Y ya se sabe, el cine
de los hermanos Coen es versátil, ecléctico, proteico. Su amplia cinematografía
abarca ejercicios sobre el noir: Simplemente
sangre (1984), Miller’s crossing
(1990), Fargo (1996), El hombre que nunca
estuvo (2001), Sin lugar para los
débiles/No country for all men (2007); ejercicios sobre la comedia: Educando a Arizona (1987), El gran salto/The Hudsucker Proxy
(1994), El gran Lewoski (1998), ¿Dónde estás, hermano? (2000), El amor cuesta caro/Intolerable Cruelty
(2003), El quinteto de la muerte/The
Ladykillers (2004), Quémese después
de leerse (2008), Salve, César
(2016); ejercicios sobre el western Temple
de acero (2010) y ejercicios sobre el drama existencialista Barton Fink (1991), Un hombre serio (2009) e Inside
LLewyn Davis: Balada de un hombre común (2013).
Más allá de tanta
variedad de estilos, dos características atraviesan toda su cinematografía: una
cinefilia militante y un corrosivo sentido del humor. Características que se
agradecen y mucho.
Ahora tentados por el
gigante Netflix, pensaron primero hacer cortos o mediometrajes ambientados en
el Lejano Oeste, pero después optaron por el viejo y querido formato de
película de episodios, formato en el que no habían incursionado. Formato que
hoy tiene la vara muy alta gracias a Damián Szifrón y sus Relatos salvajes (2014).
Son seis relatos. Tim
Blake Nelson protagoniza el primero (el más delirante) y que le da título al
conjunto: The Ballad of Buster Scruggs.
James Franco protagoniza Near Algodones,
un relato armado en apariencia para llegar a un antológico chiste final. Liam
Neeson protagoniza el amargo Meal ticket.
Tom Waits protagoniza una fiel transcripción (incluidos animales que huyen del
hombre cuando llega al valle y que regresan cuando se va) de un gran cuento de
Jack London: All Gold Canyon. Zoe
Kazan protagoniza otro relato adaptado, esta vez la autoría original es de
Stewart Edward White: The Gal Who Got
Rattled, en el que un perrito no tiene un rol menor precisamente. Y por
último Brendan Gleeson, Tyne Daly, Saul Rubinek, Jonjo O’Neill y Chelcie Ross
protagonizan The Mortal Remains, un
delicioso juego existencialista.
Como sucede con los
mejores trabajos de los Coen (y este figura entre ellos) uno se enamora, y sabe
que no será esfuerzo alguno revisitarlos una y otra vez.
Hablando de veces,
muchas veces se ha acusado a Ethan y Joel Coen de ser unos misántropos
incurables detrás de tanto fuego de artificio. No estoy tan seguro, pero de ser
así, deben ser los mejores filósofos de las peores opiniones sobre el ser
humano.
The Ballad of Buster Scruggs puede verse en Netflix. Hoy,
mañana o pasado no se la pierdan. Es goce puro.
Moby Dick es más eterna que
los laureles del himno que supimos conseguir. Y le debe la eternidad a su
inexorabilidad. Es inexorable la obsesión del Capitán Ahab por la bestia blanca
y es inexorablemente inatrapable su metáfora esencial. ¿Equivale la ballena a
la Naturaleza desatada e indomable? ¿Es la personificación del mal, de lo
monstruoso, de lo no humano? ¿Es la imagen de la locura, de la muerte,
misterios incognoscibles para el humano cuerdo o vivo? Cada nuevo lector tiene
su versión. Todas válidas. Muchas confluyen, muchas se contradicen. Ninguna
abarca el enigma por completo. Herman Melville dio con el secreto de la vida
eterna… al menos en la Literatura.
