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jueves, 22 de octubre de 2015

Pacto criminal



Como el 99,99% de las películas que se estrenarán, Pacto criminal (Black mass) se basa en una historia real (los productores hollywoodenses tienen menos imaginación y creatividad que una piedra con musgo, una vez que algo hace dinero lo repiten hasta volverlo una tendencia monolítica e inamovible que solo cambian cuando los fracasos se acumulan catastróficamente; y sí, llega un momento en que el público se harta de consumir siempre lo mismo, resuelto encima de modo similar). En este caso se trata de la vida, obra y milagro de James "Whitey" Bulger, un tipo que durante unos veinte años fue el rey del hampa de la vieja Boston.



Parece que las biopics (películas biográficas) les secan el cerebro a guionistas y directores. Se les desata una especie de reverencia solemne que les impide trabajar climas, matizar personajes, sazonar conflictos o profundizar circunstancias. Como si el cartelito de “esto se basa en hechos reales” bastara para darle verosimilitud a lo que cuentan y les impidiera tomarse licencias narrativas para capturar mejor nuestro interés o responder a las reglas tradicionales de lo que se supone es una película.



Como en la insoportable Selma, aquí todo es plano, sin densidad, sin contraste, sin textura, casi sin vida. Una seguidilla de imágenes que prescinde de los que están mirándola. Más que una película semeja una fotonovela en fílmico (para los más jóvenes que no tienen idea de qué corno era una fotonovela, les cuento que era una especie de historieta que en vez de viñetas con dibujos tenía fotos con gente y lugares, una especie de facebook narrativo si se quiere).



Una pena, porque la historia tiene aristas como para varias temporadas de una serie. El tal James "Whitey" Bulger (Johnny Depp) era un maleante menor hasta que vuelve a Boston un amigo de su infancia, John Connolly (Joel Edgerton) convertido ahora en agente del FBI. Connolly le propone a Bulger delatar a la mafia italiana, cosa que hará a cambio de que Connolly haga la vista gorda a sus chanchullos. O sea la mafia italiana le cede terreno a la mafia irlandesa. Detalle curioso, no tan al margen, es que el hermano de “Whitey”, Billy Burger (Benedict Cumberbatch) llegó a ser el presidente del Senado por Massachussetts sin, en apariencia, tener nada que ver con las “actividades” de su hermano mayor.



Johnny Depp ensaya una caracterización muy forzada, tanto que nunca fluye. Depp es uno de los actores más carismáticos y talentosos del cine, sin embargo, no se ha alzado todavía con ningún Óscar. Se dice que quizá con esta actuación lo logre. Se repetiría entonces lo que pasó con Al Pacino, quien habiendo iluminado la pantalla con inolvidables destellos de puro talento, lo terminó ganando por Perfume de mujer (¿!) Cumberbatch dice sus líneas, pone cara uno y cara dos, y retira su cheque. No es su culpa, el guión no le da mucho más que hacer. Joel Edgerton ratifica su inmenso talento, lástima que la historia no profundiza sus contradicciones ni su curioso sentido de la lealtad.



El director Scott Cooper en su película anterior (La ley del más fuerte, Out of the furnace en el original, 2013) llenó de pliegues y dobleces una historia bastante sencilla, aquí que tenía más pliegues y dobleces que cortinas para película de Doris Day, las planchó dejando la tela más lisa que pantalla de proyector. Claro, aquella era una historia original, ésta en cambio se basa en “hechos reales”. Dios nos dé paciencia para en los próximos meses no morir de aburrimiento con tanto “hecho real” que se viene.

Gustavo Monteros

jueves, 5 de febrero de 2015

En el bosque



Stephen Sondheim, el compositor y letrista de Broadway, es un genio. No  porque lo diga yo sino por la diamantina contundencia de su producción. Se dice que se requiere una dosis de conocimiento o sofisticación para apreciarlo, puede que eso fuera cierto cuando comenzó, hoy sus innovaciones ya están incorporadas a las resoluciones de la música popular, porque como con todo genio, los compositores que admiraron su trabajo y surgieron después lo hicieron asequible al gran público. Tanto es así que Disney, que no produce nada que no llegue a generar adhesiones millonarias en almas y billetes, se anima a llevar al cine este musical suyo. Se dice también que es un gusto adquirido, que es necesario escucharlo más de una vez para comenzar a degustarlo, dicho así suena trabajoso, pero Patricio Rey y los redonditos de ricota también lo son y eso no impidió que se transformaran en un culto multitudinario. A lo que voy es que no será Palito Ortega, pero tampoco es Schoenberg. No tendrá la fácil y verificable melodía típica del sonido Broadway, pero tampoco se sale de sus obras sin tararear alguna canción. Él es otra cosa. Sus devotos siempre debemos sacarnos de encima primero estas consideraciones, porque más de una vez nos hemos chocado al mencionarlo con un “Ah, Sondheim”, con el que se quiere descalificarlo por raro o demandante.


