viernes, 30 de octubre de 2026

Programa doble - Hoy: A cualquier precio y Mississippi en llamas



 

Cuando vi el tráiler de A cualquier precio (By Any Means, Elegance Bratton, 2026), supe que cuando la viera tendría la mejor predisposición para que me gustara por lo que prometía: moler a garrotazos a los hijos de puta.

 

Estoy hasta la coronilla de que los vivos de siempre gocen de impunidad, nos maltraten, nos avasallen, y estén a punto de sumirnos en la inercia de la inacción, de la resignación, del sometimiento.

 

Si la mansedumbre del acobardamiento nos llega a dominar socialmente, quiero al menos mantenerme furioso. Estoy harto del tengamos paciencia, ya va a pasar, porque al paso que vamos no nos va a quedar derecho que gozar, libertad a la que aspirar, bienestar al que añorar.

 

Si esto es un experimento sobre los límites del quebrantamiento, no hay por qué llegar al borde del aniquilamiento para reaccionar y gritar basta.

 

Pero volvamos a la película. La acción de A cualquier precio transcurre a principio de los años sesenta en el Sur profundo de los Estados Unidos.

 

La lucha es por el voto. Ahora los negros pueden votar, se invita a que lo hagan, pero la inscripción cuesta un par de dólares que muchos no pueden gastar. Un comerciante negro al que le está yendo muy bien (para resentimiento de algunos blancos) se ofrece a correr con los gastos cívicos de quienes no puedan hacerlo.

 

Los supremacistas blancos se resisten a perder preeminencia, no quieren que el voto se universalice y le prenden fuego a la casa del comerciante. La familia huye, pero él se queda para distraer a los atacantes y que no persigan a los fugitivos y muere.

 

La policía es supremacista y el FBI está inerme porque no respetan su autoridad. El agente negro Wayne Strider (Yahya Abdul-Mateen II) es ninguneado como si no ostentara cargo alguno.

 

El FBI extraoficialmente recurre a los servicios de un matón de la mafia, Greg Scarpa (Mark Wahlberg) que tendrá carta blanca para obtener “a cualquier precio” la información que se busca.

 

El director Elegance Bratton y el guionista Sascha Penn procuran que el relato sea claro y directo y lo logran a expensas de perder profundidad y bordear el maniqueísmo. Eso sí, nadie los podrá acusar de tibios o ambiguos a la hora de tomar un punto de vista y defenderlo. (Y es el correcto, sin duda)

 

El prólogo se detiene brevemente en un caso anterior de burla cruenta de la ley: el asesinato y desaparición de tres jóvenes activistas que buscaban inscribir nuevos votantes entre los remisos negros que no confiaban en las nuevas disposiciones.

 

Una lectura me recuerda que es el tema de Mississippi en llamas (Mississippi Burning, Alan Parker, 1988), entonces vuelvo a verla.

 

Efectivamente el crimen de los tres activistas es el detonante de la trama de la película de Parker, que se ocupa en su desarrollo de la investigación del caso. Dos agentes del FBI la llevan a cabo, Ward (Willen Dafoe) como líder y Anderson (Gene Hackman) como subalterno. Este clásico de Parker, con guion de Chris Gerolmo, sigue vibrante y preclaro.

 

Como una cosa lleva a la otra, recordé Al calor de la noche (In the Heat of the Night, Norman Jewison, 1967), un policial con Sidney Poitier y Rod Steiger sobre un crimen que no involucra la prosecución de derechos civiles.

 

Sin embargo, dentro de la trivia sobre el film en IMDB, figura esta nota: “Sidney Poitier insistió en que la película se rodara en el norte, debido a un incidente en el que él y Harry Belafonte estuvieron a punto de ser asesinados por miembros del Ku Klux Klan durante una visita a Mississippi. Por este motivo, se eligió Sparta, Illinois, como lugar de rodaje. No obstante, el equipo de producción y los actores se adentraron brevemente en Tennessee para filmar las escenas en exteriores de la plantación de algodón, ya que en Illinois no existía ninguna plantación similar que pudiera utilizarse. Durante el rodaje en Tennessee, Poitier dormía con un arma bajo la almohada. Tras recibir amenazas por parte de individuos racistas de la zona, el rodaje se interrumpió antes de lo previsto y la producción regresó a Illinois.”

 

Esto ratifica que incluso a fines de la década del sesenta, el Sur seguía candente y los supremacistas blancos seguían sin aceptar que había un nuevo orden que los despojaba de los privilegios detestables que habían ostentado hasta no hace mucho.

 

Pero volvamos al programa doble que nos ocupa. A cualquier precio y Mississippi en llamas tienen varias coincidencias, tres son notables.

 

Uno, las dos se ocupan de crímenes sobre voluntarios que procuraban extender los derechos civiles, ardua y lentamente conseguidos, sobre todo en el renuente Sur: la igualdad ante la ley sin discriminación racial y el voto universal.

 

Dos: la dinámica de la pareja protagonista. El personaje de Wayne Strider (Yahya Abdul-Mateen II) en A cualquier precio y el de Ward (Willen Dafoe) en Mississippi en llamas son muy apegados a los protocolos, las normas, la palabra escrita y se resisten al pragmatismo de sus compañeros, Greg Scarpa (Mark Wahlberg) en la primera película y Anderson (Gene Hackman) en la segunda.

 

Tres: en ambas películas los supremacistas ya no respetan la autoridad, los contratos sociales, los acuerdos de convivencia y creen que pueden salirse con la suya porque cuentan con la corrupción de la justicia, de la política y de las fuerzas policiales.

 

Tan corridos están de lo legal que caen en hechos tan deleznables que solo pueden calificarse de monstruosos. Las autoridades del FBI deciden también correrse por un rato de la ley y jugar con las mismas armas de los supremacistas: la intimidación, el matoneo, la tortura, todas formas de la violencia extremas. Y una vez que los tienen encausados otra vez, vuelven a atenerse a la ley.

 

¿Discutible?, por supuesto. Pero, ¿cómo se vuelve a las cacareadas ley y orden cuando representantes de esa ley y orden, más muchos ciudadanos de a pie, se han corrido de toda norma, código o restricción a niveles inaceptables?

 

Con la misma ley no se puede combatirlos, no la aceptan ni la obedecen y se han asegurado con corrupción de seguir en sus treces. Se abre el debate.

