Las musas y musos de los comediógrafos ingleses gozan de
vacaciones o viven de las rentas que supieron conseguir en las décadas de los
treinta, cuarenta y cincuenta del siglo pasado.
Sin embargo, para no perder el pulso o despuntar el oficio,
en el primer lustro de este siglo XXI, visitaron al guionista Dean Craig y lo
inspiraron a escribir una comedia que, si no es perfecta, habita la excelencia:
Death at a Funeral (2007), (estrenada aquí con un titulo que reproduce
el original con literalidad: Muerte en un funeral.
Gustó tanto que tuvo destino de fotocopia. (Llamo películas
fotocopiadas a aquellas que surgen en una cinematografía determinada y después
son copiadas al pie de la letra por otras cinematografías, ejemplo: la
argentina Corazón de león (Marcos Carnevale, 2013), se reprodujo en
Colombia con el mismo título, dirigida por Emiliio T. Caballero en 2015,
después fue Un homme à la hauteur para los franceses en 2016, dirigida
por Laurent Tirard, en 2018 fue El gran león para los peruanos dirigida
por Ricardo Maldonado y también en 2018 se reprodujo como Mi pequeño gran
hombre para los mexicanos y en 2021 fue Amor Sem Medida para los
brasileños con la dirección de Ale McHaddo)
La inglesa que nos ocupa hasta la fecha volvió con el mismo
título, Death at a Funeral en 2010 para el mercado yanqui, dirigida por
Neil LaBute y en 2025 como Un funeral de locos para los públicos
españoles, dirigida por Manuel Gómez Pereira. Para el año próximo habrá una
remake argentina con el título Un funeral y medio, dirigida por Ariel
Winograd.
No vi las versiones norteamericana o española. Cuando me
las crucé, preferí ver otra vez la original inglesa, porque por más que se le
parezcan, las reproducciones de la Gioconda no son la Gioconda.
Un funeral, aunque extrema, no deja de ser una reunión
social de parientes, amigos, vecinos y conocidos y hasta algún desconocido de
todos los anteriores, pero no del muerto.
En esta ocasión el difunto deja una viuda, Sandra (Jane
Asher) y dos hijos, Robert (Rupert Graves) y Daniel (Matthew Macfadyen). Más un
hermano, Victor (Peter Egan) y un tío, Alfie (Peter Vaughan).
Victor tiene dos hijos, Troy (Alan Tudyk) y Martha (Daisy
Donovan).
A estos sumaremos cuatro invitados que tendrán
participaciones relevantes. Howard (Andy Nyman), muy cercano a Daniel, tal vez
un pariente lejano, hipocondríaco desatado. Simon (Alan Tudyk) futuro esposo de
Martha. And last but not least,
Justin (Ewen Bremmer), amigo de Howard y devoto enamorado de Martha.
Y no nos olvidemos de Jane (Keeley Hawes), esposa de Daniel
en perpetuo encontronazo con su suegra, Sandra.
Tenemos así dos elementos esenciales de una comedia que se
precie. El marco que encuadra la acción, el funeral, en este caso y el elenco
de personajes bien delineados y con apetencias claras, lo que hace que sean tan
reconocibles como para que nos identifiquemos de inmediato.
Pasamos entonces al tercer elemento insustituible en el
género: los enredos, confusiones, malentendidos, accidentes y las resoluciones
que cuesta tomar y que resultan todas equivocadas.
Y como en toda buena comedia, hay conflictos que se atan y están
los otros: los que se desatan.
Los que se desatan son de larga data, y no tienen una solución
inminente. Aquí, por ejemplo, todos los que tienen que ver con Martha. La
relación con su padre es de sujeción a los deseos y mandatos que él sostiene
casi patriarcal, a los que ella se rebelará, porque ha llegado al momento de la
vida en que los roles se invierten y los hijos/as se vuelven padre / madre de
sus progenitores. Martha disuelve también con autoridad el triángulo amoroso en
el que se ve inmersa y uno de sus dos pretendientes será su esposo y el otro
tendrá que madurar, algo a lo que se le invita con gran sinceridad.
En cuanto a los conflictos que se atan, aquí son todos los
que giran alrededor del difunto. La clave para que la comicidad sea continua es
atarlos, atarlos, atarlos y atarlos hasta que el o los nudos sean gordianos y,
solo cuando agobian al espectador y a los personajes, comenzar a desatarlos en
el límite de la confusión o el delirio.
Aquí esto se cumple a rajatabla. Y para que la comicidad no
sea mecánica, si se le puede agregar un toque de emoción, mucho mejor.
Aquí esto también se cumple y Daniel en su discurso final
no habla solo de su padre muerto, si no que nos abarca a todos, los que están
en el cuento y a los que lo miramos. Se nos dice lo que se debe con ternura y
sin bajada de línea para eludir toda solemnidad o cursilería.
Conseguido el guion impecable solo resta corporizarlo y
guiarlo de la mejor manera posible. Y aquí también los hados del buen casting y
de la elección del director ideal intervinieron con gusto y aplomo.
Cada personaje tiene a su interprete apropiado. Ya sea por
oficio o inspiración todos los actores contribuyen a que las conductas de los
roles que les tocan se iluminen de humanidad para regocijo de los espectadores.
Actuar en una comedia no es payasear, hacer morisquetas o
tontear gruesamente desde lo exterior. Como demostrara tan magistralmente Jack
Lemmon con las comedias firmadas por Neil Simon, las comedias se encaran con la
misma seriedad con la que se encaran los dramas, solo que se le agrega una pizca
de autoconsciencia para no perder la levedad que debe tener el género.
Esa vuelta de tuerca que experimentamos cuando en medio de
los padecimientos nos descubrimos cansados y advertimos tanto el dolor como lo
que el dolor nos hace hacer. Y la lágrima es dolor, pero también una mueca
sonriente.
Y por supuesto, en cine nada hay bueno sin un buen
director. Y esta buena comedia cayó en manos de un rey de la comicidad: Frank
Oz. Importante actor de voz que surgió de la compañía plazasesamera, después
muppetera, de Jim Henson, es la voz de Miss Piggy, del Oso Figaredo y del baterista
Animal, entre otros personajes. En la saga de Star Wars es la voz de
Yoda y para Pixar hizo también varios personajes.
Y si bien como director paseó por otros géneros en La
llave mágica (The Indian in the Cupboard, 1995), en Cuenta final
(The Score, 2001) y en Las mujeres perfectas (The Stepford
Wives, 2004) y), es en la comedia donde se destacó, sobre todo en tres
inolvidables: La tiendita del horror (Little Shop of Horrors,
1986), Dos pícaros sinvergüenzas (Dirty Rotten Scoundrels, 1988)
y ¿Qué tal, Bob? (What about Bob?, 1991).
Aunque no es nada desdeñable su participación en Tu casa
es mi casa (Housesitter, 1992), ¿Es o no es? (In & Out,
1997) y El director chiflado (Bowfinger, 1999).
Aquí le saca lustre a toda esta experiencia y llega a la
sabiduría. El todo (los tempos, los encuadres, lo que logra que los actores
expresen) es sencillamente magistral.
En resumen, parafraseando al actor de una sola línea, aquí
no es la cena, sino que “La comedia está servida”.
Gustavo Monteros





















