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domingo, 11 de abril de 2010

Ninotchka

Greta Garbo emerge en mi memoria enmarcada de adjetivos hiperbólicos, todos en mayúsculas: LA ÚNICA, LA ENIGMÁTICA, LA DIVINA. Así la conocí, incluso antes de verla por primera vez. Es que en el viejo star system era la estrella de estrellas. La más distante, la más luminosa, la más inalcanzable. Cuando la conocí, no daban sus películas por televisión. Cuando lo hicieron, lo anunciaron como el evento televisivo más trascendente desde la llegada del hombre a la luna. (No se andaban con chiquitas con nada que tuviera que ver con ella.) En mi infancia por suerte se usaban los re estrenos. Volvíamos a ver en cine films destacados de años anteriores. La MGM organizaba de vez en cuando una retrospectiva de la Garbo que incluía La dama de las camelias, Ana Karenina, Reina Cristina, María Walewska y Ninotchka. Las combinaban de a dos, menos a María Walewska que la daban sola con dibujitos de Tom y Jerry porque era más larga. Vi en el Cine Teatro Catamarca todas, menos María Walewska. El día que la exhibían, cuando me fueron a buscar a la escuela, la maestra se quejó de que me había pasado la mañana conversando con Manuelito Moya que era mi compañero de banco y me castigaron no dándome el permiso para ir al cine. La tía Martina intercedió a mi favor, pero fue de poca ayuda. Sabrá Dios por qué, mamá andaba medio peleada con el mundo en general y con la tía en particular. La tía consideró que era toda una injusticia y la vio en la función nocturna para después contármela. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos mate cocido con leche y rebanadas de pan cacho con manteca y azúcar, me la contó. Mamá estaba furiosa y le dijo algo muy cruel, que tuviera sus propios hijos y no interviniera en la crianza de los ajenos. La tía se encogió de hombros, me guiñó un ojo y siguió contándomela. Mamá salió de la cocina pegando un portazo que hizo temblar los vidrios. Durante el día la pelea terminó. Esa noche, mamá y la tía jugaron a la canasta con los vecinos y estaban de lo más bien. Tiempo después, en mis primeros años de secundario en La Plata, en otra edición del ciclo Garbo, vi María Walewska en el cine 8. Es la más espectacular de las cinco, pero también la más flojita. Las otras tres son muy atendibles, Reina Cristina por el perturbador manejo del erotismo, La dama de las camelias por la insuperable actuación de la escena en que muere, y Ana Karenina porque la pasión que siente por Vronsky es innegable, con semejante calentura no le quedaba más remedio que abandonar casa, marido, hijo e irse con el amante. Pero de las cinco, bah, de todas las que hizo, Ninotchka es la mejor.


No es para menos, fue dirigida por Ernest Lubitsch, uno de los tres reyes de la comedia parlante estadounidense (los otros dos son Preston Sturges y Billy Wilder). Ninotchka es uno de sus dos film que tienen como telón de fondo a los tiempos de la Segunda Guerra Mundial (el otro es su obra maestra indiscutida To be or not to be (1942), calificarla de joya es quedarse corto). Ninotchka (1939) trata el romance entre un occidental capitalista decadente y una fervorosa camarada soviética. Hay filosos chistes que desnudan las iniquidades de ambos sistemas político-económicos. Pero el humor político no es el eje. Lubitsch, como todo buen comediógrafo, es un humanista. Sabe que más allá de declamadas posturas éticas o políticas, un hombre es un hombre. Un ser proclive a los peores vicios y miserias, pero también capaz de maravillas tales como el amor, la solidaridad y el perdón. Ése es su tema: el movimiento pendular humano entre maravillas y miserias. Y él se ríe. De todo. No como la hiena sino con furibunda ternura. Lubitsch comprende y confía. Apuesta a que un día quizá seamos mejores. Es impiadoso con nuestras debilidades, pero las retrata con la esperanza de que podamos modificarlas. Al analizar en detalle sus comedias vemos que nos hace reír de atrocidades, pero no nos atosiga con moralinas infames, nos invita a comprender para superar.


Dos famosos golpes publicitarios se destacan de la carrera de Greta Garbo en la MGM. Su pase del cine mudo al sonoro fue anunciado con bombos y platillos como GARBO HABLA. Y cuando se estrenó Ninotchka se la promocionó como GARBO RÍE. No es que no se hubiera reído nunca, no, en sus películas se rio y mucho, pero por primera vez dejaba de lado a las sufridas heroínas románticas y se lanzaba a la comedia. Para gloria propia y la del cine. Está deliciosa.


Garbo permaneció siempre incólume en su esplendor, como una esfinge perfecta y eterna. Todas las demás estrellas (Ingrid Bergman, Marlene Dietrich, Katherine Herpburn, Bette Davis, etc.) envejecieron ante las cámaras. Las vimos ajarse y las amamos más. A Garbo, no. Ninotchka sería su penúltima película. Tres años después, tras el fracaso artístico y comercial de La mujer de dos caras (u Otra vez mío) se retiró para siempre y se escondió del mundo. Su imagen se volvió icónica, legendaria. Despertó admiración, pero no mucho cariño. La perfección detenida en el tiempo en el fondo asusta. Sin embargo Ninotchka nos muestra a una mujer asequible a la que es posible amar. Otro mérito del gran Lubitsch, quizá.


