En dos años consecutivos, en 1984 y 1985, Marcello
Mastroianni estrenó dos películas basadas en trabajos de Luigi Pirandello.
Ambas compitieron también en el Festival de Cannes.
En 1984 se presentó Enrique IV (Enrico IV)
basado en la obra homónima de 1922 de Pirandello, dirigida por Marco Bellocchio
y en 1985 fue el turno de Las dos vidas de Matías Pascal (Le due vite
di Mattia Pascal), dirigida por Mario Monicelli, basado en la novela de
1904 de Pirandello, El difunto Matías Pascal (Il fu Mattia Pascal).
Durante años Enrique IV de Marco Bellocchio fue
conocida por la banda de sonido creada por Astor Piazzolla, que incluía el tema
“Oblivion”. La película en sí había sido un fracaso de público y la crítica no
fue muy entusiasta. Un caso indiscutible de algo hecho antes de su tiempo,
porque hoy tiene una vigencia inusitada.
El argumento es sencillo. Bellocchio la circunscribe en el
momento de su realización o sea 1984. Enrique (Marcello Mastroianni) está desde
hace 20 años encerrado en un palacio creyéndose el rey alemán medieval, Enrique
IV.
La “locura” comenzó 20 años atrás, en una fiesta de
carnaval, cuando un grupo de ricos aristócratas hicieron una cabalgata
histórica disfrazados de personajes históricos. El futuro Enrique se cayó del
caballo y se golpeó la cabeza. Recuperado asumió la identidad del personaje
histórico del que estaba disfrazado.
Ahora, un psiquiatra intenta una cura. Los integrantes de
aquella cabalgata, incluida la mujer (Claudia Cardinale) de la que estaba
enamorado Enrique, se presentarán ante el monarca disfrazados, luego se
despedirán y a la noche, luces eléctricas mediante, le crearán un antichoque y
lo obligarán a asumir su verdadera identidad.
El tema de la obra y de la película es el límite de la
identidad. ¿Existe la identidad independiente de su entorno? Si se asume un rol
y los que lo rodean pretenden creerlo, ¿quiénes son los locos y quiénes los
cuerdos? Si el engaño es consentido, ¿existe la mentira o es un caso de lógica
invertida, otra forma de verdad?
Puede que, en 1984, las ideas de Pirandello no encontraran
correlación con el público, preocupado por otras cuestiones, pero hoy en día,
con las fake news, el algoritmo que puede sostener lo que sea que elijas creer,
con el triunfo de la subjetividad emocional por sobre la lógica y la verdad
científica, más la noción de la autopercepción, el planteo Pirandelliano
interpela con contundencia.
Mastroianni, que andaba en 1984, por sus 60 años, da una
actuación extraordinaria, excelsa, antológica. Y el maestro Bellocchio lo rodea
de una puesta en escena de mucha belleza. Dato curioso, la película dura una
hora con 23 minutos. De donde se comprueba que la profundidad no tiene por qué
ser larguera.
En mi opinión Las dos vidas de Matías Pascal del
maestro Monicelli está en las antípodas. Dura 3 horas con 20 minutos, y,
reitero, según mi entender, no está lograda, aunque no aburre y se sigue con
interés. La único en común con Enrique IV, aparte de la presencia del
inmenso Mastroianni, es que transcurre en el momento de su realización, es
decir 1985.
Quizá el mayor escollo de esta adaptación cinematográfica esté
en la esencia de la novela original, que si se la trae a la pantalla al pie de
la letra puede pasear por varios estilos y géneros.
Para empezar, Matías Pascal, es un personaje muy
desagradable: está malcriado, es cómodo, indolente, inmaduro, irresponsable, un
inútil en toda la regla. Muere el padre, y la familia, integrada ahora por la
madre y un hermano, pierde la fortuna reunida por el difunto, a manos de quien
fuera el administrador de los bienes, Malagna (Néstor Garay).
A pesar de que la tía Scolastica (Helen Stirling) se los
advierte, ni Matías ni su hermano hacen nada. El hermano al menos tiene la
disculpa de vivir en la ciudad y estar casado.
Matías, cual patriarca medieval, le mete mano a Olivia
(Clelia Rondinella), hija del cuidador de las viñas. El “romance” no prospera
porque Olivia se casará con Malagna.
