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jueves, 14 de enero de 2016

Los 8 más odiados



Supongamos que alguien que jamás haya visto una película de Tarantino nos preguntase cómo es el cine de este señor. ¿Qué le contestaríamos? Algo así como que es muy diestro con la puesta en escena, que le gusta citar y referir sus influencias cinematográficas, las que van de los grandes maestros como Sergio Leone a los directores más bizarros en todas las acepciones de esta palabra, y sin embargo, paradojalmente, cuánto más los cita más personal se vuelve, que le gusta culminar sus películas en un festival de sangre, tan pero tan gore que más que intimidar invita a sonreír. Y por sobre todo, es un dialoguista de primera. Como Ingmar Bergman, salvando todas las distancias, es un dramaturgo cinematográfico. Algunos consideran sus diálogos su talón de Aquiles, que demoran la acción innecesariamente y que persisten hasta la enajenación en sus vanos fuegos de artificio; otros los consideran su cima de gloria y reniegan que no sean más. Como sea, unos y otros reconocen que el hombre sabe escribir un buen diálogo.


Los 8 más odiados filmado en Ultra Panavisión 70 mm remite por formato y duración (dos partes con un intervalo en medio) a los operáticos westerns de Leone o las grandes superproducciones que con su sola presencia reemplazaban el habitual programa doble de los cines de antaño (sí, en la época de las carretas se daban dos películas). Y de movida veremos que la fabulosa fotografía de Robert Richardson oscila entre nevados paisajes panorámicos e interiores, que no por acotados son claustrofóbicos. Siempre con la  superlativa banda sonora del maestro Ennio Morricone.


Los 8 en cuestión son John Ruth (Kurt Russell) un caza-recompensas que lleva en una diligencia tirada por seis caballos, en un invernal ventoso y nevado Wyoming, a la asesina Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh) a que la cuelguen en Red Rock. Deberán socorrer a otro caza-recompensas varado en la nieve, al mayor Marquis Warren (Samuel L Jackson), “héroe” de la Guerra de Secesión que tiene una carta de Abraham Lincoln dirigida a su persona. Más adelante deberán volver a parar para recoger a Chris Mannix (Walton Goggins) quien dice ser el nuevo sheriff de Red Rock. Como la tormenta arrecia, en vez de solo parar para estirar las piernas, comer algo o hacer descansar a los caballos,  en la Mercería de Minnie, deberán permanecer en ella hasta que el temporal amaine. El lugar está temporariamente a cargo del Señor Bob (Demián Bichir) y allí ya están refugiados, un inglés que dice ser un verdugo itinerante camino a Red Rock, Oswaldo Mobray (Tim Roth), un veterano general que lucho por el Sur, Sandy Smithers (Bruce Dern), y un parco cowboy, Joe Cage (Michael Madsen) que dice regresar a visitar a sus padres por la Navidad. Hasta ahí los 8 del título, que en realidad son 9, porque está también el conductor de la diligencia, O. B Jackson (James Park). No es que le fallen las matemáticas a Tarantino, quizá sea un chiste, o que uno de los mencionados no cae en la categoría de “más odiado”.


Y como bien se sabe por las novelas de Agatha Christie y sus versiones cinematográficas, el encierro de personajes peligrosos no es aconsejable ni saludable, al menos no para todos. Más que un “quién lo hizo”, aquí habrá más “un quién lo hará y por qué”.


El film se estructura en dos partes muy definidas, una primera parte en que presenta los personajes y sus peculiares circunstancias, con un clímax a punta de pistola, telón, y después del intervalo, una segunda parte con resolución de intrigas a puro vertimiento de sangre, tanta que el final de la Carrie de Brian De Palma parece, en comparación, un pinchacito para una curita. Como en la ópera o en su Perros de la calle, que haya personajes heridos mortalmente no es óbice para que dejen de hablar o de ser un peligro para sus congéneres.


Recomendar un Tarantino es, no sé, como recomendar el fernet con cola. Los que lo prefieren beberán con fruición y se deleitarán con cada trago. A los que les disgusta, se abstendrán o esperarán a ver qué otras bebidas trae la temporada. Y a los que no lo conocen, se recomienda probar. Un nuevo adepto o detractor habrá nacido.

Gustavo Monteros

jueves, 19 de febrero de 2015

Selma



Resolveré mi opinión sumariamente.


Sinopsis (según gacetilla)
“Retrata la histórica lucha que emprendió el Dr. Martin Luther King Jr. para lograr el derecho a voto de los afroamericanos. Una peligrosa y temible campaña que culminó con la épica marcha desde Selma hasta Montgomery, Alabama, conmovió a la opinión pública de los Estados Unidos y persuadió al presidente Johnson de promulgar la Ley del Derecho al Voto en 1965. El año 2015 marca el 50mo. aniversario de este momento fundamental en el Movimiento por los Derechos Civiles.”