El jueves 15 de abril TCM brinda un tributo a Greta Garbo. A las 14 va La dama de las camelias, a las 15:55 Mata Hari, a las 22 Reina Cristina y a las 23:50 El velo pintado. Pero a las 17:30 va la mejor: NINOTCHKA. Si la han visto, véanla otra vez. Es un clásico y los clásicos se resignifican cada vez que uno los visita. Y si no la han visto, falten al trabajo, salgan más temprano, o no cometan ningún pecado laboral y grábenla o bájenla de internet. En esta era de listas, de las 2000 películas que hay que ver antes de morir y esas cosas, diré que figura en mi lista de imperdibles. Vale la pena. Consejo de amigo.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 28 de marzo de 2010

El cine de Berón

Como nada digno de mención se estrena en nuestros cines esta semana, aprovecho para completar una crónica que quedó pendiente cuando hablé de Confidencialmente tuya: la del cine de Berón.


El de Berón era un cine fantasma, trashumante. Funcionaba los domingos en el patio de la cuadra de la panadería de los Beltramelo. La panadería estaba frente a la plaza, sobre la calle que lleva a La Barrera y más allá, a la cuesta del Portezuelo.


Como todo cine al aire libre, dependía de las inclemencias del tiempo. Desde mediados de junio hasta los primeros días de septiembre no había función, los rigores del frío lo impedían. Y si el invierno se adelantaba, desde mediados de abril raleaban las funciones. Su temporada fuerte era la primavera y el verano. Siempre y cuando no se presentaran demasiado lluviosas.


Los domingos, entre la misa de once y el partido de la Liga de Fútbol que arrancaba a la una, pasaba una chatita con altoparlantes anunciando el programa de la fecha. Generalmente el programa consistía en viejas películas argentinas o mexicanas. Aunque la campaña de alfabetización amenazaba con desterrar el analfabetismo, todavía había gente que no sabía leer, de ahí la importancia de que fueran películas habladas en castellano. Recuerdo que sólo una vez dio una película hollywoodense hablada en inglés: Sinuhé, el egipcio. Ese día la chatita para compensar la desventaja del idioma, acentuaba que era en rutilante Tecnicolor.


La función era a las nueve. A eso de las seis llegaba Berón en un camioncito en el que transportaba un centenar de sillas plegables de madera y de lata, y el proyector, claro. Los Beltramelo que eran un batallón con dos reinas de la belleza lo ayudaban a descargar y a instalar las sillas en el patio. Las dos reinas eran las hermanas del medio, tan hermosas como las estrellas de cine.


Se entraba por un portoncito de lata, frente al cual a eso de las ocho se instalaba Don Berón en una mesita de madera para ver pasar la vuelta al perro y esperar a sus clientes. Tenía a mano una caja de zapatos con las entradas y el cambio, y un vaso de vino tinto con el que se mojaba los labios porque siempre estaba lleno. La tía Martina decía que había tenido mala bebida, que las monjitas le habían quitado la sed, pero no la costumbre. A mí la frase me sonaba críptica aunque nunca pregunté qué significaba. Un buen día la entendí. Supongo que son esas cosas las que nos indican que ya no somos chicos.


Al contrario del cine del cura, al que sólo se accedía si se tenía el monto completo de la entrada, el cine de Berón tenía una entrada negociable. Si no se tenía plata, pero sí la voluntad de ayudarlo a cargar las sillas al final de la función, se entraba. Si se era chico y se tenían sólo unas monedas, se podía entrar y ubicarse en las ramas del árbol que separaba el patio del gallinero de los Jalil. Y si su clientela femenina, consistente en señoras que se ganaban la vida limpiando casas, cuidando chicos o ayudando en las huertas, había tenido una mala semana, aceptaba huevos, quesillos o algún frasco de arrope. Aclaraba siempre que le convenía que le pagaran con plata, pero que no por ese detalle se iban a quedar sin entretenimiento si tenían algo que canjear. Algunas de sus clientas que hallaban duras las sillas traían mullidos almohadones de plumas.


La única vez que tuvo poco público fue durante el reinado de La novicia rebelde en el Cine Teatro Catamarca. Pero no la maldijo porque le había gustado. Además opinó que la Julie Andrews aunque cantaba finito tenía buenas tetas, y que menos mal que no terminaba de monja porque hubiera sido un desperdicio de mujer.


Sus grandes éxitos eran las películas de Tita Merello y en menor escala, las de Libertad Lamarque. Si daba Mercado de Abasto o Pasó en mi barrio venía gente hasta de Sumalao y tenía que pedir prestado sillas a los clubes vecinos. Esos días no aceptaba trueque, cantante y sonante o nada. No era necesario que lo aclarara. Su clientela femenina de la mala semana, aunque las hubieran visto dos o tres veces, sacaban plata de donde no fuera y si no quedaba más remedio hasta pedían prestado, pero a la Merello no se la perdían. En las escenas dramáticas se oían sollozos y lamentaciones tan profundas que parecía el velorio de alguien muy apreciado. La película se interrumpía dos o tres veces para el recambio de rollo. Y si nos pescaba en un revés del destino de la pobre Tita, hasta a los hombres que no debían llorar se los veía pelear con los lagrimones. Es que el sufrimiento de Tita no le era ajeno a nadie. De la Lamarque nos llegaban sus tremebundos melodramas mexicanos, llenos de madres abnegadísimas e hijo pérfidos que sólo se redimían al final, después de haberle ocasionado infinitas penas a la sufridísima madre.


Entre los hombres, el más popular, incluso más que Sandrini, era Cantiflas. Su buscavidas rotoso y querible hallaba eco inmediato. Curiosamente Niní Marshall, aunque respetada y venerada, no era tan popular. Sospecho que hallarían su humor demasiado “urbano” para el gusto norteño.


