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viernes, 6 de junio de 2025

Querido diario - Hoy: Sinners


 

La película se abre con una voz en off que nos recuerda creencias míticas ancestrales. Menciona leyendas que giran alrededor de músicos capaces de hacer una música tan verdadera que conjura personas que vivieron en tiempos diferentes y que rasga el velo que separa la vida de la muerte. Estos músicos pueden curar (tanto física como espiritualmente) comunidades, pero atraer a la vez el mal (entendido como un absoluto).

 

De inmediato muestra a un músico cansado, sangrante, con la cara arañada, que maneja un auto y llega a un templo rural en pleno servicio religioso. Cuando baja del auto, el músico empuña una guitarra rota. Al entrar en el templo, comprendemos que el oficiante es su padre y que le pide que entregue el instrumento, en el sentido de abandonar la música. El músico se muestra reacio.

 

O sea que apenas iniciada, la narración exhibe las dos vertientes por las que hará transcurrir la trama: la música y el mal. Esto viene a cuento para subrayar que la homogeneidad del relato es sólida y no vacilante, como se dijo por ahí, que arranca para un lado y termina para el otro.

 

Es que, al director y guionista, Ryan Coogler, le quedaron como dos películas, una musical y otra de terror. La primera más singular y la otra, más convencional, genérica. Y eso puede confundir al apresurado que no se detiene a discernir. Porque en realidad, una deriva en la otra.

 

Estamos en las tierras del Sur de los Estados Unidos, a fines de los años veinte, comienzo de los treinta. Y los negros son respetados más en la apariencia que en la realidad.

 

Los hermanos mellizos, Smoke y Jack (ambos interpretados por Michael B. Jordan) vuelven a su pueblo natal a gerenciar un bar con músicos en vivo que inaugurarán esa mismísima noche.

 

El regreso nos permitirá conocer los amores que tuvieron, los pleitos que dejaron atrás y los conflictos sin resolver. Y entre las historias a conocer está la de Sammie Moore (Miles Caton), el músico del principio.

 

Esta primera parte es casi antropológica. Conocemos cómo viven, piensan y, sobre todo, cómo hace música esta gente. Sin embargo, a pesar de que la música está en primer plano, el personaje de Sammie se pierde, ante la apabullante star-quality de Michael B. Jordan, que encima viene multiplicada por dos.

 

Sammie debiera ser el epicentro de la historia, y los personajes de Michael B. Jordan los posibilitadores del marco narrativo para que surja el choque de la Música con el Mal (así en mayúsculas).

 

En los papeles es así, pero en la realización la empatía que genera Michael B. Jordan con solo aparecer y estar en el plano, desdibuja y no poco el diseño narrativo.

 

Los hermanos que hace Jordan posibilitan que la historia ocurra, pero no la lideran, no la conducen. Algo que puede confundir porque las estrellas, por definición y designio, son las que generalmente hacen la historia. No es este el caso.

 

Presentados los personajes, con nuestras simpatías creadas hacia unos y hacia otros no, comienza la segunda parte: la aparición del mal.

 

La herramienta elegida para diseminarse es el cuerpo y alma de Remmick (Jack O’Connell) A poco de entrar en escena se consigue dos secuaces: Joan (Lola Kirke) y Bert (Peter Dreimanis), activos militantes del KKK (versión “natural” del mal en contraposición de la supernatural que encarna Remmick)

 

El tráiler oculta con destreza la forma que adopta Remmick para propagar su maldición, así que no cometeré spoiler y no adelantaré nada. Eso sí, permítaseme decir que Jack O’Connell exhibe un talento para la música que le desconocíamos hasta ahora. Y su voz es también muy agradable en el canto. El muchacho se está convirtiendo en todo un catálogo de virtudes.

 

No soy un experto en cine de terror, frecuento muy poco el género, pero lo que aquí se ve me pareció efectivo y atrapante. Aunque más no sea por la lógica de ver (o adivinar) quién vive (o sobrevive) y quién no.

