Mostrando entradas con la etiqueta Colin Farrell. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colin Farrell. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de octubre de 2026

Miss Julie


 

Como el tango, hay historias que te esperan hasta que estás listo para adentrarte en ellas. Siempre dejé para otro momento lo que August Strindberg tuviera para decirme con Miss Julie.

 

Strindberg (1849-1912) fue un dramaturgo sueco con una opinión no muy edificante del ser humano, basada en una mirada aguda y perniciosa, que te deja de una sola pieza y con pocas ganas de discutirle.  Miss Julie es una de sus obras más populares. Tanto que tiene varias (muchas) versiones cinematográficas.

 

Me concentraré solo en cuatro de ellas. Iré de atrás para adelante. En 2014, tenemos la que dirigió Liv Ullman con Jessica Chastain como Julie, Colin Farrell como John y Samantha Morton como Kathleen.




En 1999, está la que dirigió Mike Figgis con Saffron Burrows como Julie, Peter Mullan como Jean y Maria Doyle Kennedy como Christine.



 

 En tercer lugar, la de 1951, dirigida por Alf Sjöberg, con Anita Björk como Julie, Ulf Palme como Jean, Märta Dorff como Kristin y Anders Henrikson como el Barón.




Por último, en este recorte de cuatro versiones, la de 1946 que se llamó El pecado de Julia, dirigida por Mario Soffici con Amelia Bence como Julia, Aída Luz como Cristina y Alberto Closas como Juan.

 

Antes de empezar a detenernos en cada una de ellas, veamos los resúmenes de sus argumentos según distintas páginas. Estas sinopsis suelen ser muy reveladoras.

 

De la dirigida por Liv Ullman en 2014, dice Wikipedia: "La película se desarrolla en 1890, en el condado de Fermanagh (Irlanda), durante la noche de San Juan. La señorita Julie, hija de un terrateniente anglo-irlandés, intenta seducir a John, el criado campesino de su padre. El romance —marcado por las dinámicas de poder y clase— pronto toma un rumbo oscuro."

 

De la de 1999 que dirigió Mike Figgis, Filmaffinity la resume así: “Verano de 1894, Norte de Suecia. Una sociedad rígidamente clasista constituye un obstáculo que se opone a la relación entre Miss Julie, la hija de un conde, y Jean, un sirviente. La víspera de San Juan, mientras el padre de Julie asiste a la celebración del solsticio en la ciudad, su hija, abatida por la reciente ruptura con su prometido, es seducida por Jean durante la fiesta que se celebra en la propiedad campestre.”

 

De la de 1951 que dirigió Alf Sjöberg, resume Rotten Tomatoes: “En la Suecia de finales del siglo XIX, Julie, una joven aristócrata hermosa y audaz, rompe su compromiso tras humillar a su prometido y decide impulsivamente iniciar una relación con el criado Jean, a pesar de que este está comprometido con Kristin, la cocinera. Para su sorpresa, Julie se enamora sinceramente de Jean, pero comprende que las convenciones de clase les impiden estar juntos.”

 

Y de la de 1946 dirigida por Mario Soffici dice Filmaffinity: “El amor de una aristócrata por su criado la desquicia, cuando tras haber robado por él es abandonada.”

 

Las cuatro versiones tienen en común el tiempo de la acción: fines del siglo XIX en la noche de San Juan. La de 2014 difiere en el lugar, transcurre en Irlanda en vez de en Suecia.

 

Las de 2014 y 1999 son más fieles al ideario de Strindberg, las de 1951 y 1946 son adaptaciones muy libres.

 

Como informan todas las sinopsis, el argumento se centra en un triángulo amoroso, lugar común de la comedia burguesa, generalmente picaresca. Pero Strindberg subvierte toda intención humorística y hace un drama que culmina trágicamente.

 

La señorita Julie siente una fuerte atracción sexual por Jean, el criado de su padre. Atracción que es correspondida por el fulano y resentida por su novia, Kristin. Son tres personajes que no saben qué hacer con los que les pasa, constreñidos por fuertes condicionantes sociales.