Como en el cine Mayo de La Plata, uno entraba por el lado donde estaba la pantalla, ya que la colgaban sobre la pared y puerta trasera de la panadería. A la derecha, en la puerta de la cuadra, los Beltramelo ponían una tabla y vendían sándwiches, empanadas y una especie de churro relleno de dulce de leche, que no puedo recordar cómo los llamábamos por más que rastrille mi memoria. No vendían alcohol, sólo gaseosas. Las bellas Beltramelo recibían con gusto todo tipo de piropos, pero si alguien se propasaba papá Beltramelo ponía orden. Un gesto inútil porque las niñas, criadas con una cuadrilla de hermanos sabían muy bien cómo lidiar con cualquier hombre por más pesado que se pusiera.


Baños no había, los hombres se desaguaban en los árboles de la plaza y las damas iban a la esquina, donde estaban el Club Obrero y el Marcos Avellaneda. También se podía recurrir al baño de la comisaría, sita también en la esquina.


Me dejaron ir solo al cine de Berón desde que tenía siete años. Estás más seguro ahí que en el cine del cura, me decían. Cuando pregunté por qué, me contestaron que iban todos los que nos conocían. Era verdad. Volvía pisando la medianoche, caminando por la calle con Doña Cacho, que era jefa de la hinchada de San Martín, o en el caño de la bicicleta del Mingo, de Don Hilario o de Don Quintero.


Si hacía frío en otoño, nos abrigábamos bien. Sabíamos que teníamos que estar unas tres horas a la intemperie. Las funciones dudosas eran cuando relampagueaba. En primavera o en verano, a veces relampaguea mucho, pero no llueve. Una vez, se desató un aguacero en medio de la segunda película, Don Berón nos dijo que faltaba una media hora y preguntó si nos queríamos quedar porque no podía volver a traer el mismo film el próximo fin de semana. Dijimos que nos quedábamos. Le hicieron un techito con lonas al proyector y vimos el final, empapados y felices. Hacía mucho calor y la lluvia nos atemperaba. Para combatir los mosquitos y zancudos, quemaban guano, o sea caca seca de caballo o vaca, una hora antes de la función.


Por supuesto, el cine de Berón era itinerante. Cada día de la semana abría en un lugar distinto de la provincia. En otoño e invierno andaba por lugares alejados donde daba funciones bajo techo, en clubes o escuelas.


Durante mi primaria en Catamarca, el cine de Berón funcionó con éxito. En algún momento de mi secundaria en La Plata, dejó de existir. En unas vacaciones, la tía Martina me contó que se cruzó con Don Berón en la fiesta de la Virgen y le preguntó de su vida, no por curiosidad propia (sí, tía, claro) si no porque sabía que a mí me interesaría. Don Berón le contó que había vendido el proyector a un cine del interior, que nadie había querido seguir con su itinerario y lo bien que habían hecho, porque con la proliferación de la televisión que llegó a Catamarca con el Mundial del 78, ya a nadie le interesaba el cine. Nada zonzo, el hombre se había separado de su esposa, una mujer amargada que lo había empujado al camino y a la bebida porque no lo quería, y se había aquerenciado con una buena moza de Andalgalá que le cambiaba entradas por una cama caliente y cariñosa. Estaba muy bien y ya andaba por el tercer retoño, dos changuitos y una chinita que eran su alegría. La vida lo había premiado. Lo bien que hizo. La buena fortuna siempre debería sonreírles a los hombres que ennoblecen la vida.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 24 de julio de 2009

Confidencialmente tuya

De todos los grandes maestros del cine, François Truffaut siempre fue el más cercano. Al menos para mí. Era brillante sin ser pedante. Era genial y no lo pregonaba con un séquito de chupamedias. Además me perdonó. Bueno, él no personalmente, pero hizo una película Los 400 golpes que me enseñó a perdonarme un pecadito de infancia.


Como ya conté, pasé mi infancia en Catamarca. Vivíamos en San Isidro, a 9 kilómetros de la ciudad capital, San Fernando del Valle de Catamarca. San Isidro tenía una plaza central adonde daban la iglesia, la escuela Normal de Maestros Gobernador José Cubas, el club, la estafeta postal, dos copetines, la panadería, la carnicería y el cine. (En realidad en San Isidro había dos cines, porque los domingos abría el cine de Berón, pero ese cine “fantasma” era tan especial que merece una crónica por sí mismo.)


Del que quiero hablar hoy es del cine oficial, el cine del cura. Llamado así porque era un cine parroquial que quedaba al lado de la iglesia. Era un gran salón rectangular, con sillas durísimas de madera, un par de ventiladores y una pantalla amarillenta que siempre fue vieja. La puerta de entrada tenía dos hojas, que abrían para afuera y era allí donde se colocaban los afiches. La boletería era diminuta con una escalerita que llevaba al proyector. Al lado de la pantalla, a la izquierda, había una puerta que daba a un patio trasero donde había un par de baños raquíticos. Entre los baños, un piletón con pedazos de jabón blanco para lavarse las manos. También junto a la pantalla, pero sobre la pared de la derecha, una gran puerta que daba a la iglesia.


Había funciones nada más que los viernes, sábados y domingos. El viernes, sólo función noche, que empezaba a las 20:30. Los sábados y los domingos, una matiné con un programa para niños y la función nocturna. Sólo dos programas por fin de semana, las dos películas de la matiné y las dos de la noche. Un adepto irredento al cine como yo tenía la oportunidad de acrecentar su experiencia cinematográfica con cuatro películas por fin de semana.


