Primera parte de un Programa doble con Burt Reynolds
Hoy: A Buch of Amateurs
Algunos lo aprenden más temprano que tarde, otros a pesar
suyo porque no les queda posibilidad de resistirse, los más porque ya están de
vuelta de tantas cosas que ¿por qué no? En resumen, no hay estrella con una
larga carrera que no aprenda en un recodo del camino a reírse de sí o de la
imagen proyectada.
Burt Reynolds, rey de la taquilla por casi 20 años, desde
fines de los sesenta a fines de los ochenta del siglo XX, estuvo entre los que
aprendió pronto a no tomarse tan en serio.
En los tempranos años setenta ya venía haciéndose guiños,
pero invitado por Mel Brooks, se permitió una deliciosa autoparodia en La última
locura de Mel Brooks, descriptivo título con el que se conoció por estos
parajes a Silent Movie (Mel Brooks, 1976).
Y parece que le gustó porque en sus dos películas para 1978
reincidió: Si no me muero, me suicido (The End, Burt Reynolds,
1978) y Hooper, el increíble (Hooper, Hal Needham, 1978).
Y después, instalada ya la postmodernidad, con los juegos
de metalenguaje presentes en casi todo, no faltaba algún ejemplo de
autorreferencialidad aquí y allá en sus películas.
Y cuando se hizo muy mayor y ya no podía sostener el
veterano héroe de acción o el galán maduro, algún que otro chiste sobre su
pasada fama entró en las referencias de los secundarios característicos que
hacía.
Pero su fulgor nunca se opacó del todo y lo seguían
llamando para protagonizar y aparecer en los créditos antes del título. Y dos
de esas muchas películas (Burt fue un gran trabajador, en la página IMDB, se
cuentan 188 créditos actorales) lidian con los efectos colaterales de las
largas carreras del mundo del espectáculo, como la fama escurridiza, el olvido
a la vuelta de la esquina, el ya no ser lo que se era, y el “nadie te quita lo
bailado”. Y, claro, las referencias
personales en los dobleces de los personajes, que de tan transparentes y
específicas, casi son del mismísimo actor que los protagoniza.
Con casi diez años de diferencia, Burt Reynolds protagonizó
dos comedias amables que espejan aspectos de su vida y de su figura. En el 2008
hizo A Bunch of Amateurs (Un rejunte de aficionados, Andy Cadiff)
y en el 2017 hizo una película con dos títulos, el primero fue Dog Years
(Años de perros, Adam Rifkin) que más tarde rebautizaron como The
Last Movie Star (La última estrella cinematográfica).
Y las dos, la del único título y la del doble, contraponen
los años dorados de la juventud y la fama con los no tan halagüeños presentes
de los achaques y del ¿usted quién era?
En A Bunch of Amateurs, Burt es Jefferson Steel, un
actor muy veterano que acaba de estrenar un film de acción, en el que a pesar
de los años que no puede disimular sigue siendo el héroe y el galán. El público
oscila entre la vergüenza ajena y la burla, cuando en el final del film lo ve
irse en una moto con la chica linda. A juzgar por los pocos espectadores
presentes, no será el éxito del año.
Su representante de toda la vida, Charlie Rosenberg (el
entrañable Charles Durning) lo convence para que dé un giro a su carrera y
acepte hacer teatro en Inglaterra: participar de un montaje del Rey Lear
de Shakespeare, haciendo el personaje del título, en Stratford St. John, lugar
que el representante y su representado confunden con Stratford-Upon-Avon.
Antes de partir, Jefferson se despide de su hija, Amanda
(Camila Arfweds) que también es actriz y está dando sus primeros pasos en el
teatro independiente. La dinámica padre-hija es ríspida. No están de acuerdo en
nada.
Llega a Inglaterra y es el momento de enfrentar la
realidad, no hay limusinas, ni hoteles cinco estrellas, ni siquiera un tráiler,
y menos que menos un teatro hecho y derecho, si no un granero adaptado para
hacer funciones.
Y cuando conoce a todo el elenco que lo acompañará, les
dice:” Dónde está Judi Dench? ¿Kenny Branagh? ¡Que venga alguna de las
Redgrave!” Lo irónico es que este grupo de aficionados lo admira y es el que lo
invitó. El error de creer que lo llamaban del festival shakesperiano por
excelencia o sea el de Strafford-Upon-Avon es de su ego y de su representante.