 

La atracción sexual entre Julie y Jean se concreta en un coito extraño, con más desesperación que fulgor. Julie quiere verlo como el colmo de un enamoramiento, el inicio de un romance.

 

Ilusión que Jean corta de raíz, él ve la incipiente relación como la posibilidad de una mejora económica, que puede derivar eventualmente en un ascenso social. Fantasea con concretar sus sueños de poner un hotel en un lugar turístico con el dinero que aportaría Julie. Y una vez conseguido el éxito con esta empresa, procuraría conseguir un título nobiliario. Lástima que Julie no dispone de dinero propio.

 

Kristin ve todo como una aberración, para ella las clases sociales no se mezclan, los criados y los nobles deben relacionarse por su cuenta, separadamente.

 

Para los espectadores la situación es tan atrapante como dolorosa. Strindberg nos presenta tres personajes muy débiles que no pueden vencer los condicionantes sociales que los restringen. Superaron circunstancialmente las barreras que los separaban, gracias al embrujo efímero y festivo de la noche del solsticio. Pero la trasgresión no los empodera, los empequeñece (valga la paradoja) y tropiezan, una y otra vez, con sus perfiles psicológicos y los entornos sociológicos.

 

Julie caerá en una sinrazón que terminará trágicamente. Jean profundizará su miseria, su egoísmo, su servidumbre esclavizante. Kristin se refugiará en las convenciones asfixiantes, como la rutina, la aceptación de un lugar inmodificable en el mundo, la religiosidad mediocre y la carencia de ambiciones de mejora personal o avance social.

 

No andemos con vueltas, Strindberg es un poco sádico: mientras nos hace verlos explorar sus límites, nos invita a reconocer los que podamos tener nosotros.

 

Verlos deambular por todas las posibilidades que se les ocurren sin encontrar nunca una alternativa liberadora o una salida digna es cruel y morboso: no podemos apartar la vista, por más desgarradoras que sean sus peripecias.

 

Tanto Liv Ullman como Mike Figgis (aunque más Ullman) respetan la importancia de los simbolismos originales del texto (la noche, la navaja, las botas, el canario) al pie de la letra, aunque hoy nos parezcan obvios o redundantes (en el momento de su estreno eran relevantes e innovadores).

 

Cuando vean alguna de estas películas, coincidirán que la noche de San Juan y el canario son dos insoslayables catalizadores de situaciones, la primera promueve el coito que desestabilizará a los personajes sin vuelta atrás y el segundo desatará el irreversible destino de Julie.

 

Soffici ya desde el título (El pecado de Julia) nos anuncia que supeditará la trama y el destino de los protagonistas a la culpa católica. La lectura es válida, claro, aunque deje afuera las aristas políticas.

 

Y la versión del sueco Sjöberg debería en realidad llamarse La madre de la señorita Julia, porque esta adquiere una importancia que soslaya/reduce a Julie a una mera herramienta de su venganza. En esta lectura, el barón es un personaje determinante, y no una mera sombra que ejerce poder. Y la importancia que adquiere la madre de Julie circunscribe la anécdota de la obra al policial, porque los personajes ya no enfrentan los condicionantes sociales o personales, sino el capricho de los destinos imprevisibles. Entonces Sjöberg ya no hace Strindberg sino una derivación de Strindberg. Porque si el drama y la tragedia siempre habitan lo político; el policial, en cambio, se mueve en lo metafísico. Y no es lo mismo la cancha de tenis que la de fútbol.

 

La profundidad de Strindberg radica en que no se la hace fácil, ni para él, ni para sus personajes ni para sus lectores y espectadores. Escarba en las situaciones que plantea y en las voluntades de sus personajes hasta que no queda nada por decir o descubrir.

 

Y cuando el telón final está cayendo, nos desafía: ahora vos, querido espectador, me tenés que decir en qué medida todo pude haber sido diferente. Estos personajes no encontraron sosiego ni gozo ni bienestar, ¿vos cómo hallarías lo que ellos no pudieron ni buscar?