Moby
Dick
siempre se consideró “infilmable”. En el lejano año 1930 hubo una versión, en
apariencia nada fiel a la novela con el “larger than life” John Barrymore como
Ahab, dirigió Lloyd Bacon, prolífico e ubicuo artesano de los grandes estudios
que en sus cortos 65 años dirigió la friolera de 130 películas. Y claro, ya es
historia, la filmación de esta novela fue una de las obsesiones más pertinaces
del maestro John Huston. Cuando se habla de novelas “infilmables”, en general
nos referimos a que no se dejan “guionar” como otras que acceden más fácilmente
a la pantalla. Huston que ya tenía la producción lista y al protagonista, el irrepetible
Gregory Peck, comisionó nada más ni nada menos que a Ray Bradbury, para que
desentrañara el meollo de la imposibilidad de no dar con un guión “filmable”.
Prácticamente lo secuestró en una casona irlandesa y Bradbury pudo hallar una
solución al problema, apartándose a Londres, peripecia que cuenta con gracia
impar en Sombras verdes, ballena blanca,
libro de 1992 que recomiendo profusamente. La Moby Dick de John Huston dista mucho de ser la versión definitiva
del clásico de Melville, pero se le aproxima bastante. En 1998, Hallmark que
mucho hizo por la explotación del inmenso talento de Patrick Stewart produjo
una miniserie muy digna, en la que reservó como homenaje un papel para su
majestad Gregory Peck.Después hubo un
par de versiones más, que no superaron la medianía y que se salvan del olvido
total por la minuciosa preservación de datos de los archivistas furiosos.
Los profesores de
literatura, por sobre todos, insisten en que Hollywood nos debe una versión de la
novela en la que se haga gala de todos los adelantos tecnológicos. Estos
señores sostienen que es más fácil “venderles” un clásico a sus alumnos si hay
una versión fílmica a la cual referirse. Ahora la deuda se paga, a medias. No
llega la película de la novela, sino la película del hecho en que se basó la
novela.
En 1819, el ballenero Essex
es destrozado e hundido por un cachalote tan o más grande que elpropio barco. En 1851, Melville (Ben Whishaw)
entrevista al renuente Tom Nickerson (Brendan Gleeson) que fuera el más joven
sobreviviente de la tripulación del Essex. Nickerson le contará las disputas
entre el capitán, George Pollard (Benjamin Walker) y el primer oficial (el
héroe de la película) Owen Chase (el musculoso Chris Hemsworth, más conocido por
Thor de Marvel), y las peripecias del
infortunado viaje que concluyó en naufragio y dura supervivencia de sus
tripulantes, interpretados por, entre otros, Tom Holland (Nickerson de joven),
CilianMurphy, Paul Anderson, Frank
Dillane, Joseph Mawle, Edward Ashley, Sam Keeley, Osu Ikhile, Gary Beadle y
Jamie Sives.
A pesar del placer que da
ver en la misma escena al ascendente Ben Whisham (entre otras cosas el nuevo Q
de los dos últimos Bond), al inmenso en todo sentido Brendan Gleeson y a
Michelle Fairley (que en las primeras temporadas de Game of Thrones fuera la matriarca Catelyn Stark, de terrible
destino como el de casi todos los personajes de esa serie), lo mejor de En el corazón del mar pasa precisamente…
en el mar. Y si bien por momentos se nota mucho la digitalización, en otros los
adelantos técnicos prestan épica grandeza al asunto.