Evaluación crítica
Buenas intenciones: 10
Corrección política: 10
Resolución cinematográfica: 2


Fundamentación de aplazo
Las escenas “políticas” son largas y torpes sin sentido de la concisión y menos de la síntesis.
Las escenas “intimas” son solemnes, estatuarias y sentimentaloides.
Las escenas “violentas” carecen de fuerza o contundencia.
Las actuaciones, salvo las de los experimentados Tim Roth y Tom Wilkinson, son estándares, pedestres,  tirando a flojitas.


Conclusión
Una lección de historia bastante insulsa y aburrida. Que quede claro que la descalificación no afecta al tema. Los hechos retratados son repudiables, la memoria es necesaria, pero la forma de contarlos no está a la altura de las intenciones.
Dirigió Ava DuVernay, por nuestro propio bien, mejor suerte la próxima vez.
(Por increíble que parezca está nominada al Óscar como Mejor Película. Ejemplo supremo de que a veces la corrección política se confunde con “calidad”)

viernes, 11 de enero de 2013

Mentiras mortales


Robert Miller (Richard Gere) lleva una vida ideal (al menos para las revistas que se dedican a glorificar a los financistas ricos). Viaja en jets privados, hace negocios voluminosos, vive en una casa palaciega, tiene una familia feliz y bien provista, y sus subalternos lo respetan y lo envidian. Pero como su título en español lo anticipa, esto no es más que fachada, todo es pura mentira. Para empezar, como todos los ricos, es un hijo de puta. Perdón por ser tan elocuente, pero no hay fortuna sobre la Tierra que no haya sido amasada con el sudor, el sacrificio y hasta la sangre de otros. El humanismo, la filantropía no hacen fortuna. Ojalá pero no, sólo el ventajismo, la explotación, la impiedad la hacen. Ojo, hablo de riquezas cuantiosas, no de progreso o ascenso económico, eso, con un poco de suerte, está al alcance de todos y no implica necesariamente dejar el tendal. Juntarla con pala, sí. Y Robert (o sea Richard) la junta con pala. A fuerza de estafa y fraude. Pero está llegando al final de la cuerda, todavía se sostiene haciendo malabares, aunque no por mucho tiempo más, la encrucijada ya no está a la vuelta de la esquina, no, la espalda está contra la pared. En la vida privada tampoco es un santo. Le mete los cuernos a su dorada esposa (la gran Susan Sarandon) con una artista plástica que es, por supuesto, joven, bella y rubia.
 


Y por más que a Robert lo interprete el simpático de Gere, esto solo no es garantía de que simpaticemos con semejante sátrapa, de ahí que al suspenso de la trama principal (¿hasta cuándo le durará la suerte a Robert?) se le sumen dos subtramas con las que se procura establecer nuestra emotividad. La de la hija, pobre ingenua que creía que hacer mucha plata es tan noble y decente como limpiar calles; y la del pibe que lo rescata del accidente, ¿cómo dejarlo al margen del problema y de la cárcel? Estas subtramas permitirán también mostrar que Robert (o sea Richard) tiene todavía algo de reserva moral. No mucha, pero algo le queda.
 


Mentiras mortales (Arbitrage o sea Arbitraje en el original, no el del fútbol, sino la compra y venta simultánea de un activo en dos mercados diferentes para obtener una  ganancia por la diferencia de precio) es un vehículo de lucimiento para Richard Gere. El hombre aprovecha el servicio y da una actuación excelente. Susan Sarandon sigue sin tener suerte. Su personaje es el del león dormido. Hasta el momento clave en que el león se despierta, debemos tomarlo en cuenta aunque no mucho. Pero el guionista y el director, Nicholas Jarecki, temeroso de que el que el público tenga ocupadas sus neuronas masticando pochoclos, le tiran unas líneas demasiado evidentes y la obligan a subrayarlas, no sea cosa que el final nos tome desprevenidos y nos parezca desleal. No temas, muchacho, a Susan la notaremos aunque sea la extra 14 de un plano general, no en vano le sobra talento, tiene años luz de experiencia y trabajó con algunos de los grandes-grandes como Billy Wilder o Louis Malle. Aquí la pobre con tanto subrayado mata el misterio de su personaje y queda al borde de la sobreactuación.
 


En definitiva una cita imperdible para las y los admiradores de Richard Gere. Es su mejor actuación en años. Las nominaciones para premios que está recibiendo son justificadísimas. Su desempeño es impecable. Y conste que conmigo el hombre tiene que trabajar horas extras, porque como no es santo de mi devoción tiendo a no comprarle ni el saludo. Para el resto de los mortales que no se desviven por Richard (o sea Gere), es un entretenimiento bastante logrado, mayormente adulto, que garantiza una buena hora y media de aire acondicionado. (Nobleza obliga, en estos días de calor abochornante, en todos los cines lo prenden y funciona de perillas)
 

Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 20 de diciembre de 2009

Juventud sin juventud

La vida artística de Francis Ford Coppola anduvo por todos los vericuetos que la profesión puede depararle a un director cinematográfico. Afiló su talento en la factoría de Roger Corman, escribió un buen guión sobre una novela icónica considerada infilmable (El gran Gatsby), construyó un nombre con buenos filmes independientes, trabajó para los grandes estudios con grandes presupuestos, sacó patente de genio con dos obras maestras indiscutibles (El padrino y La conversación; algunos incluyen entre sus opus magistrales Apocalypse now, Tucker o La ley de la calle, pero yo sería más cauto), se permitió extravagancias megalomaníacas (One from the heart),fundó un estudio propio y lo fundió, hizo películas de culto con dos pesos (Los marginados), gestionó inmensos éxitos e históricos fracasos, se permitió bodrios impensados para su probado talento (Jack),filmó proyectos personales y por encargo, a la pasada completó películas por las que cualquier director se haría pis (The cotton club),fue endiosado, envidiado, vilipendiado, y se tomó 10 años sabáticos en los que produjo films para sus hijos y sus amigos.


