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jueves, 29 de enero de 2015

Inquebrantable



Inquebrantable es de esas películas que cumplen con lo que prometen, en este caso una aventura épica sobre un sobreviviente extraordinario. Se basa en la vida y hechos reales de (uno más y van miles) Louis Zamperini. El hombre fue un niño problemático que zafó de ser un delincuente, gracias a que su hermano descubrió su talento como corredor y lo instó a entrenar. Participó de las Olimpíadas de Berlín de 1936 y en 1941 se alistó para combatir por los Aliados. El B-24 en el que volaba cayó al Pacífico. Él y dos supervivientes más flotaron a la deriva en un par de balsas, casi sin provisiones ni equipamiento durante más de un mes y medio. Uno de ellos no sobrevivió. Fueron rescatados por un barco japonés y enviados a un campo de prisioneros, donde los sometieron a privaciones y torturas. Toda esta odisea fue contada en un libro por el propio Zamperini, Hollywood compró los derechos y se rumoreó con que Tony Curtis, ídolo absoluto por aquellos tiempos, lo interpretaría. El proyecto no se concretó. Durante años se barajaron nombres de actores para su supuesta realización, Nicolas Cage estuvo entre ellos. Hace unos pocos años, la periodista Laura Hillenbrand volvió a contar la historia de Zamperini en otro libro que se transformó en un gran éxito de ventas. Algunos célebres guionistas bosquejaron guiones hasta que partiendo del firmado por el gran Richard LaGravanese, con revisión de nada más y nada menos que de los hermanos Coen, se decidió que la película se haría.


Luego de vencer reticencias diversas, aceptaron que fuera el segundo trabajo de Angelina Jolie como directora. El primero había sido la interesante y despareja In the land of blood and honey (En la tierra de la sangre y la miel) sobre el sufrimiento de las mujeres durante la guerra de los Balcanes entre el 92 y el 95). Jolie concreta aquí un trabajo elocuente y prolijo (demasiado prolijo especularon algunas críticas con el afán de desmerecerlo) en el que el imbatible espíritu de Zamperini emerge con contundencia gracias, también, a la irreprochable faena de su protagonista Jack O’Connell. O’ Connell, uno de los actores jóvenes británicos con más carisma, ya venía probándose protagónicos con envidiable autoridad (Private Peaceful, The liability, ’71, Starred up, para Hollywood hizo de hijo de unos de los héroes de 300: El origen de un imperio). El muchacho, aparte de su simpatía y probable apostura, exhibe un singular talento para la actuación, lo que le augura una buena carrera, de persistir su suerte en ligar buenos papeles.


A la hora de evaluarla dos peros se imponen. Uno extrapelícula, y es que en estas tierras se estrena con poca diferencia de Un pasado imborrable (The railway man) que narra similares experiencias en campos de prisioneros en el Japón) lo que le da una involuntaria sensación de deja vu. El otro es la discutible decisión sobre las pilosidades faciales durante el mes y medio que los náufragos pasan en el mar, las barbas y bigotes  permanecen imperturbables a pesar del paso del tiempo.


En resumen, una buena película, espectacular, conmovedora, motivacional, inspiradora, nada que no prometa desde el mismo título. Si se la elige por lo que es, no defrauda para nada. 