Dirigió el también ubicuo y
prolífico Ron Howard (entre muchas otras, Splash,
1984, con la sirena Daryl Hannah y su enamorado Tom Hanks; Cocoon, 1985 sobre ancianos que recuperaban la vitalidad gracias a
maniobras extraterrestres; Willow,
1988, película de fantasía, sobre reinas malas, enanos reacios y esas cosas,
con Val Kilmer y la grandiosa Jean Marsh; Todo
en la familia, 1989, inolvidable comedia familiar con Steve Martin, Mary
Steenburger, Dianne Weist, ¡Jason Robarts!, Rick Moranis, Tom Hulce, y los por
entonces incipientes Keanu Reeves y Joaquin Phoenix; Llamarada, 1991, una de bomberos, en la que apagaban el fuego Kurt
Russell y Robert De Niro entre otros notables, Un horizonte lejano, 1992, western bastante flojo, pero buen
vehículo para el lucimiento de Tom Cruise y sobre todo de Nicole Kidman, que
comenzaba a mostrar estatura de gran actriz; El diario, 1994, lograda comedia coral con Michael Keaton, Glenn
Close, Robert Duvall, la impar Marisa Tomei y el inolvidable Jason Robarts,
entre otros; Apolo 13, 1995, con este
muchachito, no sé si lo ubican, ¿Tom Hanks?; El rescate, 1996, vibrante remake de un viejo thriller de los
sesenta con un magnético Mel Gibson, el siempre excelente Gary Sinise y la
deslumbrante Rene Russo; Edtv, 1999,
creativa comedia sobre reality shows con Mathew McConaughey y Woody Harrelson
(siglos antes de su destacable True
Detective, primera temporada, Jenna Elfman, Elizabeth Hurley y alguien que
debería hacer más cine, Ellen DeGeneres; El
Grinch, 2000, con este muchacho carismático que sin duda deben conocer:
¿Jim Carrey?; Una mente brillante,
2002, por la que ganó un Óscar, con el matemático en problemas de Russell
Crowe, que había ganado el suyo el año anterior con el Gladiador; y sin obviar sus exitosas , en taquilla, no en logros, versiones
de las novelas de Dan Brown, El código Da
Vinci, 2006, y Ángeles y demonios,
2009, ambas con el gran Tom; pasamos a sus más presentables colaboraciones con
el gran guionista inglés Peter Morgan:
Frost/Nixon-La entrevista del escándalo, 2008,y Rush-Pasión
y gloria, 2013, sobre la rivalidad entre los pilotos de Fórmula Uno, Nikki
Lauda y James Hunt, en la que dirigió también al rubio Chris Hemsworth que hacía
de Hunt.
Ron Howard, como se
comprueba por su currículo, es un buen narrador, se adapta con comodidad al
género que le toca, dirige bien a los actores, pero su obra es un poco lavada,
efectiva pero impersonal y depende de las bondades del guión para coronar con
gloria la faena. El de En el corazón del
mar, no es malo, pero tampoco particularmente bueno, aunque da pie a una
buena película de aventuras, que más se disfruta cuánto menos se le pide. Por
lejos no es el habitual engendro pochoclero deproductor descerebrado.
En resumen, buena, si se le
perdona también un subrayado ecológico que tiene más que ver con la ideología y
la creencia de estos tiempos que con las de los tiempos en que transcurre la
acción.
Calvario de John
Michael McDonagh (El guardia) es un
whodunit al revés, esta vez no se trata de saber quién lo hizo sino de dilucidar
quién lo va a hacer. Al padre James (el inmenso, en todos los sentidos de la
palabra, Brendan Gleeson) en el confesionario le dicen que van a matarlo tal
día en tal lugar. El futuro asesino (al que el padre no puede verle la cara por
la mirilla) confiesa que años atrás, de niño, fue abusado por un cura y como
este cura ahora está muerto, ha elegido al padre James como el representante de
la iglesia que debe pagar con su vida el ultraje sufrido.
Comienza
entonces el padre James (que dista mucho de ser modelo de santidad) el calvario
del título hasta llegar a la fecha fijada. Ante su rotunda y luminosa humanidad
desfilará una serie de personajes, que mejor no describir en detalle para no
arruinar sorpresas. Bástenos decir que todos son muy peculiares y muy difíciles
de olvidar.
Calvario es
una tragicomedia. Con mucho humor del mejor. Para colmo de bondades, irlandés y
por momentos negro retinto. Siempre efectivo y gozoso.
John
Michael McDonagh logra un film inclasificable en el fondo, porque es tanto un
policial en ciernes, un western metafísico, un drama de consciencia y una
morality play (esa parienta del auto sacramental) en la que todos los
personajes representan distintos atributos morales.
Quizá
parezca hasta ahora que todo es demasiado “católico”, lo es, pero es también
universal, porque el dolor, la estupidez y el heroísmo lo son.