(Digresión necesaria: hubo desde siempre una aceptación
universal de que los ingleses hacían sino el mejor teatro del mundo, el que más
cercano estaba de serlo. Los ingleses se lo creyeron y establecieron una
auténtica industria teatral. A lo largo y ancho del país, se incentiva la tarea
teatral. Se la protege, se la subvenciona, se la estimula. No hay población que
no tenga su teatro comunal o su teatro independiente, que compiten con los de
las escuelas u universidades lugareñas, sin descartar las actuaciones de
stand-up, humor, cabaret, burlesque, parodias, sátiras que se hacen en pubs o
bares de hoteles. Además, están en las ciudades cercanas las grandes escuelas,
las compañías establecidas, algunas muy célebres. Las bibliotecas públicas
promueven las lecturas de las obras de Shakespeare, se hacen clubes del libro
sobre sus ciclos, el histórico, las tragedias, las comedias, etc. Las
bibliotecas hacen también lecturas ensayadas de obras, lo que nosotros llamamos
semimontajes de obras. Los yanquis también estimulan la permanencia del teatro,
en su caso, promueven sobre todo el teatro musical. Hacen campamentos de verano
para montar musicales, las escuelas secundarias una vez por año hacen la
producción completa de alguno, etc. Nosotros, los argentinos, también hacemos
buen teatro y deberíamos resguardarlo. Cuando se vaya este gobierno que ha
destruido todo lo que conseguimos, debemos recuperarlo, consolidarlo y
extenderlo. Deben formarse escuelas y clubes de espectadores que analicen y
vean las distintas propuestas tanto de teatros oficiales, independientes y
comerciales. Recuperar no solo la capacidad de gestión sino la de crear un
público fiel y entusiasta.)
Volvamos a la película. Jefferson se debate entre irse y
quedarse. Volver a Los Ángeles es volver a lo de siempre, que ya no le ofrece
porvenir. Quedarse quizá le abra nuevos caminos. Estas personas no serán ni
Dench, ni Branagh, ni ninguna de las Redgrave, pero lo admiran y la han elegido
para, nada más ni nada menos, Rey Lear.
No se va, pero no quiere profundizar relación con ellos.
Los mantiene a distancia todo lo que puede. Esto de la ficción se espeja en lo
que pasó en la realidad, según cuentan los compañeros de elenco de Burt Reynolds.
Veamos quienes son.
En este momento de sus carreras, cuando filmaron esta
película, algunos no habían alcanzado su cénit, pero pronto lo harían. Otros ya
habían llegado a la cumbre. En el top billing (orden que aparecen en el
reparto) esto se registra. Primero, claro, está el viejo y querido Burt, en
segundo lugar, viene Samantha Bond, actriz de larga y prominente carrera en
teatro y televisión, que en cine alcanzó su máxima notoriedad como la Srta.
Moneypenny en la saga de James Bond, cuando este fue protagonizado por Pierce
Brosnan.
El tercer lugar lo ocupó un actor tan querido por el
público, mimado por la crítica, como respetado por sus pares actores, Derek
Jacobi, que entre muchos personajes inolvidables fuera el Claudio de la
ejemplar serie Yo, Claudio.
En cuarto lugar, aparece Imelda Stauton (estamos en 2008,
Imelda no es la potencia que es hoy, pero ya había dejado su marca en la
ineludible Vera Drake (Mike Leigh, 2004) por la que se llevó hasta una
nominación para un Oscar como mejor actriz protagónica, no lo ganó, se lo
arrebató Hilary Swank, por la boxeadora que hizo para Clint Eastwood en Million
Dollar Baby o Golpes del destino. Las otras “perdedoras” de ese 2004
fueron Annette Bening por Being Julia (Conociendo a Julia, István
Szabó), Kate Winslet por Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Eternal
Sunshine of the Spotless Mind, Michael Gondry) y Catalina Sandino Moreno
por María, llena eres de gracia (Maria Full of Grace, Joshua
Marston).
Y en el elenco de los actores aficionados que pretenden
hacer Rey Lear está también Alistair Petrie, que venía haciéndose notar,
además de por su altura, mide 1 metro, noventa y un centímetros, por su talento
para armar personajes peculiares, pero que lograría por fin quedar en la mente
de los espectadores con Sex Education, serie de cuatro temporadas entre
2019 y 2023, en la que interpretó al director de escuela Michael Groff, padre
del díscolo Adam Groff (Connor Swindells). A decir verdad, Sex Education
puso en el mapa y, con justicia, a todos los que participaron.
