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viernes, 16 de octubre de 2026

Digger


 

Digger

 

Me sumo al debate sobre Digger (Iñárritu, 2026) más cerca de la cacareada equidistancia que de la adhesión descontrolada y el desdén infundado. Porque no soy ni su seguidor incondicional ni me comporto con su cine como un detractor profesional.

 

Alejandro G. Iñárritu es un autor que respeto, aunque su obra no siempre me entusiasme. Me gustaron Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia) 2014 y Revenant El renacido, 2015. Me gustó hasta por ahí nomás la consagratoria Amores perros, 2000, más o menos 21 gramos, 2003. Vi hasta el final Babel, 2006. No me interesó ver Biutiful, 2019 y no la vi. Aprecié Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades, 2022. Y no por hacerme el interesante ni llevarle la contra a nadie, me gustó mucho Digger.

 

El debate ratifica que se trata de una pieza singular, audaz, ineludible.

 

En esencia, Digger es una sátira distópica (para no enredarnos y manejar los mismos conceptos, establezcamos que, según el diccionario de la Real Academia, “sátira” es “una composición en verso o prosa cuyo objetivo es censurar o ridiculizar a alguien o algo”; y “distópica” es referido a la “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causante de la alienación humana).

 

Es muy rica visualmente, de un humor muy oscuro, demandante desde lo intelectual (nada de andar pensando en qué vamos a comer después, mejor concentrarse en lo que se está viendo, que es una película seria, qué joder y no mero contenido audiovisual para ignorar a gusto).

 

Tiene una estructura compleja, pero de fácil seguimiento (no abusa de las elusivas complejidades de los años sesenta como 2001: Odisea del espacio (Kubrick, 1968) o Blow-Up (Antonioni, 1966) ni apabulla con las complejidades elípticas de los años setenta como Matadero 5 (Slaughterhouse-Five) Roy Hill, 1972 o Asesinos S.A. (The Parallax View) Pakula, 1974). No, si se le presta debida atención su planteo es claro y no requiere pensar sobre su armado a la salida.

 

Digger trata sobre las devastadoras consecuencias que provoca la codicia de un magnate sin límites ni controles.

 

Para no delatar ni caer en espóileres, digamos que tiene dos planos, el de la realidad y el de la representación, lo que posibilita tener un retrato completo del personaje principal, al que se puede llegar a comprender a pesar de despreciarlo u odiarlo.

 

Como toda película que se hace en la actualidad, se inscribe en la historia de la cinematografía y dialoga voluntaria o involuntariamente con obras creadas con antelación. Hablo de las famosas referencias.

 

Esta tiene muchas, pero dos son evidentes. Uno, el magnate de Digger tiene el sombrero que usa el actor Slim Pickens cuando “cabalga” la bomba atómica en Dr. Insólito o cómo aprendía a no preocuparme y amar la bomba (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, Kubrick, 1964). Y dos, cuando dice su descarga ante la asamblea europea remite al discurso de James Stewart en el clásico de Frank Capra de 1939, Caballero sin espada (Mr. Smith goes to Washington).

 

Y, claro, este magnate (Rockwell es su apellido) es otro self made man destruido, como los que creó literariamente Sinclair Lewis, uno de los primeros autores en advertir que el capitalismo es un sistema corrupto que idealiza codiciosos imperdonables.

 

Tom Cruise, pala en mano (“digger” es cavador en inglés) se despacha con una actuación muy premiable que, más allá del fracaso en las boleterías, no debería pasar desapercibida a la hora de los trofeos. Sorprende con una exuberancia arrolladora, un histrionismo inusitado. Se permite la misma audacia que exhibe la película. Lo secundan muy bien John Goodman, Michael Stuhlbarg, Burn Gorman, Riz Ahmed, Sandra Hüller, Jesse Plemons, Emma D’Arcy, Sophie Wilde, Pip Torrens y Mercedes Hernández.

 

Queda entonces por cubrir las preguntas del millón: ¿por qué sus detractores son tan virulentos?, y ¿por qué hay espectadores que se retraen ante la posibilidad de verla?

 

Quizás (no hay respuesta categórica, en líneas generales, el éxito se explica con facilidad, el fracaso es hijo de múltiples razones) se deba a que interpela con verdades incómodas.

 

Los que no tenemos poder nos hemos escudado siempre en que no somos los que decidimos y que, por lo tanto, no tenemos responsabilidad en la ruina o destrucción de los recursos naturales del planeta.

 

En una escena clave, el personaje principal cuestiona si es tan así.