Era lo que se llamaba un cine de cruce, es decir jamás daba un estreno, para eso estaban los cines de la ciudad. Daban antiquísimas películas de Hollywood, clase A, B y C. Y mucho Disney reciclado. Todo estrictamente acto para todo público. Si no les quedaba otro remedio, daban en la función nocturna, algún film inconveniente para menores, y la chatita con los altoparlantes que anunciaba los programas pasaba dos veces, no sea cosa que a alguien no le quedara claro. Nada tan prohibido como una de la Coca Sarli. No, apenas con una insignificancia que sólo notaría una afiebrada mente mojigata. Un beso de más, una mano sugerente o un fundido a negro que inequívocamente proclamaba que los personajes hacían el amor. (Desde los treinta hasta los sesenta, todo el mundo hacía el amor en los fundidos a negro.) Que el cine del cura diera un film inconveniente no despertaba el morbo de nadie, ni traía más público. Ya todos sabían que se trataba del desmedido exceso de celo de la censura eclesiástica, que siempre fue medio estúpida y miope. Era más interesante ver lo que se les “pasaba” que lo que “notaban”.


Para los niños había un sistema de vales. A la salida del catecismo y de misa, nos daban un vale. Cuando juntábamos cinco, podíamos entrar gratis a la matiné. Los que podíamos pagar la entrada, regalábamos las vales a los que no podían y así nadie se quedaba afuera. Eran muy estrictos, cinco vales o nada. Recuerdo que una vez, un compañerito de la escuela había juntado sólo cuatro y no lo dejaban pasar. Habíamos salido del catecismo que era los sábados y para que lo dejaran entrar, yo tuve que jurar que no faltaría a misa el día siguiente y que con mi vale completaría los cinco. Cumplí y a la salida de misa, el cura me dijo: A vos no te toca el vale, porque ya lo usamos ayer.


Frente a la boletería, colgaban los afiches de las películas que darían más adelante. En esa época yo perdía la cabeza por Hayley Mills, una niña actriz dulce y pecosa que actuaba en films de la Disney como Pollyanna, Operación Cupidos, Los hijos del Capitán Grant, etc. Una vez en esa cartelera pusieron fotos de una película suya; Mientras sopla el viento. Mientras pujábamos por entrar a la matiné, yo me tenté y me robé una foto. Era invierno, la puse entre la camisa y el pullover y durante toda la función procuré que no se me arruinara. Llegué a casa feliz y la oculté en los diccionarios que sólo yo usaba. Durante tres días fue mi tesoro.


Al miércoles siguiente, mientras yo hacía los deberes, cayó de visita Don Vera, el Jefe de la Acción Católica, quien era también el administrador del cine. Habló largo rato en el comedor con mi tía Martina, mi tutora, porque mis padres estaban en La Plata. La tía entró en la pieza, me acarició la cabeza y me dijo: Necesito la foto. Yo creí que me moría de vergüenza. No lloré, pero me puse pálido. Sin decir una palabra, fui hacia los diccionarios, miré por última vez a Hayley Mills y Alan Bates y le entregué la foto. Me senté en la cama y me puse a mirar el patio por la ventana. Quería que se desatara un temblor y que me tragara la tierra. O que no, pero un temblor al menos haría que pasara a un segundo plano el robo. Después de un temblor, sólo se hablaba del temblor. Al rato volvió la tía, se sentó a mi lado, me abrazó y me dijo: El “Bragueta Santa” te la cambia por ésta, y me dio una estúpida foto de Sammy, la foca loca. Intenté explicarme, decirle algo, pero no pude. Ella me dio un beso y me dijo: Deje m’hijo, los chupacirios son así. Era devota, pero como vivía en el pecado por compartir la cama de su supuesto “pensionista”, se vengaba de las lenguas santurronas poniéndoles motes. A Don Vera le había tocado el de “Bragueta Santa”.


Al viernes siguiente, no quise ir al cine del cura. (Me dejaban ir a la función nocturna, por que esperaba que cerrara el cine y me venía caminando con Don Vera, que vivía más allá, en Villa Dolores.) Yo te acompaño, dijo la tía, y fuimos. Compró un paquete de Rumba y vimos Artistas y modelos y La última vez que vi París. Con la boca llena de sabor a cacao y almendras de las galletitas, sentí que Don Vera desde la cabinita de proyección ahora también a mí me señalaba, éramos “la concubina” y “el ladrón.” Nunca más me volví caminando con Don Vera. Le pedí a la tía que me dejara venir solo, que casi todos los que iban a la función venían para este lado, que eran dos cuadras nada más, que qué me iba a pasar. Ella me dejó. De todos modos, durante dos años me sentí observado, estigmatizado por Don Vera. Verlo me hacía sentir sucio, yo había robado, no para comer, que podría estar bien, sino por placer, por egoísmo, para hacer daño. Él lo sabía y quién sabe a cuántos más se los había contado. Era otra afrenta que achacarle a la “Niña Martina” y no se la iban a perder. Suponía que todos los de la parroquia lo sabían y que se llenaban de santa indignación. A la tía Martina (después de quedar plantada prácticamente en el altar y haberse recuperado de las anfetaminas para adelgazar, el famoso Diminex) lo que comentaran le importaba un bledo, pero a mí sí. Viví amenazado por los fuegos del infierno hasta que François Truffaut llegó a mi vida.


