Mostrando entradas con la etiqueta Jason Schwartzman. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jason Schwartzman. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de marzo de 2024

Querido diario - Hoy: Quiz Lady


 

El mundo se va al carajo (si es que ya no llegó y tardamos en enterarnos) El capitalismo resolvió sus crisis mutando en neoliberalismo y los ricos son enésimamente más ricos y los pobres de tan pobres ya ni saben qué son. Y las clases medias se caen sin remedio perdidas en negaciones, estupideces y creencias de seguir en estados de bienestar que solo existen en sus sueños.

 

Y todo este descalabro socio-económico también es cultural y hace que las películas (por no decir libros, músicas, artes plásticas y los etcéteras vinculantes) sean cada vez más malas.

 

Y como hay que vivir y seguir entreteniéndonos, nos ponemos perdonavidas y decimos que tal o cual película se deja ver, que tal actriz o actor la hacen llevadera, que si no se le pide mucho entretiene. O sea, excusas para seguir tirando. Para no admitir que perdimos el tiempo. Que los deslumbramientos están cada vez más lejos. Que todo es profesionalismo, oficio. Poco arte. O ninguno.

 

Si hasta en la temporada de premios, los entusiasmos nos duran un segundo. Y vistas contra la luz cruda de la mañana, hasta encumbradas y celebradas obras pierden el brillo de la noche anterior. Anatomía de una caída no resiste mucho análisis. Si se rearma su trama, pierde el tenue encanto pegado con alfileres.  Los que se quedan exhibe más maña que inspiración. Y es probable que se convierta, como dicen todos, en un nuevo clásico navideño como ¡Qué bello es vivir!, no porque tenga méritos para estar a la altura del ejemplo, sino porque por regla general, las películas navideñas son tan malas, que esta que es apenas buena, ya se posiciona alto.  Pobres criaturas es creativa, pero si no adherís a su ética ni estética (mi caso) te quedás más afuera que Nora al final de Casa de muñecas. Zona de interés es dura de ver y pueda que persista, pero es como Noche y niebla de Resnais, más una experiencia de deber cívico que el regocijo ante una obra de arte. Está bien, los fusilados de Goya o el Guernica no provocan lo mismo que La novicia rebelde, pero a lo que voy es claro, creo. Insisto, por las dudas. No todo arte depara las mismas emociones, pero uno tiende a identificar las reacciones ante las obras como primordialmente positivas. Oppenheimer es un thriller rebuscado que da más vueltas que una oreja para escamotear el villano y ofrecer una mínima vuelta sorpresiva al final.

 

En el cine contemporáneo, algunas películas zafan mejor por perfilarse en un género. Si tienen tiros bien pegados, muchas de acción o policiales pueden pasar por buenas. Los musicales disimulan mejor sus tropiezos porque tienen más espejitos de colores, canciones logradas, actuaciones oportunas, coreografías atinadas y así tremendos bodrios como La la land quedan bien aspectadas (en su momento hablé bien de Chicago, perdón, mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa, ¡me enamoran sus canciones!) Este año, la versión musical de El color púrpura tiene sus méritos, aunque usted no lo crea. Y Wonka, la verdad sea dicha, ¡me encantó! No vi la nueva Mean Girls, todavía.

 

Pero a la hora de la verdad, la que la tiene difícil es la comedia. Si, por lo menos, no muestra efectividad está liquidada. Aunque, claro, hay muchos tipos de comedia. Porque no todos nos reímos de lo mismo.

 

Me cruzo con Quiz Lady (Jessica Yu, 2023) y veo el tráiler para ver si puedo reírme con su humor (por aquello ya mencionado de que no todos nos reímos de lo mismo) Concluyo que puedo llegar a reírme con ella y la veo.

 

Es tanto una buddy-movie, como una roadmovie, como una feel-good movie de superación.