 

Porque no solo no nos hemos opuesto con fuerza a la codicia de los poderosos, sino que pasivamente usufructuamos de ella.

 

Porque (no lo dice así la película, sino que lo digo yo) no hicimos de las “greenpeaces” corporaciones poderosas, ni nos volvimos anacoretas, ni fundamos comunidades que viven cercanas a la naturaleza, ni dejamos de consumir los últimos teléfonos, las últimas computadoras, los últimos artefactos inútiles que ni mejoran nuestra comodidad ni nos hacen más lúcidos.

 

Los dejamos destruir todo sin tirarles ni un cuete, menos que menos una bombita o quemarles una oficinita. No conformamos células terroristas para secuestrarlos preventivamente para asustarlos, no matarlos. Ni nos organizamos en el supremo castigo al capitalismo: negarnos a consumir lo que se produce con tanto daño.

 

Somos muchos los que hemos vivido más de la mitad de nuestra vida sin celulares ni internet ni “alexas” que prendan la luz porque se lo decimos, y no moríamos ni enfermábamos por no contar con esos supuestos bienes.

 

Como toda sátira tiene una intención moral: denunciar qué está mal e invitarnos a modificarlo. Nos reitera que el mundo se está yendo al carajo todos los días un poquito más.

 

Advertencia que los magnates que más daño hacen ignoran y que los que no somos magnates, también, porque elegimos que nos entretengan.

 

Los de a pie tenemos la disculpa adicional de que nos manipulan, de que somos víctimas de las versiones de la realidad que imponen los poderosos, de consolarnos con que somos inermes. Aunque siempre fuimos y somos y estamos advertidos.

 

Los efectos de la destrucción del equilibrio natural están a la vista y los padecemos ya, hoy, en este momento. Mañana, dentro de un rato, de inmediato serán peores. ¿Hacemos algo? ¿Haremos algo antes de que sea muy tarde? No sé. No creo. Ojalá.

Gustavo Monteros


viernes, 11 de septiembre de 2026

Mayday


 

No hay queja si uno sabe dónde se mete. Por las dudas las fotos y el afiche no me hubieran informado lo suficiente, después de ver el tráiler no me quedaba duda de que Mayday era una buddy movie, que cubría todos los lugares comunes del género.

 

(Por las dudas haya un despistado que no sepa qué es una buddy movie, le cuento que la inefable IA dice que “Una buddy movie (o película de amigos) es un subgénero cinematográfico que se centra en la relación, camaradería y dinámica entre dos protagonistas, tradicionalmente hombres.” No hay que creerle mucho a la IA porque es muy mentirosa. Pero en este caso, como se trata de una definición general le vamos a otorgar la razón.)

 

Confieso que del tráiler de Mayday, dos elementos me generaron una ligera atracción: el debut como héroe geriátrico de acción de Kenneth Brannagh y que transcurriera en la Rusia Soviética. Dado que su exprincesa de la actuación (o sea Emma Thompson) ya había debutado como heroína veterana de acción, no me sorprendía que él lo intentara.

 

(Emma anda a los tiros y patadas en la película Muerte en el invierno (Dead of Winter, Brian Kirk, 2025) y en la serie Down Cemetary Road, el misterio de Oxford, 2025).

 

Y por las dudas esté abriendo interrogantes, los cierro. Hay gente sorprendentemente joven a la que, sucesos anteriores a la pandemia, les resultan tan lejanos como el Medioevo, por eso aclaro que allá en los lejanos años ochenta del siglo XX, Emma Thompson y Kenneth Brannagh irrumpieron como la nueva pareja regia de la actuación inglesa, emulando a los legendarios Vivian Leigh y Laurence Olivier.

 

Esta relación espléndida tuvo sus altibajos, pero cuando trascendió que filmando Mary Shelley’s Frankenstein en 1994, Brannagh se había enamorado de su coprotagonista Helena Bonham Carter, Emma volcó su despecho en todos los medios británicos (los más amarillos ni les cuento cómo lo aprovecharon) con tanta vehemencia que Kenneth y Helena estuvieron a punto de perder la amplia popularidad que gozaban.

 

En septiembre de 1999 (¡estamos ya en el vigésimo séptimo aniversario de la separación! ¡Cómo vuela el tiempo!), Helena dijo: “Bye-Bye, Kenneth”, y Emma, si no cerró la herida, amansó su furia y comenzó a hablar de otros temas. Por eso es que relacioné el debut de Branagh en el heroísmo geriátrico con el de su expareja, doña Emma. Satisfecha la curiosidad por romances viejos, volvamos al film que nos ocupa.

