Mostrando entradas con la etiqueta Ingrid Thulin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ingrid Thulin. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de mayo de 2020

Programa Triple - De la part des copains - Juggernaut - La jaula


Siempre me divirtió su título original en francés: De la part des copains (Terence Young, 1970) sobre todo por la palabra “copains” (amigos), por como resuena en la boca. Que una película de Charles Bronson tenga un título en francés no es nada raro, dado que fueron los franceses los que lo hicieron una estrella internacional con Adiós al amigo (Adieu l’ami, Jean Herman, 1968), en la que compartía cartel con Alain Delon.


Siempre me divirtió que la protagonista femenina fuera Liv Ullman. Si bien su nombre quedará asociado al de Ingmar Bergman por siempre jamás en la historia del cine a partir del 66 y Persona, Liv ambicionaba ser una estrella popular y aceptaba lo que le parecía que la ubicaba en esa dirección, de ahí el contraste extremo entre lo que hizo para Bergman y lo que Hollywood le dio. Como sea ver en el mismo fotograma a una musa bergmaniana y a un forzudo de cara difícil que llegó a la fama pisando la cincuentena me divierte, son encuentros inesperados, asociaciones imprevistas, festines suculentos para un espectador que se precie de tal.


Eso sí, no es raro que el jefe de los malos sea James Mason, por entonces este precursor de De Niro o de Bruce Willis, en cuanto a elección de proyectos, aceptaba lo que le ponían delante, y si era como en este caso en locación, mejor. (Beaulieu-sur-Mer, Nice, Alpes-Maritimes, Francia) Asolearse en la costa francesa incluso por trabajo se asemejaba a una vacación.


La trama es la típica aventura de disrupción del refugio protector y venganza. Joe Martin (Bronson) tiene un yatecito que lleva turistas a pescar. Está casado con Fabianne (Liv Ullmann), madre de una chica de 10 años, Michèle (Yannick Delulle) y parece haber dejado su oscuro pasado atrás. Pero, claro, se sabe, nadie huye de su pasado, este es más volvedor que el reflujo. El de Joe reaparece corporizado en la figura del Capitán Ross (James Mason) y su banda (Michel Constantin, Luigi Pistilli, Jean Topart y Jill Ireland). Entonces habrá secuestros, extorsiones, cambio de lealtades, códigos volátiles y noblezas impensadas.


El veterano (incluso por entonces) Terence Young dirige con brío, sostiene el suspenso y desata una empatía duradera por todo lo que cuenta. El hombre tenía oficio y talento, combinación imbatible para el género, porque si la intuición se apaga, queda la experiencia.


Hay algo medio Hemingway en estas desventuras de cofradía de hombres, en la que la mujer puede participar, siempre y cuando se talle digna de pertenecer, si no será una cocinera, limpiadora, cuidadora de niños, un adorno útil de la masculinidad rampante. Aquí Liv Ullmann, y no hay spoiler al respecto, da la talla y sin perder femineidad le planta cara a cualquiera. 


Como se ve en el afiche que esto acompaña, en inglés se la conoció como Cold Sweat (Sudor frío), aquí se la estrenó como Los visitantes de la noche, pero como ya había varias con ese título, se la reestrenó como Los compañeros del diablo. Cosas de los distribuidores.








Tengo la sensación de no haber visto Juggernaut, salvo escenas sueltas en las tardes de los cinco canales de mi infanto-adolescencia. Es un film de Richard Lester de 1974 sobre un ataque a un trasatlántico que va de Londres a Nueva York. No es un atentado terrorista sino el de un resentido ex desarmador de explosivos que planta bombas para exigir un rescate millonario. La empresa está dispuesta a pagarlo, el gobierno inglés no. El capitán es Omar Sharif, los expertos en desarmar bombas son, entre otros, Richard Harris y David Hemmings. Un joven Anthony Hopkins es un policía con su mujer y sus hijos a bordo. Roy Kinnear es quien está cargo de los entretenimientos en el barco. Un joven Roshan Seth es un camarero indio y Freddie Jones, que entonces estaba por todos lados, es uno de los sospechosos. Shirley Knight es el angustioso interés romántico del capitán. E Ian Holm es la cara visible de la compañía dueña del barco.


Es un film muy entretenido, de gran suspenso, con la lógica de la catástrofe inminente. El magnífico elenco está a la altura de sus antecedentes y al revés de muchas películas contemporáneas, entendemos que es lo que está pasando todo el tiempo, sin un montaje confuso que ensucie el desarrollo.





Tengo la sensación de no haber visto La jaula (La cage, 1975) y sí, la vi. Me quedó la sensación, porque cuando deambulaba los años setenta, me topaba con la cola (hoy tráiler) de esta película a menudo y no llegaba nunca a verla. (Terminé por verla en el auge del videoclub, pero persistió en mi memoria la sensación de que no la había visto, una excusa quizás para buscarla y volver a verla.)


Su director Pierre Granier-Deferre era muy popular en los setenta con películas en las que participaban estrellas contemporáneas del cine francés de entonces como Alain Delon, Sidney Rome, Ottavia Piccolo, Romy Schneider, Jean-Louis Trintignant o Philipe Noiret y estrellas míticas de siempre como Yves Montand, Simone Signoret o Jean Gabin. Se dice que su mejor película es El gato (Le chat, 1971) en la que según novela de Georges Simenon, Simone Signoret y Jean Gabin conformaban un matrimonio de adultos mayores, como se dice ahora, que se odiaban a más no poder, suele pasar.