 

Sinners (2025) tuvo una preventa larguísima. Los primeros avances aparecieron unos 7 meses antes de su estreno. Mercadeo que no siempre juega a favor, puede saturar. Eso no pasó esta vez.

 

Se estrenó y fue un gigantesco éxito de público y sorpresivamente (o no) de crítica. Ryan Coogler es un director talentoso y astuto. Pero tiende a tomarse su material demasiado en serio, lo que redunda en una solemnidad involuntaria. Aquí ese defecto no es tan patente. Ligeros toques de humor disuelven la pomposidad y la seriedad surge de la necesidad de la historia, no del estilo.

 

Solo queda razonar el porqué del título. ¿Quiénes son los pecadores (sinners)? Y ¿por qué? Habrá tantas teorías como espectadores tenga la película. Para mí son los que necesitan de un músico excepcional para sanar sus males físicos y espirituales. Lástima que los músicos vengan con sombras no invocadas.

Gustavo Monteros

jueves, 2 de octubre de 2014

¿Puede una canción de amor cambiar tu vida?




Me siento a ver esta película a regañadientes. Estoy más para una de tiros y no para una de amor con música. Para colmo, si bien respeto a Keira Knightly y a Mark Ruffalo, no están entre mis favoritos. Ella porque apuntó a la corrección en papeles que exigían pasión (ejemplos: Expiación, deseo y pecado o Nunca me abandones) y por los que unas más jóvenes Meryl Streep, Emma Thompson o Susan Sarandon hubieran asesinado a sus madres para conseguirlos. Él porque, aunque talentoso, tiene una fea voz y tiende a ser monocorde con su histrionismo.


A los 10 minutos creo que al afiche tendrían que añadirle una leyenda que dijera: “Abandonad toda esperanza los que pretendan originalidad de algún tipo”.


A Gretta (Keira Knightly), una talentosa cantautora la engaña su novio (Adam Levine), también un talentoso cantautor, quien está cegado por la fama, ya que de la noche a la mañana se convirtió en una superestrella. Mientras que Dan (Mark Ruffalo) rumia problemas con cigarrillos en cadenas y tragos ídem, el pobre es un productor discográfico en caída libre profesional, al que su esposa (Catherine Keener) y su hija (Hailee Steinfeld) le perdieron el respeto y la paciencia. Y como el film se llama Begin again (Comenzar de nuevo) en el original, no se necesita ser muy suspicaz para saber qué caminos transitarán y qué obstáculos hallarán.


Sin embargo en el minuto 11, Keira canta solita con su guitarra una canción deprimente medio pedorra y Mark concibe en su imaginación la misma canción pero producida, con arreglos más seductores y con otra instrumentación más elocuente. Entonces me intereso y hago bien, porque la historia se vuelve menos predecible, los personajes alcanzan cierta hondura y las canciones, escritas por Gregg Alexander, se pones algo buenas.


Y que estén James Corden (el gordito de The history boys y Mi gran oportunidad), Hailee Steinfeld (la chica de Temple de acero de los hermanos Coen), Mos Def (el negrito que acompañó a Bruce Willis en 16 calles) y la gran Catherine Keener en los secundarios siempre paga.


Keira Knightly, al igual que en Ana Karenina y Un método peligroso, seamos justos, ya no se entretiene y deja pasar el ómnibus que la deje en la perdurabilidad, sino que se sube a él y redondea una actuación destacable. Mark Ruffalo se concentra, le da matices a su personaje y ya no es tan monocorde; su voz sigue fea, pero como no creo que nadie se lo diga, no parece factible que en el futuro se consiga un profesor Higgings o al menos un fonoaudiólogo.


John Carney (Once), el director y guionista, cocina su historia a fuego lento, la sazona con detalles, termina por despertar el apetito y satisfacerlo. Este film no será un contundente pollo al horno con papas, pero sí una omelette sabrosa y reparadora.


En resumen, no sé si una canción de amor puede salvar tu vida, pero al menos espantarte el aburrimiento durante una hora y media seguro que sí.
 
Un abrazo, Gustavo Monteros