 

Y ya que estamos entre clichés, si la noche es más oscura en los minutos previos al alba, y el león es más mortífero cuando está herido y ve menguar sus fuerzas, los que se niegan a ceder un poder que ya no tienen se vuelven más peligrosos y cometen las peores tropelías cuando se ven cercados.

 

Seamos entonces muy cautos, la amenaza está más cerca de lo creemos. Si no que te lo cuenten los viejos a los que apalean todos los miércoles y los encarcelados por jueces celosos que aplican, desviando un par de comas, las leyes endurecidas y no muy claras que castigan la protesta. Y con las comas corridas, no hay guardián de derechos humanos que te salve. Comencemos a asumir que la realidad hace rato que se fue al carajo.

Gustavo Monteros

viernes, 23 de octubre de 2026

El beso en el asfalto



Todo empieza por querer cubrir un chanchullo policial.

 

El comisario Cunha (Oswaldo Loureiro) se ha excedido en un “interrogatorio” y la mujer interrogada perdió el bebé que engendraba. Y la prensa lo tiene a maltraer. Un periodista compinche suyo, Amado Pinheiro (Daniel Filho) le promete sacarlo de la primera página porque explotará un hecho del que fue testigo.

 

Cuando venía hacia la comisaría, vio un accidente y su curiosa consecuencia. Un hombre fue arrollado por un ómnibus. Y mientras agonizaba en plena calle, le pidió a Arandir (Ney Latorraca), un desconocido que se había acercado a ayudarlo que le diera un beso en la boca. Arandir sin dudarlo cumplió el último deseo del moribundo.

 

Pinheiro se propone transformar el beso piadoso en un acto flagrante de homosexualidad, comportamiento ilegal para la época.

 

Instalado el escándalo, con el paso de los días lo escalará. Primero transformará a Arandir en amante del difunto, después dirá que Arandir lo empujó bajo el ómnibus por celos.

 

Pinheiro, con la complicidad de Cunha, al no tener pruebas del disparate que está pergeñando, extorsionará a la viuda del accidentado (Ligia Diniz) para que sostenga la mentira de que Arandir y su difunto marido eran amantes.

 

Más adelante, Pinheiro y Cunha detendrán a la esposa de Arandir, Selminha (Christiane Torloni) no en la comisaría sino en un departamento que usan para sus “aventuras” para humillarla, la desnudarán y la vejarán para demostrarle cómo se comportan los hombres “de verdad”.

 

Dália (Lidia Brondi), la adolescente hermana menor de Selminha, que está enamorada de Arandir, querrá probarle que cree en su inocencia, incitándolo a que se acueste con ella.

 

Aprigio (Tarcisio Meira) padre de Selminha y Dália y por lo tanto suegro de Arandir, que estaba con su yerno en el momento del accidente, parece más interesado en saber cuál es la verdadera elección sexual de Arandir que en ayudarlo a limpiar su nombre. Dália cree que es porque Aprigio le tiene celos a Arandir dado que manifiesta una preocupante sobreprotección de Selminha.

 

Esta película, O Beijo no Asfalto (El beso en el asfalto), que dirigió Bruno Barreto en 1981 se basa en una exitosa obra teatral del provocador dramaturgo Nelson Rodrigues.

 

Como se ve por la sinopsis del argumento, el material es muy “Épater le Bourgeois”. Y el elemento catalizador que impulsa la trama, registrado en el título, el beso a un moribundo es, desde el ángulo que se lo mire, muy traído de los pelos.

 

Pero más allá de todas las convenciones a aceptar para que el cuento se erija triunfante, las intenciones críticas son fuertes y efectivas.

 

Hay para todos en este intríngulis. Los ciudadanos de a pie son ignorantes, hipócritas, fácilmente manipulables y no se hacen cargo de las barbaridades que condonan.

 

Y los que tienen un mínimo de poder y responsabilidad distorsionan la realidad, se regodean en apremios ilegales y, escudados en moralismos berretas, se procuran inmunidad y más poder.

 

El tratamiento de los problemas familiares es primitivo y vetusto. Y la presentación de los problemas sociales es gruesa y obvia.

 

Pero aquí y allá hay fogonazos poéticos muy logrados, que elevan lo pedestre del resto.

 

Pese a todo, lo que hace que este material se revisite (en 2018 inspiró otra película) es su vigencia. La problemática que plantea no se ha superado, ha evolucionado.

 

Las mentiras de los medios se llaman ahora “fake news”, los escándalos inventados para tapar negociados sucios o vergüenzas hediondas se denominan “operaciones de prensa”, y los excesos policiales siguen inmunes perdiéndose en eternos tecnicismos leguleyos, y si bien hay una mayor aceptación de las disidencias sexuales, no faltan retrógrados nostálgicos que avasallan lo ganado con violencia inaceptable.

 

Ya va siendo hora de contradecir a Discépolo y hacer que el mundo ya no sea una porquería.

Gustavo Monteros

El beso en el asfalto puede verse en Prime Video.


 

viernes, 16 de octubre de 2026

Digger


 

Digger

 

Me sumo al debate sobre Digger (Iñárritu, 2026) más cerca de la cacareada equidistancia que de la adhesión descontrolada y el desdén infundado. Porque no soy ni su seguidor incondicional ni me comporto con su cine como un detractor profesional.

 

Alejandro G. Iñárritu es un autor que respeto, aunque su obra no siempre me entusiasme. Me gustaron Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia) 2014 y Revenant El renacido, 2015. Me gustó hasta por ahí nomás la consagratoria Amores perros, 2000, más o menos 21 gramos, 2003. Vi hasta el final Babel, 2006. No me interesó ver Biutiful, 2019 y no la vi. Aprecié Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades, 2022. Y no por hacerme el interesante ni llevarle la contra a nadie, me gustó mucho Digger.

 

El debate ratifica que se trata de una pieza singular, audaz, ineludible.

 

En esencia, Digger es una sátira distópica (para no enredarnos y manejar los mismos conceptos, establezcamos que, según el diccionario de la Real Academia, “sátira” es “una composición en verso o prosa cuyo objetivo es censurar o ridiculizar a alguien o algo”; y “distópica” es referido a la “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causante de la alienación humana).

 

Es muy rica visualmente, de un humor muy oscuro, demandante desde lo intelectual (nada de andar pensando en qué vamos a comer después, mejor concentrarse en lo que se está viendo, que es una película seria, qué joder y no mero contenido audiovisual para ignorar a gusto).