Los jueves, la Embajada Francesa organizaba un ciclo de películas en el cine Ideal de la ciudad. Fui de casualidad, porque teníamos que ir al zapatero y la tía me dijo: Si querés andá al cine mientras yo visito a mis primas. Acepté encantado. Daban Los 400 golpes. En un momento determinado, el chico protagonista roba una foto de un cine. El cine está cerrado, bloquea el hall una puerta plegable de metal. El chico ata una ganzúa a un palo, acerca una gran cartelera con rueditas, mete la mano por entre un rombo de la cortina y se roba una foto. Y para mí fue la alegría, la revelación, el fin de la culpa. Robar la foto de una película no era una monstruosidad, era el ímpetu infantil de coleccionar algo, el deseo de prolongar en un recuerdo tangible lo que nos había deslumbrado. No estaba solo. Si era un monstruo, era un monstruo como Truffaut. Un nuevo amigo que provocaba alegría hasta con su nombre, porque hacía cosquillas cuando se lo pronunciaba: fransuá trufó.


Confidencialmente tuya es un policial en blanco y negro en clave de comedia. Un homenaje más a su ídolo de toda la vida Alfred Hitchcock (escribió dos libros esenciales sobre él, uno con el análisis de sus películas y otro con las entrevistas que se dio el gusto de hacerle). Al dueño de una inmobiliaria (Trintignant) lo acusan del asesinato de su mujer y del amante de su mujer. Su secretaria (Ardant) con la que se lleva muy mal y que lo ama en secreto lo ayudará a demostrar su inocencia. Es una reformulación pícara y alambicada de Cuéntame tu vida de Hitchcock con Fanny Ardant como una especie de Ingrid Bergman y Jean Louis Trintignant como un improbable Gregory Peck. (Hasta le hace un guiño al fetichismo y al voyeurismo de Hitchcock cuando Ardant camina ante la claraboya. )



El destino determinaría que Confidencialmente tuya fuera la última película de Truffaut. A poco de su estreno le diagnosticaron la enfermedad que en pocos meses se lo llevaría. Es difícil saber si intuyo que sería su despedida, nada hay de melancólico en ella. Sobrevuela todo el tiempo un espíritu burlón. Frívola por momentos, en otros, profunda y reveladora. Exuda alegría y la celebración del gozo de vivir. Como si dijera que la vida es una broma de Dios que en algún momento entenderemos, compartiremos y celebraremos. Consolidaba lo iniciado en su film anterior, La mujer de la próxima puerta: catapultaba a su mujer (Ardant) al estrellato. Ésa quizá sea la clave del film: es un acto de amor.


Ella recibió la noticia de su muerte mientras actuaba en Les enragés. Resolvió seguir filmando para extrañeza de todos. Yo creo que había un acuerdo entre ellos, que él quería que no interrumpiera por algo tan banal como su muerte lo que había amado tanto. Ya habría tiempo de llorar. Además en los últimos momentos, ya no era él, era otro.


Un amigo es un amigo para siempre. Y nunca se van, dejan lo que fueron, lo que compartimos, los recovecos del cariño. Los artistas tienen además una ventaja, dejan una obra concreta detrás. Y uno puede seguir dialogando con ellos a través de los siglos, ¿acaso no seguimos hablando con Flaubert, Jane Austen o José Mármol? No me duró mucho tiempo la tristeza de que se fuera. ¿Cómo podría si hasta pronunciar su nombre me despertaba una sonrisa? fransuá trufó. Nos dejaba sus películas. Vigentes y hermosas como todo clásico. Divertidas, zumbonas, profundas. Siempre dialogo con sus películas y no sólo por que me haya perdonado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

Europa, Europa (el canal 35 en mi cable) da Confidencialmente tuya el domingo 26 a las 12:10 y a las 18:10 y el viernes 31 a las 10:00 y a las 16:00.

viernes, 3 de julio de 2009

Crimen en el Expreso de Oriente

Crimen en el Expreso de Oriente es una de mis películas favoritas, no porque sea buena, que lo es, sino por el momento de mi vida al que me remite.

Una película no es sólo una película (las emociones que nos despierta, los sueños que nos evoca, los pensamientos que nos provoca, etc.) Una película es también sus circunstancias (el momento en que la vimos, la compañía que tuvimos, el estado de ánimo que teníamos, etc.)

Si nos metemos al cine a matar el tiempo para llegar a una cita de amor, cualquier bodrio se cubre de gloria. Si aprovechamos la excusa de la penumbra para robarnos besos, el film más pésimo se vuelve querible. O si dos minutos antes nos dicen que ya no nos aguantan más, que hemos agotado la paciencia del amor, el mejor film del mundo se torna insoportable.

A veces, una película equivaldría (y le tomo prestada la imagen a Benedetti) a fundar un recuerdo.

En mi caso, por ejemplo, tres musicales jalonan momentos que no olvido.

