró que se propuso modificar también la idea de paraíso cívico y moral que se tiene de los países escandinavos. No te hubieras preocupado, querida, el inspector Wallander, la inolvidable creación literaria de Henning Mankell, Lisbeth Salander, la protagonista de la trilogía de Milenium de Stieg Larsson, y la reciente masacre de Oslo ya nos despabilaron al respecto. Además el maestro Ingmar Bergman nos advirtió hace tiempo que detrás de las fachadas se escondían unos cuantos demonios.


Un abrazo, 

Gustavo Monteros

domingo, 21 de febrero de 2010

Los hombres que no amaban a las mujeres

Llevar al cine una novela leída y amada por muchos siempre trae problemas. Los que la leyeron pueden sentirse traicionados por una adaptación que desdeña lo que amaron. Los que no la leyeron pueden sentir que hicieron bien en no perder el tiempo con esa bobada, porque se quedan sin percibir la textura y la sugerencia que da la lectura.


Los hombres que no amaban a las mujeres de Stieg Larsson es la primera novela de su trilogía Millennium. Un apasionante ladrillo de 600 y tantas páginas que provoca una enfebrecida lectura. La trama, los personajes, las subtramas, los escenarios son ricos, jugosos, deleitosos.


Cuando compré el libro, la vendedora me preguntó si era para mí. Al contestarle que sí, me dijo: “Qué suerte, no sabe todavía la diversión que le espera, yo no podía dejarlo, me pasé tres noches casi sin dormir, me moría por saber qué pasaba”. Tenía toda la razón. De puro hedonista, estiré el placer casi una semana. La vendedora acertó también en que volvería por los otros dos volúmenes de la trilogía.


Al ser sueca la versión cinematográfica, como la novela, alenté la esperanza de que fuera buena. Me equivoqué. No es un bodrio propiamente dicho, pero se le parece bastante. Es un film correcto que privilegia la anécdota policial, pero deja afuera subtramas, personajes y relaciones que me parecen fundamentales. El thriller pelado queda desprovisto de entidad y sustancia. Si bien no aburre, le deja la sensación a los que no leyeron la novela, que los que la leímos somos ingenuos y hacemos bulla por una pavada.


Pero la principal decepción es la actriz elegida para protagonizarla. Se habla de Lisbeth Salander como el primer personaje ficcional importante del siglo XXI. Es una hacker menudita de 22 años, llena de tatuajes y piercings, que parece una adolescente de 15 años. La actriz, Noomi Rapace, es una mujer de 30 años, sólida y saludable, que con maquillaje a lo sumo simula 25 años. No juzgo su talento, porque desde el primer segundo que apareció en escena, para mí no era Lisbeth Salander.
Los yanquis amenazan con hacer su versión. Tienen la posibilidad de hacer algo mejor. Espero que no la desaprovechen. Casi seguro, me equivocaré otra vez.

Un abrazo,
Gustavo Monteros