Pasada la boda, una pariente política de Malagna, Romilda
(Laura del Sol), a instancia de su insoportable madre, la viuda Pescatore, le
tira los galgos a Matías.
Comienza entonces una clara farsa sexual. Matías embaraza a
Romilda, pero esta se va con Malagna, que dejará a Oliva porque esta no le da
el hijo que busca, prefiere criar el que tendrá Romilda.
Matías embaraza a Oliva y le pide que le diga a Malagna,
que es hijo de él.
Malagna deja a Romilda que es obligada a casarse con
Matías. Matías y su madre (Flori Cantori) terminan viviendo en casa de Romilda
y su madre, la viuda Pescatore (Rosalia Maggio). Romilda tiene una hija, que
muere al poco tiempo de nacer.
La viuda Pescatore tortura y humilla constantemente a la
madre de Matías. Cuando se entera la tía Scolastica se la lleva a su casa, pero
ya es tarde, la madre de Matías muere de tristeza casi de inmediato.
Matías, en el interín, consiguió por intermedio de su
amigo, Mino Pomino (Alessandro Haber) un trabajo de asistente del bibliotecario
municipal, (Carlo Bagno).
A todo esto, el entierro de la madre de Matías se hace a
todo lujo y lo paga la tía Scolastica.
Y como el hermano de Matías no vino a las exequias, le
envió un dinero a Matías, que va a compartirlo con su esposa y su suegra, pero
como lo insultan, no se los da y se va.
De casualidad se sube a un tren que va a Montecarlo. Se
hace de una pequeña fortuna y cuando decide volver, se entera que en el pueblo
del que viene lo han dado por muerto.
Entonces se va a Roma y asume el nombre de Adriano Meis.
Hasta aquí, a pesar de cambios menores, puede decirse que
Monicelli es fiel a la primera vida de Matías, según Pirandello, pero cuando
comienza la de Adriano se permite unas cuantas licencias.
En el libro original, Adriano (el ex Matías) termina en una
pensión, en la que el género dominante es el de una comedia dramática con
romance.
El dueño de casa es un viejo que cree en el espiritismo,
creencia estimulada por el nuero, viudo de la hija mayor del viejo. Este tipo
estafó a una profesora de canto madurita, a la que le quitó un dinero
importante. Esta profesora actúa de médium. Ahora el malandra anda detrás de la
hija menor de la que se enamoró Matías / Adriano, hasta aquí, Monicelli se
ajusta al original.
En la novela de Pirandello, el nuero estafador le roba a
Matías / Adriano una buena tajada de dinero. Como este no puede ir a la policía
sin traicionar la doble identidad, a pesar de su amor por la hija menor del
viejo, finge un suicidio y vuelve al pueblo, a recuperar su rol de Matías.
En la película de Monicelli hay toda una subtrama para
conseguir documentos a nombre de Adriano, y antes de volver al pueblo, se lleva
a la hija menor del viejo de luna de miel anticipada a Venecia. Gasta toda la
plata que le queda en casinos, y cuando se queda sin un centavo y la chica le
dice que está embarazada, se hace el suicidado y se va.
El género de esta parte es más bien de policial negro, y
Matías que en la novela no queda bien parado, en la versión Monicelli es lisa y
llanamente un hijo de su mala madre. Eso sí, Monicelli respeta el final
original, que no contaré.
Monicelli es uno de los grandes de cine italiano, pero fue
tan prolífico que no todas sus películas tienen el nivel de excelencia
indiscutida que alcanzan, por ejemplo, La armada Brancaleone o La
grande guerra o Los desconocidos de siempre.
Esta es una película fluida, prolija, bien contada, pero
sin un punto de vista claro. No se inmiscuye con el tema que Pirandello trata
en la novela original: ¿se puede tener una identidad no contaminada por la
visión de los otros, que por la estructura social dominante pueden determinar
quienes tenemos que ser? Monicelli se inclina más por los vaivenes del destino,
como los trata el policial negro.
Como sea, no empañan un recuerdo que aprecio. Mastroianni,
como actor, y Monicelli, como director, hicieron una de las películas que más
amo y nunca me canso de ver, un capolavoro de aquellos: Los compañeros.
Gustavo Monteros