 

Tiene una estructura compleja, pero de fácil seguimiento (no abusa de las elusivas complejidades de los años sesenta como 2001: Odisea del espacio (Kubrick, 1968) o Blow-Up (Antonioni, 1966) ni apabulla con las complejidades elípticas de los años setenta como Matadero 5 (Slaughterhouse-Five) Roy Hill, 1972 o Asesinos S.A. (The Parallax View) Pakula, 1974). No, si se le presta debida atención su planteo es claro y no requiere pensar sobre su armado a la salida.

 

Digger trata sobre las devastadoras consecuencias que provoca la codicia de un magnate sin límites ni controles.

 

Para no delatar ni caer en espóileres, digamos que tiene dos planos, el de la realidad y el de la representación, lo que posibilita tener un retrato completo del personaje principal, al que se puede llegar a comprender a pesar de despreciarlo u odiarlo.

 

Como toda película que se hace en la actualidad, se inscribe en la historia de la cinematografía y dialoga voluntaria o involuntariamente con obras creadas con antelación. Hablo de las famosas referencias.

 

Esta tiene muchas, pero dos son evidentes. Uno, el magnate de Digger tiene el sombrero que usa el actor Slim Pickens cuando “cabalga” la bomba atómica en Dr. Insólito o cómo aprendía a no preocuparme y amar la bomba (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, Kubrick, 1964). Y dos, cuando dice su descarga ante la asamblea europea remite al discurso de James Stewart en el clásico de Frank Capra de 1939, Caballero sin espada (Mr. Smith goes to Washington).

 

Y, claro, este magnate (Rockwell es su apellido) es otro self made man destruido, como los que creó literariamente Sinclair Lewis, uno de los primeros autores en advertir que el capitalismo es un sistema corrupto que idealiza codiciosos imperdonables.

 

Tom Cruise, pala en mano (“digger” es cavador en inglés) se despacha con una actuación muy premiable que, más allá del fracaso en las boleterías, no debería pasar desapercibida a la hora de los trofeos. Sorprende con una exuberancia arrolladora, un histrionismo inusitado. Se permite la misma audacia que exhibe la película. Lo secundan muy bien John Goodman, Michael Stuhlbarg, Burn Gorman, Riz Ahmed, Sandra Hüller, Jesse Plemons, Emma D’Arcy, Sophie Wilde, Pip Torrens y Mercedes Hernández.

 

Queda entonces por cubrir las preguntas del millón: ¿por qué sus detractores son tan virulentos?, y ¿por qué hay espectadores que se retraen ante la posibilidad de verla?

 

Quizás (no hay respuesta categórica, en líneas generales, el éxito se explica con facilidad, el fracaso es hijo de múltiples razones) se deba a que interpela con verdades incómodas.

 

Los que no tenemos poder nos hemos escudado siempre en que no somos los que decidimos y que, por lo tanto, no tenemos responsabilidad en la ruina o destrucción de los recursos naturales del planeta.

 

En una escena clave, el personaje principal cuestiona si es tan así.

 

Porque no solo no nos hemos opuesto con fuerza a la codicia de los poderosos, sino que pasivamente usufructuamos de ella.

 

Porque (no lo dice así la película, sino que lo digo yo) no hicimos de las “greenpeaces” corporaciones poderosas, ni nos volvimos anacoretas, ni fundamos comunidades que viven cercanas a la naturaleza, ni dejamos de consumir los últimos teléfonos, las últimas computadoras, los últimos artefactos inútiles que ni mejoran nuestra comodidad ni nos hacen más lúcidos.

 

Los dejamos destruir todo sin tirarles ni un cuete, menos que menos una bombita o quemarles una oficinita. No conformamos células terroristas para secuestrarlos preventivamente para asustarlos, no matarlos. Ni nos organizamos en el supremo castigo al capitalismo: negarnos a consumir lo que se produce con tanto daño.

 

Somos muchos los que hemos vivido más de la mitad de nuestra vida sin celulares ni internet ni “alexas” que prendan la luz porque se lo decimos, y no moríamos ni enfermábamos por no contar con esos supuestos bienes.

 

Como toda sátira tiene una intención moral: denunciar qué está mal e invitarnos a modificarlo. Nos reitera que el mundo se está yendo al carajo todos los días un poquito más.

 

Advertencia que los magnates que más daño hacen ignoran y que los que no somos magnates, también, porque elegimos que nos entretengan.

 

Los de a pie tenemos la disculpa adicional de que nos manipulan, de que somos víctimas de las versiones de la realidad que imponen los poderosos, de consolarnos con que somos inermes. Aunque siempre fuimos y somos y estamos advertidos.

 

Los efectos de la destrucción del equilibrio natural están a la vista y los padecemos ya, hoy, en este momento. Mañana, dentro de un rato, de inmediato serán peores. ¿Hacemos algo? ¿Haremos algo antes de que sea muy tarde? No sé. No creo. Ojalá.

Gustavo Monteros


viernes, 9 de octubre de 2026

Miss Julie


 

Como el tango, hay historias que te esperan hasta que estás listo para adentrarte en ellas. Siempre dejé para otro momento lo que August Strindberg tuviera para decirme con Miss Julie.

 

Strindberg (1849-1912) fue un dramaturgo sueco con una opinión no muy edificante del ser humano, basada en una mirada aguda y perniciosa, que te deja de una sola pieza y con pocas ganas de discutirle.  Miss Julie es una de sus obras más populares. Tanto que tiene varias (muchas) versiones cinematográficas.

 

Me concentraré solo en cuatro de ellas. Iré de atrás para adelante. En 2014, tenemos la que dirigió Liv Ullman con Jessica Chastain como Julie, Colin Farrell como John y Samantha Morton como Kathleen.




En 1999, está la que dirigió Mike Figgis con Saffron Burrows como Julie, Peter Mullan como Jean y Maria Doyle Kennedy como Christine.



 

 En tercer lugar, la de 1951, dirigida por Alf Sjöberg, con Anita Björk como Julie, Ulf Palme como Jean, Märta Dorff como Kristin y Anders Henrikson como el Barón.




Por último, en este recorte de cuatro versiones, la de 1946 que se llamó El pecado de Julia, dirigida por Mario Soffici con Amelia Bence como Julia, Aída Luz como Cristina y Alberto Closas como Juan.