Las películas llegaban a Catamarca con un año de atraso, más o menos. Todos habían oído hablar de La novicia rebelde y la esperaban con ansía. En un lugar tan devoto, la palabra “novicia” sumada al adjetivo “rebelde” enfervorizaba hasta la imaginación más lenta. Y que el Papa no sólo no la rechazara sino que la celebrara, excitaba aun más la curiosidad. El film se exhibiría durante un mes en el mejor cine (el cine-teatro Catamarca) en tres funciones diarias (por entonces, la siesta era sagrada, la tele era un aparato que existía sólo en Buenos Aires y la globalización, un disparate impensado de ciencia ficción) y se venderían entradas numeradas para todas las funciones (parecía más una breve temporada teatral que otra cosa.) Hicieron bien porque toda la ciudad y alrededores se preparaban para verla. (Fueron hasta los que irían tres veces en su vida al cine, esos que relataban con orgullo que habían conocido el cine con La guerra gaucha, y como había sido tan buena, la consideraban difícil de superar y no tuvieron más ganas de volver; en los casos que conozco, la tercera película que verían en cine sería Camila.)Mi abuelo materno que tenía un copetín cerca del cine aprovechó su amistad con el boletero para no hacer cola y comprar entradas para toda la familia para la primera función de la noche de un viernes, que era la función más codiciada. Cuando digo toda la familia, digo toda: desde los más cercanos hasta los primos cuartos que veíamos sólo en los velatorios (mis padres, mi hermano mayor, mi hermana Alejandra ya estaban en La Plata y yo estaba a cargo de mi tía Martina, una hermosa morocha argentina, al lado de la cual, la “tía” que se inventó Graham Greene era una tonta inglesa desabrida). Ocupamos como siete filas, Catamarca y mi abuelo eran democráticos a la hora de incluir parientes. No se oyó ni un suspiro durante la primera parte y en el intervalo comentaron hasta sobre la pluma verde de los sombreros tiroleses (tanta atención habían prestado, no se trataba de ir al cine cada muerte de obispo y andar papando moscas.) Cuando terminó todos explotaron en un aplauso cálido, fue la primera vez que oí aplaudir en un cine. Mi abuelo, en plan de patriarca provinciano, nos invitó a todos a comer milanesas con papas fritas a la cantina del Club Defensores del Norte. En el camino, las mujeres mayores contaban (entre risas) que, en la escena en la que se ocultan en el cementerio, habían rezado un Ave María para que se salvaran. Normalmente la cantina tenía un par de mesas tristes al lado de la cancha de básquet, ahora las mesas ocupaban toda la cancha y hasta había gente que comía sentada en las gradas. El cantinero, un turco inmenso como una montaña, con manazas como para aplastar cráneos y un bigotazo retinto como la noche, confesó que ya le había puesto una vela a la Novicia en el altar de la Virgen en agradecimiento al inesperado repunte de su negocio.

Mi papá me llevó a ver Mi bella dama. Esta oración puede que a ustedes no les diga mucho, pero para mí en ella cabe un universo. En realidad él quería verla solo, me había explicado que no me llevaría, porque si bien era apta para todo público, trataba cosas de grandes y que me aburriría. Pero a último momento cambió de idea y me llevó. Me porté bien, porque eso se esperaba de mí, esperé al intervalo para pedir de ir al baño e hice durar toda la película la caja de maní con chocolate para que no tuviera que comprarme otra. Tuvo razón, mucho no entendí, hablaban mucho y rápido y de cosas que me costaba seguir, pero me gustó y mucho, por las canciones y los colores. Y me sorprendió que aunque era como de amor, no terminara con un beso, sino con él acomodándose en un sillón y ella en la puerta. A medida que iba creciendo, la fui viendo varias veces y la comprendía más y más. En el segundo año de la facultad, me pidieron que comparara Mi bella dama de Alan Jay Lerner con la obra de Bernard Shaw en la que se basa, Pigmalión. Y la epifanía terminó de manifestarse, descubrí en todo su esplendor la belleza y la brillantez de la poesía de Jay Lerner y la sabiduría teatral de Shaw. La tengo en video y en DVD, y si fuera rico la tendría en celuloide. Cada vez que me desaliento por el poco interés de los alumnos en aprender inglés, la veo. Me emociona y me divierte siempre. Aunque suene pedante (bien podría defenderme diciendo que lo hago para fortalecer la autoestima) me felicito por haberme esforzado en saber inglés y poder así disfrutar de esta obra tan magnífica en su idioma original.

Gigi fue la primera película que vi solo en horario nocturno. Tenía 12 años y el Cine Ocho la reestrenaba, pero sólo la daba de noche. Pedí permiso suponiendo que me lo negarían. Papá lo pensó un ratito y dijo que sí. Eso sí, cuidate, agregó. Eran tiempos anteriores a los talk shows, las revistas escandalosas y los noticieros victimarios y amarillistas, la palabra pedófilo dormía en los diccionarios, pero nos agitaban tantos fantasmas que era casi un milagro que le habláramos al chofer del micro para pedirle el boleto. Sentí como que emprendía una aventura en el corazón del Amazonas. La casualidad dictaminó que mi primer paso a la independencia tuviera que ver con un film sobre el aprendizaje de ser adulto. Gigi me encantó y me apure en volver para no preocupar más a mis padres. Cuando llegué, dormían a pata suelta. Elegí creer que fingían para que yo no supiera de su ansiedad, pero no, sólo dormían. Comí el sanguche que me dejaron y me calenté la leche. Mientras comía, quizá comprendí que comenzaba a estar por mi cuenta.

Crimen en el Expreso de Oriente se basa en una novela de Agatha Christie, por lo tanto es un “whodunit”, es decir se trata de saber quien es el culpable del crimen. No, no es el mayordomo. La Christie fue una arquitecta magistral en eso de construir tramas ingeniosas, insólitas pero plausibles. En ésta se supera a sí misma, porque el final es uno de los más originales jamás concebidos. El elenco es multiestelar. Había quedado esa moda por las películas catástrofe que llenaban con estrellas hasta los papelitos más diminutos. Como me había formado viendo películas viejas, el elenco para mí era una fiesta que me reunía con amigos de toda la vida. Había viejas glorias del cine norteamericano (Lauren Bacall, Ingrid Bergman, Richard Widmark); próceres del cine inglés (Albert Finney, John Gielgud, Wendy Hiller, Rachel Roberts); un francés recordado y querido (Jean-Pierre Cassell); figuras más o menos jóvenes todavía en carrera por ese entonces (Sean Connery, Vanessa Redgrave, Anthony Perkins, Martin Balsam); y luminarias que el tiempo relegó a los repartos (Michael York, Jacqueline Bisset). La escenografía es el legendario y lujoso tren que unía Estambul con París. El director no es nada más ni nada menos que el gran Sidney Lumet, que aparte de manejarse muy bien en el policial, es un excelente director de actores. La música es hermosa y el vestuario es creativo y elegante. Y la Bergman se despacha con una actuación complicada que le valió el Óscar.