 

Ann Yum (Awkwafina) y Jenny Yum (Sandra Oh) son dos hermanas distanciadas, vueltas a reunir por la huida de la madre de un geriátrico. Ann, desde siempre, es fanática de un programa de preguntas y respuestas, un Quiz Show bah, conducido por Terry Mc Teer (Will Ferrell) en el que el campeón habitual es el participante, Ron Heacock (Jason Schwartzman). Una deuda inesperada de la madre hará que Jenny inste a Ann a participar del show para ganar la abultada suma adeudada. Francine (Holland Taylor), la vecina de Ann, tendrá una participación no menor en las idas y vueltas.

 

Si en el policial estar un paso delante de la trama es un demérito, en la comedia no necesariamente lo es. En las de enredos, por ejemplo, en la presentación de personajes, uno puede adivinar quién se enredará con quién. Las sorpresas no dependerán de la originalidad de la trama, sino del desarrollo. Aquí, hasta cierto punto, eso se cumple. Uno ve venir para dónde irá la trama, pero el cómo a veces nos elude y sorprende.

 

Hay excesos innecesarios, el personaje de Jenny tiene un permanente juego de comedia física que dista mucho de ser elegante. El motivo por el que Jenny no pudo seguir estudiando es literalmente escatológico. Si bien es sabido que es muy incómodo hacer las necesidades físicas en casa ajena, más en un baño adyacente a los dormitorios de los anfitriones, la solución que la pequeña Ann encuentra es un poco extrema. (Los arquitectos deberían reconsiderar la vuelta de letrinas alejadas de la casa principal, a veces, para personas tímidas o inhibidas pueden ser muy convenientes)

 

Estoy tentado a terminar con los lugares comunes de que se deja ver, de que Sandra Oh, Awkwafina y el resto del elenco hacen atractiva la visión, de que, si no se le pide mucho, entretiene, pero hay un par de escenas que la distinguen y la hacen considerable. Al principio se ve a una Ann niña que va creciendo, siempre sentada en un sofá, frente al televisor, donde permanentemente está el Quiz Show de Terry Mc Teer. Detrás del sofá, sus referentes adultos, o sea su madre y su hermana, hacen su vida a los gritos y en referencia permanente a hombres e ignorando olímpicamente a Ann. Se comprenderá después porque en el trabajo tiene nulas habilidades sociales y que la única relación confiable para ella es la que tiene con este show de preguntas y respuestas y con su conductor perenne. Y en el final habrá una sobredosis de subtítulos impresos a la imagen que nos cuentan el destino final de todos los personajes, con detalles no siempre necesarios o pertinentes. Las dos escenitas despiertan más una sonrisa amarga que una carcajada fresca, pero hay creatividad en ellas y rescatan a esta comedia de la medianía habitual en estos tiempos, en la que el oficio prima sobre el talento genuino.

Gustavo Monteros

viernes, 17 de abril de 2015

Big eyes



Estimado Tim  Burton, espero que te hayan pagado bien por estos Ojos grandes. ¿Sabés qué? Los directores de cine tendrían que hacer como los novelistas, que cuando escriben algo que no está a la altura de sus antecedentes o que no refleja la visión literaria que se han forjado, usan un seudónimo. Está bien, está bien, todas las gacetillas y las notas de prensa aclaran que Ojos grandes nada tiene que ver con tu estilo, pero para ir al cine no es imprescindible leer tratados sobre lo que se va a ver y más de uno al ver tu nombre en el afiche va a creer que tiene que ver con tu estilo. Vos tenés la suerte de ser uno de los pocos que logró convertir su nombre en una marca, se dice Tim Burton y a uno le vienen los Beetlejuice, los Batman (de cuando el ahora resucitado Michael Keaton era tu actor fetiche), El joven manos de tijera (que inauguró tu período Johnny Depp), Ed Wood, Marte ataca, La leyenda del jinete sin cabeza, El gran pez, Charlie y la fábrica de chocolate, Sweeney Todd y las animadas El cadáver de la novia y Frankenweenie, o sea tu mundo, el que aprendimos a apreciar y a querer. Claro, también hiciste El planeta de los simios, mirá, esa es una buena para poner en el afiche: del director de El planeta de los simios llega Ojos grandes, así al menos uno tendría una pista de lo que nos espera.