 

Antes de empezar a detenernos en cada una de ellas, veamos los resúmenes de sus argumentos según distintas páginas. Estas sinopsis suelen ser muy reveladoras.

 

De la dirigida por Liv Ullman en 2014, dice Wikipedia: "La película se desarrolla en 1890, en el condado de Fermanagh (Irlanda), durante la noche de San Juan. La señorita Julie, hija de un terrateniente anglo-irlandés, intenta seducir a John, el criado campesino de su padre. El romance —marcado por las dinámicas de poder y clase— pronto toma un rumbo oscuro."

 

De la de 1999 que dirigió Mike Figgis, Filmaffinity la resume así: “Verano de 1894, Norte de Suecia. Una sociedad rígidamente clasista constituye un obstáculo que se opone a la relación entre Miss Julie, la hija de un conde, y Jean, un sirviente. La víspera de San Juan, mientras el padre de Julie asiste a la celebración del solsticio en la ciudad, su hija, abatida por la reciente ruptura con su prometido, es seducida por Jean durante la fiesta que se celebra en la propiedad campestre.”

 

De la de 1951 que dirigió Alf Sjöberg, resume Rotten Tomatoes: “En la Suecia de finales del siglo XIX, Julie, una joven aristócrata hermosa y audaz, rompe su compromiso tras humillar a su prometido y decide impulsivamente iniciar una relación con el criado Jean, a pesar de que este está comprometido con Kristin, la cocinera. Para su sorpresa, Julie se enamora sinceramente de Jean, pero comprende que las convenciones de clase les impiden estar juntos.”

 

Y de la de 1946 dirigida por Mario Soffici dice Filmaffinity: “El amor de una aristócrata por su criado la desquicia, cuando tras haber robado por él es abandonada.”

 

Las cuatro versiones tienen en común el tiempo de la acción: fines del siglo XIX en la noche de San Juan. La de 2014 difiere en el lugar, transcurre en Irlanda en vez de en Suecia.

 

Las de 2014 y 1999 son más fieles al ideario de Strindberg, las de 1951 y 1946 son adaptaciones muy libres.

 

Como informan todas las sinopsis, el argumento se centra en un triángulo amoroso, lugar común de la comedia burguesa, generalmente picaresca. Pero Strindberg subvierte toda intención humorística y hace un drama que culmina trágicamente.

 

La señorita Julie siente una fuerte atracción sexual por Jean, el criado de su padre. Atracción que es correspondida por el fulano y resentida por su novia, Kristin. Son tres personajes que no saben qué hacer con los que les pasa, constreñidos por fuertes condicionantes sociales.

 

La atracción sexual entre Julie y Jean se concreta en un coito extraño, con más desesperación que fulgor. Julie quiere verlo como el colmo de un enamoramiento, el inicio de un romance.

 

Ilusión que Jean corta de raíz, él ve la incipiente relación como la posibilidad de una mejora económica, que puede derivar eventualmente en un ascenso social. Fantasea con concretar sus sueños de poner un hotel en un lugar turístico con el dinero que aportaría Julie. Y una vez conseguido el éxito con esta empresa, procuraría conseguir un título nobiliario. Lástima que Julie no dispone de dinero propio.

 

Kristin ve todo como una aberración, para ella las clases sociales no se mezclan, los criados y los nobles deben relacionarse por su cuenta, separadamente.

 

Para los espectadores la situación es tan atrapante como dolorosa. Strindberg nos presenta tres personajes muy débiles que no pueden vencer los condicionantes sociales que los restringen. Superaron circunstancialmente las barreras que los separaban, gracias al embrujo efímero y festivo de la noche del solsticio. Pero la trasgresión no los empodera, los empequeñece (valga la paradoja) y tropiezan, una y otra vez, con sus perfiles psicológicos y los entornos sociológicos.

 

Julie caerá en una sinrazón que terminará trágicamente. Jean profundizará su miseria, su egoísmo, su servidumbre esclavizante. Kristin se refugiará en las convenciones asfixiantes, como la rutina, la aceptación de un lugar inmodificable en el mundo, la religiosidad mediocre y la carencia de ambiciones de mejora personal o avance social.

 

No andemos con vueltas, Strindberg es un poco sádico: mientras nos hace verlos explorar sus límites, nos invita a reconocer los que podamos tener nosotros.

 

Verlos deambular por todas las posibilidades que se les ocurren sin encontrar nunca una alternativa liberadora o una salida digna es cruel y morboso: no podemos apartar la vista, por más desgarradoras que sean sus peripecias.

 

Tanto Liv Ullman como Mike Figgis (aunque más Ullman) respetan la importancia de los simbolismos originales del texto (la noche, la navaja, las botas, el canario) al pie de la letra, aunque hoy nos parezcan obvios o redundantes (en el momento de su estreno eran relevantes e innovadores).

 

Cuando vean alguna de estas películas, coincidirán que la noche de San Juan y el canario son dos insoslayables catalizadores de situaciones, la primera promueve el coito que desestabilizará a los personajes sin vuelta atrás y el segundo desatará el irreversible destino de Julie.

 

Soffici ya desde el título (El pecado de Julia) nos anuncia que supeditará la trama y el destino de los protagonistas a la culpa católica. La lectura es válida, claro, aunque deje afuera las aristas políticas.

 

Y la versión del sueco Sjöberg debería en realidad llamarse La madre de la señorita Julia, porque esta adquiere una importancia que soslaya/reduce a Julie a una mera herramienta de su venganza. En esta lectura, el barón es un personaje determinante, y no una mera sombra que ejerce poder. Y la importancia que adquiere la madre de Julie circunscribe la anécdota de la obra al policial, porque los personajes ya no enfrentan los condicionantes sociales o personales, sino el capricho de los destinos imprevisibles. Entonces Sjöberg ya no hace Strindberg sino una derivación de Strindberg. Porque si el drama y la tragedia siempre habitan lo político; el policial, en cambio, se mueve en lo metafísico. Y no es lo mismo la cancha de tenis que la de fútbol.

 

La profundidad de Strindberg radica en que no se la hace fácil, ni para él, ni para sus personajes ni para sus lectores y espectadores. Escarba en las situaciones que plantea y en las voluntades de sus personajes hasta que no queda nada por decir o descubrir.

