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viernes, 11 de septiembre de 2026

Mayday


 

No hay queja si uno sabe dónde se mete. Por las dudas las fotos y el afiche no me hubieran informado lo suficiente, después de ver el tráiler no me quedaba duda de que Mayday era una buddy movie, que cubría todos los lugares comunes del género.

 

(Por las dudas haya un despistado que no sepa qué es una buddy movie, le cuento que la inefable IA dice que “Una buddy movie (o película de amigos) es un subgénero cinematográfico que se centra en la relación, camaradería y dinámica entre dos protagonistas, tradicionalmente hombres.” No hay que creerle mucho a la IA porque es muy mentirosa. Pero en este caso, como se trata de una definición general le vamos a otorgar la razón.)

 

Confieso que del tráiler de Mayday, dos elementos me generaron una ligera atracción: el debut como héroe geriátrico de acción de Kenneth Brannagh y que transcurriera en la Rusia Soviética. Dado que su exprincesa de la actuación (o sea Emma Thompson) ya había debutado como heroína veterana de acción, no me sorprendía que él lo intentara.

 

(Emma anda a los tiros y patadas en la película Muerte en el invierno (Dead of Winter, Brian Kirk, 2025) y en la serie Down Cemetary Road, el misterio de Oxford, 2025).

 

Y por las dudas esté abriendo interrogantes, los cierro. Hay gente sorprendentemente joven a la que, sucesos anteriores a la pandemia, les resultan tan lejanos como el Medioevo, por eso aclaro que allá en los lejanos años ochenta del siglo XX, Emma Thompson y Kenneth Brannagh irrumpieron como la nueva pareja regia de la actuación inglesa, emulando a los legendarios Vivian Leigh y Laurence Olivier.

 

Esta relación espléndida tuvo sus altibajos, pero cuando trascendió que filmando Mary Shelley’s Frankenstein en 1994, Brannagh se había enamorado de su coprotagonista Helena Bonham Carter, Emma volcó su despecho en todos los medios británicos (los más amarillos ni les cuento cómo lo aprovecharon) con tanta vehemencia que Kenneth y Helena estuvieron a punto de perder la amplia popularidad que gozaban.

 

En septiembre de 1999 (¡estamos ya en el vigésimo séptimo aniversario de la separación! ¡Cómo vuela el tiempo!), Helena dijo: “Bye-Bye, Kenneth”, y Emma, si no cerró la herida, amansó su furia y comenzó a hablar de otros temas. Por eso es que relacioné el debut de Branagh en el heroísmo geriátrico con el de su expareja, doña Emma. Satisfecha la curiosidad por romances viejos, volvamos al film que nos ocupa.

 

Como estaba diciendo, aparte de Kenneth y su inicio en las patadas de vejete indomable, que el argumento de Mayday transcurriera en la Rusia Soviética también me atraía.

 

Troy (Ryan Reynolds), un intrépido (¿hay otros en las películas) piloto estadounidense, en una misión de espionaje, cae detrás de la Cortina de Hierro, bien lejos de una frontera salvadora. Pero su desgracia viene con suerte, lo rescata Nikolai Ustinov (Kenneth Branagh), un oso ruso devoto de todo lo yanqui.

 

(Otra digresión: el apellido de su personaje, Ustinov remite a Sir Peter, actor, escritor, director, al que, si no conocen, procuren conocer, ¡no se arrepentirán en lo más mínimo!, porque Peter Ustinov está en la exclusivísima categoría de los genios que en el mundo han sido)

 

Troy se escapa de la custodia de Nikolai y termina en un bar donde, todavía convaleciente, debe pelear por su vida. Por supuesto es rescatado por Nikilai.

 

Troy, como buen yanqui de película, pelea bien, pero Nikolai es una mezcla de John Wayne con Jackie Chan, o sea, un imbatible. Entonces una pregunta se impone: ¿cómo diablos aprendió a pelear así?

 

Obvio, ¡lo formó la KGB! ¡Era un interrogador! Es decir, ¡un torturador! ¿Por qué abandonó y se convirtió en un fan del capitalismo yanqui? Porque de seguir, podría haber tenido que torturar a su propia hija, Anna (Maria Bakalova), que, por esas cosas de la vida, se candidatea a segura enemiga del Estado Soviético.

 

Y acá viene la rareza de esta película. Ideológicamente es pro-yanqui, por supuesto. ¿Hay algún film Hollywoodense que no lo sea? Pero sin discutir el mandato autoimpuesto de que los Estados Unidos son los guardianes del mundo, los dueños del poder y del orden, aparecen en los considerandos de la conformación de los personajes de esta película unos cuantos grises.