 

Como estaba diciendo, aparte de Kenneth y su inicio en las patadas de vejete indomable, que el argumento de Mayday transcurriera en la Rusia Soviética también me atraía.

 

Troy (Ryan Reynolds), un intrépido (¿hay otros en las películas) piloto estadounidense, en una misión de espionaje, cae detrás de la Cortina de Hierro, bien lejos de una frontera salvadora. Pero su desgracia viene con suerte, lo rescata Nikolai Ustinov (Kenneth Branagh), un oso ruso devoto de todo lo yanqui.

 

(Otra digresión: el apellido de su personaje, Ustinov remite a Sir Peter, actor, escritor, director, al que, si no conocen, procuren conocer, ¡no se arrepentirán en lo más mínimo!, porque Peter Ustinov está en la exclusivísima categoría de los genios que en el mundo han sido)

 

Troy se escapa de la custodia de Nikolai y termina en un bar donde, todavía convaleciente, debe pelear por su vida. Por supuesto es rescatado por Nikilai.

 

Troy, como buen yanqui de película, pelea bien, pero Nikolai es una mezcla de John Wayne con Jackie Chan, o sea, un imbatible. Entonces una pregunta se impone: ¿cómo diablos aprendió a pelear así?

 

Obvio, ¡lo formó la KGB! ¡Era un interrogador! Es decir, ¡un torturador! ¿Por qué abandonó y se convirtió en un fan del capitalismo yanqui? Porque de seguir, podría haber tenido que torturar a su propia hija, Anna (Maria Bakalova), que, por esas cosas de la vida, se candidatea a segura enemiga del Estado Soviético.

 

Y acá viene la rareza de esta película. Ideológicamente es pro-yanqui, por supuesto. ¿Hay algún film Hollywoodense que no lo sea? Pero sin discutir el mandato autoimpuesto de que los Estados Unidos son los guardianes del mundo, los dueños del poder y del orden, aparecen en los considerandos de la conformación de los personajes de esta película unos cuantos grises.

 

Se dice por ahí que el ciudadano soviético es lo que es, porque le llenaron la cabeza, desde el nacimiento, con la convicción de que debe obedecer ciegamente al politburó. Pero esta asunción se complementa con la noción de que lo mismo le pasó al ciudadano norteamericano, solo que el signo político era el opuesto, le taladraron el cerebro con que le debía obediencia ciega al establishment capitalista. ¡Mirá vos!

 

Y cerca del final, Troy sacará, en el juicio, de la manga de su planchado uniforme, la carta imbatible: para el estado capitalista, la vida de los ciudadanos es secundaria o terciaria, ante la consecución de una suculenta ganancia. Pueden condenar a la muerte a generaciones, si el negocio que persiguen es bueno.

 

Además, se desliza aquí y allá que no hay libertad plena en Estados Unidos, que los derechos de la gente común y corriente se pisotean, que la lógica de las corporaciones se impone al cacareado republicanismo, que a la hora de la verdad vale la ley del más fuerte que la representación democrática.

 

Son cosas sueltas, pero están y llaman la atención en un film industrial. Por lo demás, es una buddy movie más. Hay química entre los protagonistas. Reynolds, como ya lo demostró contra Hugh Jackman, en Deadpool & Wolverine (Shawn Levy, 2024) sabe establecer dúos actorales, cuándo hacer el remate y cuándo dejar al otro que lo haga. Y Branagh, como buen actor británico, también sabe cuándo ponerse en la luz y cuándo dar un paso al costado. Hay alguna que otra línea lograda y alguna que otra situación bien planteada. Si uno está dispuesto a divertirse sin cuestionar demasiado trama ni trompadas, puede que la pase bien. ¿La recomiendo? No, cada uno entra por su cuenta y riesgo.

Gustavo Monteros


viernes, 28 de agosto de 2026

El gran falsificador


 

Al atendible director francés, Jean-Paul Salomé, le gusta tomar individuos de la vida que pasaron por circunstancias excepcionales y retratarlos novelizando un poco algunas peripecias para hacer más atractivo el relato, sin alterar su esencia extraordinaria.

 

Ejemplos: Les femmes de l’ombre (Espías en la sombra, 2008), The Chameleon (El camaleón, 2010), La daronnne (Mamá María, 2020), La syndicaliste (Un blanco fácil, 2022).

 

Ahora le toca el turno a L’affaire Bojarski (El gran estafador, 2025). Esta película bien podría tener un título complementario, que reformulara por enésima vez el libro de Thomas de Quincey, y quedaría como De la falsificación considerada como una de las bellas artes.

