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viernes, 20 de diciembre de 2024

Querido diario - Hoy: Dos de una palabra - Blitz - Joy



 Y en la letra chica de los datos inútiles, el 2024 pasará a la historia como el año cinematográfico con preeminencia de películas con títulos de una sola palabra. Ejemplos al paso, hay más, muchos más: Joy, Blitz, Here, Maria, Absolution, Ghostlight, Kill, Heretic, Queer, Cónclave, Thelma, Twisters, Megalopolis, Anora, Challengers, Vermiglio, Babygirl, Lee, Nightbitch.

 

Concentrémonos en los dos primeros. Se llama Blitz al bombardeo continuo que los alemanes ejecutaron sobre el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, entre el 7 de septiembre de 1940 y el 21 de mayo de 1941. Si bien varias ciudades lo padecieron, Londres se llevó la peor parte. La entereza que demostraron los londinenses enorgullece a la nación entera y fortifica la noción de un temple histórico, infatigable e indómito, que los británicos dicen tener. Grandes partes de la ciudad eran reducidas a escombros cada noche. Al amanecer, los ciudadanos emergían de los refugios subterráneos y continuaban con su vida como si nada, a pesar de las ruinas de sus casas y las muertes de familiares, amigos y vecinos. Durante guerras diversas, muchas ciudades fueron bombardeadas, pero ninguna ostentó resiliencia semejante a la mostrada por Londres. Muchas películas tienen al Blitz como tema central o como telón de fondo. No es para menos, pocos padecimientos dejan tan bien parados a sus protagonistas.

 

Se dice del director Steve McQueen (homónimo del inolvidable astro hollywoodense) sobre todo por sus películas Hunger (2008), Shame: Sin reservas (así se la conoció por estos pagos, 2011) y 12 Years a Slave (12 años de esclavitud, 2013) que trata temas difíciles con un estilo brutal e implacable. De ahí que sus estrenos se esperen con ansía y con expectativa de escándalo. Blitz demolió tales ansias y expectativas.

 

Las primeras críticas describieron al film como sorprendentemente convencional y anticuado, contracara negativa de lo que se llama “clásico” cuando a lo mismo se lo quiere ensalzar.

 

La trama es sencilla. Rita (Saoirse Ronan) una madre soltera, bonita y joven que vive con su padre anciano y músico (Paul Weller) envía a George (Elliott Hefferman) el hijo que tuvo con un hombre negro, al interior del país al cuidado (circunstancial o duradero, nunca se sabe) de otra familia (generalmente voluntaria, aunque muchas fueron obligadas) como lo aconsejan las autoridades, para evitar que los chicos mueran en los bombardeos. George se escapa del tren en el que viaja, mucho antes de llegar a destino y en el camino de regreso a casa, vive aventuras y desventuras. (Si a alguien esto le recuerda a Dickens, no anda muy errado)

 

McQueen, esta vez secundado por el director de fotografía, Yorick Le Saux, sigue deslumbrando con sus elocuentes planos secuencias y las tomas de cámara en mano casi sin contraplano.

 

Se suma a la tradición de resaltar el encomiable espíritu heroico de los londinenses, pero lo contrapone con una actitud revisionista que provocó más de un prurito. Algunos londinenses a pesar de ser conscientes de que debían enfrentar unidos la desgracia que se les venía encima, no depusieron un enojoso e inveterado racismo. McQueen es negro y debe haber oído de primera mano relatos de incidentes discriminadores durante la guerra. Tampoco obvió, como lo señalan documentos de época, que hubo saqueos a joyerías, bancos y casas de antigüedades, y rapiña a los cadáveres. Circunstancias que retratos ficcionales anteriores eligieron ignorar.

 

El relato atrapa y emociona. Y depara escenas inolvidables, como la que abre la película, con el edificio en llamas imparables y la manguera que serpentea literalmente. Y al igual que toda película de guerra usa el tropo de que, en el fragor de la lucha, vivir o morir, más que nunca es una lotería. Muestra también que hay ricos que, por no haber padecido nunca restricciones, se creen a salvo de lo que sea, y que los ninguneados de siempre, como el enano que comanda un refugio, saben en los huesos por haber padecido las más variadas restricciones que, en la adversidad, la solidaridad no es una contingencia, sino un imperativo insoslayable.

 

Joy (Alegría en inglés, como dice un subtítulo clave) es una película dirigida por Ben Taylor y estrenada en la plataforma Netflix el 22 de noviembre de 2024. Transcurre desde mediados de la década del sesenta hasta el final de la década del setenta y atestigua los esfuerzos de Jean Purdy (Thomasin McKenzie), enfermera y embrióloga, del Dr. Edwards (James Norton), científico y del Dr. Steptoe (Bill Nighy), cirujano, por concluir con éxito la primera fertilización in vitro, lo que los medios de entonces llamaron bebé de probeta.

 

Las innovaciones científicas muy incorporadas a la vida cotidiana parecen existir desde siempre y se olvida que alguna vez se probaron, que hubo dificultades, errores, infructuosidades.

