Como el
tango, hay historias que te esperan hasta que estás listo para adentrarte en
ellas. Siempre dejé para otro momento lo que August Strindberg tuviera para
decirme con Miss Julie.
Strindberg
(1849-1912) fue un dramaturgo sueco con una opinión no muy edificante del ser
humano, basada en una mirada aguda y perniciosa, que te deja de una sola pieza
y con pocas ganas de discutirle. Miss
Julie es una de sus obras más populares. Tanto que tiene varias (muchas)
versiones cinematográficas.
Me concentraré solo en cuatro de ellas. Iré de atrás para adelante. En 2014, tenemos la que dirigió Liv Ullman con Jessica Chastain como Julie, Colin Farrell como John y Samantha Morton como Kathleen.
En 1999, está la que dirigió Mike Figgis con Saffron Burrows como Julie, Peter Mullan como Jean y Maria Doyle Kennedy como Christine.
En tercer lugar, la de 1951, dirigida por Alf Sjöberg, con Anita Björk como Julie, Ulf Palme como Jean, Märta Dorff como Kristin y Anders Henrikson como el Barón.
Por último,
en este recorte de cuatro versiones, la de 1946 que se llamó El pecado de
Julia, dirigida por Mario Soffici con Amelia Bence como Julia, Aída Luz
como Cristina y Alberto Closas como Juan.
Antes de
empezar a detenernos en cada una de ellas, veamos los resúmenes de sus
argumentos según distintas páginas. Estas sinopsis suelen ser muy reveladoras.
De la
dirigida por Liv Ullman en 2014, dice Wikipedia: "La película se
desarrolla en 1890, en el condado de Fermanagh (Irlanda), durante la noche de
San Juan. La señorita Julie, hija de un terrateniente anglo-irlandés, intenta
seducir a John, el criado campesino de su padre. El romance —marcado por las
dinámicas de poder y clase— pronto toma un rumbo oscuro."
De la de
1999 que dirigió Mike Figgis, Filmaffinity la resume así: “Verano de 1894,
Norte de Suecia. Una sociedad rígidamente clasista constituye un obstáculo que
se opone a la relación entre Miss Julie, la hija de un conde, y Jean, un
sirviente. La víspera de San Juan, mientras el padre de Julie asiste a la
celebración del solsticio en la ciudad, su hija, abatida por la reciente
ruptura con su prometido, es seducida por Jean durante la fiesta que se celebra
en la propiedad campestre.”
De la de
1951 que dirigió Alf Sjöberg, resume Rotten Tomatoes: “En la Suecia de finales
del siglo XIX, Julie, una joven aristócrata hermosa y audaz, rompe su
compromiso tras humillar a su prometido y decide impulsivamente iniciar una
relación con el criado Jean, a pesar de que este está comprometido con Kristin,
la cocinera. Para su sorpresa, Julie se enamora sinceramente de Jean, pero
comprende que las convenciones de clase les impiden estar juntos.”
Y de la de
1946 dirigida por Mario Soffici dice Filmaffinity: “El amor de una aristócrata
por su criado la desquicia, cuando tras haber robado por él es abandonada.”
Las cuatro
versiones tienen en común el tiempo de la acción: fines del siglo XIX en la
noche de San Juan. La de 2014 difiere en el lugar, transcurre en Irlanda en vez
de en Suecia.
Las de 2014
y 1999 son más fieles al ideario de Strindberg, las de 1951 y 1946 son
adaptaciones muy libres.
Como
informan todas las sinopsis, el argumento se centra en un triángulo amoroso,
lugar común de la comedia burguesa, generalmente picaresca. Pero Strindberg
subvierte toda intención humorística y hace un drama que culmina trágicamente.
La señorita
Julie siente una fuerte atracción sexual por Jean, el criado de su padre.
Atracción que es correspondida por el fulano y resentida por su novia, Kristin.
Son tres personajes que no saben qué hacer con los que les pasa, constreñidos
por fuertes condicionantes sociales.
La atracción
sexual entre Julie y Jean se concreta en un coito extraño, con más
desesperación que fulgor. Julie quiere verlo como el colmo de un enamoramiento,
el inicio de un romance.
