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domingo, 14 de junio de 2009

Felicitas

Teresa Costantini es una mujer rica y responde a los mandatos sociales de su clase. De allí que sea perfectamente natural que la obsedan las sufridas heroínas acaudaladas y de abolengo. Confesó que le hubiera encantado que la Bemberg la eligiera para protagonizar Camila; y que la asombra que, a pesar de los numerosos proyectos, Madame Lynch (la amante del paraguayo Solano Lopez) no haya llegado al cine todavía.


(Durante años, Isabel Sarli, seducida por el personaje, leía todo lo que caía en sus manos sobre Madame Lynch, pero Armando se le reía y le decía: Coca, la gente te quiere ver desnuda, no en miriñaque. Una pena, son siempre interesantísimos los proyectos “artísticos” de los fenómenos “comerciales.”)


Volviendo a la Costantini, ocupado el casillero de Camila O’Gorman, y difícil de llenar el de Madame Lynch (la dama tuvo una vida llena de peripecias, tanto personales como políticas), le quedaba la Felicitas Guerrero, que ya se anduvo paseando por cuentos, novelas y hasta un ballet, y esperaba ansiosa una versión cinematográfica.


Estos proyectos son ideales para jugar a ser Visconti y demostrar un conocimiento exquisito de telas, muebles y objetos de arte, que evidencian a la vez la pertenencia al selecto grupo de los very few. El problema es darle textura a la historia y que no quede como la transposición “paqueta” de las novelas románticas de supermercado. (Ésas en las que la protagonista
trémula se enfrenta inerme en el frío corredor del castillo a los impetuosos deseos del hombre fuerte, alto, moreno, musculoso, que la conmina con sus ojos de esmeralda a que no resista más la urgencia que la carcome. Ella se niega una vez más, pero el brazo poderoso ciñe su frágil talle y la arrastra hasta ese pecho varonil en el que el corazón late desbocado. Él acerca sus labios carnosos y ella siente que se pierde en un marasmo de ardores. Ya no puede resistir más, ahoga un grito de placer y muerde más que besa esos labios ávidos que hace meses la desvelan. En un último gesto de resistencia, se prende a sus cabellos para alejarlo, pero no hace más que unirlo a ella. Comprende al fin que todo es inútil, que su destino es entregarse a él, para bien o para mal, ante Dios o en el mismo infierno. Perdida ya toda vergüenza, todo pudor, se deja arrastrar, devorar. Ya no piensa, siente. Y se funde en el fuego abrasador de su lujuria que la arrolla, la transporta. Su masculinidad se yergue enhiesta y ella cede, cede, etc.



Perdón por la digresión. Es que después de esperar casi dos horas en vano que me den un poco de romanticismo, me dio un ataque agudo de parodia. ¿Cuál era la pregunta? Ah, sí, ¿si el film quedó como una transposición “paqueta” de las novelas románticas de supermercado? Más o menos. Visualmente no llega a la cursilería anodina del cine publicitario, pero tampoco tiene entidad o personalidad propia, se queda en lo “bonito”.


Los problemas son muchos y otros. El guión está verde, le faltan un par de reescrituras para madurar; la dirección es dubitativa, no elige punto de vista y no sabe muy bien qué contar; las actuaciones (dejo de lado por ahora la parejita central) van de lo correcto (Brandoni, Awada, Alfonzo) a lo bueno (Ana Celentano, Antonella Acosta), nadie se anota para merecer un premio; la música de Nico Muhly no llega a ser tan insoportable como la de El lector, pero anda cerca, (pregunta: habiendo tanto compositor excelente en la Argentina, ¿hay que contratar un cuatro de copas de afuera al que hay que pagarle en dólares?). Lo mejor es la dirección de arte, si les divierte la idea de pasar dos horas viendo muebles y telas suntuosas: ésta es su película. Si no es así, les parecerá eterna como los laureles.


No llega a ser un bodrio certificado, hay aciertos parciales (los puntos suspensivos con los que se informa la viudez), aunque también hay bochornos (las escenas de guerra asustan por la torpeza y la impericia). Pero esos aciertos parecen deberse más a la casualidad que al método.


La historia es conocida, un crimen pasional en la clase alta. Un gran escándalo en su momento, porque se daba en una clase en la que, por educación y contexto, hay mucho dominio de emociones. La desmesura se asociaba y se asocia con clases más bajas. Todo crimen pasional es buen material para una película. Basta con indagar las causas, observar bien el contexto y recrear las obsesiones. Éste era doblemente interesante porque era significante la importancia que le daban al dinero. En el fondo, es una tragedia más económica que romántica. Los que quedan vivos están más interesados en reclamar herencias que en andar llorando.


Pero ni el enredo amoroso ni el desvelo por el dinero tienen aquí peso. Todo es bastante leve y tonto. El amor que se describe es tan romántico como una botella de lavandina; la pasión tiene el ímpetu de un turno de telo, no dura más; y el dinero es sólo un dato que se menciona culposamente al pasar, aun cuando es la sangre de estos nombres patricios.


Todo bien si la Costantini, por culpa o por no desafiar a su clase, no muestra el olor a bosta que hay debajo del perfume francés (la Bemberg en Camila patentizaba bien la hipocresía y la doble moral de los ricos, claro que aparte de plata tenía talento), pero y ¿el romance?


Poco ayuda la errónea elección de protagonistas. Sabrina Garciarena y Gonzalo Heredia son muy bonitos, pero parecen haber perdido varias clases del curso de actuación al que asistían. En especial en las que hablaban de manejo de personajes, intenciones dramáticas y comprensión de textos. Lloran mucho y con eso creen que manejan emociones. Llorar y no darle intención o contexto dramático al llanto es sólo un ejercicio de lagrimales.