 

Las respuestas que le des pueden que no te hagan sabio, pero sí muy consciente de que tenés que cambiar el mundo, antes de que él acabe con vos. Porque terminar como la señorita Julia es fácil, pero es de débiles y cobardes.

Gustavo Monteros

jueves, 15 de febrero de 2018

El sacrificio del ciervo sagrado


El sacrificio del ciervo sagrado me resultó misteriosa, elusiva, fascinante. Ojo, a mí. No es una película para andar recomendando sin advertencias. A otros pueda que le parezca superficial, lenta, tonta. Como su título lo indica juega con la noción de sacrificio de Isaac o el de Ifigenia.

El griego Yorgos Lanthimos tiene una manera única de hacer las cosas. En los primeros 20 minutos nos presenta los términos en los que desarrollará su narración, cómo son sus personajes, cómo hablan, cómo conciben el mundo. Por ejemplo, hablan de cosas concretas, parecen no tener opiniones. Las relaciones se perciben extrañas, singulares. Y los personajes parecen peculiares, excéntricos.

La película se abre con lo que puede parecer un golpe bajo y que quizá lo sea: una operación de corazón, porque Steven Murphy, el personaje de Colin Farrell es un cirujano. A mí me impresionó. Los zombies me acostumbraron a los despanzurramientos y las visceralidades gore ya no me hacen mella. Pero una operación de corazón me resultó algo muy directo como preámbulo. Es muy improbable que alguna vez haya zombies que nos despanzurren, en cambio no es tan lejano que nos operen del corazón.  Quizá abra la película así no solo para presentar al protagonista sino para decirnos que en este sacrificio de eviscerar se trata.

Es la segunda vez que trabaja con Colin Farrell y como en La langosta, la película anterior que hicieron juntos lo engorda. Parece una frivolidad, pero es imposible no notarlo. Aquí tal vez para agregarle años y sortear con kilos y con canas los años que lo separan de Nicole Kidman, que hace de su esposa y que fuera del set es unos años mayor que Colin y aquí se supone que son contemporáneos. Los dos ratifican aquí que no tienen la fama que tienen en vano. Y el pibe Barry Keoghan, visto recientemente en Dunkerque perfila también un innegable talento. Los otros dos pibes Raffey Cassidy y Sunny Suljic, que hacen de hijos de Kidman y Farrell también están muy bien. Al igual que Bill Camp y una casi irreconocible Alicia Silverstone.

Una obra de autor al que creo que hay que descubrir. Ir prevenidos, está a años luz del típico producto pochoclero con el que, por desgracia, ya estamos domesticados.

Ya que lo mencioné, lo completo, tienen el 6 y el 7 invertidos, Farrell nació en el 76 y Kidman en el 67.

Gustavo Monteros

jueves, 28 de enero de 2016

En la mente del asesino



En la mente del asesino más que un thriller parece un drama hospitalario, muchos de los personajes están más cerca de la eutanasia que de planificar sus eventuales bodas de plata. Bueno, no en vano en el original se llama Solace (Consuelo) y se abre con la definición de dicha palabra en el diccionario.


El agente Joe Merriweather (Jeffrey Dean Morgan) y la agente Katherine Cowles (Abbie Cornish) persiguen un asesino serial y requieren la ayuda de un vidente, John Clancy (Anthony Hopkins) muy científico él, muy lejos del vividor embustero típico, apartado por el duelo de la pérdida de su hija de la asesoría técnica a las investigaciones criminales. Pero como Joe es un buen amigo y muy insistente y persuasivo, acepta volver al ruedo.


El hecho de que sea vidente le permite al director brasileño Alfonso Poyart jugar con expresivos flashes que bien pueden ser recuerdos del pasado, del futuro o meras metáforas oníricas.


Y recién en la última media hora, cuando ya creíamos que nos habían engañado y que se habían olvidado de quitarlo de los afiches y los títulos, aparece Colin Farrell.