 

Porque no en vano la prensa calificó a Ceslaw Jan Bojarski (1912-2003) el “Cézanne de la falsificación”. Durante tres décadas se concentró sucesivamente en el billete de 1000 francos, Minerva et Hercule, en el de 5000 francos, Terre et mer, y desde 1962 en el billete de 100 nuevos francos, el Bonaparte.

 

Su ambición fue que no fueran iguales a los originales, sino mejores. Dicho así puede sonar un disparate, pero en la realidad no lo es.

 

Bojarski (Reda Kateb) pudo no haber sido un delincuente, era un inventor fecundo y versátil, se lo ve concebir la birome, el desodorante roll-on, y la cafetera con cápsulas. Pero por problemas de ciudadanía no podía patentarlos.

 

Había sido un oficial polaco de la Primera Guerra Mundial, fue capturado por los húngaros, pero logró huir de la prisión y se refugió en Francia, país que burocráticamente tenía reparos para considerarlo un inmigrante o un refugiado. Por eso no le otorgaba la ciudanía. Y sin identidad legal no podía patentar ni el aliento.

 

Durante la Segunda Guerra falsificó documentos para facilitar emigraciones. Se hizo notar y un criminal lo inició en la falsificación de billetes. Y ya no paró. Primero para esta organización mafiosa y luego por su cuenta puso en jaque el sistema monetario francés inundándolo con sus creaciones.

 

Como todo artista tuvo dificultades para congeniar su devoción por su arte con una vida de relación. Su esposa (Sara Giraudeau) e hijos acusarían ausencias y descuidos.

 

Salomé para que el relato no decaiga le inventa un comisario perseguidor André Mattéi (Bastien Bouillon) con el juegan al gato y ratón.

 

Por supuesto, como es el caso en historias de ladrones o estafadores, nuestra simpatía desde el principio está con ellos y deseamos que salgan siempre libres de culpa y cargo. Estos relatos terminan por defraudar esta expectativa, porque es lo que dictan las normas del establishment.

 

Aquí cuando llega la defraudación ¿nos enoja, nos apena, nos solivianta por injusta? Ah, no sé. Para eso hay que verla y estoy insistiendo en que lo hagan.

 

Se trata de un relato vibrante, apasionante que, a pesar de ser el tema, no estafa.

Gustavo Monteros

viernes, 14 de agosto de 2026

La empleada

 

 


Me he pasado la vida con las películas y no ha sido en vano. Entre las huellas que me dejaron figuran el agradecimiento, el respeto, la simpatía y ¿por qué no?: un dejo de cariño por todas ellas. 

 

Hasta detrás de la más insignificante, de la más errada, de la más torpe, hubo personas que quisieron hacerla, que soñaron hacerla o que no tuvieron más remedio que hacerla, incluso por un motivo vil o necesitado, cualidades que siempre tienen que ver con el dinero.

 

Por eso nada me indigna más que se anteponga el poder que como espectador tenemos por encima de cualquier otra consideración. Me refiero a la descalificación injusta. Aquello de “no me gustó, es un bodrio”. Falla lógica si las hay.

 

Algo puede no haberte gustado por un sinfín de considerandos, ninguno de ellos la convierte en un bodrio. Hay muchísimas películas de encumbrada fama, obra de dignísimos directores que no me han gustado ni remotamente, no por eso son un bodrio. Y hay bodrios irredimibles que amo por los motivos erróneos.

 

A lo que voy es que la calidad de una película (eximia o execrable) no se mide por si te gusta o no. Un bodrio es un bodrio y tus gustos son tus gustos. Que algo no te guste no lo descalifica. Al igual que si algo te gusta no lo convierte en ley sagrada.

 

Es que soy muy sensible (y un rompe bolas).

 

Una película debe juzgarse según sus propios parámetros. Si a una comedia desbocada se la juzga desde la elegancia neoclásica, el veredicto será malo y erróneo.

 

A cada cosa se la juzga por lo que es o pretende ser. Imponerle lineamientos que no la abarcan es de malas personas.

 

Pero son tiempos en los que “yo creo”, “yo pienso”, “yo considero” reinan supremos y se habla sin pensar.

 

Imagínate pedirle al espectador que decodifique antes de abrir la boca. Antes habrá árboles de dinero, gallinas que ponen huevos Fabergé o ricos que son piadosos.