Ilusión que
Jean corta de raíz, él ve la incipiente relación como la posibilidad de una mejora
económica, que puede derivar eventualmente en un ascenso social. Fantasea con
concretar sus sueños de poner un hotel en un lugar turístico con el dinero que
aportaría Julie. Y una vez conseguido el éxito con esta empresa, procuraría
conseguir un título nobiliario. Lástima que Julie no dispone de dinero propio.
Kristin ve
todo como una aberración, para ella las clases sociales no se mezclan, los
criados y los nobles deben relacionarse por su cuenta, separadamente.
Para los
espectadores la situación es tan atrapante como dolorosa. Strindberg nos
presenta tres personajes muy débiles que no pueden vencer los condicionantes
sociales que los restringen. Superaron circunstancialmente las barreras que los
separaban, gracias al embrujo efímero y festivo de la noche del solsticio. Pero
la trasgresión no los empodera, los empequeñece (valga la paradoja) y
tropiezan, una y otra vez, con sus perfiles psicológicos y los entornos
sociológicos.
Julie caerá
en una sinrazón que terminará trágicamente. Jean profundizará su miseria, su
egoísmo, su servidumbre esclavizante. Kristin se refugiará en las convenciones
asfixiantes, como la rutina, la aceptación de un lugar inmodificable en el
mundo, la religiosidad mediocre y la carencia de ambiciones de mejora personal
o avance social.
No andemos
con vueltas, Strindberg es un poco sádico: mientras nos hace verlos explorar
sus límites, nos invita a reconocer los que podamos tener nosotros.
Verlos
deambular por todas las posibilidades que se les ocurren sin encontrar nunca
una alternativa liberadora o una salida digna es cruel y morboso: no podemos
apartar la vista, por más desgarradoras que sean sus peripecias.
Tanto Liv
Ullman como Mike Figgis (aunque más Ullman) respetan la importancia de los
simbolismos originales del texto (la noche, la navaja, las botas, el canario)
al pie de la letra, aunque hoy nos parezcan obvios o redundantes (en el momento
de su estreno eran relevantes e innovadores).
Cuando vean
alguna de estas películas, coincidirán que la noche de San Juan y el canario
son dos insoslayables catalizadores de situaciones, la primera promueve el
coito que desestabilizará a los personajes sin vuelta atrás y el segundo
desatará el irreversible destino de Julie.
Soffici ya
desde el título (El pecado de Julia) nos anuncia que supeditará la trama
y el destino de los protagonistas a la culpa católica. La lectura es válida,
claro, aunque deje afuera las aristas políticas.
Y la versión
del sueco Sjöberg debería en realidad llamarse La madre de la señorita Julia,
porque esta adquiere una importancia que soslaya/reduce a Julie a una mera
herramienta de su venganza. En esta lectura, el barón es un personaje
determinante, y no una mera sombra que ejerce poder. Y la importancia que
adquiere la madre de Julie circunscribe la anécdota de la obra al policial,
porque los personajes ya no enfrentan los condicionantes sociales o personales,
sino el capricho de los destinos imprevisibles. Entonces Sjöberg ya no hace
Strindberg sino una derivación de Strindberg. Porque si el drama y la tragedia
siempre habitan lo político; el policial, en cambio, se mueve en lo metafísico.
Y no es lo mismo la cancha de tenis que la de fútbol.
La
profundidad de Strindberg radica en que no se la hace fácil, ni para él, ni
para sus personajes ni para sus lectores y espectadores. Escarba en las
situaciones que plantea y en las voluntades de sus personajes hasta que no
queda nada por decir o descubrir.
Y cuando el
telón final está cayendo, nos desafía: ahora vos, querido espectador, me tenés
que decir en qué medida todo pude haber sido diferente. Estos personajes no
encontraron sosiego ni gozo ni bienestar, ¿vos cómo hallarías lo que ellos no
pudieron ni buscar?
Las
respuestas que le des pueden que no te hagan sabio, pero sí muy consciente de
que tenés que cambiar el mundo, antes de que él acabe con vos. Porque terminar
como la señorita Julia es fácil, pero es de débiles y cobardes.
Gustavo Monteros