La vi solo, pero estaba enamorado y era correspondido. Después todo terminó mal, como suele ocurrir con algunos romances, pero de eso prefiero no acordarme. El amor es bueno a cualquier edad, pero ser joven y estar enamorado es una gloria incomparable que ni en la amnesia se olvida.

Film&Arts (el canal número 56 en mi cable) da Crimen en el Expreso de Oriente el martes 7 de julio a las 6:00, a las 15:00 y a las 20:00; el viernes 10 a las 17:00 y el sábado 11 a las 3:00.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 12 de octubre de 2008

Entre la vida y la muerte

Pasé mi niñez en Catamarca. Entonces estaban de moda las películas de cowboys. Sólo que no las llamábamos así, correctamente. Les decíamos películas de “conbois” que era como creíamos que se pronunciaba.

Íbamos a la escuela normal Gobernador José Cubas, que era una escuela granja. A la mañana, hacíamos la primaria común en un edificio colonial muy bonito, de espaciosas galerías con grandes arcadas que daban a un patio central custodiado por macetones de barro. Almorzábamos en nuestras casas. Y a la tarde íbamos en bicicleta a la granja que quedaba pasando la ermita de la Virgen en San Isidro. En la granja, hacíamos almácigos de verduras y hortalizas, cuidábamos árboles frutales y aprendíamos sobre las abejas. Después nos llevaban a un quincho enorme con una larguísima mesa de roble en la que hacíamos los deberes. Nos daban mate cocido con leche y rodajas de pan cacho untadas con manteca y espolvoreadas con azúcar. Y quedábamos libres para jugar a los “conbois” hasta que oscureciera o el portero se cansara y nos echara. El pedregal, los cactus y las montañas agrestes se prestaban como el escenario ideal para que nos perdiéramos en nuestra fantasía. Nuestros juegos se desarrollaban en una jeringoza que remedaba el inglés. Lo único que pronunciábamos con fidelidad era “come on”. Pero a mí no me bastaba, por eso comencé a molestar con que me mandaran a inglés porque yo quería hablar como en las películas.

Con el tiempo dejaron de interesarme las películas de cowboys, a mí y a mucha gente más, por eso dejaron de hacerlas. De vez en cuando vuelven, como ahora.
Jeremy Irons y sus secuaces aterrorizan el pueblo de Appaloosa, cuyos representantes contratan a dos pistoleros (Ed Harris y Viggo Mortensen) para que impongan la ley y el orden. Jeremy es un villano con recursos y les complicará bastante la vida. Aparecerá en escena una viudita (Renée Zellweger) que deparará más de una sorpresa y conquistará el corazón de uno de los pistoleros.

Ed Harris en su segundo film como director (antes hizo Pollock, sobre la vida del gran pintor norteamericano Jackson Pollock) muestra destreza narrativa y un buen manejo de la puesta en escena. Su actuación es sólida como siempre. A Viggo Mortensen le sientan bien los héroes que hablan más con la mirada que con las palabras. Jeremy Irons en un personaje no muy definido por el guión, como no tiene mucho de donde agarrarse le aporta misterio a su villano. Renée Zellweger juega hábilmente a su viudita y expone lo difícil que les resultaba a las mujeres sin dinero, marido y familia sobrevivir en un mundo de hombres. Su sentido de la lealtad es volátil, pero ¿qué otro remedio le quedaba? Ariadna Gil como una prostituta aparece poco, pero ilumina la pantalla con su sensibilidad y belleza. La fotografía y en especial la música son de primer nivel.

El western más que ningún otro género fue cargándose de significación lo que quizá aceleró si no su deceso, al menos, su alejamiento de las pantallas. John Ford lo transformó en un espacio metafísico en el que el bien y el mal se sobredimensionaban. Clint Eastwood, Fred Zinnemann y John Huston trasladaron al oeste la tragedia griega con todas sus reglas y fundamentos. Sergio Leone llevó la ópera italiana al Far West y especuló con grandilocuencia sobre los caprichos del destino.

Los tres últimos intentos de revitalizar el género: éste, Pacto de justicia de Kevin Costner, y El tren de las 3:10 a Yuma de James Mangold son excelentes films, pero cargan sobre sus espaldas la impronta de imponer trascendencia y resignificación a lo que se cuenta, lo que les quita soltura y fluidez.

Los dos pistoleros de Entre la vida y la muerte (Appaloosa en el original) hablan poco, pero lo hacen con claridad y elocuencia. Pero el guión los carga con tantos psicologismos que este film bien podría llamarse Ingmar Bermang va al oeste.

En los viejos tiempos, los westerns tenían alegría, enjundia, desfachatez, espontaneidad y una profunda vitalidad. La trascendencia y significación surgía de lo que contaban, no se superponían a la historia para fuera sólo un reflejo de ideas rectoras importantes.

Las viejas películas de vaqueros fluían con la alegría del arroyito que salta entre las piedras.