 

Y cuando el telón final está cayendo, nos desafía: ahora vos, querido espectador, me tenés que decir en qué medida todo pude haber sido diferente. Estos personajes no encontraron sosiego ni gozo ni bienestar, ¿vos cómo hallarías lo que ellos no pudieron ni buscar?

 

Las respuestas que le des pueden que no te hagan sabio, pero sí muy consciente de que tenés que cambiar el mundo, antes de que él acabe con vos. Porque terminar como la señorita Julia es fácil, pero es de débiles y cobardes.

Gustavo Monteros

viernes, 2 de octubre de 2026

Miss Sloane o Sola contra el poder


 

La Srta. Sloane (Jessica Chastain) hace su trabajo tan bien que los que la rodean, o trabajan con ella, la resienten y desprecian. Sus jefes la detestan, porque siempre tienen razón. Nadie la envidia, porque no tiene vida privada. Aunque se la pasa de evento en evento, y es más conocida que el Papa, nadie se relaciona con ella.

 

Es que tiene menos escrúpulos que una garrapata y si cuadra, vende al padre, al hijo, y te hace una rebaja por el espíritu santo. Miente a la perfección y manipula sin que se la caiga un remordimiento.

 

No tiene tiempo para disfrutar de las comidas, por eso come en un restaurant de comidas ultra rápidas. De coqueteos ni hablar, se las arregla con un servicio de sexo en hoteles. Sufre de insomnios machazos y los tranquilizantes son sus amigos más fieles.

 

Fuera de su círculo de acción, no puede vanagloriarse por lo bien que hace lo que hace, porque es lobista.

 

La democracia sigue siendo el modelo o pacto de gobierno más apreciable. No es perfecta, requiere de ajustes constantes. Sobre todo, cuando alguno de sus poderes tiende a salirse de cauce o sobrepasar a los otros.

 

Cada modelo democrático tiene sus lacras, una de las más perniciosas del sistema norteamericano es la existencia de los lobbies, la intermediación a la que recurren las grandes empresas para convencer a los representantes (diputados, senadores, gobernadores, etc.) de que sus representados necesitan sus servicios. En el mejor de los casos esa intermediación es innecesaria y sospechosa, y en el peor es un soborno encubierto.

 

Sin embargo, a pesar de la mugre de la profesión, a lo largo del relato, nuestro corazoncito está siempre con Jessica Chastein.

 

Entonces una pregunta se impone: ¿por qué simpatizamos con un personaje tan desagradable? ¿Porque lo hace Jessica Chastain, a la que aprendimos a querer por películas vistas anteriormente? ¿Porque estamos tan habituados a adherir a la protagonista que ya no consideremos sus cualidades morales? ¿Porque de tanto comprar lo que nos venden, suspendemos por completo la incredulidad, incluso cuando deberíamos discernir con más claridad y sin tanto apego?

 

La Srta. Sloane será la protagonista, pero es una persona horrible, a la que no querríamos ni por asomo en nuestra vida.

 

El género de la película oscila entre el retrato de un personaje singularísimo y el melodrama de juicio (Courtroom melodrama es su nombre técnico en inglés) Porque si bien no transcurre en un juzgado, sino en una audiencia en el Senado, tiene las vueltas y sorpresas de un melodrama de juicio.

 

Por supuesto hay una lógica maniquea para que la Srta. Sloane goce de nuestra simpatía. Al principio de la película, ella está en una empresa inescrupulosa, que está por aceptar ser promotora del uso indiscriminado de armas. Sloane se pasa a una empresa contraria que atiende a las necesidades de lobby de las ONG (los buenos) que en esta instancia se oponen al acceso libre de armas.

 

Pero, por más que Sloane se haya pasado al bando de los “buenos” sigue usando las triquiñuelas sucias del oficio lobista.

 

En el final habrá premiados y castigados, pero de basarse en hechos reales, Sloane no contaría en cuento. Los ricos y poderosos son malos perdedores y eliminan a los contrincantes que les hicieron daño o que podrían volver a ocasionárselo.

 

Pero Miss Sloane es una película de los dos mil y pico y no de los años setenta del siglo pasado, que tendían a pasarse de realistas cuando se trataba de enfrentar las consecuencias de embestir contra los intereses empresariales. De ahí que tenga más de cuento de hadas que thriller paranoide.

 

Y si el miedo no es tonto, entonces la paranoia bien fundada debería considerarse sabia. Porque gato confiado no llega a tener nueve vidas. Eso sí, sea como sea, la Srta. Sloane entretiene y mucho.

 

Miss Sloane o Sola contra el poder (John Madden, 2016) puede verse en Prime Video.

 

Gustavo Monteros


viernes, 25 de septiembre de 2026

La última estrella del cine (o Años de perro)


 

Segunda parte de un Programa doble con Burt Reynolds

Hoy: The Last Movie Star (o Dog Years)

 

La película con dos títulos, Dog Years (Años de perro) y The Last Movie Star (La última estrella del cine) (Adam Rifkin, 2017) no fue su última película, pero por resonar en algunos de sus recovecos más oscuros y por espejar circunstancias de su vida, fue su canto del cisne.

 

Burt Reynolds tenía 80 años recién cumplidos cuando la filmó y aunque estaba entero, ya le costaba proyectar la gallardía que lo caracterizó, se lo veía doblado, inclinado, y caminar con un bastón.

 

Algo que mellaba su eterna galanura, pero que convenía al tema de la película: la aceptación de que lo que se fue, ya no volverá.

 

Vic Edwards (Reynolds) fue una estrella refulgente, que anda con un presente no muy poblado. Y para empeorar la soledad achacosa, debe gestionar, ante un veterinario implacable, la partida de su perrito de 15 años, que ya no da más.

 

Vuelve a su casa con el collar del perro como prueba inútil de la fidelidad perdida. Lo revolea sobre el colchón irremediablemente vacío. En el correo recogido, entre cuentas y publicidades, una invitación a un Festival de cine en Nashville.

 

Al día siguiente en la vereda del café que frecuentan con su amigo, Sonny (Chevy Chase), le cuenta que lo quieren celebrar en Nashville. Sonny lo incita a aceptar la invitación e ir.