 

Con el diario del lunes en la mano, se allanan los problemas, se olvidan las polémicas, se niegan las resistencias, las negaciones, los rechazos. Todas las innovaciones que cambiaron la vida de la gente tuvieron que sortear impedimentos morales, religiosos, de usos y costumbres, de recelos y envidias profesionales, de mezquindades ignorantes.

 

Dos vicisitudes conmueven: los precios que tiene que pagar Jean Purdy por participar en el proyecto y la solidaridad de las mujeres que se ofrecen de voluntarias, ellas rezan, cruzan los dedos, acumulan ansias porque les toque a ellas llevar a cabo el proceso con éxito, pero saben que, si no es así, su participación no habrá sido en vano, que le habrán facilitado el camino a las que vendrán. En estos tiempos de individualismo muy acendrado, el altruismo inesperado se valora más que un tesoro perdido. Como escribió el viejo y querido John Donne, tan citado en un momento y tan olvidado ahora: Ningún hombre es una isla.

Gustavo Monteros


viernes, 25 de mayo de 2012

El exótico hotel Marigold


Decido pasar el 25 de mayo con Maggie Smith en El exótico hotel Marigold. Festejo patrio un poco inusitado el mío. O no, si se lo piensa bien. ¿Acaso uno no aprovecha también los feriados para visitar a la familia? Como me pasé la vida viendo películas con Maggie Smith, a esta altura del partido ella es como de mi familia.

El exótico hotel Marigold de John Madden, digámoslo sin empaques, es una historia de viejos. Siempre me gustaron las historias de viejos. Después de todo, si uno tiene suerte, es a viejo a lo que se llega. Ahora, incluso me gustan un poco más, porque seamos sinceros, uno ya está más cerca del geriátrico que del jardín de infantes.

Un grupo de 7 jubilados ingleses compra la opción de pasar los “años dorados” (eufemismo si los hay) en el hotel Marigold en la India. Se les promete confort, lujo, atención y exotismo a bajos precios. Cuando lleguen obtendrán mucha atención y exotismo, pero nada de lujo ni confort. Es que el hotel Marigold de los folletos es una ambición que existe, hoy por hoy, sólo en la imaginación de un veinteañero entusiasta (Dev Patel, el simpatiquísimo protagonista de Slumdog millionaire - ¿Quién quiere ser millonario?) Como la mayoría de estos jubilados no tiene para pagarse el pasaje de vuelta, deciden quedarse. Lo bien que harán. La vida les demostrará que aún tiene sorpresas para ellos.

El exótico hotel Marigold es una de esas películas que son lo que son y no se avergüenzan de serlo. Es un film “feel good” o sea vistoso, positivo y reconfortante. Los más jóvenes pueden llegar a amarlo. He notado que les encantan las películas con frases “importantes” y “lecciones de vida”. Si nosotros los “veteranos” nos educamos con películas en que las ironías se comprendían a la salida, cuando armábamos otra vez lo que habíamos visto; los más jóvenes, en cambio, prefieren (por las películas con las que les tocó crecer) que se les subraye lo que deben entender. Si se hiciera hoy una remake de El tesoro de Sierra Madre, los personajes que quedan vivos tendrían que “explicar” la inutilidad de esa aventura. Y si digo que amarían El exótico hotel Marigold es porque las frases importantes y las lecciones de vida están deletreadas. Sin embargo, esta vez, a los “veteranos” no nos molesta mucho tamaña exposición de lo evidente, porque, para variar, hay inteligencia e ingenio en el trámite.

Las historias son variadas. Hay dos que no quieren resignar el sexo. Él (Ronald Pickup) todavía busca la horma de su zapato. Ella (Celia Imrie) se resiste a morir como la abuelita cuida-nietos. Hay un hombre (Tom Wilkinson) que vuelve a la India a cerrar una historia de amor. La del único amor que tuvo en su vida. Hay una viuda (Judi Dench) a la que el marido sobreprotegió y que se siente estafada. Hay un matrimonio (Penelope Wilton y Bill Nighy) que lleva demasiados años de matrimonio sin comprender que al lazo hace rato que se le pasó la fecha de vencimiento. Y hay una vieja xenófoba como pocas (Maggie Smith) que, por un inesperado acto de amabilidad, comprenderá que sus “pares” la usaron, mientras que los “otros” no le dieron sino comprensión, apoyo y hasta una esperanza. Hay también una subtrama con el dueño del hotel (Dev Patel), su madre, su novia y el hermano de su novia.

Algunas historias conmueven más que las otras, y si tienen baches, son rellenados de inmediato por el inmenso talento de un elenco soñado.

En resumen, un hotel que se visita con beneplácito. Cualquier objeción por el estado de las habitaciones se anula por la luminosa capacidad histriónica de Maggie Smith, Judi Dench o Tom Wilkinson (menciono sólo mis favoritos, aunque los otros no le van a la zaga.

Confieso, nobleza obliga, ninguna película en la que Maggie Smith tenga un personaje a desarrollar puede ser del todo defectuosa. Ver actuar a Maggie es una de las maravillas y alegrías de esta vida pelandruna.

Un abrazo, Gustavo Monteros
Gracias, Maggie, me encantó tomar mate con tortas fritas con vos este 25.