En 1987, o sea siglos antes de que a algunos productores se les ocurriera la serie, en mi modesta opinión un tanto pedorra, Once upon a time, el dramaturgo James Lapine y nuestro Sondheim estrenaron en Broadway Into the woods. La obra mezclaba algunos personajes de cuentos infantiles clásicos como Caperucita Roja, la Cenicienta, Jack (el de las habichuelas mágicas), Rapunzel, con otros de su propia cosecha tales como el Panadero, su Mujer, la Bruja y el Narrador, quien podría ser también el padre fugitivo del Panadero. La obra fue un éxito arrollador inmediato y conoció una larga temporada inicial, celebrados montajes en grandes capitales teatrales y diversos reestrenos.


Como en toda obra de Sondheim, la música está al servicio de la teatralidad de la trama, que tiene una notable profundidad temática, aunque el seguimiento de la misma sea algo sencillo y muy disfrutable. Como con los imperecederos clásicos setentistas, Tiburón o Cabaret  las ideas surgen de una trama asequible y atrapante, no están impresas en ella, de allí su éxito instantáneo. Y como en los cuentos cuyos personajes toma, las vueltas del argumento por momentos son  oscuras y ostentan hechos de sangre, y el tono es, también por momentos,  reflexivo, asertivo, aleccionador. Y parte de la noción, inserta en la tradición cultural anglosajona, de que el bosque es un lugar misterioso, en el que no se sale nunca de la manera en que se entró, es un lugar de aprendizaje en el que pueden pasar cosas que se salen de lo normal, tales como el sexo irrestricto o el crimen. Todo con mucho humor, gracia inspirada e ingenio envidiable.


Las canciones claves nos dan la pista de cuáles son los ejes de la obra. Children will listen (Los chicos escuchan) testimonia que los deseos, sueños o anhelos de los padres forman o deforman los de los hijos. No one is alone (Nadie está solo) ratifica que toda acción o elección tienen su consecuencia y que muchas veces nuestro egocentrismo nos impide ver que nuestras acciones o elecciones exceden nuestro encierro y tienen repercusiones sociales. Las canciones de Jack y de Caperucita, después de hechos decisivos sobre los que no conviene adelantar mucho, ratifican que crecer es inevitable, y que por más traumático que sea es mejor que vegetar. Agony (Agonía) el vals de los príncipes da cuenta de la necesidad de tener a veces anhelos incumplidos para poder ser con plenitud o poder seguir adelante. La bruja dice por ahí que amar a veces es meter la pata y que no hay disculpas pero tampoco salidas.


La obra es rica de toda riqueza, elijan cualquier personaje, sigan su derrotero y se toparán con unas cuantas revelaciones sobre las conductas humanas, las concepciones sociales o sexuales heredadas y lo divertidamente equivocadas que pueden estar.


Rob Marshall, después de Chicago, es como el señor de los musicales para el cine yanqui. Como se inició también como coreógrafo, yo digo con maldad que se cree Bob Fosse, y por las dudas no se entienda la maldad, agrego: Pobre. Esta vez procuraré ser justo con él. Como fanático de Sondheim que soy, no coincidiré plenamente con nadie que acometa este material. Al único director que no le objetaría decisión alguna hubiera sido Ingmar Bergman, que entendía mucho de bosques, mitos y reveses humanos. Un sueño, claro, porque Bergman que llegó a conocer y admirar la pieza, ni se le cruzó por la cabeza la posibilidad de dirigirla.


Uno de los méritos de Marshall, y no es poca cosa, consiste en reunir elencos maravillosos. Este no es la excepción: Emily Blunt, James Corden, Meryl Streep, Anna Kendrick, Chris Pine, Johnny Depp, Simon Russell Beale, Frances de la Tour, Christine Baranski, Tracey Ullman; los casi debutantes Daniel Huttlestone (Jack) y Lila Crawford (Caperucita); y los jóvenes aunque experimentados Billy Magnussen (el Príncipe de Rapunzel) y Mackenzie Mauzy (Rapunzel) que acceden a medirse con Meryl Streep y gente así.


