La ópera de tres centavos de
Bertolt Brecht y Kurt Weill se estrenó el 31 de agosto de 1928 en Berlín y el
teatro no volvió a ser el mismo. Alrededor del mundo, todos a su debido tiempo,
tuvieron que empezar a discutir las ideas de Brecht sobre lo que denominó
“teatro épico” y “distanciamiento”.
Nadie vislumbró el éxito colosal que tendría. Fue de
inmediato un ícono cultural alemán y un título obligado de exportación.
En su país de origen fue también un suceso de mercadeo: aparte
de la gran venta de grabaciones y partituras con la música de Weill, se
organizaron fiestas temáticas a partir del argumento, hubo bares y salones en
su estilo, se vendió ropa inspirada en las prostitutas, proxenetas y gánsteres
de la obra, se imprimieron postales, papel para paredes, y hasta hubo vajillas.
El argumento se basa en el clásico inglés del siglo XVIII, La
ópera del mendigo de John Gay, traducida para Brecht por Elizabeth Haupmann.
Gira alrededor del enfrentamiento entre Macheath (Mackie
Messer, en alemán, o sea Mackie el navaja), un estafador, ladrón, proxeneta,
asesino, y Peachum, el “rey” de los mendigos de la ciudad de Londres.
La enemistad surge porque Mackie se enamora y se casa con
Polly, hija adolescente de Peachum.
En el devenir de la historia tienen prominente
participación la Sra. Peachum, madre de Polly, Jenny, una prostituta examante
de Mackie, el Tigre Brown, jefe de policía y Lucy, la “esposa” de Mackie hasta
que llegó Polly.
Por género es una sátira, en este caso socialista, de
marcado inclinación marxista, crítica del capitalismo.
La música de Kurt Weill está influida por el jazz, las
danzas folklóricas alemanas, el estilo cabaretero y la música clásica, claro.
En 2018 para festejar los 90 años de su estreno, el
director (por entonces debutante en el largometraje) Joachim Lang, que había
escrito su tesis doctoral sobre la versión cinematográfica de 1931 de G.W.
Pabst de la obra de Brecht/Weill y que había dirigido el Festival Brecht de
Augsburgo, tras unos 10 años de investigación, decidió filmar la historia del
intento fallido de Brecht de llevar al cine su versión propia del éxito
teatral.
Lang llamó a su film La película de tres centavos (Dreigroschenfilm,
en el original), distribuido internacionalmente como Mackie Messer, el film
de tres centavos de Brecht.
A Joachim Lang le quedó una película tan fascinante y
compleja como fácil de seguir. Así como Roma no se construyó en un día, si se
va por partes y despacio, se pueden acumular tantas capas o pliegues, como se
quieran, a un film sin que nadie se pierda.
La película comienza en 1928 y nos muestra el caótico
último ensayo de la pieza. Vemos que nada fue fácil, que todos tenían opiniones
fuertes sobre lo que se estaba haciendo o debía hacerse.
Pasamos al estreno y el público se enamora de inmediato de
la obra. Hay que obviar la decisión de no hacer bises: al final de cada tema musical
se produce una ovación tan clamorosa que la canción debe repetirse varias veces
para saciar al público.
Estamos entonces en una película que nos introduce en un
teatro en el que se ensaya, o sea estamos en un film que va al teatro para
después pasarnos al teatro dentro del teatro.
De la noche a la mañana todos son celebridades y Brecht
comienza a hablarle a la cámara (es decir lo que se llama en teatro eliminación
de la cuarta pared y en cine salida del confinamiento cinematográfico).
Sabemos por los créditos iniciales que Brecht solo dice
frases sacadas de sus escritos. Todo lo que dice remite directamente a su prolífica
obra. Y tanto el hablar en forma fidedigna como el dirigirse a la cámara son
técnicas documentalistas que se incorporan a la narración.
El éxito de la obra es tan apabullante que se discute una
prolongación cinematográfica. Primero Brecht se negará, después se contradirá y
adherirá a la idea de una película.