 

Se dice por ahí que el ciudadano soviético es lo que es, porque le llenaron la cabeza, desde el nacimiento, con la convicción de que debe obedecer ciegamente al politburó. Pero esta asunción se complementa con la noción de que lo mismo le pasó al ciudadano norteamericano, solo que el signo político era el opuesto, le taladraron el cerebro con que le debía obediencia ciega al establishment capitalista. ¡Mirá vos!

 

Y cerca del final, Troy sacará, en el juicio, de la manga de su planchado uniforme, la carta imbatible: para el estado capitalista, la vida de los ciudadanos es secundaria o terciaria, ante la consecución de una suculenta ganancia. Pueden condenar a la muerte a generaciones, si el negocio que persiguen es bueno.

 

Además, se desliza aquí y allá que no hay libertad plena en Estados Unidos, que los derechos de la gente común y corriente se pisotean, que la lógica de las corporaciones se impone al cacareado republicanismo, que a la hora de la verdad vale la ley del más fuerte que la representación democrática.

 

Son cosas sueltas, pero están y llaman la atención en un film industrial. Por lo demás, es una buddy movie más. Hay química entre los protagonistas. Reynolds, como ya lo demostró contra Hugh Jackman, en Deadpool & Wolverine (Shawn Levy, 2024) sabe establecer dúos actorales, cuándo hacer el remate y cuándo dejar al otro que lo haga. Y Branagh, como buen actor británico, también sabe cuándo ponerse en la luz y cuándo dar un paso al costado. Hay alguna que otra línea lograda y alguna que otra situación bien planteada. Si uno está dispuesto a divertirse sin cuestionar demasiado trama ni trompadas, puede que la pase bien. ¿La recomiendo? No, cada uno entra por su cuenta y riesgo.

Gustavo Monteros


jueves, 14 de septiembre de 2017

Duro de cuidar

Como bien lo señala el afiche, Duro de Cuidar (The Hitman’s Bodyguard) es una buddy movie, en su variable comedia policial, motorizada por las avenencias y desavenencias de sus protagonistas, tal como lo requiere el género. El bueno de Ryan Reynolds es Michael Bryce, un especialista en seguridad para ejecutivos caído en desgracia. Su ex novia, Amelia Roussel (Elodie Yung, la Elektra de Daredevil y The defenders de Netflix) le pide que la ayude con Darius Kincaid (Samuel L. Jackson) un asesino a sueldo que debe presentarse a atestiguar en un juicio contra Vladislav Dukhovich (Gary Oldman), un feroz dictador bielorruso. Darius aceptó hacerlo para que el amor de su vida, Sonia (Salma Hayek) sea liberada de prisión. La tarea de Michael no será fácil porque un ejército de asesinos quiere callar a Darius para siempre.


Reynolds y Jackson llevan en el negocio lo suficiente para saber que deben complementarse para que la trama fluya y triunfe. Lo hacen a la perfección, a tal grado que hasta sus voces coordinan, cuando uno se pone en bajo, el otro juega de tenor y viceversa. Y así  logran que sean graciosas hasta las líneas nada brillantes, pocas por suerte. Salma está desternillante en un personaje que mezcla su propia latinidad con un toque de Sofía Vergara, que gracias a su Gloria de Modern Family es la reina de las sudamericanas rotundas y estridentes.


Toda película industrial norteamericana contemporánea, las denominadas pochocleras, debería venir con el subtítulo de Welcome to Movieland. Ya ningún film de esa procedencia puede verse como una pieza independiente, es tal el triunfo de la interrelación, de la intertextualidad que no son nada en sí mismas, sino el capítulo de una novela en progreso. Una buddy movie se mide en relación a todas las buddy movies que la precedieron. Tal como mencionamos, un personaje de caricatura pura como el de Salma se mide en relación a todas las latinas pulposas y gritonas que la antecedieron, incluso con algunas que ella misma interpretó. El film pochoclero existe según una lógica sustentada y alimentada en un equilibrio de imposibles, que dimos por posibles en inmensas suspensiones de la incredulidad. Tanto el perfil psicológico de los personajes como sus acciones o sus relaciones poco y nada tienen que ver con lo que llamamos realidad fuera del cine. El cine pochoclo es convención pura que vive dentro de convenciones ultra puras. Ya es un artefacto sofisticado, equiparable a la ópera o al ballet. Mucho debe darse por sentado para aceptar su sistema de signos y seguir una historia.