Mi corazoncito late más por algunos (Blunt, Corden, Kendrick) que por otros, pero la dueña de la velada es , otra vez, Meryl Streep. Meryl vive en el  prodigio, cuando uno cree que ya tocó techo y que comenzará a desandar sus logros, repitiéndolos, revitalizándolos, lo que no estaría mal, porque tiene joyas como para varias coronas, alcanza nuevas alturas y uno se queda pasmado, con la boca abierta y con el alma otra vez de fiesta. De allí que aunque parezca un abuso, una prepotencia, merezca todas y cada una de las nominaciones que ganó por este trabajo. Lo que hace es perfecto y podrían darse clases de cómo actuar en un musical, desmenuzando este casi milagro que ejecuta aquí. Hace que cada inflexión, respiración cuenten. Las intenciones, los subtextos, los matices son infinitos. Sabe que Sondheim es genial y se abalanza con espíritu sibarita para saborear y hacernos partícipes del banquete. 






Puede que no todas las decisiones de Rob Marshall sean las acertadas, pero Stephen Sondheim y Meryl Streep hacen ineludible un paseo En el bosque.
 

jueves, 22 de enero de 2015

Mortdecai



Mortdecai es la gozosa recuperación de un género que surgió a fines de los cincuenta, floreció en los sesenta y languideció en los setenta: la comedia policial o de acción con paisajes, llena de personajes torpes que se creen estrambóticos y son puro estereotipo. Ejemplos arquetípicos, si los hay, son los dos primeros Peter Sellers-Blake Edwards-Jacques Clouseau: La pantera rosa (1963) y Un disparo en la sombra (1964) antes de que redujeran al querido Clouseau a un artificio mecánico.


Mortdecai (Johnny Depp) es un sofisticado comerciante de arte a quien se le pide recupere una pintura que podría tener el número de una cuenta bancaria con oro nazi. El hombre está casado con una noble dama, Johanna (Gwneth Paltow) y cuenta con la ayuda de un lacayo, Jock Strapp, (nombre que juega con jockstrap, o sea suspensorio) (Paul Bettany). En la trama no será menor la participación del inspector Martland (Ewan McGregor), unos rusos, un terrorista y otras yerbas.


En estas películas al margen de los gags y de las líneas cómicas, importan mucho el vestuario y la dirección de arte, aquí muy convenientemente estilizados y cuidados.


Detalle para los que dominan el inglés, los estadounidenses con residencia en Inglaterra, Depp y Paltrow, y el escocés McGregor se divierten como perros imitando el acento de las clases altas inglesas, una impostada posh received pronunciation (que para evitar la traducción textual, equivaldría a algo así como “pronunciación educada de clase alta”) que es una auténtica delicia.
Cruzo los dedos para que sea un éxito mundial y se transforme en franquicia. Como primera aventura no está mal, por momentos se extraña más ingenio, pero este cuarteto protagónico (Depp, Bettany, Paltrow, McGregor) podría llegar a alcanzar cumbres de delirio en sucesivas desventuras.Dirigió David Koepp.


Esta película se destaca entre los estrenos de esta semana porque no está nominada para ningún premio, lo cual es una tranquilidad que le suma encanto. La disfrutamos porque sí, por lo que es, sin la presión del imperativo social a que nos guste por estar nominada a algo por gente que se supone sabe de algo. 


viernes, 5 de julio de 2013

2 tanques




En la jerga cinematográfica local se le dice “tanques” a los estrenos cinematográficos yanquis de abultados presupuestos que vienen hiperpromocionados y con expectativas de arrasar en la taquilla.

La cartelera de nuestra ciudad se renueva esta semana con la sola aparición de dos tanques. Por un lado regresan los amarillitos Minions junto a Gru, Lucy,  Margo, Edith, Agnes y el Dr Nefario para luchar esta vez contra El macho y dilucidar las dudas que genera el avasallante Eduardo. Ah, y están también los Minios malvados, púrpuras ellos. Hablamos de Mi villano favorito 2 (Despicable me 2) que según parece se quedará con el primer puesto de la taquilla estadounidense durante el fin de semana del famoso 4 de julio, destronando al súper tanque Disney El llanero solitario. En esta versión, el dúo de director y actor estrella de Los piratas del Caribe, Gore Verbinski y Johnny Depp vuelven a reunirse. Depp es Toro, espero, hasta ahora así se lo llamó por estos lares, en el original es Tonto, aunque ojalá siga siendo Toro y no Tonto, digo esto porque no hace mucho la Disney tuvo que pedir disculpas por insistir en llamar Kemit en los subtítulos y en el doblaje de Los Muppets a la ranita que aprendimos a amar por estos parajes como René, que si bien era Kermit en el original, para nosotros es René y punto. Como sea, Depp debajo de unos cuántos gramos de maquillaje es el indio. Armie Hammer, a quien vimos replicándose a sí mismo para hacer de los mellizos Winklevoss en Red Social, el objeto de deseo para el J. Edgar (Hoover, claro) de Leonardo Di Caprio en el film del maestro Clint Eastwood y como el simpático torpe príncipe de Espejito, espejito en el que la bruja era ¡Julia Roberts!, es el Llanero. Anda por ahí también con mucho maquillaje y con ganas de divertirse la maravillosa Helena Bonham Carter. Según puede verse en los tráileres es un festival de efectos especiales y acción apabullante. Habrá que ver si alcanza para entretener todos y cada uno de los ¡149 minutos! que dura.

