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martes, 17 de marzo de 2020

Día 3 - ¡Madre!


Y la batalla fue perdida. Los docentes, que intentaban la derogación del artículo dos de la resolución que los obligaba a concurrir a sus lugares de trabajo en medio de la pandemia, no lo lograron. O peor, recayó en sus manos la decisión, porque el frente gremial después de reunirse con las autoridades de educación obtuvo un compromiso de que solo podrían volver a las escuelas, cuando estas eestuvieran en condiciones higiénicas, y como por ahora tal estado era inalcanzable, aconsejaban a los docentes a no asistir a sus lugares de trabajo. Y a los docentes dubitativos, que esperan respuestas concretas, desaconsejarles no hacer algo los sume más en la inacción. Eventualmente se supo que la “distrital” facultaba a directores a tomar la decisión de armar guardias mínimas, turnos y dispensas de no ir. Y como hay también directivos dubitativos, más predispuestos a bajar órdenes que a decidir, se entregaron estos a la desesperación, al lamento de quedar en tal predicamento, y hasta recurrir al insulto a quienes votan funcionarios incapaces de decidir con claridad (la ironía de ver en el otro lo que ellos tampoco pueden hacer se les escapa). De modo que docentes y directivos se debaten entre ir o no ir, entre hacer cumplir o no hacer cumplir disposiciones, de las que no saben todavía si respaldan o no. Como es día de zonas grises, vayamos por una película igual de difusa: ¡Madre! (Mother!, Darren Aronofsky, 2017).


Como ante toda película de Darren Aronofsky (Pi, 1998, Réquiem por un sueño, 2000, La fuente de la vida, 2006, El luchador, 2008, El cisne negro, 2010 y Noé, 2014) debemos prepararnos para comprobar cuán raro puede llegar a ser lo raro.


Una mujer, identificada en el reparto como la Madre (Jennifer Lawrence) está casada con un poeta, identificado en el reparto simplemente como Él (Javier Bardem). Ella, sola, con sus propias manos, le está reconstruyendo a su esposo poeta la casa devastada por un incendio. Se supone que sabe de albañilería, carpintería, plomería, electricidad, etc. Él solo debe dedicarse a escribir, tarea que se presenta titánica porque no se le ocurre nada, su creatividad está en blanco. La casa parece estar viva, tiene “heridas” que sangran, que se niegan a cerrar, a desaparecer. Ella toma un medicamento, un polvo amarillo que disuelve en agua y que parece calmarle los nervios o espasmos de alguna dolencia. Ella se sentirá invadida, primero por el Hombre (Ed Harris) un traumatólogo que hace buenas migas con Él, o sea, el poeta. Como los males no vienen de a uno y los intrusos tampoco, pronto al Hombre se le unirá la Mujer (Michelle Pfeiffer), esposa del Hombre, claro. La irrupción traerá un despertar del deseo y Ella, la Madre, o futura Madre, para ser más precisos, quedará embarazada. Entonces…


Aronofsky, como en todas sus películas, procura nuestra inmersión en la historia y la trabaja desde lo visual, lo auditivo y la extrañeza que pueda provocar con ambas herramientas. Ejemplo, las “heridas” de la casa, lo que se oye o no, los comportamientos lábiles de la Madre y así. De a poco, uno se enfrenta como con El cisne negro con tres posibilidades. Una, la película es ¿el retrato de un descenso al desequilibrio psíquico, primero, y a la locura, después? Dos, procura el director ¿mostrarnos simbólicamente lo que siente una mujer ante la maternidad?, de ahí la importancia del hogar, de la pertenencia, de lo que se comparte y de lo que no. O tres, estamos quizá ante un película de terror a secas y ¿hay algo diabólico detrás de estas “posesiones”, “transformaciones”, “revelaciones”?