 

Y como en la película anterior que comentamos, A Bunch of Amateurs, es víctima de otro malentendido. Hay dos festivales en Nashville, uno más o menos importante y otro, casi secreto, que tiene lugar en el apartado de un pub, organizado por cinéfilos entusiastas. Vic, claro, va al segundo.

 

En la puerta del aeropuerto espera que lo venga a buscar una limusina y no el auto destartalado y ruidoso, en el que viene con pronunciada tardanza, Lil (Ariel Winter) la hermana del organizador principal del festival. Una muchachita tan rotunda como sensual que ignora todo sobre el invitado a recoger, porque no se le contagió la pasión de su hermano por el cine.

 

Lil lleva a Vic a un motel económico, limpio y cómodo, pero nada lujoso. Vic quiere tomar un avión de vuelta a su casa. Lil lo convence de que, ya que llegó hasta aquí, salude al menos a los aficionados que le prepararon el homenaje.

 

Lil le lleva muy poco el apunte a Vic, porque se la pasa peleando con un “novio” por el celular. Llegan al pub del festival y el hermano de Lil y los allí reunidos le dan la bienvenida a Vic con el fervor y la sentida calidez de su admiración.

 

Vic, se muestra primero condescendiente, pierde luego la paciencia, y los insulta de perdedores, que no saben tener una vida. Vic lleva tantos años siendo una estrella de cine, que ya olvidó, quizá porque él no necesitó nunca de una, para qué sirve una estrella de cine.

 

Nadie puede vivir sin sueños, sobre todo los menos favorecidos por la fortuna. Los sueños de la noche son a veces inaprensibles, huyen con la llegada de las preocupaciones del día. Las estrellas, en cambio, protagonizan sueños más duraderos: las películas, que se pueden volver a ver o soñar o recordar tantas veces como se quiera o sean necesarias. Para eso sirven las estrellas, para habitar sueños comprobables, por eso se las quiere, se las respeta, se las aprecia.

 

A Lil no le gusta nada lo que Vic acaba de hacer, porque ella, desconocida, ignorada, despreciada, con vapuleada o inexistente autoestima, también es una artista, y sabe que el arte es un privilegio que no se le enrostra a los que lo necesitan. Sus dibujos y pinturas, veremos más tarde, exorcizan espantos y horrores, propios y de los que los ven.

 

Pero no nos adelantemos. Lil lleva a Vic al aeropuerto, pero en medio del viaje, él le pide dar la vuelta, no para volver a Nashville sino para ir a Knoxville, ciudad cercana en la que Vic tiene cuentas que saldar.

 

El director de la película, Adam Rifkin, también guionista, dijo que, de no contar con Burt Reynolds, no la habría hecho, que la idea hubiera quedado plasmada solo en un papel. Vic Edwards está armado en torno a lo que Reynolds fue en el cine, de ahí que cuando se necesita ilustrar el pasado se recurre a series y películas protagonizadas por un Burt joven.

 

Y se constata otra vez el milagro de cuánto más específica se pone la película respecto a Burt Reynolds, más universal se vuelve y menos de Burt Reynolds es.

 

Promediando el film, la vejez y sus ventajas (porque las tiene, no todo es achaques y decrepitud) por más que se centren en Reynolds, dejan de ser de su exclusividad y pasan a ser la de todos. El viejito que se reconciliará con su pasado es a la vez Burt y todos los viejitos que somos y seremos.

 

Y en esta reconciliación mucho tendrá que ver Lil, claro está, pero no por imposición del argumento, sino por la feliz idea de que el guion la quiso artista. Porque eso es lo que hace que Vic o Burt entiendan todo tan de una vez, porque basta con que Lil vea y viva la vida como lo hace, para que Vic o Burt comprendan de qué va la cosa.

 

Ella no necesita discursear, le basta con ser ella, para que Vic o Burt terminen por abrir los ojos, dado que entre artistas se entienden.

 

Y Vic o Burt saldarán cuentas, pedirán disculpas, perdonarán para ser perdonados y serán solidarios, ¡por fin!, con los dolores provocados.

 

Y quedarán listos para tener otro perro. Porque los dos títulos son válidos. Porque cuando se es viejo y se ve para atrás, el tiempo pasó tan rápido, que se siente como si se hubiera vivido según la ecuación de los años de un perro, aquella de que un año humano equivale a 7 años de un perro.

 

Y sí, también Vic es la última estrella de cine, sus aficionados todavía se reúnen, aunque más no sea en un pub, uno al lado del otro para volver a ver sus películas. Esa comunión está perdida, los aficionados de las estrellas de los streamings se reunirán ¿en zoom?, ¿en algún tipo de chat?, ¿en una nube?

 

Sally Field en su autobiografía corrige la ilusión creada por las revistas del corazón, de que su relación con Burt Reynolds distó mucho de ser satisfactoria, que jamás sintió que fuera verdad lo que él repitió veces y veces, que ella era el amor de su vida.

 

Sally dice que él fue muy competitivo con ella, que la desalentaba, que la sabía versátil y buena actriz, pero que no la estimulaba a superarse, sino por el contrario a aceptar lo hecho y repetirlo.

 

Entrelíneas da a entender que ella lo quiso, que él pretendió quererla y que no lo logró. Los famosos amores desiguales.

 

Adam Rifkin en esta película hace que el alter ego de Burt Reynolds, su Vic Edwards pida disculpas a su primera mujer por el amor desigual con el que pagó su amor tan puro y desinteresado y Burt lo hace con tanta verdad que creo que, si Sally ve alguna vez esta película, lo perdonará.

 

Como lo perdonarán Judy Carne, Loni Anderson, Inger Stevens y Dinah Shore por decir pública e insistentemente que Sally era el amor de su vida.

 

¿Hay un solo amor? ¿Son varios a lo largo de una vida? No se sabe. Lo que queda claro es que nunca aprendemos a amar del todo. Si lo supiéramos seríamos grises, planos y aburridos y no necesitaríamos estrellas de cine, ni últimas ni primeras. O lo que es peor, ¡no necesitaríamos perros!

Gustavo Monteros


viernes, 18 de septiembre de 2026

Un rejunte de aficionados


 

Primera parte de un Programa doble con Burt Reynolds

Hoy: A Buch of Amateurs

 

Algunos lo aprenden más temprano que tarde, otros a pesar suyo porque no les queda posibilidad de resistirse, los más porque ya están de vuelta de tantas cosas que ¿por qué no? En resumen, no hay estrella con una larga carrera que no aprenda en un recodo del camino a reírse de sí o de la imagen proyectada.