sábado, 22 de enero de 2011

El turista

Si fueran productores con mucho poder y recursos ilimitados, ¿llamarían a Gerardo Sofovich para que dirigiera Coriolano o Tito Andrónico, las obras de Shakespeare más difíciles de escenificar? Claro que no. No por lo de zapatero a tus zapatos o por negarle al bueno de Gerardo la posibilidad de hacer otra cosa, sino por simples e irreconciliables incongruencias artísticas. Tampoco llamarían a sesudos e intelectuales directores (no doy nombres porque son muy sensibles y con menos humor que un puritano atrapado en un ascensor) para dirigir Mingo y Aníbal contra los fantasmas por los mismos motivos antes mencionados. Pero los productores de Hollywood pueden caer en semejantes desatinos. ¿Por qué? ¿Acaso son tontos? Para nada. Son muy despabilados y especuladores, aunque son humanos también y toman decisiones los viernes a última hora, con la familia empacada y las reservas listas para Aspen o con la prostituta o el taxi boy esperándolos desnudos con champán en el jacuzzi. De otro modo no se explica que llamaran a Florian Henckel von Donnersmarck, el director alemán de La vida de los otros para encargarse de una comedia policial ligera en la línea de Intriga internacional del rotundo Hitchcock o Charada del lluvioso Stanley Donen. La vida de los otros es un film maravilloso, ultra dramático y sin nada de humor, a lo sumo con una fina ironía que surge de circunstancias trágicas. Eso sí, como su historia se centra en un agente secreto de la Stasi que espía a una actriz y su marido dramaturgo, los cráneos de Hollywood debieron pensar que ya que en El turista a sus dos protagonistas también se los espía todo el tiempo, el alemán era la opción ideal. Que el alemán estuviera más lejos del humor que nosotros del Polo Norte no entró en sus consideraciones. Y de levedad el alemán no entiende ni el soufflé. Así, lo que debió ser ligero como partícula de polvo es tan grave, solemne y pomposo como un acto académico.


Nadie entiende muy bien qué se supone deberían estar haciendo. Angelina Jolie hace lo que menos le cuesta: ser deslumbrante, y Johnny Depp finge entender a su personaje y entrega algo que con mucha buena voluntad se parecería a una actuación. El enigma, más que el que plantea el film, es ¿por qué aceptaron? La respuesta quizá sea por la posibilidad de hospedarse en hoteles de lujo con la familia (se sabe que la Jolie hasta se llevó el perro) o porque quizá como decía Paul Newman si se es una estrella de cine, llega un momento del año en que se debe trabajar y se acepta el proyecto que por azar está arriba de la pila que descansa en la mesa de luz.


Paul Bettany, Stephen Berkoff, Rufus Sewell, Christian De Sica, Roaul Bova ponen la cara y pasan por caja a cobrar. A Timothy Dalton, zorro viejo le va un poco mejor (ojalá que si llego a su edad, pueda lucir más o menos como está él ahora).


El turista más que una remake es una reformulación de un film francés de Jérôme Salle del 2005: Anthony Zimmer con la también bellísima Sophie Marceau y el aussi talentoso Yvan Attal. Anthony Zimmer era un entretenimiento módico cuya trampa final no cerraba ni con llave inglesa, pero que de todos modos se disfrutaba por la química entre los actores. Angelina y Johnny como bien dijo el crítico de The Guardian están más preocupados en seducir a la cámara que a seducirse entre ellos y por consiguiente a la química se la llevaron a febrero. El argumento, corregido y aumentado por el director, Christopher McQuarrie (Los sospechosos de siempre) y Julian Fellowes (Gosford Park) sigue sin cerrar y sorprender, con el agravante de que con semejantes antecedentes, los guionistas recién nombrados no puedan escribir ni un chiste decente; él último es de gracia mediana y apunta más a bromear con la tremenda autoestima de Depp que con nosotros.


Tres elementos la salvan de la debacle total: 1) París y Venecia, merecedoras de la fama que ostentan, 2) la escenografía bella y lujosa como pocas y 3) el vestuario de Colleen Atwood. Bueno, convengamos que la Atwood no tuvo que pelarse mucho las pestañas, Angelina es tan escultural y elegante que hasta con una bolsa de arpillera luce arrebatadora. (Y perdonen la digresión, pero los labios de Angelina me rememoran siempre lo de “un damasco lleno de miel” de la Tonada de un viejo amor.)


O sea que si te gustan las pelis con ambientes, ropas y lugares suntuosos, no te la pierdas, pero si crees que el cine es algo más que un folleto turístico o una vidriera de shopping, quedate en casa y gastate el dinero de la entrada en helado mientras te despellejas el dedo haciendo zapping.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

martes, 27 de enero de 2009

El sustituto


Con Fargo, los hermanos Coen se mandaron un chiste genial. Nos hicieron creer a todos que el film estaba basado en hechos reales cuando no lo estaba.