Estas son las tres posibilidades que se me ocurrieron a mí, ustedes pueden descubrir u ocurrírseles muchas más. No hay que olvidar que ante lo indeterminado, todo está permitido. Si para ustedes esta Madre es una costurera de Marte que se enajena porque no puede dar con una buena receta de buñuelos, todo bien, es una posibilidad más. Si el director busca perdernos en lo gris, en lo que tiene múltiples sentidos o interpretaciones, todas están permitidas, todas son bienvenidas, ese es el juego. Por los motivos que sean, no quiere que el blanco sea blanco y el negro sea negro. Piedra libre para todos nosotros, entonces.


Ah, como hijos del Hombre y de la Mujer aparecerán los hermanos en la vida real, Brian Gleeson y Domhnall Gleeson, y como este último nació en el 83 y el primero en el 87, hacen de Hijo Mayor y Menor, respectivamente.


La indeterminación no tiene por qué ser angustiante o tediosa, también puede ser desafiante y atractiva. Si te sentís con ganas de ver algo diferente, que se aparte de lo habitual, que te incite a inquietudes impensadas, esta es hoy una opción a no desestimar.


¡Madre! (Mother!, en el original) puede verse en Netflix. No te quiero condicionar, pero que los personajes no tengan nombres y el signo de admiración del título pueden ser indicativos de algo, ¿de qué? Ah, vos dirás.

Hasta mañana,

Gustavo Monteros






jueves, 14 de enero de 2016

Joy - El nombre del éxito



Joy, el nombre del éxito es un cuento de hadas capitalista. Muy capitalista. No es que los cuentos de hadas tradicionales sean particularmente socialistas, lejos de ello. Son individualistas y pro-aristocráticos o burgueses. Pero este presenta un ideal de triunfo plutócrata que elimina al príncipe como herramienta de acceso a la felicidad del confort.


Joy (Jennifer Lawrence) ya tendría que haber triunfado en la vida, según el relato en off de Mimi (Diane Ladd) su pseudo hada madrina, que en realidad es su abuela. Pero un mal matrimonio con Tony (Édgar Ramírez) del que nacieron una hija y un hijo; cuidar a una madre recluida frente al televisor en su habitación, Terry (Virginia Madsen); más un padre demandante, Rudy (Robert DeNiro) y una hermanastra odiosa, Peggy (Elisabeth Röhm) poco ayudaron a que su mente de inventora se desarrollara en todo su potencial. Obligada por las circunstancias pergeñará la mopa perfecta, o sea un mechudo limpiador que se retuerce solo y que puede lavarse en el lavarropas, es decir un accesorio de limpieza que, si uno quiere, nunca toca con las manos. Como limpio, muy esporádicamente, pero limpio, sé que este instrumento tiene su atractivo comercial y utilitario. ¿Podrá producirlo o venderlo? He ahí el quid de la cuestión…


El cine de David O. Russell (entre otras, El ganador, 2010, El lado luminoso de la vida, 2012, Escándalo americano, 2013) tiene dos características destacables. 1) Sus historias manejan una realidad desquiciada, azarosa, excesiva, proclive a accidentadas casualidades u oportunidades repentinas. Bah, cualquier cosa, literalmente cualquier cosa puede pasar en cualquier momento. 2) Sus familias, como todas en realidad, son disfuncionales, las suyas en particular un poco más  que loquitas que el promedio loco, con padres que prefieren (mucho) a algunos hijos sobre los otros, y con hermanos, que resienten u odian a sus otros hermanos. Conflictos que no importan demasiado, ya que en algún momento de la película o de la vida, les agarra el espíritu navideño y se reconcilian, previo perdón luminoso.


Aquí ambas características están más que presentes, pero son menos efectivas que en las películas mencionadas de su currículo. O la magia se le está gastando o de tanto frecuentar los mismos recursos ya se nota mucho su pérdida de efectividad. Sea lo que fuere, Joy, el nombre del éxito, no es tan festejable como las anteriores.