 

A lo que voy es que se puede ser muy injusto con el cine de Paul Feig (Damas en guerra (Bridesmaids, 2011), Chicas armadas y peligrosas (The Heat, 2013), SPY: una espía despistada (Spy, 2015), Cazafantasmas (Ghostbusters, 2016), Un pequeño favor (A Simple Favor, 2018), Last Christmas: Otra oportunidad para amar (2019), Otro pequeño favor (Another Simple Favor, 2025) y ahora La empleada (The Housemaid, 2026).

 

Sin embargo, el hombre tiene suerte, juega bien sus cartas, se lo decodifica bien y se sale siempre con las suyas.

 

Sus películas son artificios puros. Salvo detalles muy secundarios, nada se parece ni remotamente a la realidad. Sus personajes solo pueden vivir dentro de la lógica de lo que se cuenta.

 

Y mientras la historia se cuenta, nada nos parece fuera de lugar. Quizá son el equivalente a esas novelas de tapas lustrosas con gente bella y títulos denunciantes de lo que son y adónde van. Algo así como Amantes en peligro, Las lujuriosas noches del Caribe, La vi y morí, etc.

 

Aquí los primeros 10 minutos presentan inmejorablemente el ambiente y los personajes que lo habitarán.

 

Millie Calloway (Sydney Sweeney) tiene insatisfechas las necesidades de anteayer, tanto que vive en el auto antediluviano y cascajoso de su propiedad. Va a una entrevista para asistenta de limpieza, comida y cuidado de niños en una mansión que le da sueños húmedos a cualquier vendedor inmobiliario.

 

Su patrona será Nina Winchester (Amanda Seyfried). Millie no da de supuesta peligrosa, sucia y andrajosa porque la hace Sidney Sweeney sino hippona progresista y por lo tanto Nina la toma.

 

El marido de Nina es Andrew Winchester (Brandon Sklenar) un musculoso tan apuesto y bronceado que da estrella de porno gay.

 

La hija de ambos (¿lo es?), Cece Winchester (Indiana Elle) es una preadolescente tan buena onda, que justifica la existencia del control de la natalidad.

 

A Millie le asignan el ático, que es tétrico, a pesar de la impecabilidad del diseño.

 

A la mañana siguiente Nina revela que está de atar, candidata certificada al premio de Mejor Trastornada Psiquiátrica del Año. A cualquiera no le alcanzaría las patas para huir, no a Millie, claro, que literalmente no tiene dónde caerse muerta. Además, el semental musculoso algo de onda le tira, entonces…

 

El argumento tendrá más vuelas de rosca que tornillo a ajustar. A cuál más traída de los pelos, pero muy ingeniosas y sorprendentes. Tanto que no hay grieta de desinterés.

 

Encima hay carrete para una segunda parte, para la que ya me estoy anotando.

 

Calculo que ejércitos de psicólogos y sociólogos tendrían horas incontables y muchos libros para elucubrar sobre los personajes, nosotros y nuestra relación con los mismos, y los resultados no serían muy halagüeños, pero ¿quién nos quita lo bailado? (Bueno, en este caso lo entretenido)

Gustavo Monteros

 


viernes, 7 de agosto de 2026

El afinador


 

¿Qué es lo mejor que se puede decir de un contenido visual digital contemporáneo? Que se parece a una película vieja.

 

No estoy dando vueltas al divino botón. El cine no ha muerto, pero está en evolución, técnica y narrativamente. Va en transición a formas nuevas, que ya no están contenidas en las palabras “película” o “film”

 

De ahí la pregunta inicial.

 

El cine nació documentando salidas de fábricas o llegadas de trenes a la estación y terminó madurando en géneros: musicales, comedias, dramas, policiales, westerns, etc.

 

En los años ochenta del siglo XX, el cine industrial arrancó con el multitarget (películas apuntadas para distintos públicos) y como consecuencia natural surgió la mezcla de géneros.

 

También con la fiebre del alquiler de videos se borraron los límites de las categorías antiguas (cine A y B, películas industriales y de autor, películas comerciales e independientes).

 

Desdibujamiento de límites que se extendió con el advenimiento del cable y ahora con el streaming.

 

O sea, cada boca de expendio (telefilms, video, cable, streaming) determinó nuevos cambios en el formato o planteo de cómo contar lo que antes era desarrollado en una “película”.

 

De ahí que a los quisquillosos puristas (entre los que me encuentro) los contenidos audiovisuales que vemos hoy habitualmente no pueden en rigor denominarse “películas”

 

Pero hay excepciones, El afinador es una de ellas. Por eso para elogiarla dijeron que tenía el encanto de las películas del viejo Hollywood (no el del cuarenta, sino el “setentoso”, ¡cómo pasa el tiempo!, ¡hablan de mi adolescencia!)