A
Brendan Gleeson le basta aparecer para despertar toda nuestra empatía y el
resto del elenco que incluye caras vistas en series y películas y otras no tan
reconocibles (Chris O'Dowd, Kelly Reilly, Aidan Gillen, Dylan Moran, Isaach De
Bankolé, M. Emmet Walsh, Marie-Josée Croze y David Wilmot) exuda excelencia.
En resumen, insoslayable, disfrutable,
imperdible.
Uno jamás envejece en el espejo
propio. Por mirarnos día tras día nos amigamos con las canas que ya no son
esporádicas sino frecuentes, con las arrugas y palideces que ya no son las del
sueño sino las de la edad. Tampoco envejecemos en los espejos de los que nos
circundan. Extendemos la generosidad que nos concedemos también a ellos. Pero
un día nos chocamos con alguien de nuestra edad a quien no vemos desde hace
tiempo y pensamos, aunque no lo decimos, a la mierda qué viejo está, y más
tarde que temprano nos damos cuenta de que nosotros también ya somos gallos viejos.Es en el espejo de los prójimos no tan
próximos donde notamos los estragos del tiempo. Robert Redford, Sam Elliot, Susan
Sarandon, Nick Nolte y Julie Christie eran jóvenes cuando yo era un tierno
adolescente. Ahora ya doblé la cincuentena y ellos están más que maduros. A
Chris Cooper, Richard Jenkins, Brendan Gleeson y Stanley Tucci los conocí
después, pero ya tampoco se cuecen en el primer hervor. Y sería utópico
reconocerme en el espejo de Shia LaBeouf, Anna Kendrick oBrit Marling, cuando no llegó ni al de
Terrence Howard con sus diez años menos que los míos. Acabo de nombrar, claro,
al elenco de Causas y consecuencias (The
company you keep), culpables no de tirarme encima una chorrera de años, que
de eso se ocupó la vida, sino de hacerme percatar de que ya los tengo encima.
Primero aparece Susan Sarandon y uno ya no piensa qué buena que está sino qué
bien lleva la madurez, la piedad más que bien intencionada es tendenciosa,
queremos que nos abarque. Después aparece Robert Redford y la cosa se pone un
poco patética, se supone que su personaje era veinteañero a principios de los
setenta, cuando en realidad él era veinteañero a mediados de los cincuenta,
encima tiene una hijita de la que más que padre, debería ser abuelo. Está bien
que el tiempo plancha las diferencias, que pasada la cuarentena, los lustros de
distancia importan poco o se notan menos, pero no tanto, Robert, no tanto.
Robert Redford, Susan Sarandon, Julie
Christie, Nick Nolte y Richard Jenkins pertenecían a grupos de activistas que
protestaban contra la guerra de Vietnam, un buen día, algunos de ellos, viendo
que no lograban mucho, se radicalizaron y comenzaron actos de terrorismo, una
bomba acá, un robo más allá y esas cosas. Pero un asalto salió tan mal que hubo
un par de muertos, y los supuestos responsables pasaron a la clandestinidad o
más bien a metamorfosearse en otras personas para escapar al castigo. Ahora un
inflexible representante del FBI (Terrence Howard) los persigue y un periodista
(Shia LaBeouf) quiere desentrañar los secretos que los hechos ocultan.
Causas
y consecuencias es todo lo progre que puede ser una película yanqui.
Como es bien intencionada le tendremos piedad y no señalaremos las
contradicciones que ostenta. ¿Para qué? Un yanqui progre es mejor que un yanqui
conservador pero sigue siendo hijo de una sociedad que avanza en base a
antinomias que no asume. El tiempo envejece pero no cambia al imperio. El guión
no es tan pomposo como el de las dos o tres últimas películas que dirigió
Redford, con buena voluntad, tiene algo de thriller y el inmenso talento y
carisma de los actores lo hacen seguidero y entretenido, aunque Robert, por
aquello de que el zorro no pierde las mañas, no puede evitar la solemnidad que lo
caracteriza, su escena con Julie Christie es tan envarada como acto académico.