Sea cual fuere su elección, acompañar con balde de pochoclos porque de cine-pochoclo a full se trata.
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 21 de abril de 2012

Diario de un seductor


Los distribuidores con un apabullante derroche de ingenio decidieron rebautizar esta película El diario del ron (The rum diary en el original) como Diario de un seductor en un intento tramposo por atraer a las “chichis” que mueren de amor por Johnny Depp. Que vendan gato por liebre no les importa. Lo de “seductor” podría inducir a que se trata de una “de amor”, nada más lejos de la realidad, porque si tuviéramos que señalar un seductor en este film sería Aaron Eckhart que ejerce no la seducción del amor sino la de la codicia y la corrupción.

Es la segunda vez que Depp se pone en la piel de un alter ego de Hunter S Thompson. Ya lo hizo en Pánico y locura en Las Vegas (1998) bajo la dirección de Terry Gilliam. Ahora lo hace bajo la tutela de Bruce Robinson, director de la inolvidable Withnail y yo (1987) y de la más que olvidable Jennifer 8 (1992).

Hunter S Thompson es el padre fundador o el representante más conspicuo del periodismo “gonzo”, que según pude averiguar se trata de un periodismo de aventura en primera persona, muy colorido y exagerado, que no desdeña en recurrir a la ficción para llenar los “baches” de una crónica.

Este film es muy proyecto muy caro a Depp. Conoció a Thompson por Pánico y locura en Las Vegas y se hicieron amigos. Una tarde hurgando trastos, descubrieron en una caja de cartón olvidada una copia de El diario del ron, novela inédita por entonces. Se pusieron a leerla, Thompson casi no recordaba haberla escrito. Depp lo instó a que la publicara y que después la llevaran al cine. Thompson cumplió con lo primero pero no participó de lo segundo porque se suicidó en 2005.

La acción transcurre en Puerto Rico en 1960. Paul Kemp (Depp) un novelista devenido reportero con un pronunciado problemita alcohólico llega a hacerse cargo de un puesto en un periódico local que está al borde del colapso. Será luego tentado por Sanderson (Aaron Eckhart) para que escriba un folleto sobre las virtudes de una isla que usan los soldados yanquis como campo de tiro. Dicho folleto “maquilla” una gran estafa inmobiliaria. Sanderson tiene una novia tan rubia como bella, Chenault (Amber Heard) y se establecerá, es una manera de decir, un triángulo amoroso, con Depp como el tercer vértice, claro.

Más que una historia que avanza con coherencia hacia un desenlace, hay aquí una línea argumental que se interna en cuanto desvío encuentra en su camino. Algunos son interesantes y logrados, otros no tanto. Estos meandros hacen que los personajes secundarios sean tan y hasta más importantes que los protagonistas. El gran Richard Jenkins hace una variación del típico editor gritón, autoritario y cínico. Giovanni Ribisi es un cronista de religión devoto del alcohol y las drogas. Ribisi ensaya una caracterización que con buen tino incluye los mejores manierismos del inolvidable Peter Lorre. Michael Rispoli, lo mejor de la película, es un fotógrafo que redondea sus ingresos con un gallo de riña y subalquilando una pocilga.

Depp intenta un homenaje a Thompson pero le sale una celebración a sus mejores virtudes como estrella. Más que dar una actuación, Johnny Depp exhibe las singularidades que lo convirtieron en una superestrella. No es poco, el hombre tiene talento. A Aaron Eckhart le basta con pasear su ineluctable donosura para dar con el papel. Amber Heard ostenta un promisorio don histriónico y da la mezcla justa de misterio, sensualidad y vulnerabilidad.

El guión también de Bruce Robinson alterna réplicas de brillante cinismo con peroratas recargadas de didactismos y obviedades.

En resumen, un film fallido aunque interesante. De todos modos, el magnetismo de Depp, las líneas buenas del diálogo, los bellísimos paisajes, las escenas logradas y el gran trabajo de Michael Rispoli devuelven con creces la plata de la entrada.

Un abrazo, Gustavo Monteros
La foto en blanco y negro es la última imagen de la película. En ella se ve a Hunter S Thompson en Puerto Rico en 1959.