 

El afinador (Tuner, 2025) es el primer contenido de ficción del hasta ahora documentalista Daniel Roher. Y si bien tiene algo de películas de atracos, de buddy movie, de romance, es por sobre todo el retrato de un tipo muy singular, Niki White (Leo Woodall)

 

Afina pianos para una empresita regenteada por Harry Horowitz (Dustin Hoffman), un viejito tan molesto como simpático, que anda perdiendo la mente, aunque lo apuntala con amor y paciencia su esposa, Marla (Tovah Feldshuh).

 

Niki tiene un oído absoluto, pero también hiperacusia. Parece ser un músico entrenado y talentoso que interrumpió su carrera ascendente. ¿Por qué? Ya se sabrá a su debido momento.

 

El trabajo hace que se cruce con una concertista / compositora excepcional, Ruthie (Havana Rose Liu) y con unos maleantes harto peculiares bajo el mando de Uri (Lior Raz) para los que terminará abriendo cajas fuertes con el uso de las virtudes de su oído.

 

Se trata de una buena historia contada con destreza, con personajes bien definidos y buena música. Creo que está todo dicho, ¿no?

Gustavo Monteros


viernes, 10 de abril de 2026

Solos en el espacio - Hoy: Proyecto Fin del mundo


 

En inglés hay un dicho que sostiene que “El rayo nunca cae dos veces en el mismo lugar” (Lightning never strikes the same place twice). Si bien se insiste en que no es una verdad meteorológica, la expresión se usa para calmar a alguien al que le ha pasado algo rarísimo (una desgracia terrible o una mala suerte antológica o algo simplemente muy inusitado) con que no le pasará otra vez. No es el caso de Ryan Gosling.

 

En cine hay proyectos contados con los dedos de una mano que tienen la lógica de un unipersonal, aunque estén llenos de otros personajes y pletóricos de escenarios distintos. Me refiero a aquellos en los que un actor debe sostener todo el peso narrativo, interactuando con personajes que no se ven (o se ven, pero no hablan por sus medios) porque son imaginarios o inertes.

 

Ejemplos: en el viejo Hollywood tenemos a James Stewart y un conejo especial en Harvey (Henry Koster, 1950), más acá en el tiempo tenemos a Tom Hanks y una pelota de básquet en Náufrago (Cast Away, Robert Zemeckis, 2000), a Tom Hardy interaccionando con personajes que no aparecen en escena en Locke (Steven Knight, 2013), a Jake Gyllenhaal en Culpable (The Guilty, Antoine Fuqua, 2021), la remake de una película dinamarquesa de 2018 (Den skyldige, Gustav Möller) y a dos perdidos en el espacio, Moon (En la luna, Duncan Jones, 2009) y Sandra Bullock en Gravity (Gravedad, Alfonso Cuarón, 2013).

 

Como se ven, son proyectos raros, inusuales, extraordinarios (adjetivo muy gastado que en este caso es exacto). Y aunque muy escasos, Ryan Gosling ya va por el segundo (si hay tormenta eléctrica no se le acerquen). El primero cimentó su fama: Lars y la chica real (Lars and the Real Girl, Craig Gillespie, 2007) en el que se enamoraba de una muñeca sexual de escala humana y ahora este Proyect Hail Mary (Proyecto Ave María, en el original) (Phil Lord, Christopher Miller, 2026), rebautizado para estos parajes como Proyecto Fin del mundo, en el que interacciona con…no, mejor no contarlo.

 

Proyecto Fin del mundo es una película de ciencia ficción, que se centra, como su título lo indica, en el advenimiento de otro fin del mundo (uno más y van…). Mejor contar poco y nada del argumento para no arruinar sorpresas.

 

Como ya habrán notado los más suspicaces, la ciencia ficción no es “my cup of tea” (expresión que se traduciría como “de mi preferencia”). Eventualmente termino viendo todas las que tienen destino de referencia cultural, y a decir verdad las disfruto, aunque no me abalanzo con la misma expectativa con la que espero, pongamos, algún policial, un musical, una comedia o un drama original.

 

Los que no somos adeptos a un género tendemos a percibir las fallas de lógica con mayor efectividad que los seguidores del mismo que son más indulgentes con los tropos que hacen a su esencia.

 

Todo género tiene sus elementos constitutivos, sus idiosincrasias, sus herramientas insustituibles, sus tropos inherentes.