Ojos grandes trata del matrimonio de la pintora Margaret Keane (Amy Adams) con Walter Keane (Christoph Waltz), de cómo ella llegó a crear esos cuadros de niños con ojos inmensos, de los cuales tendríamos que haber sido marcianos para no chocarnos con ellos de tan populares que fueron, de cómo permitió que Walter dijera que los había pintado él y de cómo después recuperó la autoría. Podríamos decir que es una película biográfica, pero no lo diremos porque sería ofender a tu Ed Wood, una de las cumbres del género. Es apenas un dispositivo visual correcto, sin imaginación ni vuelo, por momentos torpe (como cuando intenta explicar por qué ella lo deja decir que él es el autor) o francamente malo (como cuando él comienza a tirar fósforos).


Amy Adams y Christoph Waltz, que no podrían estar mal ni aunque quisieran, están apenas bien, un poquito arriba del profesionalismo, pero no mucho. Aparecen por ahí Krysten Ritter (que fuera el amor de Jesse Pinkman o sea Aaron Paul, en la inconmensurable serie Breaking bad), el siempre rendidor Jason Schartzman y los venerables veteranos Danny Huston, Terence Stamp y Jon Polito.


En resumen, apenas el equivalente visual de un artículo de una revista dominical. 

Gustavo Monteros

viernes, 30 de enero de 2015

A propósito...

A propósito de sus 9 nominaciones para los Óscars, se ha reestrenado El gran hotel Budapest. Una de las mejores películas de 2014. Bah, de cualquier año, así de indiscutiblemente buena es. Les dejo el link de cuando hicimos la crónica de su estreno. http://cronicas-de-cine.blogspot.com.ar/2014/03/el-gran-hotel-budapest.html  Si no la han visto todavía, aprovechen esta oportunidad de verla en el cine (las buenas películas son incluso mejores en un cine). Va en el Cinema Paradiso a las 14:10 y a las 18:30 hs.


viernes, 31 de enero de 2014

El sueño de Walt




A Hollywood le encantan las historias de Hollywood, celebrarse como un mundo encantado lleno de seres extraordinarios. Nada más lejos de la verdad, lo que no quita que una y otra vez insistan en transformar en leyendas negociaciones, más bien mezquinas y espurias, sólo porque concluyeron en películas amadas por el público. El año pasado vimos las bambalinas de la filmación de Psicosis y de la nada entrañable El  príncipe y la corista, pero que desnudaba la siempre rendidora intimidad de Marilyn Monroe. El sueño de Walt (título cursi si los hay, aunque el original tampoco es muy feliz Saving Mr. Banks (Salvando o Rescatando al Sr. Banks) cuenta cómo Disney convenció a P L  Travers para que le cediera los derechos de Mary Poppins, de la que  por supuesto era autora.


Esta película dirigida por John Lee Hancock (El novato / The rookie, 2002, El Álamo 2004, Un sueño posible / The blind side, 2009) está llena de convencionalismos y transitados trucos sentimentales, pero se impone como un film sensible e insoslayable por el arrollador talento de su elenco, en especial el de sus protagonistas, estrellas genuinamente carismáticas como pocas.


El inicio es cautivante. P L Travers (Emma Thompson) es una solterona, un poco rígida pero sensata, muy con los pies sobre la tierra y propensa a no callarse nada. Sabemos que al llegar a Los Ángeles chocará con el edulcorado mundo Disney. Y efectivamente ocurre, choca con el chofer asignado (Paul Giamatti), con el guionista Don Da Gradi (Bradley Whitford) y con los compositores musicales, los fabulosos hermanos Sherman (B J Novak y Jason Schwartzman), con las secretarias Dolly (Melanie Paxson) y Tammie (Kathy Baker) y para su gran sorpresa (la de él, claro) con el mismísimo Walt Disney (Tom Hanks). Travers por apremios económicos está obligada a ceder los derechos pero no los malvenderá, no, señor.


En realidad, el film debería llamarse En el nombre del padre ya que la figura paterna, su ascendencia, su influencia es la clave de todo el asunto. Tanto que gran parte del metraje se centra en la evocación del padre de Travers, el siempre magnético Colin Farrell. Eventualmente, Walt, a través del ambivalente recuerdo de su propio padre, podrá atravesar el caparazón de Travers.