Aunque pareciera, no les tengo envidia a los ricos. Salvo quizá los martes a la mañana, cuando tengo que levantarme a las seis para darle clase a una banda de adolescentes tan interesados en aprender inglés como en nadar en el pantano de los cocodrilos. Lo que extraño es cuando los ricos producían cine o patrocinaban políticos. Ya no les interesa ser mecenas, ahora quieren ser protagonistas. El 28 veremos si el electorado compra a De Narváez, que se vende a puro slogan como si fuera un nuevo yogur. Bah, total, si ya compraron a Macri. Va a estar lindo Buenos Aires, decía. Con la salud y la educación devastadas, no está nada lindo Buenos Aires. Cuatro canteros con flores en Palermo y unos suculentos negocios que engordan las arcas privadas no bastan para ponerla “linda”. En cuanto a la Costantini, ya que se pagó una película, que se pague también unas críticas. Va a ser la única forma de disimular una mediocridad tan flagrante.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 5 de abril de 2009

Esperando la carroza 2

Hay un viejo dicho teatral que reza: Lo bueno de los fracasos es que nadie los recuerda. Y se podría agregar que también son buenos porque se pueden reciclar impunemente.

En 1986, al año siguiente del estreno de la película de Doria, Jacobo Langsner escribió una segunda parte de la obra original que estrenó como Barbacoa en Montevideo. En 1987 la misma obra se estrenó en Buenos Aires con el título Chimichurri. Y, cambio de títulos al margen, fracasó estrepitosamente en ambas riberas del Plata.

Ahora regresa como guión para Esperando la carroza 2. No hay mucha reelaboración y así los reparos que se le hicieron a la obra mantienen su validez: fallas garrafales en su estructura, humor no sólo grueso sino poco efectivo, ausencia de un nudo central y personajes que si no se conocieran de la obra anterior naufragarían sin remedio.

No hagamos mucho suspenso y digámoslo claramente: Esperando la carroza 2 es un bodrio irredimible.

Antonio (Luis Brandoni) y Nora (Betiana Blum) han subido un poco más en la escala social. Él ahora no sólo tiene conexiones con las oscuras fuerzas de la ley sino también con diputados, ministros, senadores y jueces. Puso un matadero clandestino a nombre de su hermano Jorge (Roberto Carnaghi, en reemplazo del recordado Julio De Grazia), en el que también trabajan Emilia (Lidia Catalano) y su hijo el Rulo (Facundo Espinosa, en reemplazo de Darío Grandinetti). La esposa de Jorge, Susana (Mónica Villa) está embarazada, más por necesidad argumental que otra cosa, por puro paralelismo. Si en la primera abundantes líos giraban en torno a un velatorio, aquí habrá un pequeño revuelo en torno a un parto. Elvira (China Zorrilla) es la gran ausente. Sus líneas fueron a parar al personaje de su hija, Matilde (Andrea Tenuta). Y las líneas de Matilde ahora las tiene una hija que le nació de la nada, Marita (Dolores Fernández). Porque Langsner no sólo no reelaboró mucho sino que ante la negativa de la Zorrilla a participar del proyecto, se limitó a correr las líneas de ésta a la Tenuta y las de la Tenuta a una hija. Y así la correlación entre una y otra película no cierra para nada. En la uno, Rulo y la Tenuta tenían la misma edad, en ésta Rulo y la hija de la Tenuta tienen la misma edad. Y la distancia entre una y otra película la ponen los hijos de la Villa. El mayor que era un bebé en la uno, ahora tiene entre 8 y 12 años (se lo ve brevemente en el auto en la ida al matadero). De donde se concluye que el tiempo fue cruel y rápido para la Tenuta, quien pasó de adolescente a tener una hija adolescente en menos de 10 años mientras que el Rulo no envejeció sino que rejuveneció.

La excusa argumental para juntarlos es una fiesta de aniversario de Nora y Antonio, ella no quiere que estén presentes porque son muy ordinarios y desentonarán con sus nuevos y encumbrados amigos, lo que provocará gritos y reyertas. Cada situación terminará torpemente y volverá a empezar en los mismos términos. Las reiteraciones son hartantes y la falta de progresión termina por aburrir. El humor, las pocas veces que es efectivo, se asemeja al de una película de Sofovich (Gerardo, porque Hugo era más habilidoso y obtenía algunos logros remarcables). La dirección de arte, de tan recargada, termina por no decir nada. La dirección de Gabriel Condrón es inexistente, parece como que los actores se hubieran reunido por su cuenta a repetir los personajes que alguna vez les dieron fama, por ejemplo, la escena en la que unos muchachos acosan en la calle a los Tenuta y a la Fernández es vergonzosamente mala. Y el acordeoncito de la banda sonora que está presente en cada segundo de la película es insufrible por pesado y monocorde.

Pocas películas en el cine argentino son tan queridas, celebradas y recordadas como Esperando la carroza (ahora uno). Una estatura mítica que se ganó por el video y las repeticiones por televisión, porque cuando se estrenó en cine no fue un éxito de público ni de crítica. El público saluda a la Zorrilla (doy fe, fui testigo) no con un hola sino con un “Yo hago fideos, ella hace fideos”, porque se saben de memoria diálogos enteros y recuerdan secuencias completas. Y no está nada mal que así sea porque cada hallazgo cómico era una epifanía que nos mostraba todas las lacras que cargamos. (Gracias, Doria.)

Es una pena que se haya mancillado ese mito con una secuela tan pero tan mala. (¡Y encima amenazan con la tres!)

Un abrazo,

Gustavo Monteros