Algunos personajes, como el de Howard, Tucci y LaBeouf rozan el estereotipo
puro, pero los actores lo superan con encanto y pasión. El final mucho no
cierra y es tan dulce que repugnaría a un goloso. Ah, y ¿qué diablos pasa con
el personaje de Susan Sarandon? La trama la pierde y la deja en el olvido.
Reparos al margen, no es mala y entretiene. Además siempre es gozoso ver todos
esos nombres juntos.
“Ahora somos una historia que se le
cuenta a los más jóvenes”, dice Richard Jenkins por ahí. Y sí, sobre todo por
Redford, la Christie, la Sarandon, que estuvieron en algunos títulos ahora
clásicos, la película se viste de nostalgia y revisita sus leyendas. A la
salida me imaginaba contándole a mi sobrina quienes eran estos viejos. Tendría
que empezar con: Cuando yo tenía tu edad e iba al cine, ellos protagonizaban
las películas que había que ver…
"Hay algo tan profundamente conmovedor en la vida de
Albert que nunca dejó de emocionarme”: dijo Glenn Close en un reportaje. Y sí,
es así. Albert tiene la rigidez y ese aire absurdo de los hombrecitos de
Magritte, el dulce patetismo del Carlitos de Chaplin y el despiste de un
mozambiqueño en el Ártico. Es que por más que conozca la rutina de su papel,
sus líneas, las entradas y las salidas, allá en el fondo está un poco perdido.
Bueno, un poco no, muy. Es que Albert no es Albert, es Albertina. Y es Albert no
por elección o identificación, no. Es Albert por accidente, por supervivencia. No
era fácil ser huérfana en la Irlanda del siglo XIX. Nunca lo es, pero a veces
es incluso más difícil. A los 14 años, después de una experiencia traumática
como pocas, consigue un trabajo de una noche como mozo. Y no tarda en advertir
las ventajas del rol, que nadie le presta mucha atención al sirviente perfecto,
ése que no nota los secretos y las impudicias, el que se confunde con la pared
contra la que se apoya. Entonces huye y es Albert. Pero la fuga es también una forma
de prisión. Otra. No hay libertad en el engaño. En la omisión quizás, pero no
en el engaño. Después de tantos años de máscara y disfraz, ya no sabe qué
desear. A veces pareciera que quisiera ser un hombre, otras, una mujer. Tiene
un sueño. Modesto. Que lo impulsa a un pragmatismo confundidor. Una noche
accidentada lo hará entrever que quizá sea posible ser feliz. Si tan sólo…
El secreto de Albert
Nobbs es un viejo y
querido proyecto de Glenn Close. El original es una “novella” o cuento largo de
George Moore que se convirtió en una obra de teatro que Close protagonizó en el
off-Broadway en 1982. Primero barajó hacerla película con István Szabó con
quien trabajó en Encuentro con Venus
(1991). Terminó haciéndola con Rodrigo García con quien hizo Con sólo mirarte (1999) y Nueve vidas (2005).
García tiene sensibilidad, discreción y respeto por sus
personajes, maneja los actores, sobre todo las actrices con firmeza y empatía.