La verdad sea dicha, el gran Anthony Hopkins ya hace rato que no hace otra cosa que pasear frente a cámara, lucir cansado o intenso, y entrar al homebanking a ver si le capitalizaron el cheque por su última película. Aquí, si bien hasta la produjo, eso se nota mucho, hay un par de escenas en que se supone debe emocionarnos, pero como no produjo ningún tipo de relación o empatía con el personaje en problemas, su destino nos importa menos que a él. Si bien es galés, se formó en la escuela inglesa, que prioriza las relaciones en la actuación. Por lo tanto no ignora que actuar es no solo corporizar personajes sino también relacionarlos con los demás. En la famosa escena de Lo que queda del día, si Emma Thompson se hubiera puesto a lucir bonita y pensar en la receta de los buñuelos jamás hubieran entrado a la historia del cine, por más que Hopkins hiciera gala de un genial histrionismo. Y su volvedor Hannibal Lecter se hizo indeleble gracias a su talento, sí, pero también a Jodie Foster. Jamás habría sido lo que es, sin la fascinación por el mal de Jodie. Así que Anthony, todo bien si no querés armar personajes, pero de las reacciones básicas de simpatía, antipatía, cariño, desprecio, interés, etc. hacia los otros personajes no te olvides porque si no nos estás estafando.


No es una mala película, tampoco es buena, está en esa odiosa medianía. No aburre, pero tampoco atrapa. Bah, para verla en el cable o el streaming da, para pagar una entrada, no.

Gustavo Monteros

viernes, 31 de enero de 2014

El sueño de Walt




A Hollywood le encantan las historias de Hollywood, celebrarse como un mundo encantado lleno de seres extraordinarios. Nada más lejos de la verdad, lo que no quita que una y otra vez insistan en transformar en leyendas negociaciones, más bien mezquinas y espurias, sólo porque concluyeron en películas amadas por el público. El año pasado vimos las bambalinas de la filmación de Psicosis y de la nada entrañable El  príncipe y la corista, pero que desnudaba la siempre rendidora intimidad de Marilyn Monroe. El sueño de Walt (título cursi si los hay, aunque el original tampoco es muy feliz Saving Mr. Banks (Salvando o Rescatando al Sr. Banks) cuenta cómo Disney convenció a P L  Travers para que le cediera los derechos de Mary Poppins, de la que  por supuesto era autora.


Esta película dirigida por John Lee Hancock (El novato / The rookie, 2002, El Álamo 2004, Un sueño posible / The blind side, 2009) está llena de convencionalismos y transitados trucos sentimentales, pero se impone como un film sensible e insoslayable por el arrollador talento de su elenco, en especial el de sus protagonistas, estrellas genuinamente carismáticas como pocas.


El inicio es cautivante. P L Travers (Emma Thompson) es una solterona, un poco rígida pero sensata, muy con los pies sobre la tierra y propensa a no callarse nada. Sabemos que al llegar a Los Ángeles chocará con el edulcorado mundo Disney. Y efectivamente ocurre, choca con el chofer asignado (Paul Giamatti), con el guionista Don Da Gradi (Bradley Whitford) y con los compositores musicales, los fabulosos hermanos Sherman (B J Novak y Jason Schwartzman), con las secretarias Dolly (Melanie Paxson) y Tammie (Kathy Baker) y para su gran sorpresa (la de él, claro) con el mismísimo Walt Disney (Tom Hanks). Travers por apremios económicos está obligada a ceder los derechos pero no los malvenderá, no, señor.


En realidad, el film debería llamarse En el nombre del padre ya que la figura paterna, su ascendencia, su influencia es la clave de todo el asunto. Tanto que gran parte del metraje se centra en la evocación del padre de Travers, el siempre magnético Colin Farrell. Eventualmente, Walt, a través del ambivalente recuerdo de su propio padre, podrá atravesar el caparazón de Travers.