Es una paradoja que algo tan popular sea, al analizarlo en detalle, un producto de altísima sofisticación. Supongamos por un momento lo imposible: que a alguien que nunca jamás haya visto una película se lo lleve a ver un film pochoclero. No entendería nada. Le parecería delirante que aceptemos como si nada una sucesión de sinrazones y disparates, y ¡que la demos por “reales”! (aunque más no sea en el contexto de la ficción)


Esto me retrotrae a otra paradoja. Cuando comencé a ver cine, o a ser consciente de lo que era cine, allá a fines de los sesenta, el cine arte necesitaba una preparación previa, una advertencia sobre sus signos determinantes, sobre su disrupción de la narrativa tradicional, etc. En cambio, el cine industrial, apegado todavía a la gramática clásica, se explicaba por sí solo, no necesitaba prólogos ni pies de página. Hoy, en líneas generales, es casi al revés (nótese que he aprendido a ser prudente con mis generalizaciones), el cine arte tiende a explicarse por su cuenta, en tanto que el industrial necesita de ejemplos precedentes para ser decodificado.


Se dice que en el fondo somos chicos y que nos gusta que nos cuenten la misma historia. El cine industrial cumple dicho precepto a rajatabla. Siempre nos cuentan lo mismo de la misma manera. La cuestión es que de tanto relacionarse endogámicamente, más que una imagen es un juego de espejos enfrentados.


Filosofadas al margen, Duro de cuidar de Patrick Hughes entretiene con gozosa efectividad. Y como ocurre siempre con las formas que se fosilizan o estandarizan, son los actores los que dan vida a la velada. El trío ya mentado de Reynolds, Jackson y Hayek devuelven la entrada y el tiempo invertido con creces y de paso acrecientan nuestro afecto por ellos. No es poco. Para nada.

Gustavo Monteros

jueves, 25 de junio de 2015

La dama de oro



Para el resto del mundo, durante mucho tiempo el cuadro fue La dama de oro,  título asignado por los nazis cuando se lo robaron  para borrar todo vestigio de judaísmo, pero para ella, María Altman (Helen Mirren) era solo el retrato de su tía, Adele Bloch-Bauer, por el pintor Gustav Klimt.


Ya muy mayor, tras la muerte de su hermana y aprovechando una revisión en Austria de las apropiaciones llevadas a cabo por los nazis, Altman se propone recuperar el cuadro y contrata la ayuda de una abogadito, con poca fortuna y menos experiencia, Randol Schoenberg (Ryan Reynolds) sí, sí, como se subraya hasta el hartazgo en el film, es nieto del compositor Arnold.


Muertos los géneros (o en francas vías de extinción) por el cine de productores que rige hoy los destinos de la industria, esta Dama de oro es un híbrido de formatos: un poco de formato “basado en una historia real”, una pizca de formato de “buddy movie” (dúo de amigos improbables al principio por tan opuestas que son sus personalidades, e inseparables al final por el cariño que a pesar de las diferencias han aprendido a profesarse) más un toque de formato “David contra Goliat”.


La película (no lo es, pero de alguna manera hay que llamarla, en el fondo se parece más a la versión visual de un artículo de revista dominguera que se entrega con los diarios, así de leve e insustancial es) se distingue por la actuación de Helen Mirren, que inmediatamente después de Un viaje de diez metros (Lasse Hallström, 2014) entrega otra Gran Dama. Mientras que sus coterráneas Maggie Smith y Judi Dench huyen de las grandes damas como de la peste y prefieren personajes más aguerridos, Mirren abraza a estas señoronas elegantes, dignas, confianzudas y un tanto garconas, con un entusiasmo digno de otras empresas. Pero, insisto, como lo hace con entusiasmo y pasión, las termina por volver atendibles y hasta queribles.


A su lado, esta vez, el bueno de Ryan Reynolds que hace del abogado más sensible de la historia de la ficción. Sabrá Dios como es en la realidad Randol Schoenberg, pero en la versión de Reynolds es tan pero tan sensible que lloriquea todo el tiempo. No importa en realidad, el hombre tiene talento y procura exhibirlo para que le den papeles de más compromiso, hace bien, está listo para desafíos mayores. Daniel Brülh pone tal cara de bueno, que uno comienza a sospechar si, como en las novelas de espías, no es un “topo”, de los austríacos en este caso. No es así, pero la justificación de su personaje tarda tanto en llegar, que para entonces ya lo consideramos un bobo sin remedio. Katie Holmes hace de esposa comprensiva, Charles Dance de jefe autoritario y regio, Elizabeth McGovern y Jonathan Pryce hacen de jueces más o menos justos en algún momento, el talentosísimo Allan Corduner (quien fuera el compositor Arthur Sullivan en la maravillosa Topsy-turvy, Mike Leigh, 1999) hace de padre de Altman, Nina Kunzendorf de madre, Henry Goodman de tío y la bellísima Antje Traue hace de la dama del retrato. Y en una imagen, más que toma o escena, el versátil Moritz Bleibtreu hace de Gustav Klimt.


En resumen, una vez más, una actuación de Helen Mirren hace valedera la velada (valga la aliteración).Ah, dirigió Simon Curtis.

Gustavo Monteros