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jueves, 9 de febrero de 2017

Neruda



Neruda del director chileno Pablo Larraín, por suerte, gracias a los cielos, no es la típica biopic (película biográfica) de productor carroñero, o sea la vulgar exposición de personajes “históricos” o “existentes” sin construcción ni desarrollo, puestos en circunstancias ramplonas, que debemos aceptar sin chistar porque se suponen “reales”


Neruda es una obra de autor. Rica como suelen serlo. Y muy satisfactoria, también. Se focaliza en un par de años de la vida de Neruda. Comienza en 1948, cuando el gobierno de González Videla, a instancias de Estados Unidos (cuándo no) comienza la persecución de los adherentes al Partido Comunista. Sus miembros son internados en el campo de concentración de Pisagua, bajo la atenta mirada, nada más ni nada menos, de un tal Augusto Pinochet. Neruda, senador por los comunistas, tras ser destituido, debe pasar a la clandestinidad. Lo acompaña su segunda mujer, la pintora Delia del Carril, rica aristócrata argentina. Durante 13 meses, para ser exactos, deambularán por casas de amigos y partidarios.


No tardamos en saber que la voz en off que nos acompaña desde el principio de la película pertenece a Óscar Peluchonneau (Gael García Bernal), el policía designado para perseguir, encontrar y encarcelar a Neruda. Habla como un poeta, resentido, porque de no pertenecer a categorías irreconciliables, quizá fuera el depositario directo de la poesía nerudiana. Dice el director: "'Neruda' es en el fondo una película sobre un policía que le da sentido a su vida al perseguir al poeta”


Desde el inicio hay un tono onírico que se manifiesta principalmente por dos herramientas. La alternancia de “transparencias” (técnica en la que un vehículo o un actor son puestos ante una pantalla donde se proyecta el fondo en el que transcurre la escena) y de los lugares reales de dichas transparencias. Y de la continuidad o discontinuidad de un mismo diálogo, a saber, la misma conversación se continúa en distintos ámbitos. Ese tono onírico se vuelve más surreal cerca del final, cuando Larraín nos hace dudar de la “existencia” independiente y auténtica de Peluchonneau.


Quizá porque habremos llegado al verdadero sentido de la película: la realidad intervenida por el artista, deja de ser realidad, pasa a ser su creación. Dice Peluchonneau, cuando el film  pasa del policial al western: “El poeta tiene la fiebre de los espíritus artísticos, que a veces piensan que el mundo es algo que se imaginaron”


Sí, las dos primeras partes son un homenaje al policial noir. La interacción perseguidor-fugitivo lo amerita. Confiesa García Bernal que para imbuirse del estilo que debía tener su personaje vio una y otra vez las películas de Jean Pierre Melville, no en vano el sombrero que usa remite al de Alain Delon en El samurái. Y la tercera y última parte, por ambiente, estilo y filosofía, remite al western.


Gael García Bernal tiene una cara ideal para el cine. De la nariz a la frente, sus rasgos son regulares y armónicos, con expresivos y curiosos ojos claros, esa armonía se interrumpe con dos líneas paralelas, la de los labios y la de la arruga que ostenta la quijada. Aquí esas dos líneas se subrayan con una tercera, la de un bigote, igual de rígido y derecho. A lo que voy es que puede hacernos pasar de la serenidad que infunde la belleza al temor que destila la fealdad resentida, según haga valer el relampagueo de los ojos o la tensión de sus labios. Ojo, además de los dones otorgados, el hombre tiene claridad de objetivos y talento para llegar a los mismos. Luis Gnecco (al que conociéramos en El bosque de Karadima, Matías Lira, 2015) es como Neruda, un hombre feo, su encanto y su seducción radican en la fuerza de su poesía, en el caso del poeta, y en la desinhibición para mostrar apetitos y caprichos, en el caso del actor. Gnecco y Larraín sacan rápido a Neruda del bronce y nos dan un personaje, admirable por momentos, aborrecible en otros. Mercedes Morán despliega su exquisito e infinito talento.


Pero hay otros actores que brillan tanto como los protagonistas, Pablo Derqui hace del español Víctor Pey, amigo de Neruda, que debe tomar distancia para saber si quiere seguir ayudándolo (Neruda, en el fondo una prima donna, es a veces difícil de aguantar). Michael Silva es Álvaro Jara, un hombre del pueblo, encargado de la seguridad de Neruda, que le pide modestia, porque mientras que Neruda se postula para “gigante popular”, son los de a pie a los que golpean, encarcelan, torturan y matan. Amparo Noguera es Silvia, la que en la fiesta pregunta cómo vivirían si triunfara el comunismo. Y por último, y ni por las tapas menos importante, Roberto Farías (a quien conociéramos como el boxeador gay enamorado de Mi último round, Julio Jorquera Arrigada, 2011, que puede verse en Nerflix) se despacha con otro personaje inolvidable: la cantante del burdel.