Emma Thompson y Tom Hanks son dos grandes actores y dos inmensas estrellas cinematográficas (¿hay quién lo dude?) y Travers y Disney les permiten desplegar su intoxicante talento y su inoxidable seducción. Colin Farrell no se queda atrás y menos el impecable elenco. Entre todos lograrán que ignoremos los lugares comunes, la manipulación de manual, la módica imaginación puesta en el proyecto.


Travers exige en un principio que las discusiones sobre el guión se graben. Tras los títulos finales se oirá la verdadera voz de Travers, Da Gradi y los Sherman, comprobaremos entonces la magnitud de la caracterización de Thompson, logró hasta respirar como la Travers real. En cuanto al trabajo de Hanks, los que peinamos canas y recordamos al Walt que presentaba el viejo show televisivo Disneylandia, sabremos que lo capturó tal cual.


En resumen, un film imperdible por la magia de los actores. No los hay mejores.

Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 1 de diciembre de 2012

7 psicópatas


 El bueno de Colin Farrell en un arrebato de entusiasmo cae en una barrabasada lógica para describir esta película, dice que es “muy única”. Algo así como el viejo chiste de la mujer que insiste en que sólo está un poco embarazada. La unicidad como el embarazo no admite aumentativos, diminutivos ni medias tintas. Pero por puras ganas de embromar, aceptemos por un rato el absurdo que nos propone Colin (después de todo, despropósitos mucho peores y menos simpáticos hemos aceptado en nuestra vida) y preguntémonos ¿es tan así? ¿Es tan muy única esta película? La respuesta es quizá, aunque para evitar discusiones, yo focalizaría la descabellada descripción en la figura de su autor y director, Martin McDonagh. El hombre de quien conociéramos por estos parajes La reina de la belleza de Leenane y The pillowman (en teatro) y Escondidos en Brujas (en cine) es de verdad “muy único”. Dos notorios atributos le dan singularidad: un salvaje humor irlandés y un peculiar manejo de la violencia. Más otros que no le son privativos y que (gracias a Dios) comparte con muchos otros: un ejemplar manejo de la estructura dramática y una desbocada imaginación.
 
Ahora bien, ¿por qué no coincido con Colin y le atribuyo lo de muy único a McDonagh? A las pruebas me remito. Marty (Farrell) es un guionista empantanado que debe escribir un guión llamado 7 psicópatas. Un amigo, Billy (Sam Rockwell) que se dedica junto con Hans (Christopher Walken) al secuestro de perros para luego pedir rescate, lo ayuda a salir del paso contándole historias de asesinos. Pero no va que Billy y Hans secuestran el Shih Tzu de un mafioso (Woody Harrelson) de lo más apegado a su mascota, quien no dudará de apretar el gatillo para recuperarlo.
 
Como puede verse todo es muy “Tarantino” con un juego metacinematográfico (se discuten las dificultades de un guión que se reflejan en lo que uno ve en pantalla) muy “Charlie Kaufman”. Eso sí, los personajes y los diálogos son muy “McDonagh”. El resultado es desparejo aunque disfrutable y entrañable. Porque McDonagh es un hombre de talento y cuando la pega, vuela alto muy alto.
 
Contribuye al deleite el antológico desempeño del elenco mencionado, al que se suma el gran Tom Waits, y el lujo de contar en breves participaciones con Michael Pitt, Michael Stuhlbarg, Harry Dean Stanton y Gabourey Sidibe (la inolvidable protagonista de Preciosa).
 
7 psicópatas ganó el Premio del Público en el último festival de Toronto, lo que es muy comprensible, porque más allá de (o debido a) sus desniveles, su violencia feroz, su provocadora incorrección política (hay líneas poco halagüeñas sobre las mujeres, los gays, los negros, los ingleses, etc.) el todo es muy irreverente, absurdo y altamente divertido (al menos para los que gustamos de ciertas excentricidades y buenas actuaciones.)
 