 

En un policial negro, si hay una mujer fatal que seduce al detective, terminará, en más casos que no, traicionándolo por estar envuelta en la trama en que lo involucró.  Y los seguidores de ese género lo sabemos, pero hacemos como que lo ignoramos para no perder la diversión.

 

En las películas de guerra, si un personaje en un momento de calma se pone a hablar de planes futuros, de lo que hará cuando el horror termine, con más certeza que no, acabará muerto antes que la historia concluya. Pero los seguidores del género no dicen, cuando empieza a desgranar proyectos, sonaste, hermano, terminás bajo tierra. No, fingen ignorancia, para conmoverse cuando se cumpla el destino previsible de tal personaje.

 

En los viejos westerns, cuando cerca del final, los indios o los forajidos tenían a mal traer a los buenos que estaban a punto de ser diezmados, eran salvados a ultísimo momento por la proverbial caballería. Y los seguidores no se enojaban cuando esto pasaba, porque ansiaban que sucediera.

 

 

Fui a ver Proyecto Fin del mundo con un amigo al que le gusta la ciencia ficción. Sin embargo, a poco de empezada la película, notó la primera incongruencia. El protagonista se despierta, en una nave en pleno espacio, después de un coma inducido. Le han crecido la cabellera y la barba de una manera notable, tanto que un bot intenta cortárselas, pero, señala mi amigo, ¡no las uñas! Me rio y le digo por lo bajo, son poco cinematográficas, excepto para Fu Man Chu o para un Nosferatu. Buena observación la de mi amigo. Quisieron denotar el paso del tiempo con el crecimiento capilar, pero se olvidaron de que las uñas también crecen. Los fanáticos del género que nos rodeaban no lo notaron o no les importó, era para ellos una insignificancia a ignorar o perdonar.

 

Cuando la comenté con otro amigo, que también la había visto, dije que tenía como catorce finales. No entendiste nada, me dijo, en tu afán porque termine, no te diste cuenta de que esos supuestos finales era solo distintas interacciones entre el protagonista y el miembro de la otra especie, capítulos de una relación que son en realidad el centro de la historia.

 

Como soy un Zapata (o sea que, si no la gana, la empata), puede ser, le digo, pero la nave del protagonista era infinita o le volvía a crecer lo que perdía, porque en las distintas instancias conflictivas se van desprendiendo de partes, que parecen volver intactas en la próxima desventura, en que vuelven a perderlas de nuevo y así. Y se la pasan hablando de falta de combustible, pero nunca se quedan varados y van de acá para allá y siempre con el tanque lleno y no hay estaciones de servicio en el espacio.

 

Este otro amigo se ríe y me dice: ¡Es la lógica establecida en la primera temporada de Viaje a las estrellas! ¡Jamás se pierden del todo las partes que hacen andar a la nave y nunca se quedan sin combustible! ¡Hacen al género, tanto o más que los trajes espaciales!

 

Aunque parezca que no, disfruté enormemente de la película. Las dos horas y media que dura se me pasaron en un suspiro.

 

Ryan Gosling tiene espalda como sostener la película que le endilguen y mostrar más matices que un cuadro de Turner. Ostenta el encanto de un Cary Grant y no tiene pudor de exhibirlo, descaro típico de las estrellas clásicas, que los actores de hoy parecen haber perdido.

 

Y los coordinadores musicales nos deparan un placer inconmensurable, porque en un par de secuencias ponen dos temas que se caen de tan argentinos, aunque uno sea la composición de una chilena. El otro es indiscutiblemente argentino. Un tangazo de aquellos. Los dos engalanan las escenas en las que están y nos mimosean los oídos. Semejante calidad musical da como para salvar a la humanidad. ¡Otra vez!

Gustavo Monteros


viernes, 3 de abril de 2026

El estreno de la semana - Hoy: Eat Pray Bark (Comer rezar ladrar)


 

La letra dice: “Estoy mirando atrás y puedo ver mi vida entera”, y yo por hacerme el gracioso, la cambio y canto “Estoy mirando atrás y puedo ver la cucha del perro” El chiste, no muy gracioso, por cierto, es sustituir la retrospección filosófica del original por un realismo ramplón, objetivo y nada metafórico.

 

Estamos hablando, claro, de “A mi manera”, de la traducción al castellano de “My Way”, la canción con letra al inglés de Paul Anka, basada en la francesa, "Comme d'habitude", compuesta por Claude Françoise, Jacques Revaux y Gilles Thibault y que inmortalizara Frank Sinatra.

 

Pero esta mezcla que hago con la mirada al pasado y algo relacionado con un perro no es gratuita, porque se me ha dado por pensar que los mejores años de mi vida fueron los compartidos con perros, y que, si se me diera la oportunidad de volver a vivir mi vida, no pasaría un día sin perro.