 

Burt Reynolds, rey de la taquilla por casi 20 años, desde fines de los sesenta a fines de los ochenta del siglo XX, estuvo entre los que aprendió pronto a no tomarse tan en serio.

 

En los tempranos años setenta ya venía haciéndose guiños, pero invitado por Mel Brooks, se permitió una deliciosa autoparodia en La última locura de Mel Brooks, descriptivo título con el que se conoció por estos parajes a Silent Movie (Mel Brooks, 1976).

 

Y parece que le gustó porque en sus dos películas para 1978 reincidió: Si no me muero, me suicido (The End, Burt Reynolds, 1978) y Hooper, el increíble (Hooper, Hal Needham, 1978).

 

Y después, instalada ya la postmodernidad, con los juegos de metalenguaje presentes en casi todo, no faltaba algún ejemplo de autorreferencialidad aquí y allá en sus películas.

 

Y cuando se hizo muy mayor y ya no podía sostener el veterano héroe de acción o el galán maduro, algún que otro chiste sobre su pasada fama entró en las referencias de los secundarios característicos que hacía.

 

Pero su fulgor nunca se opacó del todo y lo seguían llamando para protagonizar y aparecer en los créditos antes del título. Y dos de esas muchas películas (Burt fue un gran trabajador, en la página IMDB, se cuentan 188 créditos actorales) lidian con los efectos colaterales de las largas carreras del mundo del espectáculo, como la fama escurridiza, el olvido a la vuelta de la esquina, el ya no ser lo que se era, y el “nadie te quita lo bailado”.  Y, claro, las referencias personales en los dobleces de los personajes, que de tan transparentes y específicas, casi son del mismísimo actor que los protagoniza.

 

Con casi diez años de diferencia, Burt Reynolds protagonizó dos comedias amables que espejan aspectos de su vida y de su figura. En el 2008 hizo A Bunch of Amateurs (Un rejunte de aficionados, Andy Cadiff) y en el 2017 hizo una película con dos títulos, el primero fue Dog Years (Años de perros, Adam Rifkin) que más tarde rebautizaron como The Last Movie Star (La última estrella cinematográfica).

 

Y las dos, la del único título y la del doble, contraponen los años dorados de la juventud y la fama con los no tan halagüeños presentes de los achaques y del ¿usted quién era?

 

En A Bunch of Amateurs, Burt es Jefferson Steel, un actor muy veterano que acaba de estrenar un film de acción, en el que a pesar de los años que no puede disimular sigue siendo el héroe y el galán. El público oscila entre la vergüenza ajena y la burla, cuando en el final del film lo ve irse en una moto con la chica linda. A juzgar por los pocos espectadores presentes, no será el éxito del año.

 

Su representante de toda la vida, Charlie Rosenberg (el entrañable Charles Durning) lo convence para que dé un giro a su carrera y acepte hacer teatro en Inglaterra: participar de un montaje del Rey Lear de Shakespeare, haciendo el personaje del título, en Stratford St. John, lugar que el representante y su representado confunden con Stratford-Upon-Avon.

 

Antes de partir, Jefferson se despide de su hija, Amanda (Camila Arfweds) que también es actriz y está dando sus primeros pasos en el teatro independiente. La dinámica padre-hija es ríspida. No están de acuerdo en nada.

 

Llega a Inglaterra y es el momento de enfrentar la realidad, no hay limusinas, ni hoteles cinco estrellas, ni siquiera un tráiler, y menos que menos un teatro hecho y derecho, si no un granero adaptado para hacer funciones.

 

Y cuando conoce a todo el elenco que lo acompañará, les dice:” Dónde está Judi Dench? ¿Kenny Branagh? ¡Que venga alguna de las Redgrave!” Lo irónico es que este grupo de aficionados lo admira y es el que lo invitó. El error de creer que lo llamaban del festival shakesperiano por excelencia o sea el de Strafford-Upon-Avon es de su ego y de su representante.

 

(Digresión necesaria: hubo desde siempre una aceptación universal de que los ingleses hacían sino el mejor teatro del mundo, el que más cercano estaba de serlo. Los ingleses se lo creyeron y establecieron una auténtica industria teatral. A lo largo y ancho del país, se incentiva la tarea teatral. Se la protege, se la subvenciona, se la estimula. No hay población que no tenga su teatro comunal o su teatro independiente, que compiten con los de las escuelas u universidades lugareñas, sin descartar las actuaciones de stand-up, humor, cabaret, burlesque, parodias, sátiras que se hacen en pubs o bares de hoteles. Además, están en las ciudades cercanas las grandes escuelas, las compañías establecidas, algunas muy célebres. Las bibliotecas públicas promueven las lecturas de las obras de Shakespeare, se hacen clubes del libro sobre sus ciclos, el histórico, las tragedias, las comedias, etc. Las bibliotecas hacen también lecturas ensayadas de obras, lo que nosotros llamamos semimontajes de obras. Los yanquis también estimulan la permanencia del teatro, en su caso, promueven sobre todo el teatro musical. Hacen campamentos de verano para montar musicales, las escuelas secundarias una vez por año hacen la producción completa de alguno, etc. Nosotros, los argentinos, también hacemos buen teatro y deberíamos resguardarlo. Cuando se vaya este gobierno que ha destruido todo lo que conseguimos, debemos recuperarlo, consolidarlo y extenderlo. Deben formarse escuelas y clubes de espectadores que analicen y vean las distintas propuestas tanto de teatros oficiales, independientes y comerciales. Recuperar no solo la capacidad de gestión sino la de crear un público fiel y entusiasta.)

 

Volvamos a la película. Jefferson se debate entre irse y quedarse. Volver a Los Ángeles es volver a lo de siempre, que ya no le ofrece porvenir. Quedarse quizá le abra nuevos caminos. Estas personas no serán ni Dench, ni Branagh, ni ninguna de las Redgrave, pero lo admiran y la han elegido para, nada más ni nada menos, Rey Lear.

 

No se va, pero no quiere profundizar relación con ellos. Los mantiene a distancia todo lo que puede. Esto de la ficción se espeja en lo que pasó en la realidad, según cuentan los compañeros de elenco de Burt Reynolds. Veamos quienes son.

