Mostrando entradas con la etiqueta Aaron Johnson. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Aaron Johnson. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de marzo de 2013

Anna Karenina





Se dice que las sociedades primitivas se reunían alrededor del fuego para contar hazañas antiguas que se transmitían de generación en generación hasta transformarse en mitos o leyendas. Hay cosas que no cambian. Hoy tenemos la globalización, internet, la telefonía celular, pero desde hace siglos seguimos reuniéndonos para contarnos una y otra vez las mismas historias. Pese a los cambios de contextos sociales y políticos, de modas o ambiciones, no pasa temporada en que no vuelvan las Annas Kareninas, Las damas de las camelias o Los condes de Montecristo. Qué se le va a hacer, es que los cuernos,  los sacrificios por amor y los hambres de venganza son eternos.

Los ingleses son campeones en esto de versionar las mismas historias. Saben que no es cuestión de contar lo mismo de la misma manera. No por nada llevan añares contando las imperecederas glorias y miserias de los Hamlets, los Otelos y los Romeos y las Julietas. En el fondo sólo se trata de cumplir la vieja ley del Music-Hall: hacer que lo viejo parezca nuevo.

Joe Wright (Expiación, deseo y pecado, El solista, Hanna) se aparta del clasicismo que usó para trasponer cinematográficamente la novela de Jane Austen, Orgullo y prejuicio y se lanza con esta Anna Karenina  (sobre el original de León Tolstoi, claro) a un artificio en mi opinión fascinante. Casi toda la acción transcurre en un inmenso teatro a la italiana en el que se levantó el patio de plateas para dar mayor espacio a las escenografías. Y con gran valentía y riesgo mezcla teatro, cine, música y algo de ballet. Este artificio obedece por supuesto a un concepto, la idea de que la vida social es una representación teatral que regula los comportamientos hasta volverlos convencionalismos puros; el campo sin embargo escapa hasta cierto punto de este encorsetamiento y puede filmarse en toda su munificencia. El artilugio deleita a los teatreros, aunque puede fatigar al espectador de cine que quiere que una película se parezca a una película. El otro peligro latente es que el truco, seductor y creativo como pocos, sepulte a la historia bajo toneladas de telones pintados, montículos de cartón piedra y utilería que jamás permanece en el mismo lugar mucho tiempo. Que esto no suceda dependerá de la pericia del guión y de la empatía que puedan crear los actores.

Al guión lo firma el gran dramaturgo checo-inglés Tom Stoppard (en nuestros escenarios se conocieron: Rosencrantz y Guildenstern han muerto, El verdadero inspector Hound, Saltimbanquis, Travestis, El Hamlet de 15 minutos, La invención del amor, entre otras), de asimismo impresionante foja de servicios para el cine. El señor hizo los guiones de La inglesa romántica de Joseph Losey, Desesperación de Rainer Werner Fassbinder, Brazil de Terry Gillian, El imperio del sol de Steven Spielberg, La casa Rusia de Fred Schepisi, Billy Bathgate de Robert Benton, Shakespeare apasionado de John Madden, Vatel de Roland Joffé, Enigma de Michael Apted, entre otras. Su versión para esta Anna es fluida, elocuente y exhaustiva. Si la memoria no me falla, es la primera vez que aparecen en pantalla todas las subtramas de la copiosa novela.

Keira Knightley está espléndida como la Karenina, la primero virtuosa esposa que se entrega luego a la ilícita pasión para terminar devastada por un amor incomprendido. Aaron Taylor-Johnson está muy bien como Vronsky, el impetuoso amante. Se los ve hermosos juntos, pero no alcanzan la suficiente química para evocar la abrasadora pasión que los consume. Promesa incumplida de todas las Annas Kareninas a decir verdad. Hubo grandes Annas y grandes Vronskys, pero nunca el arrebato incontenible que los lleva a romper las reglas. El bueno de Jude Law está impecable como Karenin, el esposo llevado al límite de sus creencias. Es la primera vez también en que este personaje no es un monstruo de la rigidez sino un marido lacerado con heridas que no cierran.