De eso se trata la ficción, de contar historias que puedan ser tomadas por ciertas.

Los productores adoran las películas que empiezan con el cartelito: Basada en hechos reales. Creen que con eso ya tienen ganado en el público la suspensión de la incredulidad.

En lo personal, prefiero el cartelito que dice: “Los hechos y los personajes son ficticios, cualquier similitud con hechos y personas reales es pura coincidencia”. No en vano titulé a una de mis obras Pura coincidencia. Es que a mí me encanta cuando se atajan con eso de “cualquier similitud” porque me da por sospechar que sí se basan en hechos y personas reales y que lo niegan para no tener quilombos legales.

A lo largo de la historia de la ficción, innumerables autores se han quejado de que la realidad supera siempre a la ficción.

A mí, sin ir más lejos, me ha pasado que me han contado peripecias de la vida con el pretexto de que las ponga en una obra teatral y he terminado contestando: “Es imposible, nadie nos las creería. Y sin embargo eran ciertas”.

Es que la ficción tiene reglas estrictas. No importa tanto que algo sea cierto como que sea plausible en el contexto que se cuenta. Aquello tan viejo de “Se non é vero, é ben trovato" (Si no es cierto, está bien contado). Uno puede contar un disparate, pero si se lo construye con lógica, se lo detalla con fundamento, dentro de un contexto preciso, puede pasar por cierto o plausible.

Lo que cuenta Clint Eastwood en El sustituto fue verdad, pero uno debe pasarse todo el tiempo recordándose: “Fue verdad, fue verdad”, porque dentro del contexto de una película, (el cine es uno de los reinos de la ficción por antonomasia), resulta increíble. Ése es su problema.

Son tantas las cosas que le pasan a su protagonista, que parece cuento, bolazo, sanata. Y sin embargo, fue real.

Una mujer sale a trabajar y deja a su hijo de nueve años solo en la casa. Vuelve y no lo encuentra. Hace la denuncia a la policía. Pasa algún tiempo y le devuelven otro chico con la excusa de que es el que se le perdió. Ella asegura que no, que hay un error y la encierran en un manicomio. Y esto sólo es el principio, hay más. La película parece tener cuarenta finales y sigue. Hay más y más. Porque la realidad supera siempre a la ficción. Y ni la maestría cinematográfica de Clint Eastwood puede hacerla plausible. La ficción tiene otras reglas. Rígidas, no flexibles ni azarosas como la delirante realidad.

Pero si uno acepta la desazón y se repite: “Fue verdad, fue verdad”, el trámite puede disfrutarse a pesar del despliegue de talento de la Jolie.

Angelina nos dice todo el tiempo: “Miren lo buena que soy, lo bien que lo hago, nomínenme, prémienme”. Y uno se lo cree.

Algunos maestros de actuación dicen que ser un poco consciente de los propios recursos puede ser bueno, que no todo es entregarse al papel y dejarse fluir, que saber lo que uno puede hacer y usarlo como arma puede ser efectivo. Un poco consciente, porque estar demasiado consciente puede destruir el juego. Viendo la dsefachatez de Angelina, no estoy seguro de que tengan razón. Porque uno le ve la hilacha de hilo chanchero, pero es tal su caradurez que uno le cree y se lo celebra. Después de todo, actuar se trata de no dudar, de entregarse al juego y transmitir esa fe, esa convicción. Y Angelina no duda jamás de lo que hace.

Por lo antedicho, el film merece verse. Porque es una excepción a las reglas de la ficción y de la actuación.

Eso sí, está terminantemente prohibido para las madres de imaginación excesiva sobre peligro que corren sus hijos. Puede darle argumentos que después no se sacarán de encima. Porque lo que cuenta: “Fue verdad, fue verdad, fue verdad.”

Un abrazo,

Gustavo Monteros