Las nuevas películas del viejo oeste fluyen con la pesadez de un río helado.

Entre la vida y la muerte gusta, y mucho, pero no invita a jugar a los “conbois”.

Un abrazo

Gustavo Monteros

martes, 1 de julio de 2008

Los compañeros

Cuando tenía 9 u 11 años, vi Los Compañeros en un ciclo auspiciado por la embajada italiana en el Cine Teatro Catamarca… y fue una epifanía. La deslumbrante revelación de que el cine podía ser esencialmente bello y conmocionante. ¡Las pantallas podían albergar algo más que las aventuras de Tiburón, Delfín y Mojarrita!


En los últimos meses me di cuenta de que en distintas conversaciones y por diferentes motivos, se me aparecían Los Compañeros. Y una tarde, en la que por razones que no vienen a cuento, me arrastraba el ánimo, para contrarrestar tanta tristeza me fui al centro a ver si entre los kioscos de 7 encontraba el DVD de Los Compañeros que hace 3 ó 4 años sacó Página 12.


Lo encontré, pero en el camino de vuelta a casa, me asaltó la duda. ¿Y si había envejecido muy mal como tantas otras películas? ¡No! Sigue tan fresca, joven y vital como cuando la estrenaron.


Cuenta un modesto capítulo de las sangrientas luchas que llevaron a la aceptación y promulgación de los derechos del trabajador. Estamos en Turín a fines del siglo XIX. Hay una fábrica textil en la que se trabaja 14 horas diarias, con un breve recreo que no alcanza ni para merendar decentemente. Un operario, por cansancio o por la monotonía del trabajo mecánico, pierde un brazo en un descuido. Los demás comprenden que, de ahora en más, él y su familia dependerán de la esporádica caridad pública para escapar por un rato a la miseria más absoluta. Comenzarán primero una protesta y luego una huelga que tendrá imprevisibles consecuencias.


Es una obra maestra. No hay fotograma que no esté contando algo, no hay escena que no esté sumando para concebir un todo maravilloso. Es como si un talentoso pintor fuera pintando un fresco grandioso ante nuestros ojos, y cuando la película termina es como si nos alejáramos unos pasos y contempláramos esta creación de gran belleza que atestiguamos trazo a trazo y que ya nunca olvidaremos.


Es profundamente humana. Muestra más de una miseria, pero también noblezas y generosidades que podrían llegar a rescatarnos de la ira divina.


Todos los actores están impecables, pero anda por ahí el gran Marcello. Si el oficio de actuar es primordialmente iluminar o hacer asequible el comportamiento humano, muy pocos lo ejercieron con la genialidad y la humildad de Mastroiani. Actuaba como si jugara. Hacía todas esas cosas complicadísimas que le pedían los grandes directores como si no le costara nada. Actuaba sin alharacas ni narcisismos, como si lo único que lo diferenciara del carpintero, tiracables o chofer de la filmación fuera que él estaba delante de la cámara. Aquí interpreta a un intelectual hambreado y muy chicato. Hay una escena en que todos corren perseguidos por la policía. Es un plano general, él está perdido en la multitud, y corre (doy fe porque uso anteojos desde la cuna) con la torpeza del que no ve el suelo que pisa, con miedo de perder los anteojos que mucho no le sirven, pero sin los cuales estaría perdido. No hay para él un plano detalle, es uno más, sin embargo incluso en esa toma multitudinaria se toma la molestia de contarnos su personaje. Un grande. Un genio. Algo bueno debemos haber hecho para que Dios o el Big Bang nos regalara semejante artista.


Unos días más tarde veía Bajo el sol de Toscana, una comedia romántica tópica que había grabado de la TNT. Es sobre los que descubren su lugar en el mundo en forma fortuita e inesperada. La protagonista, Diane Lane, a lo largo de la película, ve desde su balcón a un viejito que le cambia las flores a una imagen que está en una pared al otro lado de su calle. Es un viejito mala onda, de mirada límpida y profunda, como la de alguien que no ha vivido al pedo. Ella lo saluda, pero él la ignora. Ella quiere ser saludada por él, siente que sería la ratificación definitiva de que es aceptada, de que al fin pertenece a ese lugar. La película está por terminar y ella vuelve a verlo. Como yo estaba viendo el video entre dos clases, decía para mis adentros: “que no la salude, que no la salude, que quede como cuenta pendiente,” porque no se trataba de que yo fuera a mi próxima clase conmovido hasta los tuétanos. (A mí, los súbitos gestos de solidaridad y generosidad me matan, porque siento que es ahí cuando amamos la humanidad, no ya en nosotros sino en cualquiera de los otros). Y ella lo mira y él no la saluda y se va. Pero de repente se da vuelta, la mira y se lleva la mano al sombrero. Y quedo ahí, conmovido, mirando los títulos, aunque llegue tarde a mi clase, para saber quién hace el papel de viejito. No es ni más ni menos que ¡Mario Monicelli, el director de Los Compañeros! Y memorizo el nombre de la directora de Bajo el sol de Toscana, Audrey Wells. Porque quien teniendo la oportunidad, valora, reconoce y convence a Monicelli (que no es actor) para que haga ese papelito, merece que se la recuerde.


Un amigo mío dice que el mejor cine del mundo lo hicieron los italianos. Es una generalización y una exageración. Pero cuando veo Los Compañeros, El Gatopardo, La Strada, Umberto D, Érase una vez en América, Un día muy particular o Pasqualino 7 bellezas, me dan ganas de darle toda la razón.

Un abrazo
Gustavo Monteros