Cualidades que Glenn, veterana de varias guerras artísticas, aprecia y
agradece, más en este caso, en que no sólo era el eje sino el mismísimo motor
del proyecto. Escribió el guión, la letra de la canción, produjo el film, eligió
casi todo el elenco y las locaciones principales. Sólo le faltó lo del plumero o
la escoba ya sabemos dónde…
Y no lo hizo del todo mal. El guión es perfectible pero
bueno, la canción es poética y sentida, a la producción no le falta nada y el
elenco es soñado. Mia Wasikowska (la Alicia
de Tim Burton) y Aaron Johnson (el glorioso Kick-ass)
no fueron las primeras opciones, eran Amanda Seyfried y Orlando Bloom, pero
como están más ocupados que yo los lunes, no pudieron participar, aunque
alcanzaron a ensayar, de allí que aparezcan en los agradecimientos. Wasikowska
está muy bien con su “damita joven”, Johnson no del todo en su galán con
ingredientes. Pauline Collins (la inolvidable Shirley Valentine, 1989), que tanto sufriera junto a Glenn desandando
el Paradise Road (de Bruce Beresford,
1997), está de rechupete como la dueña del hotel. Jonathan Rhys Meyers y John
Light, que fueran hijos de Glenn en Un
león en invierno, lucen esta vez más apostura que talento, pero no es culpa
de ellos sino de los que les toca en suerte. Brenda Fricker, Antonia
Campbell-Hughes, Maria Doyle Kennedy, Mark Williams, James Greene son un personal
de cocina-comedor de lujo. Phyllida Law, la mamá de Emma Thompson, se hace
notar entre los huéspedes. Pero mis favoritas en este film, aparte de Glenn,
claro, son Janet McTeer (también travestida y nominada a varios premios al
igual que Glenn) que hace de Hubert Page, un pintor de brocha gorda de lo más
seductor y Bronagh Gallagher como Cathleen, una simpática y cálida modista. Y
dejo para el final al inmenso Brendan Gleeson, que es el médico. De talento tan
rotundo como su figura. Que sea él quien lleve adelante una de las escenas
claves me mató. Su humanidad es tan luminosa que es imposible no conmoverse.
A Glenn Close ya no le falta nada, salvo ganar un Óscar. Ella
sonríe y dice: “A menudo se me confunde con Meryl Streep, pero nunca en las
noches de los Óscars.” Lleva seis nominaciones sin ganar. Comparte el podio de
las seis nominaciones sin premio con Deborah Kerr y Thelma Ritter (pavada de
compañía). Ya se le dará o no. No importa, todos tenemos un personaje favorito
de Glenn y eso pesa más que el pisapapeles dorado “parecido a mi tío Óscar”.
Hoy no sé si a la larga su Albert/Albertina superará en mi memoria a Iris
Gaines (El mejor), a Maxie (Maxie), a Alex (Atracción fatal), a la marquesa Isabelle de Merteuil (Relaciones peligrosas), a Sunny von
Bülow (Mi secreto me condena), a la
Sra. Farraday (El secreto de Mary Reilly),
a la reina Gertrudis (Hamlet), a la
Primera Dama de Marte ataque, a la
vicepresidente de Avión presidencial,
a la Camille de La fortuna de Cookie,
a Cruella de Vil de Los 101 y 102 dálmatas, a la Leonor de Aquitania
de El león en invierno o a la Patti
Hewes de Damages, lo que es seguro es
que logró otro hito en su carrera y que tiene razón, Albert es conmovedor y se
vuelve inolvidable.
Eso sí, el chico del pasillo sabe que Albert y Hubert algo
esconden. Aunque más no sea porque su mirada es limpia. Se puede engañar a los
adultos, pero nunca a un niño. A veces no hay sabiduría mayor que la
ingenuidad.
Puedo ver un bodrio con Bette Davis o Humphrey Bogart con la
misma fascinación con que descubro intrincadas sutilezas en un film de Bergman.
Después no me arrepiento ni siento que perdí el tiempo. Quizá porque considero
cada encuentro con una película, un libro, un cuadro, un disco, etc. como un
diálogo. Y como en la vida cotidiana, no todas las conversaciones son
brillantes, las cenas, exquisitas y las citas, maravillosas. Los actores a
veces se equivocan y eligen un proyecto que no los favorece. Sin embargo
pusieron el cuerpo, se maquillaron y cambiaron, aprendieron las líneas y
expusieron su talento. Hay actores con los que siempre me gusta dialogar, sin
importar qué sea donde se hayan metido. Cuando estudiaba teatro, a veces nos
preguntábamos unos a otros si habíamos visto tal o cual película. La respuesta
podía ser escueta pero contundente: “…y estaba Mastroianni”. Si pertenecíamos a
la secta que admiraba al divino Marcello, sabíamos que no debíamos perdernos
esa película aunque se nos fuera en la entrada la plata del boleto de vuelta,
lo que nos obligaba a colarnos en el tren.