El elenco es de primera e incluye a próceres de varias gestas que reverdecen sus laureles: Matthew Macfadyen (Oblonsky), Kelly Macdonald (Dolly), Olivia Williams (la condesa Vronsky), y Emily Watson (la condesa Lydia Ivanova). Más algunas caras nuevas que despliegan estimable talento: Ruth Wilson (la princesa Betsy), Alicia Vikander (Kitty) y Domhnall Gleeson (Levin). Además de un par de guiños para los seguidores de Downton Abbey: Michelle Dockery, (la princesa Myagkaya) y Thomas Howes (Yashvin), en la serie: la heredera Mary Crawley y el simpático lacayo William Mason que se malogra al comienzo de la segunda temporada, respectivamente. Y un lujo, la inmensa Shirley Henderson en un breve y jugoso rol (la esposa escandalizada en la ópera).

Por las características descriptas, los rubros técnicos sobresalen y merecen ser nombrados. La fotografía es de Seamus McGarvey, el montaje es de Melanie Oliver, el diseño de producción es de Sarah Greenwood, la dirección de arte es de Thomas Brown, Nick Gottschalk, Niall Moroney y Tom Still, la decoración y utilería es de Katie Spencer, y el vestuario es de Jacqueline Durran. Apropiadamente nominados para premios que en algunos casos ganaron.

Una mención destacada para la bellísima partitura de Dario Marianelli. Soberbia.

No suelo darme cuenta de esas cosas, pero como en Moulin Rouge! de Baz Luhrmann y El romance del siglo de Madonna, las joyas que se ven son de indecible hermosura. Hasta yo, que en mi vida usé un anillo y mucho menos un aro, con gusto hubiera robado los aretes que luce por ahí la Knightley.

En resumen, una interesante versión, que más allá de sus peros, al menos para los teatreros se vuelve ineludible.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 15 de junio de 2012

El secreto de Albert Nobbs




"Hay algo tan profundamente conmovedor en la vida de Albert que nunca dejó de emocionarme”: dijo Glenn Close en un reportaje. Y sí, es así. Albert tiene la rigidez y ese aire absurdo de los hombrecitos de Magritte, el dulce patetismo del Carlitos de Chaplin y el despiste de un mozambiqueño en el Ártico. Es que por más que conozca la rutina de su papel, sus líneas, las entradas y las salidas, allá en el fondo está un poco perdido. Bueno, un poco no, muy. Es que Albert no es Albert, es Albertina. Y es Albert no por elección o identificación, no. Es Albert por accidente, por supervivencia. No era fácil ser huérfana en la Irlanda del siglo XIX. Nunca lo es, pero a veces es incluso más difícil. A los 14 años, después de una experiencia traumática como pocas, consigue un trabajo de una noche como mozo. Y no tarda en advertir las ventajas del rol, que nadie le presta mucha atención al sirviente perfecto, ése que no nota los secretos y las impudicias, el que se confunde con la pared contra la que se apoya. Entonces huye y es Albert. Pero la fuga es también una forma de prisión. Otra. No hay libertad en el engaño. En la omisión quizás, pero no en el engaño. Después de tantos años de máscara y disfraz, ya no sabe qué desear. A veces pareciera que quisiera ser un hombre, otras, una mujer. Tiene un sueño. Modesto. Que lo impulsa a un pragmatismo confundidor. Una noche accidentada lo hará entrever que quizá sea posible ser feliz. Si tan sólo…

El secreto de Albert Nobbs es un viejo y querido proyecto de Glenn Close. El original es una “novella” o cuento largo de George Moore que se convirtió en una obra de teatro que Close protagonizó en el off-Broadway en 1982. Primero barajó hacerla película con István Szabó con quien trabajó en Encuentro con Venus (1991). Terminó haciéndola con Rodrigo García con quien hizo Con sólo mirarte (1999) y Nueve vidas (2005).