Comienzan las entrevistas con el productor Seymour
Nebenzahl. Y surgen dos visiones que se contraponen. Brecht no quiere una
transcripción de su puesta teatral, quiere un despliegue distinto con más
escenografías y extras, y en lo ideológico, una profundización de las ideas. El
productor, por el contrario, quiere la obra que vio en escena, subrayada por un
hálito de cuento de hadas.
Como mencioné, las dos concepciones se exponen visualmente.
Ya sabemos que la película según las ideas de Brecht jamás se realizó, entonces
cada vez que nos adentramos visualmente en su punto de vista, asistimos a lo
que pudo hacerse de haberse impuesto el ideario de Brecht.
Paralelamente vamos conociendo la obra, vemos su progresión
dramática, y atestiguamos el contraste de la visión del productor (teatro
tradicional con el involucramiento emocional del espectador) versus el credo
del distanciamiento que desarrolla Brecht en su “teatro épico” Todo por el
mismo precio, sin que nadie se ahogue con un pochoclo.
Como las distintas lecturas o pliegues se van sumando con
“naturalidad”, nadie se confunde o se queda atrás.
Seguro de su procedimiento, Lang procede a agregarle otra
capa, de “realidad” esta vez. Suma escenas documentales de lo que estaba
pasando en Alemania por entonces: el advenimiento del nacionalsocialismo (de
los nazis, bah).
Las discusiones con el productor llegan a un punto muerto y
Brecht inicia acciones legales. Sabe que los jueces le fallarán en contra, pero
tal veredicto mostrará al público que el capitalismo arrasa al arte y que la
visión del artista estás sujeta a la voluntad del que pone la plata, otra
instancia de lo que ya dice en la obra original.
Otro pliegue, la crítica al capitalismo está dentro de la
obra y también se ratifica por afuera.
El juicio se teatraliza, entonces por lógica inversa (si lo
real se teatraliza, lo teatralizado es real) se subraya que los hechos que la
obra presenta (los crímenes de Mackie, el comportamiento de la Policía, el
dinero como valor supremo, los negocios como única razón social) tienen asidero
también en la realidad.
Y nosotros, los espectadores, vamos aceptando e
incorporando los distintos planos de realidad y teatralización.
Podemos involucrarnos emocionalmente o no, aunque en verdad
se nos invita a que lo hagamos, pero solo después de tomar “distancia”, de ver
cómo se manejan los hilos que avanzan la trama.
Y ya estamos por llegar al final, de la pieza y de la
película, porque la trama de la obra siguió desarrollándose, y como tiene
canciones, no nos atosigó el juego de tantas lecturas o pliegues, la música del
gran Kurt Weill nos fue relajando y maravillando.
Conocemos primero el final de la obra y de inmediato se nos
cuenta que, para la película sobre la obra, Brecht imaginó que Mackie y Polly
terminaban como expertos en negocios especulativos con acciones, o sea ¡en la
timba financiera! (consecuencia natural del capitalismo no productivo).
No voy a andar con vueltas la película es excelente e
intelectualmente muy nutritiva. Algunos la calificarán de didáctica, lo que no
considero una descalificación, porque aprender, hasta dónde sé, nunca mató a
nadie. Los que nada saben de Brecht, se harán una idea acabada de su credo
teatral, de su concepción del mundo. Los que lo conocen, refrescarán conceptos.
Esta película confirma que La ópera de tres centavos
es una catedral teatral que no necesita agregados ni subrayados para erigirse relevante
en los tiempos que corren.
Dialoga con la realidad de este país (y de muchos otros que
están en situación parecida a la nuestra.)
Entonces ¿por qué la versión de la obra que se en estos
días en el Teatro Alvear es tan fea y tan mala? ¿Destruyeron la ideología de la
obra accidentalmente o a propósito? Si no son traicionadas, las obras viven.
Eso que se ve en el Alvear es un cadáver putrefacto.
Gustavo Monteros
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