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 26 de febrero de 2010

El imaginario mundo del doctor Parnassus

Terry Gillian es un maestro de la magnificencia visual, lo que requiere independencia creativa y abultados presupuestos. Condiciones de trabajo que los productores no siempre están dispuestos a otorgar. Encima el hombre no siempre ha tenido suerte o ha concebido obras rendidoras. De lo primero da prueba el malogrado rodaje de Don Quijote; se le inundó el set y al actor protagónico, Jean Rochefort, se le desató una hernia de disco. De lo segundo, Tideland (Tierra de pesadillas) o Los hermanos Grimm dan evidencias contundentes.


El imaginario mundo del doctor Parnassus quizá pase a ejemplificar ambas tendencias a la desgracia. El proyecto sólo se viabilizó porque Heath Ledger, en la cumbre de su popularidad, hacía el protagónico. Y el pobre no va y se muere a apenas un mes de iniciada la filmación. Gillian desesperaba y a su rescate acudieron amigos comunes de él y de Ledger. No amigos de la calle, sino unos que de casualidad se llaman Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell y que por suerte tienen algo de injerencia en el mundo del cine.


Como en Las aventuras del Baron Munchausen, hay unos cómicos de la legua en un encantador carromato. Están presididos por el doctor Parnassus (Christopher Plummer), eterno como los laureles. El problema es que a cambio de la inmortalidad ya concedida, el diablo (Tom Waits) le exige que entregue su hija (Lily Cole), ni bien llegue ésta a la mayoría de edad, lo que ocurrirá en un par de días. Pero como el diablo es un apostador inveterado le ofrecerá alternativas superadoras, para las cuales contará con la ayuda o el impedimento de Tony (Ledger, Law, Depp, Farrell).


La anécdota es mayormente coherente y se sigue mayormente con facilidad. El problema es que nunca sabremos para qué corno se nos cuenta la historia, qué carajo persigue, por qué diablos (con perdón de Tom Waits) debemos interesarnos en ella.


El misterio permanecerá irresoluto, pero dos cosas harán llevadera la aventura. La curiosidad que despiertan los actores y el operístico capricho visual. Lo de Ledger mucho no puede juzgarse, queda como el esbozo de una actuación que iba en buen camino. A Depp y a Farrell les va mejor que a Law. Les tocó interpretar aspectos más definidos. Lily Cole tiene una hermosa cara con forma de corazón que parece manipulada digitalmente. Christopher Plummer es un maestro que nunca termina de recibir la reverencia, los premios y el respeto que se merece. Tom Waits y Verne Troyer (el Mini Me de Austin Powers) cumplen con lo que se espera de ellos. Andrew Garfield (el alumno de Robert Redford en Leones por corderos) se hace notar, lo que en el contexto no es poco.


Los adelantos técnicos visuales parecerían de antemano una bendición para Gillian. Sin embargo terminan siendo su perdición. Al poder hacer lo que se le ocurre a menor costo, no elige y sigue todos los dictados de su imaginación; lo cual estaría muy bien si no resintiera el sentido de la historia. Pero, aunque erráticos, sus caprichos visuales son siempre deslumbrantes.

Terry Gillian, el ex Monty Python, como nos diera Brazil, Pescador de ilusiones o 12 monos, se ganó nuestra paciencia y consideración. Además, seamos sinceros, puede que se desbande, pero nunca aburre.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

jueves, 2 de octubre de 2008

Escondidos en Brujas

¿Puede un asesino profesional respetar tanto la vida como para estar dispuesto a inmolarse? ¿Puede un asesino profesional ser noble, bueno y solidario en su vida privada? ¿Puede un asesino manejarse con una ética tan inclaudicable como para avergonzar al resto de los mortales por volubles e irresponsables? No lo sé, no conozco a ningún asesino profesional para preguntárselo. Ni tampoco quiero conocer alguno, de modo que quedaré sin respuestas y dejaré las preguntas en el campo de lo retórico.

Aunque, por ejemplo, Una pistola en venta, una novela de Graham Greene y Escondidos en Brujas ensayan especulaciones al respecto.