Neruda es una muy buena película que da mucha tela para cortar. Visualmente impecable, con una bellísima recreación de época y con una música expresiva y acariciadora que ratifica la admirable capacidad de Federico Jusid.


Pablo Larraín (Fuga, 2006, Tony Manero, 2008, Post Mortem, 2011, No, 2012, El club, 2015) reaparecerá en unas semanas con su primera película rodada en inglés, Jackie, sobre Jackie Kennedy, claro. Mientras tanto podemos descansar de tanta producción yanqui y disfrutar de su Neruda.


Gustavo Monteros

jueves, 28 de abril de 2016

El bosque de Karadima



El cine de denuncia será transparente, o no será. Así debería rezar el mandamiento cinematográfico inapelable. Incluso cuando la denuncia se meta con una de las instituciones más viscosas que se conozcan: la Iglesia católica.  


Entre 1980 y 2006, el párroco, muy de derechas, Fernando Karadima rigió la exclusiva, rica y privilegiada parroquia de El bosque en Santiago de Chile. Considerado poco menos que un santo, moldeó mentes, influyó espíritus a la vez que se permitió placeres poco intelectuales y menos espirituales con los cuerpos de sus discípulos. Pasado el escándalo, como suele suceder, la iglesia lo condenó y lo confinó a un retiro, que bien se parece a una jubilación de privilegio en un convento cinco estrellas.


La película de Matías Lira revisita el caso con ánimo de despertador de conciencias. Se centra en la experiencia de Thomas Leyton (Benjamín Vicuña de grande, Pedro Campos de joven), (nombre de ficción que encubre a la real víctima y denunciante James Hamilton). Thomas, hijo de una madre promiscua y de un padre preso por haber matado a un amante de la madre, anda en busca de contención espiritual y se acerca a Karadima (Luis Gnecco), quien lo separa del rebaño no bien lo ve, porque como reconoce más tarde la madre del cura tiene un aire a alguien, que quizá fue una víctima anterior o una presencia imborrable en el pasado del párroco. Thomas, mientras estudia medicina, pondrá en duda su vocación por el sacerdocio, y terminará por casarse con Amparo (Ingrid Isensee) con quien tendrá dos hijos. Uno de ellos desatará el alejamiento definitivo de la perniciosa influencia del cura.


Las películas de denuncia de abusos sexuales son ríspidas, se trata de retratar sexo mal habido, extorsionado de la peor forma, con uso distorsionado de la autoridad, con pérfido ejercicio de la ascendencia, con siniestro abuso de poder. El tráiler de esta película permitía atisbar que se animaba a graficar el abuso. Sí, lo hace, pero de manera muy tramposa. Pormenoriza la primera relación, escalona los pasos que llevan a que el cura masturbe al joven en el auto. Lo despacha, después, con que lo ocurrido se lava en una confesión general, que basta con mencionar que se entregó a actos impuros. Un par de escenas después, se ve al joven levantarse de la cama del cura. ¿Cómo se llegó a eso? Lira no nos lo cuenta, y es algo crucial. No porque mi morbo en particular quiera saberlo, sino porque en nombre de la trasparencia mencionada al principio, la película debe desarrollar cómo se consolida esta relación vergonzante y ruin. No es que uno pretenda un manual ilustrado de perversión, aunque el film de denuncia es también de divulgación de cómo se ejercen y consolidan estos abusos de poder; se supone que el género alienta la advertencia para erradicar estos males. Nos guste o no tienen un costado, sino moral, al menos pedagógico. Algo así como si te llevan para este lado, están tratando de usarte o atraparte en el peor sentido. Para colmo, más tarde muestra claramente cómo quedan establecidas las rutinas sexuales, el cura masturba primero a Thomas, para que después este, en compensación, permita ser penetrado. Algo que, en realidad, importa menos que cómo se llega a esto. De ahí que podamos decir que Matías Lira, consciente o involuntariamente, bordea asimismo la sexploitation, o sea la excitación barata de la lascivia; por ejemplo, en la escena de la felatio no tenía necesidad de desnudar a Vicuña, y uno sospecha que lo hace para complacer la apetencia de lxs admiradorxs del actor. Algo esperable y no criticable en otra película, pero que en una de denuncia sexual contradice la denuncia, o lo que es peor, equipara el abuso con el sexo consentido.


También tiene sus logros, sobre todo en los apuntes sobre la viscosidad de la iglesia. En un momento, el cura que escucha y habilita la denuncia de Thomas le dice: O quizá su amor por Amparo no era lo suficientemente fuerte y su corazón estaba con mayor fuerza en otro lugar. A lo que Thomas, con toda lógica, le responde: Está diciendo que yo estaba enamorado del cura. El confesor, literalmente da un respingo y le espeta: No, pensaba en su amor por la Iglesia, doctor. Supremo ejemplo de cómo piensan los religiosos católicos, de cómo inducen al error para no abandonar nunca su lugar de superioridad falsamente moral.


En resumen, tiene más buenas intenciones que logros, y si bien no pavimenta el camino del infierno, está muy cerca de hacerlo.

Gustavo Monteros