Quizá contribuya también la poca espiritualidad del sueño de la protagonista, que no quiere ser feliz ni comer perdices sino ser rica, muy rica e imponer su poder (benéficamente con los más débiles e impiadosamente con los más fuertes, pero imponer su poder al fin). Está bien, está bien, el dinero no hace a la felicidad, ¡pero cómo ayuda! Sí, sí, pero plantear la riqueza como única ambición de la protagonista no genera una empatía duradera, por más incandescente Jennifer Lawrence que se sea. Tampoco ayuda que los personajes del padre y de la hermanastra hagan cosas muy desagradables que bordean lo imperdonable. Si bien Joy (nombre que es también un sustantivo abstracto que significa en su primera acepción Alegría) tiene de un lado dos angelitos buenos (su amiga Jackie (Dascha Polanco) y el ex –marido) y del otro dos angelitos malos (el padre y la hermanastra) que se compensan o equilibran fuerzas, estos últimos incluso en un cuento de hadas es mejor perderlos que encontrarlos.


En el principio, hay un recurso dramático muy interesante que después se deja de lado. Se ven los personajes de la telenovela que ve la madre reclusa, con sus conflictos tan traídos de los pelos y con un vestuario de hombreras, brillos, y peinados flu híper ochentosos. Son interpretados por una figura de la televisión de la época, Susan Lucci y por la más joven Laura Wright, con un cameo de una de las reinas televisivas estadounidenses de todos los tiempos: Donna Mills. Joy tiene una pesadilla en la que se mezclan circunstancias de su vida con la de estos personajes, y uno cree que tendrán influencia y relevancia en la historia que se desarrollará, después de todo, los personajes de las ficciones que seguimos modelan en más de un sentido nuestra filosofía, estilos de vida, etc. (para más datos remitirse a toda la literatura de Manuel Puig), pero no, quedan de lado y no vuelven a aparecer. Una pena, podrían haber salpimentado mejor el plato.


En el reparto también están Isabella Rossellini (que lo quiera o no trafica en la mente de los veteranos la imagen de su madre, la imperecedera Ingrid Bergman) como la nueva pareja del personaje de DeNiro, y en un más que improbable príncipe azul para la protagonista, Bradley Cooper. Ah, también está Melisa Rivers que hace de su madre Joan, y la madre con esposo y bebé que viene a ofrecer un invento sobre el final es Drena DeNiro, una de las hijas de Robert, of course.


En resumen, se deja ver porque es profesionalmente simpática.

Gustavo Monteros

viernes, 24 de enero de 2014

Escándalo americano




El título original de esta película es American hustle  (hustle es fraude, estafa, por lo tanto una traducción más o menos fiel sería Estafa norteamericana). Se basa muy libremente en una operación del FBI a fines de los 70 y principios de los 80 conocida como Abscam o Arab scam  (scam es timo, chanchullo, o sea que Abscam sería Chanchullo árabe) que partió de una investigación de mercadería robada y derivó en el desenmascaramiento de algunos políticos corruptos.


El film se abre con una voz en off que remite al clásico de Scorsese de 1990, Buenos muchachos, y el quid de la cuestión remite a aquel clásico de George Roy Hill de 1973, El golpe; de donde se deduce que para el pleno disfrute de la historia, cuanto menos se sepa, mejor.


Bástenos decir que hay un cuarteto principal conformado por Irving Rosenfeld (Christian Bale), un estafador que procura tener siempre la cabeza lejos de cualquier radar, casado con Rosalyn (Jennifer Lawrence), más pegajosa que el viejo papel matamoscas y más volátil que un cuete trucho, y enamorado de Sydney Prosser (Amy Adams), una superviviente sexy, inescrupulosa, camaleónica y con más capacidad de amar que todos los personajes de Ingrid Bergman juntos; Irving y Sydney caerán en la mira de Richie DiMaso (Bradley Cooper), un agente del FBI de ambiciones ciegas. También adquirirá relevancia la figura del alcalde Carmine Polito (Jeremy Renner), carismático hombre público.