Emma Thompson y Tom Hanks son dos grandes actores y dos inmensas estrellas cinematográficas (¿hay quién lo dude?) y Travers y Disney les permiten desplegar su intoxicante talento y su inoxidable seducción. Colin Farrell no se queda atrás y menos el impecable elenco. Entre todos lograrán que ignoremos los lugares comunes, la manipulación de manual, la módica imaginación puesta en el proyecto.


Travers exige en un principio que las discusiones sobre el guión se graben. Tras los títulos finales se oirá la verdadera voz de Travers, Da Gradi y los Sherman, comprobaremos entonces la magnitud de la caracterización de Thompson, logró hasta respirar como la Travers real. En cuanto al trabajo de Hanks, los que peinamos canas y recordamos al Walt que presentaba el viejo show televisivo Disneylandia, sabremos que lo capturó tal cual.


En resumen, un film imperdible por la magia de los actores. No los hay mejores.

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 19 de octubre de 2012

Moonrise Kingdom - Un reino bajo la luna




Con Moonrise Kingdom – Un reino bajo la luna, Wes Anderson se gana el derecho al adjetivo. Tal como en algún momento de sus carreras, Visconti, Fellini o Bergman se ganaron el derecho a que aspectos de su cine se definieran como Viscontianos, Fellinianos o Bergmanianos. Ya hay un cine Andersoniano que se reconoce al primer fotograma. Los tableaux (la distribución de los personajes como si estuvieran en un cuadro), la consistente paleta de colores o tramas (la escenografía y el vestuario presentan matices de un mismo color o de colores hermanos que se engarzan con patrones afines), el humor asordinado, implosivo casi, la aparente distancia emotiva de los conflictos que más que vivirse en carne viva lucen como la recreación de un viejo dolor. Y los personajes. Únicos. Seres desencantados, frustrados, un poco deprimidos pero con un resto de voluntad para intentar una peripecia que los rescate.


Si han visto alguna de sus películas (Bottle Rocket (Buscando el crimen, 1996), Rushmore (Tres son multitud, 1998), The Royal Tenenbaums (Los excéntricos Tenenbaums, 2001), Vida acuática, 2004 y Viaje a Darjeeling, 2007) tienen ya una idea clara de lo que hablo.


Moonrise Kingdom – Un reino bajo la luna transcurre en la isla imaginaria de Penzance en 1965. Y como el título sugiere hay algo de cuento para chicos. Las fugas de dos preadolescentes motorizan el relato. Sam (Jared Gilman) huye de un campamento de scouts y Suzy (Kara Hayward) se escapa de la casa de sus padres (el inmenso Bill Murray y la no menos grande Frances McDormand). Y no cuento más para no arruinarles el gusto de descubrir lo que sigue. Básteme decir que habrá epifanías del primer amor y que como siempre en Anderson, los adultos son como niños y los niños como adultos.


A las singularidades de la puesta en escena, se le suma una bella partitura de Alexander Desplat, con obras de Benjamin Britten como invitadas de lujo. Y el elenco es maravilloso. Del primer niño al último adulto prodigan expresividad. A los mencionados, hay que agregar a Edward Norton, Tilda Swinton, Jason Schwartzman, Harvey Keitel, Bob Balaban, y dejo para el final a mi favorito en ésta y en tantas otras películas: Bruce Willis, que ratifica ¿alguien acaso lo duda? ser un gran actor. 


Faltaría a la verdad si no dijera que es una de las películas más hermosas y elegantes que vi en mi vida. Perdonen mi arrebato de entusiasmo, pero es una de las mejores películas que veremos este año. Si no han tenido la dicha de ver alguna de sus películas anteriores (hasta la menos lograda libera endorfinas) Moonrise Kingdom – Un reino bajo la luna es la introducción perfecta a una visión del mundo que de ahora en más sólo puede calificarse de Andersoniana.

Un abrazo, Gustavo Monteros