Escondidos en Brujas es la primera película de Martin McDonagh, un dramaturgo angloirlandés muy talentoso. De él acabamos de conocer su obra The Pillowman en una buena puesta de Enrique Federman, con logradas actuaciones de Carlos Belloso, Carlos Santamaría, Vando Villamil, y con Pablo Echarri en el protagónico. En un rol muy exigente, Echarri desnudaba todas sus limitaciones actorales, pero también exhibía una encomiable voluntad de superarlas. Creo que era consciente de no redondear una actuación destacada, pero su trabajo evidenciaba disciplina, rigor, humildad y una confianza ciega en el director. Actitudes que tarde o temprano hacen llegar a buen puerto.

A juzgar por The Pillowman y Escondidos en Brujas, a Martin McDonagh le obsesionan la naturaleza del relato, la violencia y el abuso infantil. Le gusta hacer reflexionar sobre cómo se articula el relato a medida que lo cuenta. Para él, todo relato es un engaño y quiere ser lo más honesto posible en la preparación de la trampa en la que nuestra ingenuidad y apetencia de entretenimiento nos harán caer.

Sus personajes pueden ser dignos, contenidos y civilizados, pero se expresan mejor en el caos y la locura de la violencia.

Y debe haber tenido una infancia terrible o la pérdida de su inocencia debe haber sido muy traumática. Sus niños son siempre brutalmente maltratados física o psicológicamente. Los asesinos de Escondidos en Brujas son más piadosos que los padres de The Pillowman, pero sin proponérselo le hacen un daño irreparable a una criatura.

El punto de partida es idéntico al argumento de la celebrada y muy representada pieza de Harold Pinter, El montaplatos. Sólo que aquí, los dos asesinos ingleses (Brendan Gleeson y Colin Farrell) esperan las órdenes de su jefe (Ralph Fiennes) “de vacaciones” en Brujas. Vienen de un trabajo que salió mal y cuando las órdenes lleguen, se desatarán los conflictos y abundarán las sorpresas.

Como buen angloirlandés a Martin McDonagh le encanta provocar. Elegirá un camino distinto al del genial dramaturgo angloirlandés George Bernard Shaw, sumo pontífice de la provocación y la polémica. Bernard Shaw daba vueltas nuestras creencias y convicciones más arraigadas para echarnos en cara el absurdo y las contradicciones de las mismas. Martin McDonagh opta por un método más visceral, no tan intelectual: procura escandalizarnos. Casi no hay línea en la que no utilice un insulto o una mala palabra. Sus personajes expresan pensamientos alejadísimos de lo políticamente correcto. Como en las obras de los adolescentes, se habla impúdicamente de detalles de la práctica sexual, algo que en una edad más madura aprendemos a callar, no por timidez, censura o represión, si no por delicadeza, pudor o buen gusto. Y los efectos de la violencia se muestran en toda su desagradable y sangrienta tangibilidad, a veces un poco gratuitamente.

No cabe duda de que ésta es la película de un dramaturgo. El armado de las escenas es impecable, el diálogo es magistral en su desmesura y carnalidad, y no hay personaje, por pequeño que sea, que no termine integrado armónicamente en la trama.

Brendan Gleeson es un actor enorme, su expresividad es tan potente como rotundo es su físico. Colin Farrell, como en El sueño de Casandra de Woody Allen, demuestra ser un muy buen actor en pleno dominio de sus recursos actorales, preparado para enfrentar cualquier desafío. El uso que hace aquí de su voz es singular y muy creativo. Ralph Fiennes confirma lo que ya sabemos, que el actuar bien no tiene secretos para él.

La dirección de arte es maravillosa. No es para menos. Brujas es una ciudad bellísima y los cuadros clásicos que nos muestran son devastadores en su maestría.

En resumen, un film excelente. Y cosa extraña en estos días, un entretenimiento para adultos sumamente inteligente. El único pero sería que algunos espíritus sensibles podrían ofenderse por algunos dichos y la representación tan gráfica de alguna escena de violencia. Aunque es necesario aclarar que estas escenas no son arrojadas sorpresivamente para asestar golpes bajos, hay siempre una preparación previa y es posible evitarlas mirando la parte inferior de la pantalla.