Y para regresar de su ostracismo autoimpuesto, este film, y la vejez… viruela. A las pruebas me remito. Dice Francis: “Pero sí sé qué clase de películas quiero hacer en esta etapa de mi vida: unas que expresen mis ideas, que me lleven más allá de lo que hice hasta ahora. Que me pongan en riesgo. A mí y al cine mismo.”


Para ponerse en riesgo elije una novelita de Mircea Eliade, un rumano estudioso de las religiones. Dominic Matei (Tim Roth), un lingüista veterano anda con ganas de suicidarse porque fracasó en su vida profesional y amorosa: privilegió a su trabajo por sobre el amor de su vida, a la que dejó ir sin agitar un pañuelo y ahora en su vejez comprueba que ni siquiera pudo terminar su trabajo. Le cae un rayo y comienza a rejuvenecer. A partir de ahí comienza una ensalada rusa que incluye la importancia del tiempo (el meteorológico, no, el otro, el que pasa y nos hace moco), el doble, el origen del lenguaje, los precios a pagar (por los bienes de consumo, no; por los metafísicos favores recibidos), los amores perdidos y encontrados, entre muchas otras cosas.


Como buen yanqui, Francis tiene un complejo de inferioridad con los europeos. John Ford hizo tanto por la historia del cine como Antonioni. Pero los yanquis, puestos a sentirse en deuda, prefieren babearse por algunas aburridas y soporíferas teorías cinematográficas europeas que por las vitales lecciones de sus propios maestros. Como si el cine fuera más arte si es difícil, deprimente y aburridor. Por este lado viene en este film el modelo de cine de autor.


La historia del arte nos enseña que cuando los creadores comprenden que están en la curva descendente de la vida, aprenden que en lo sencillo y despojado quizá estaba la verdad. Si fueron densos, complejos, arduos de acceder, atacan con fruición lo simple: Borges y El informe de Brodie. Si fueron sutiles y alambicados, arremeten con lo directo: Bergman y Fanny y Alexander, etc. Coppola, que siempre pensó en el receptor de sus obras, ahora se libera y piensa sólo en expresarse a sí mismo. Le sale un arte muy adolescente, ideas superficiales y obvias, envueltas en ornamentos rebuscados para hacerlas pasar por profundas.


Además es curioso que en un film que supuestamente reflexiona sobre el sentido del tiempo y su paso traducido en “épocas”, el director crea que se puede recrear, así como así, estilos cinematográficos relevantes en su momento, pero que hoy son anacrónicos sin una vuelta de tuerca que justifique su recreación.


Que Francis es grande y no sólo de cintura es una obviedad. Hay momentos logradísimos, pero hay otros (como cuando la chica se despierta en la India frente a la caverna) que son risibles, torpes, ridículos. (¿Qué te pasaba por la cabeza, Francis, cuando armabas esta puesta en escena? ¿No te dabas cuenta de lo tonta y absurda que era?)


A propósito no ilustro estas palabras con una escena del film sino con una foto de Coppola. Hoy por hoy, a Francis le importa más Francis que la obra que presenta. Francis se quejaba que en su país natal esta película hubiera sido completamente ignorada por el público. Francis, querido, cuando no se los toma en cuenta y se los obliga a “acceder” a la obra, los espectadores se aburren, se vengan y te ignoran. ¿En qué multicine viste que dieran un film de Bergman? ¿Crees que el público que va al cine a consumir pochoclos tiene paciencia para “decodificar” a Losey? ¿Qué estudio financiaría hoy Dr. Insólito? El tiempo también nos hace eso. Destruye el mundo cultural que conocimos. Construye otros. Peores, no sé. Pero son los que considera adecuados para esta “época”.


Francis, hiciste una película para vos, entonces mirala vos y contanos si en tu privilegiada opinión de hacedor y receptor te salió lograda, y no nos jodas a nosotros con berrinches de incomprendido o relegado.


Francis, dejate de pelotudeces que sos lo más lejano a un personaje de Cris Morena que se pueda imaginar. Y por favor, por lo que más quieras, no te conviertas en un dinosaurio. Kurosawa, a quien amabas y le produjiste sus últimas películas, murió sin serlo. Y Eastwood, que ojalá no muera nunca, jamás lo será. Francis, no te queda bien querer ser más pendejo que Sofía, ella es tu hija y vos sos un “maestro.”

Un abrazo,
Gustavo Monteros