Me he pasado la vida con las películas y no ha sido en
vano. Entre las huellas que me dejaron figuran el agradecimiento, el respeto,
la simpatía y ¿por qué no?: un dejo de cariño por todas ellas.
Hasta detrás de la más insignificante, de la más errada, de
la más torpe, hubo personas que quisieron hacerla, que soñaron hacerla o que no
tuvieron más remedio que hacerla, incluso por un motivo vil o necesitado,
cualidades que siempre tienen que ver con el dinero.
Por eso nada me indigna más que se anteponga el poder que
como espectador tenemos por encima de cualquier otra consideración. Me refiero
a la descalificación injusta. Aquello de “no me gustó, es un bodrio”. Falla
lógica si las hay.
Algo puede no haberte gustado por un sinfín de
considerandos, ninguno de ellos la convierte en un bodrio. Hay muchísimas
películas de encumbrada fama, obra de dignísimos directores que no me han
gustado ni remotamente, no por eso son un bodrio. Y hay bodrios irredimibles
que amo por los motivos erróneos.
A lo que voy es que la calidad de una película (eximia o
execrable) no se mide por si te gusta o no. Un bodrio es un bodrio y tus gustos
son tus gustos. Que algo no te guste no lo descalifica. Al igual que si algo te
gusta no lo convierte en ley sagrada.
Es que soy muy sensible (y un rompe bolas).
Una película debe juzgarse según sus propios parámetros. Si
a una comedia desbocada se la juzga desde la elegancia neoclásica, el veredicto
será malo y erróneo.
A cada cosa se la juzga por lo que es o pretende ser.
Imponerle lineamientos que no la abarcan es de malas personas.
Pero son tiempos en los que “yo creo”, “yo pienso”, “yo
considero” reinan supremos y se habla sin pensar.
Imagínate pedirle al espectador que decodifique antes de
abrir la boca. Antes habrá árboles de dinero, gallinas que ponen huevos Fabergé
o ricos que son piadosos.
A lo que voy es que se puede ser muy injusto con el cine de
Paul Feig (Damas en guerra (Bridesmaids, 2011), Chicas armadas
y peligrosas (The Heat, 2013), SPY: una espía despistada (Spy,
2015), Cazafantasmas (Ghostbusters, 2016), Un pequeño favor
(A Simple Favor, 2018), Last Christmas: Otra oportunidad para amar
(2019), Otro pequeño favor (Another Simple Favor, 2025) y ahora La
empleada (The Housemaid, 2026).
Sin embargo, el hombre tiene suerte, juega bien sus cartas,
se lo decodifica bien y se sale siempre con las suyas.
Sus películas son artificios puros. Salvo detalles muy
secundarios, nada se parece ni remotamente a la realidad. Sus personajes solo
pueden vivir dentro de la lógica de lo que se cuenta.
Y mientras la historia se cuenta, nada nos parece fuera de
lugar. Quizá son el equivalente a esas novelas de tapas lustrosas con gente
bella y títulos denunciantes de lo que son y adónde van. Algo así como Amantes
en peligro, Las lujuriosas noches del Caribe, La vi y morí, etc.
Aquí los primeros 10 minutos presentan inmejorablemente el
ambiente y los personajes que lo habitarán.
Millie Calloway (Sydney Sweeney) tiene insatisfechas las
necesidades de anteayer, tanto que vive en el auto antediluviano y cascajoso de
su propiedad. Va a una entrevista para asistenta de limpieza, comida y cuidado
de niños en una mansión que le da sueños húmedos a cualquier vendedor
inmobiliario.
Su patrona será Nina Winchester (Amanda Seyfried). Millie
no da de supuesta peligrosa, sucia y andrajosa porque la hace Sidney Sweeney
sino hippona progresista y por lo tanto Nina la toma.
El marido de Nina es Andrew Winchester (Brandon Sklenar) un
musculoso tan apuesto y bronceado que da estrella de porno gay.
La hija de ambos (¿lo es?), Cece Winchester (Indiana Elle)
es una preadolescente tan buena onda, que justifica la existencia del control
de la natalidad.
A Millie le asignan el ático, que es tétrico, a pesar de la
impecabilidad del diseño.
A la mañana siguiente Nina revela que está de atar,
candidata certificada al premio de Mejor Trastornada Psiquiátrica del Año. A
cualquiera no le alcanzaría las patas para huir, no a Millie, claro, que
literalmente no tiene dónde caerse muerta. Además, el semental musculoso algo
de onda le tira, entonces…
El argumento tendrá más vuelas de rosca que tornillo a
ajustar. A cuál más traída de los pelos, pero muy ingeniosas y sorprendentes.
Tanto que no hay grieta de desinterés.
Encima hay carrete para una segunda parte, para la que ya
me estoy anotando.
Calculo que ejércitos de psicólogos y sociólogos tendrían
horas incontables y muchos libros para elucubrar sobre los personajes, nosotros
y nuestra relación con los mismos, y los resultados no serían muy halagüeños,
pero ¿quién nos quita lo bailado? (Bueno, en este caso lo entretenido)
Gustavo Monteros
