En La jaula también casi toda la acción pasa por dos personajes. Ingrid Thulin (bella y luminosa como el primer día, aunque por entonces pisaba la cincuentena), una escritora de novelas policiales citaba en su casa de los suburbios parisinos rodeada de un gran parque, envidiable y aislada de los demás vecinos, a su ex pareja, Lino Ventura, un desarrollador inmobiliario con la excusa de la venta de dicha casona señorial. Ingrid hace caer a Lino en una trampa (literal) y lo encierra en un calabozo que improvisó en el sótano. Lo secuestra para que piense y le diga por qué no pudo amarla y rompió la relación. El argumento es de Jack Jacquine, con diálogos de Pascal Jardin y el propio director. La idea (que puede parecer disparatada) y los diálogos (que pueden parecer absurdos) son más profundos de lo que parece y redondean una película rara y atendible.


Al final terminé por hacerme un programa triple como el de los cines de cruce de mi infanto-adolescencia. Pasé una tarde de lo más agradable. No es poco para el encierro de cuarentena.

Gustavo Monteros

miércoles, 1 de abril de 2015

Ave Fénix



El melodrama de pura cepa es un género en vías de extinción. Las estrellas modernas, cuando juegan a ser divas, eligen para lucir las dotes dramáticas y el gran vertimiento de lágrimas dramas más realistas, con enfermedades o sin ellas. Las estrellas de antaño, en cambio, habitaban el melodrama como una segunda casa. Casi sin esfuerzo, podían sufrir con estilo suntuoso, con gracia renovada, con intenso glamur las tramas más rebuscadas sin perder por el camino a ningún espectador, o más bien, espectadora, porque el melodrama tenía a la mujer como principal destinataria. Lo del rebuscamiento de la trama no es un tema menor, los desencuentros fortuitos, las casualidades repentinas, las perdiciones irrevocables, las redenciones más accidentales estaban a la orden del día. Por ejemplo, si una mujer pobre para bien casarse con un hombre rico dejaba su beba de meses en la puerta de un convento, veinte años después, necesitada de una secretaria o dama de compañía, entre todas las posibles aspirantes, contrataba a la hija perdida. Los autores huían de la verosimilitud como de un sacrilegio. Y sin embargo cuanto más improbable fuera la situación, mejor funcionaba. El público no solo aceptaba tan enrevesadas convenciones, sino que las tomaba como la intromisión de un destino cruel siempre dispuesto a cobrar su parte. Y ya se sabe, desde la tragedia griega en adelante, nada compele más a la compasión que el ensañamiento de un destino inmisericorde empeñado en no olvidar errores.


Christian Petzold (Jericó, 2008, Bárbara, 2012) no se anda con vueltas y trabaja Ave Fénix como un melodrama. Quizá el género lo ayuda a tratar un tema espinoso: la complicidad civil con el nazismo. Parte de una vieja novela de Hubert Monteihet, Regreso de las cenizas, que ya tuviera otra adaptación cinematográfica dirigida por J Lee Thompson: Return from the ashes / Una llamada a las doce, 1965. La ficha de Filmaffinity me refresca la memoria con esta sinopsis: "Tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la doctora Michele Wolf (Ingrid Thulin) regresa de un campo de concentración y se encuentra ante un panorama desolador: la hija de su primer matrimonio (Samantha Eggar) se ha convertido en amante de su segundo marido (Maximilian Schell). Casi irreconocible, tras sufrir una operación de cirugía plástica, Michele investiga la vida de su familia y acaba descubriendo que su actual marido planea matarla a ella y a su hija para quedarse con su fortuna." Sabrá Dios de qué va la novela original en realidad, porque si el film de Thompson respeta con más o menos fidelidad el argumento, ahora Petzold solo utilizó la situación inicial.


En Ave Fénix, Nelly (Nina Hoss) ha sobrevivido a Auschwitz, con la ayuda de Lene (Nina Kunzendorf) se instala en Berlín. Por tener el rostro desfigurado debe someterse a una cirugía plástica, le pide al médico recuperar su antigua cara. Libre de las vendas, busca y encuentra a su ex marido, Johnny (Ronald Zehrfeld), quien no la reconoce y le pide que interprete a su ex mujer (o sea a ella misma, suprema ironía) para cobrar las herencias legadas por los parientes que perecieron en el holocausto.


Petzold es un arquitecto de la tensión, no ornamenta la sencilla trama sino que la tensa hasta que uno ansíe una resolución que, cuando llega, es magistral. Porque si es cierto que la verdad está en los detalles, la simpleza conmociona más con su despojamiento.  Por supuesto que para que el juego sea perfecto como es, necesita de la complicidad y el talento de los actores. Del primero al último están magníficos, pero es el trío central el que arma y desarma los secretos con envidiable despliegue de expresividad. Imposible no destacar que Nina Hoss está a la altura de las grandes cultoras del género. Uno comparte su destino primero y la ama después sin reservas ni fin.


En el transcurso del argumento, la bellísima canción de Kurt Weill, Speak low, con letra no menos hermosa de Ogden Nash, tiene una particular significación. Y como Weill es una de mis debilidades más cultivadas, que esta canción pautara la historia me regocijaba indeciblemente.


En resumen, si usted es un espectador sensible y adulto con hambre de cine sensible y adulto, sáciese con esta maravilla, sin duda uno de los mejores filmes que veremos este año.
 
Gustavo Monteros