A lo que voy es que más allá de cómo fuera el resultado
final, no me iba a perder una película con Brendan Gleeson, Dan Cheadle, Liam
Cunningham y Mark Strong. Me encanta dialogar con ellos por separado y la
perspectiva de charlar con todos juntos anticipaba una fiesta. Si después, más
que una fiesta, era un encuentro pedorro, no me iba a lamentar, la vida es un
riesgo que se corre con cada elección.
Y fue una fiesta nomás. Desconcertante en un principio. Sin
globos, sandwichitos ni torta pero con mucha bebida. Arranca como una buddy
movie (comedia liderada por dos actores con personajes contrapuestos) pero
irlandesa. Con todo lo que eso implica. O sea con unhumor salvaje, para decirlo en un eufemismo.
A un peculiar sargento de policía (Brendan Gleeson) de un
pueblo costero (el último de los independientes, se define), le asignan un
agente de Dublín (Rory Keenan). Y al agente, que tenía pinta de coprotagonista,
al ratito ¡lo matan! Hay un entrevero con drogas que trae a un representante
del FBI (Dan Cheadle), que, como nosotros, cada vez que abren la boca, dudará
si se trata de una broma mayúscula o de la inaprensible idiosincrasia de un
pueblo inclasificable. Es lo último, claro. ¿O la reformulación de tramas tan
antiguas como el mundo traducidas al irlandés?
Por momentos todo es muy post Tarantino, por los diálogos
digresivos. En otros, todo es muy post Martin McDonagh (Escondidos en Brujas) de tan irlandés, macabro, vital y regocijante.
Las subtramas de la viuda (Katarina Cas) y de la madre moribunda (Fionnula
Flanagan) podrían virar hacia el melodrama y desembocan, sin embargo, en la
poesía pura. Los personajes parecen brutos y son más cultos que críticos
literarios. Los maleantes podrían ser candidatos al Premio Nobel de la Paz.
Total, si se lo dieron a Obama. Como Driver
(que finalmente no se estrenó en estos parajes) todo terminará en el viejo y
querido western, con sus duelos a pistoletazos más un final que remite al mismo
cine de tan cínico y postmoderno.
Brendan Gleeson vale el doble de su peso en oro. Mark Strong
está perfecto, no al borde de un ataque de nervios, sino al borde de un ataque
filosófico. Liam Cunningham destella en un personaje que ostenta la
norteamericanización como mácula. David Wilmot, no lo ofendamos, es sociópata
no psicópata, y más vale que no le falte el litio. Las damas, como en todo
cuento irlandés, por lo que se ha visto ficción machista como pocas, detentan
los secundarios con ímpetus de primadonna y vaya que se hacen notar. Dan
Cheadle es nuestro alter ego en el film, va de la fascinación al desconcierto
pasando por el repudio. Como él, parpadeamos de asombro y más de una vez
tragamos saliva para no escupirlos en la cara.
En fin, esta opera prima del guionista John Michael McDonagh
redondea una velada que persiste en la memoria. Sobre todo por el arte de
actores que no decepcionan. Jamás. Y con los que siempre nos gustará dialogar.
Gracias Dios por ellos. Y por Humphrey, Bette y Marcello también.
¿Puede un asesino profesional respetar tanto la vida como para estar dispuesto a inmolarse? ¿Puede un asesino profesional ser noble, bueno y solidario en su vida privada? ¿Puede un asesino manejarse con una ética tan inclaudicable como para avergonzar al resto de los mortales por volubles e irresponsables? No lo sé, no conozco a ningún asesino profesional para preguntárselo. Ni tampoco quiero conocer alguno, de modo que quedaré sin respuestas y dejaré las preguntas en el campo de lo retórico.
Aunque, por ejemplo, Una pistola en venta, una novela de Graham Greene y Escondidos en Brujas ensayan especulaciones al respecto.