Estados de las carreras aparte, si juntás un elenco de
actores ingleses, famosos desde el inicio de los tiempos como los más
profesionales del universo y una estrella hollywoodense que comenzó como extra
y doble de cuerpo. y que tiene un gran número de créditos profesionales en
IMDB, es muy predecible que tengas un rodaje en fecha y sin mayores
inconvenientes. Salvo alguna que otra anécdota, claro, que somos todos humanos.
Reiteramos, al igual que hace su personaje Jefferson Steel
en la película, Burt Reynolds no sociabilizó mucho con sus compañeros de elenco
y pasó casi todo su tiempo de no rodaje en el tráiler. Solo el productor podía
ir a buscarlo para rodar y no siempre se sabía la letra. Sus compañeros actores
no tuvieron que emular a los detectives de Agatha Christie para darse cuenta de
que la letra no aprendida tenía que ver con los parlamentos sacados de
Shakespeare. Reynolds nunca en su vida había dicho el título de una obra de
Willy, menos recitado un parlamento. Cualquiera de sus compañeros de elenco y
muchos de los técnicos podrían haberlo ayudado con las técnicas y trucos para
decir Shakespeare. Por orgullo o timidez, Burt no pidió ayuda y tuvieron que
recurrir a los viejos cartelones colgados por fuera del campo de la cámara con
los textos que debía decir. Calculo que las pausas y prosodias para los versos
se las marcaron en los ensayos.
Este párrafo contiene espóileres, así que si son
quisquillosos con la información que podría evitarles sorpresas, saltéenselo.
Después de muchas vueltas y problemas, este hato de aficionados, comandados por
un héroe de acción, estrena por fin su versión de la obra. Todos los
espectadores (público, periodistas, fotógrafos) se aprestan a desternillarse de
risa, pero se llevan una gran sorpresa, la obra está bien contada, los actores
están a la altura del desafío, y en el final todos terminan emocionados y
tributan una ovación. Tal es el éxito que el granero, sede de la compañía, no
da abasto y terminan haciendo algunas funciones en un teatro de verdad en la
mismísima Londres. En las escenas en que se ve la obra, hay otros actores que
los que conocimos, que hacen de figurantes o personajes secundarios. Pertenecen
a una compañía de aficionados que montó Rey Lear y que como la de la
película tuvo su tarde de sol en el éxito. No es de extrañar, lo de
“aficionados” es muy relativo. Hay gente que estudió y no se desarrolló
profesionalmente que después despunta el vicio en estos elencos. Otros no
estudiaron, pero van por una docena de años que participan en compañías
estables que montan tres o cuatro obras por año y tienen ya más experiencia que
cinco profesionales. Etc. O sea, tránsito por un escenario no les falta.
Ahora bien, ¿la película es buena? Sí, aunque tiene un
guion a medio cocinar. De habérselo dado a corregir a algún “doctor de guiones”
es probable que algunas de las buenas ideas que quedan en embrión habrían
pasado de nivel. De todos modos, es una comedia amable, entrañable, que se
sigue con una sonrisa. Y aquí y allá tiene muy buenas líneas. Van un par de
ejemplos:
Nigel Dewberry: [sobre Jefferson Steel] Seamos
realistas: no es Laurence Olivier. En realidad, podría ser el primer actor de
la historia que es demasiado viejo para interpretar a Lear. Sería un Yorick
estupendo.
Kevin Patel: ¿Quién es Yorick?
Nigel Dewberry: La calavera de *Hamlet*.
(…)
Jefferson Steel: [sugiriendo una obra en la que
podría actuar el año siguiente] ¿Qué tal *Ricardo III*?
Amanda Blacke: Sí, se te dan bien las secuelas.
(…)
Dos datos más:
Esta película fue seleccionada, con poca antelación, para
la Royal Film Performance (evento cinematográfico anual en el que la realeza ve
una película) de 2008, en sustitución de Harry Potter y el misterio del
príncipe (2009), cuyo estreno se retrasó seis meses.
Fue la primera película importante de Burt Reynolds, rodada
en el Reino Unido y estrenada en cines, desde Ladrón por excelencia (Rough
Cut, Don Siegel, Peter R. Hunt y Robert Elis Miller,1980).
Es decir, gala real y vuelta al ruedo de las películas para
cine, nada mal incluso para el “aficionado” Burt Reynolds. Es que el crimen
puede que no pague, pero Willy Shakespeare, ¡siempre!, querido Burt.
Gustavo Monteros