 

En este momento de sus carreras, cuando filmaron esta película, algunos no habían alcanzado su cénit, pero pronto lo harían. Otros ya habían llegado a la cumbre. En el top billing (orden que aparecen en el reparto) esto se registra. Primero, claro, está el viejo y querido Burt, en segundo lugar, viene Samantha Bond, actriz de larga y prominente carrera en teatro y televisión, que en cine alcanzó su máxima notoriedad como la Srta. Moneypenny en la saga de James Bond, cuando este fue protagonizado por Pierce Brosnan.

 

El tercer lugar lo ocupó un actor tan querido por el público, mimado por la crítica, como respetado por sus pares actores, Derek Jacobi, que entre muchos personajes inolvidables fuera el Claudio de la ejemplar serie Yo, Claudio.

 

En cuarto lugar, aparece Imelda Stauton (estamos en 2008, Imelda no es la potencia que es hoy, pero ya había dejado su marca en la ineludible Vera Drake (Mike Leigh, 2004) por la que se llevó hasta una nominación para un Oscar como mejor actriz protagónica, no lo ganó, se lo arrebató Hilary Swank, por la boxeadora que hizo para Clint Eastwood en Million Dollar Baby o Golpes del destino. Las otras “perdedoras” de ese 2004 fueron Annette Bening por Being Julia (Conociendo a Julia, István Szabó), Kate Winslet por Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Michael Gondry) y Catalina Sandino Moreno por María, llena eres de gracia (Maria Full of Grace, Joshua Marston).

 

Y en el elenco de los actores aficionados que pretenden hacer Rey Lear está también Alistair Petrie, que venía haciéndose notar, además de por su altura, mide 1 metro, noventa y un centímetros, por su talento para armar personajes peculiares, pero que lograría por fin quedar en la mente de los espectadores con Sex Education, serie de cuatro temporadas entre 2019 y 2023, en la que interpretó al director de escuela Michael Groff, padre del díscolo Adam Groff (Connor Swindells). A decir verdad, Sex Education puso en el mapa y, con justicia, a todos los que participaron.

 

Estados de las carreras aparte, si juntás un elenco de actores ingleses, famosos desde el inicio de los tiempos como los más profesionales del universo y una estrella hollywoodense que comenzó como extra y doble de cuerpo. y que tiene un gran número de créditos profesionales en IMDB, es muy predecible que tengas un rodaje en fecha y sin mayores inconvenientes. Salvo alguna que otra anécdota, claro, que somos todos humanos.

 

Reiteramos, al igual que hace su personaje Jefferson Steel en la película, Burt Reynolds no sociabilizó mucho con sus compañeros de elenco y pasó casi todo su tiempo de no rodaje en el tráiler. Solo el productor podía ir a buscarlo para rodar y no siempre se sabía la letra. Sus compañeros actores no tuvieron que emular a los detectives de Agatha Christie para darse cuenta de que la letra no aprendida tenía que ver con los parlamentos sacados de Shakespeare. Reynolds nunca en su vida había dicho el título de una obra de Willy, menos recitado un parlamento. Cualquiera de sus compañeros de elenco y muchos de los técnicos podrían haberlo ayudado con las técnicas y trucos para decir Shakespeare. Por orgullo o timidez, Burt no pidió ayuda y tuvieron que recurrir a los viejos cartelones colgados por fuera del campo de la cámara con los textos que debía decir. Calculo que las pausas y prosodias para los versos se las marcaron en los ensayos.

 

Este párrafo contiene espóileres, así que si son quisquillosos con la información que podría evitarles sorpresas, saltéenselo. Después de muchas vueltas y problemas, este hato de aficionados, comandados por un héroe de acción, estrena por fin su versión de la obra. Todos los espectadores (público, periodistas, fotógrafos) se aprestan a desternillarse de risa, pero se llevan una gran sorpresa, la obra está bien contada, los actores están a la altura del desafío, y en el final todos terminan emocionados y tributan una ovación. Tal es el éxito que el granero, sede de la compañía, no da abasto y terminan haciendo algunas funciones en un teatro de verdad en la mismísima Londres. En las escenas en que se ve la obra, hay otros actores que los que conocimos, que hacen de figurantes o personajes secundarios. Pertenecen a una compañía de aficionados que montó Rey Lear y que como la de la película tuvo su tarde de sol en el éxito. No es de extrañar, lo de “aficionados” es muy relativo. Hay gente que estudió y no se desarrolló profesionalmente que después despunta el vicio en estos elencos. Otros no estudiaron, pero van por una docena de años que participan en compañías estables que montan tres o cuatro obras por año y tienen ya más experiencia que cinco profesionales. Etc. O sea, tránsito por un escenario no les falta.

 

Ahora bien, ¿la película es buena? Sí, aunque tiene un guion a medio cocinar. De habérselo dado a corregir a algún “doctor de guiones” es probable que algunas de las buenas ideas que quedan en embrión habrían pasado de nivel. De todos modos, es una comedia amable, entrañable, que se sigue con una sonrisa. Y aquí y allá tiene muy buenas líneas. Van un par de ejemplos:

Nigel Dewberry: [sobre Jefferson Steel] Seamos realistas: no es Laurence Olivier. En realidad, podría ser el primer actor de la historia que es demasiado viejo para interpretar a Lear. Sería un Yorick estupendo.

Kevin Patel: ¿Quién es Yorick?

Nigel Dewberry: La calavera de *Hamlet*.

(…)

Jefferson Steel: [sugiriendo una obra en la que podría actuar el año siguiente] ¿Qué tal *Ricardo III*?

Amanda Blacke: Sí, se te dan bien las secuelas.

(…)

Dos datos más:

Esta película fue seleccionada, con poca antelación, para la Royal Film Performance (evento cinematográfico anual en el que la realeza ve una película) de 2008, en sustitución de Harry Potter y el misterio del príncipe (2009), cuyo estreno se retrasó seis meses.

 

Fue la primera película importante de Burt Reynolds, rodada en el Reino Unido y estrenada en cines, desde Ladrón por excelencia (Rough Cut, Don Siegel, Peter R. Hunt y Robert Elis Miller,1980).

 

Es decir, gala real y vuelta al ruedo de las películas para cine, nada mal incluso para el “aficionado” Burt Reynolds. Es que el crimen puede que no pague, pero Willy Shakespeare, ¡siempre!, querido Burt.

Gustavo Monteros