Escondidos en Brujas es la primera película de Martin McDonagh, un dramaturgo angloirlandés muy talentoso. De él acabamos de conocer su obra The Pillowman en una buena puesta de Enrique Federman, con logradas actuaciones de Carlos Belloso, Carlos Santamaría, Vando Villamil, y con Pablo Echarri en el protagónico. En un rol muy exigente, Echarri desnudaba todas sus limitaciones actorales, pero también exhibía una encomiable voluntad de superarlas. Creo que era consciente de no redondear una actuación destacada, pero su trabajo evidenciaba disciplina, rigor, humildad y una confianza ciega en el director. Actitudes que tarde o temprano hacen llegar a buen puerto.
A juzgar por The Pillowman y Escondidos en Brujas, a Martin McDonagh le obsesionan la naturaleza del relato, la violencia y el abuso infantil. Le gusta hacer reflexionar sobre cómo se articula el relato a medida que lo cuenta. Para él, todo relato es un engaño y quiere ser lo más honesto posible en la preparación de la trampa en la que nuestra ingenuidad y apetencia de entretenimiento nos harán caer.
Sus personajes pueden ser dignos, contenidos y civilizados, pero se expresan mejor en el caos y la locura de la violencia.
Y debe haber tenido una infancia terrible o la pérdida de su inocencia debe haber sido muy traumática. Sus niños son siempre brutalmente maltratados física o psicológicamente. Los asesinos de Escondidos en Brujas son más piadosos que los padres de The Pillowman, pero sin proponérselo le hacen un daño irreparable a una criatura.
El punto de partida es idéntico al argumento de la celebrada y muy representada pieza de Harold Pinter, El montaplatos. Sólo que aquí, los dos asesinos ingleses (Brendan Gleeson y Colin Farrell) esperan las órdenes de su jefe (Ralph Fiennes) “de vacaciones” en Brujas. Vienen de un trabajo que salió mal y cuando las órdenes lleguen, se desatarán los conflictos y abundarán las sorpresas.
Como buen angloirlandés a Martin McDonagh le encanta provocar. Elegirá un camino distinto al del genial dramaturgo angloirlandés George Bernard Shaw, sumo pontífice de la provocación y la polémica. Bernard Shaw daba vueltas nuestras creencias y convicciones más arraigadas para echarnos en cara el absurdo y las contradicciones de las mismas. Martin McDonagh opta por un método más visceral, no tan intelectual: procura escandalizarnos. Casi no hay línea en la que no utilice un insulto o una mala palabra. Sus personajes expresan pensamientos alejadísimos de lo políticamente correcto. Como en las obras de los adolescentes, se habla impúdicamente de detalles de la práctica sexual, algo que en una edad más madura aprendemos a callar, no por timidez, censura o represión, si no por delicadeza, pudor o buen gusto. Y los efectos de la violencia se muestran en toda su desagradable y sangrienta tangibilidad, a veces un poco gratuitamente.
No cabe duda de que ésta es la película de un dramaturgo. El armado de las escenas es impecable, el diálogo es magistral en su desmesura y carnalidad, y no hay personaje, por pequeño que sea, que no termine integrado armónicamente en la trama.
Brendan Gleeson es un actor enorme, su expresividad es tan potente como rotundo es su físico. Colin Farrell, como en El sueño de Casandra de Woody Allen, demuestra ser un muy buen actor en pleno dominio de sus recursos actorales, preparado para enfrentar cualquier desafío. El uso que hace aquí de su voz es singular y muy creativo. Ralph Fiennes confirma lo que ya sabemos, que el actuar bien no tiene secretos para él.
La dirección de arte es maravillosa. No es para menos. Brujas es una ciudad bellísima y los cuadros clásicos que nos muestran son devastadores en su maestría.
En resumen, un film excelente. Y cosa extraña en estos días, un entretenimiento para adultos sumamente inteligente. El único pero sería que algunos espíritus sensibles podrían ofenderse por algunos dichos y la representación tan gráfica de alguna escena de violencia. Aunque es necesario aclarar que estas escenas no son arrojadas sorpresivamente para asestar golpes bajos, hay siempre una preparación previa y es posible evitarlas mirando la parte inferior de la pantalla.
Cantémosle piedra libre a estos Escondidos en Brujas, se lo merecen por tanto despliegue de talento.