Cantémosle piedra libre a estos Escondidos en Brujas, se lo merecen por tanto despliegue de talento.

Un abrazo,

Gustavo Monteros

domingo, 8 de junio de 2008

El Sueño de Casandra

Con Cassandra's Dream, Woody Allen vuelve al drama policial como en Match-Point y Crímenes y Pecados. Lo que la diferencia de las anteriores es que ya no está presente el nihilismo, sino que la línea de pensamiento que sustenta el drama se relaciona más con lo shakespereano, por aquello de que una vez que el orden de las cosas ha sido roto, no habrá paz hasta que se reordene o se recomponga; o con los trágicos griegos, por aquello de que un hecho de sangre puede ocultarse, pero tarde o temprano habrá que enfrentar las consecuencias.

La anécdota es muy sencilla: dos hermanos, por sus ambiciones o sus debilidades, se ven en la obligación de solicitar ayuda económica a un tío rico. Dicho tío no tendrá problema en ayudarlos, siempre y cuando le hagan un pequeño favor: matar a un hombre que lo perjudica. Hacerlo o no hacerlo, ésa es la cuestión.

Si en varias de sus películas Allen homenajeó a maestros del cine (a Fellini en Recuerdos, a Bergman en Interiores y Comedia Sexual de una noche de verano, a Fritz Lang en Sombra y Niebla, etc.), aquí, inconscientemente al menos (ya que no lo ha declarado), parece celebrar al maestro francés Claude Chabrol. Lo acerca a Chabrol, la minuciosidad con que describe la vida cotidiana de los protagonistas, la línea narrativa directa, el uso de la banda sonora (Allen deja de lado esta vez su estimable colección de discos y recurre a los servicios de Philip Glass), las simpleza en el uso de la cámara y el escamoteo de los hechos sangrientos (van directamente en off).

A estos dos últimos aspectos, el punzante crítico de New Yorker, David Denby, los atribuye más a la manía de Allen de hacer un film en menos de dos meses que a una necesidad estilística. Lo acusa de vago por no planificar mejor para lograr secuencias más expresivas y de evitarse el arduo trabajo que demanda escenificar los crímenes. Ellos sabrán.

Tom Wilkinson y Ewan McGregor ratifican su estatura de buenos actores todoterreno. Pero la sorpresa la da Colin Farrell. Vendido por Hollywood como la alternativa caucásica a tanto galán rubión, Farrel le puso la cara a un desatino tras otro. Aunque a veces eligió bienintencionadamente, su actuación resultó estar más para la cachetada y el chiste, que para la aprobación o el aplauso. Aquí se despacha con una actuación creíble y conmovedora. Lo que no es poca cosa porque ya es sabido que Allen no es un director de actores cuidadoso y no le gustan las retomas. No olvidemos lo que contó Michael Caine en el reportaje del Actor's Studio. Cuando le comentó a un asistente de fotografía que por fin lo había llamado Woody Allen, el asistente le dijo: "Lo que quieras lograr con el papel, traelo listo de tu casa y exponelo todo en la primera toma, no te guardes nada para un nuevo plano porque no lo habrá, siempre hay uno por toma, y no experimentes esperando afirmarte en la tercera o cuarta toma porque, con suerte, podés llegar a la segunda si es que se le da por hacer una de seguridad." El querido Michael le llevó el apunte y obtuvo el Oscar (que le andaban negando) con Hannah y sus hermanas, por su actuación sensible, casi poética, de ese cincuentón querible al que el amor volvía un adolescente.

El Sueño de Casandra es una buena película, pero no está a la altura de Match-Point (más cuidada y redonda) y menos, a la de Crímenes y Pecados (una de sus obras maestras), pero son casi 100 minutos de entretenimiento inteligente, en los que uno dialoga con uno de los artistas más notables del siglo XX. Y vale para él, lo que decían de Hitchcock cuando yo era chico: el peor Hitchcock es mejor que ningún Hitchcock.


Un abrazo
Gustavo Monteros