García tiene sensibilidad, discreción y respeto por sus personajes, maneja los actores, sobre todo las actrices con firmeza y empatía. Cualidades que Glenn, veterana de varias guerras artísticas, aprecia y agradece, más en este caso, en que no sólo era el eje sino el mismísimo motor del proyecto. Escribió el guión, la letra de la canción, produjo el film, eligió casi todo el elenco y las locaciones principales. Sólo le faltó lo del plumero o la escoba ya sabemos dónde…

Y no lo hizo del todo mal. El guión es perfectible pero bueno, la canción es poética y sentida, a la producción no le falta nada y el elenco es soñado. Mia Wasikowska (la Alicia de Tim Burton) y Aaron Johnson (el glorioso Kick-ass) no fueron las primeras opciones, eran Amanda Seyfried y Orlando Bloom, pero como están más ocupados que yo los lunes, no pudieron participar, aunque alcanzaron a ensayar, de allí que aparezcan en los agradecimientos. Wasikowska está muy bien con su “damita joven”, Johnson no del todo en su galán con ingredientes. Pauline Collins (la inolvidable Shirley Valentine, 1989), que tanto sufriera junto a Glenn desandando el Paradise Road (de Bruce Beresford, 1997), está de rechupete como la dueña del hotel. Jonathan Rhys Meyers y John Light, que fueran hijos de Glenn en Un león en invierno, lucen esta vez más apostura que talento, pero no es culpa de ellos sino de los que les toca en suerte. Brenda Fricker, Antonia Campbell-Hughes, Maria Doyle Kennedy, Mark Williams, James Greene son un personal de cocina-comedor de lujo. Phyllida Law, la mamá de Emma Thompson, se hace notar entre los huéspedes. Pero mis favoritas en este film, aparte de Glenn, claro, son Janet McTeer (también travestida y nominada a varios premios al igual que Glenn) que hace de Hubert Page, un pintor de brocha gorda de lo más seductor y Bronagh Gallagher como Cathleen, una simpática y cálida modista. Y dejo para el final al inmenso Brendan Gleeson, que es el médico. De talento tan rotundo como su figura. Que sea él quien lleve adelante una de las escenas claves me mató. Su humanidad es tan luminosa que es imposible no conmoverse.

A Glenn Close ya no le falta nada, salvo ganar un Óscar. Ella sonríe y dice: “A menudo se me confunde con Meryl Streep, pero nunca en las noches de los Óscars.” Lleva seis nominaciones sin ganar. Comparte el podio de las seis nominaciones sin premio con Deborah Kerr y Thelma Ritter (pavada de compañía). Ya se le dará o no. No importa, todos tenemos un personaje favorito de Glenn y eso pesa más que el pisapapeles dorado “parecido a mi tío Óscar”. Hoy no sé si a la larga su Albert/Albertina superará en mi memoria a Iris Gaines (El mejor), a Maxie (Maxie), a Alex (Atracción fatal), a la marquesa Isabelle de Merteuil (Relaciones peligrosas), a Sunny von Bülow (Mi secreto me condena), a la Sra. Farraday (El secreto de Mary Reilly), a la reina Gertrudis (Hamlet), a la Primera Dama de Marte ataque, a la vicepresidente de Avión presidencial, a la Camille de La fortuna de Cookie, a Cruella de Vil de Los 101 y 102 dálmatas, a la Leonor de Aquitania de El león en invierno o a la Patti Hewes de Damages, lo que es seguro es que logró otro hito en su carrera y que tiene razón, Albert es conmovedor y se vuelve inolvidable.

Eso sí, el chico del pasillo sabe que Albert y Hubert algo esconden. Aunque más no sea porque su mirada es limpia. Se puede engañar a los adultos, pero nunca a un niño. A veces no hay sabiduría mayor que la ingenuidad.
Un abrazo, Gustavo Monteros