 

Procuro no humanizar a los perritos, pero tampoco animalizarme yo. Por eso no me siento cómodo cuando hablan de “mis hijos perros” o “mi familia perruna”. Yo soy yo y el perro es el perro. Dos especies diferentes que pueden convivir acompañándose y completándose necesidades básicas. Porque un perro vive mejor bajo techo, con la comida garantizada, atención veterinaria y el largo etcétera, que podemos resumir como cuidado y afecto. Y un hombre vive mejor si lo esperan cuando llega de la calle, si le reclaman una caricia para el lomo, y le andan al lado de aquí para allá, como si uno fuera alguien valioso del que no hay que perderse ni un gesto (y si es algo contundente y carnívoro como para masticar y tragar, mejor).

 

No paran de escribirse libros sobre la relación hombre-mascota, y si bien los gatos tienen sus adeptos, los perros van ganando por goleada en la preferencia de los autores.

 

Y de hacerse películas también. Acaba de llegar al streaming de la gran ene roja (no comunista, que todo lo rojo no siempre es de izquierdas), una comedia alemana producida por dicho sello, dirigida por Marco Petry, con guion de Jane Ainscough, Hortense Ulrich y el propio director.

 

El título Eat Pray Bark (2026), o sea Comer, rezar, ladrar juega con el de la exitosísima comedia con Julia Roberts, Eat Pray Love (Ryan Murphy, 2010), basada en el best seller de Elizabeth Gilbert, o sea Comer Rezar Amar, que casualmente, o no tanto, puede verse también en la gran ene roja.

 

Y aquí el chiste de cambiar “amar” por “ladrar” viene a cuento porque es de perritos, claro, más precisamente, como corresponde, o no, de perritos y humanos.

 

Cuatro perros no andan llevándose del todo bien con sus humanos, los que recurren a un adiestrador-gurú de raigambre “celta”, perdido en el Tirol, para que los disciplinen. La premisa del argumento es que, como en el 99, 99 % de los casos, los perros no son el problema sino los humanos.

 

Estos son Ursula Brandmeier (Alexandra Maria Lara), una política que en el off de un programa televisivo dijo que odia los perros y que se mataría antes de tener uno. El off no era tal y ahora para limpiar su imagen, debe entenderse con Brenda, una supuestamente rebelde caótica, rescatada de la perrera.

 

Babs (Anna Herrmann), una chica con antecedentes de enfermedades mentales, que no puede con Torsten, un perrito al que el comité veterinario puede quitárselo, si no aprende a lidiar con él.

 

Hakan (Kerim Waller), un hombre taciturno y muy poco sociable, que le puso un bozal de metal a su perrita Roxi, a la que acusa de no sabemos muy bien de qué.

 

Y Helmut (Devid Striesow), un maduro profesor universitario de literatura del siglo XIX y su pareja, Ziggy (Doga Gürer), un emprendedor que fabrica velas aromáticas, que acusa a Helmut de no entenderse con su perrita Gaga, que parece rechazar a Helmut con ahínco.

 

Todos se tomarán un tren y se bajarán en un pueblito del Tirol que, en respuesta a su fama internacional, es igual de bello a todas las tarjetas postales resplandecientes que lo publicitan.

 

Allí se encontrarán con Nordon (Rúrik Gíslason), el gurú celta, apolíneo como una estatua y rubio y apuesto como se espera de los nórdicos.

 

No es un espóiler decir que los perritos, con la ayuda del adiestrador “celta”, lograrán enderezar las torcidas comunicaciones que tienen con sus humanos.

 

Hay caracterizaciones claras y diálogos certeros, lo que permite el lucimiento de los actores que sin excepción son de buenos a excelentes.

 

Y los perritos no se quedan atrás, por eso merecen que se los nombre, tal como hicimos con los actores que hacen de sus dueños (es una manera de decir, porque la relación, por más que parezca de dominio humano, es más de paridad que de sujeción).

 

Ellos son Dotty como Brenda, Wilma y Dante como Torsten, Clooney y Lillyfee como Gaga, Karma y Ghana como Roxy y Mokka como Heidi, la perrita de Nordon.

 

Eat Pray Bark es una feel-good movie, que cumple con la definición del género al que pertenece, uno durante y después de verla se siente bien. La película termina por decir que la solidaridad, la generosidad y el entendimiento son posibles. No sé si es cierto, pero qué lindo sería que lo fuera.

 

Gustavo Monteros