David O Russell después de experimentar con las formas en Tres reyes (1999) y I heart Huckabees (2004) se consolidó con The fighter (El ganador, 2010) y Silver linings playbook (El lado bueno de las cosas, 2012) como el campeón de las familias o más bien las relaciones disfuncionales, con conflictos no del todo irreconciliables que se superan o al menos se sobrevuelan con esa cosita llamada amor. Sus personajes están siempre al borde de la explosión, pero no llegan al desenlace del personaje de Capusotto que se tilda en el facebook, porque los tenues lazos de la contención aún les funcionan, lo que los hace muy atractivos. La galería de personalidades que suma aquí acrecienta su fama de creador de neuróticos inolvidables post Woody Allen.


Christian Bale, después de bajar asombrosamente de peso para El maquinista, Rescate al amanecer y El ganador, engorda a la De Niro para El toro salvaje. Más allá del abuso de esta discutible técnica de mimesis, el hombre tiene talento y sabe cómo usarlo.  Amy Adams y Jennifer Lawrence son dos actrices portentosas que están más allá de los adjetivos. Bradley Cooper y Jeremy Renner ratifican que ocupan lugares de privilegio en el cine contemporáneo no en vano. Impecable también el resto del elenco con una apabullante aparición breve de Robert De Niro que oficia como regalo de los dioses.


Esta película de regocijante recreación de las modas y los ambientes de los 70, pasará a la historia del cine por dos detalles, los peinados, en especial el de Christian Bale y una línea de diálogo que se refiere al personaje de Jennifer Lawrence y que nombra a Picasso en el símil. Frase inspiradísima que no transcribo para no entorpecer el placer de saborearla. No dudo que a la larga será tan citada como las apócrifas de Casablanca o Carne.


En resumen, una excelente comedia negra.

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 1 de febrero de 2013

El lado luminoso de la vida

Tendencia confirmanda: a David O. Russell (Secretos íntimos, Flirting with disaster, Tres reyes, Yo amo a Huckabees, El ganador) le gustan las familias disfuncionales de las que emerge un protagonista que debe superar o encauzar alguna que otra tara.
 


Pat (Bradley Cooper) molió literalmente a palos a Doug Culpepper (Ted Barba) porque lo encontró en la ducha. Bueno, estaba en la ducha de su baño con su mismísima mujer Nikki (Brea Bee) mientras sonaba el romántico tema que bailaron en su propia boda (la de Pat y Nikki, claro). Pero a Pat no lo mandaron a la cárcel sino a una institución psiquiátrica porque se descubrió que padecía una bipolaridad no diagnosticada. A los 8 meses exactos, tiempo mínimo en que debe estar internado, mamá Dolores (Jackie Weaver) lo va sacar y lo lleva a su casa, para sorpresa de papá Pat Senior (Robert De Niro). Pat quiere recuperarse para volver con la pérfida de Nikki, a quien no puede ni acercarse por una orden de restricción. Por esas vueltas de la vida y de los argumentos conocerá a la intermediaria más singular que pueda imaginarse, Tiffany (Jennifer Lawrence).
 


David O. Russell no es ningún ingenuo ni un optimista forjado a sentencias de tarjetas inspiradoras. No, para nada. Sólo observa a sus personajes y nunca, lo que se dice nunca, los juzga. Algo que se dice fácil pero que es más difícil que mantener a una ex esposa contenta. Se la hace un poco fácil, a no juzgar digo, eligiendo personajes en el fondo buenos que sólo están equivocados. Les da un grado de obsesión para acercarlos (levante la mano el que no tiene una… Vamos, no mientan…) Los somete a la psicología conductual (que los yanquis idolatran) y ellos superan a puro voluntarismo las conductas erróneas. En todo lo demás se la hace tan difícil como puede. Elije un estilo que bordea lo humorístico y lo conmovedor, maneja un patetismo justo y no cae jamás en la vergüenza ajena, peligro latente que sortea como un torero viejo. Un ejemplo de lo que hablo se encuentra en esta película en la reconciliación de los hermanos. Antológica. Ah, y también en la reacción a la lectura de Adiós a las armas. Y en la cita en Halloween. Bah, en casi toda la película.
 


La película comenzó y a pesar de mi simpatía por Bradley Cooper  (¿Qué pasó ayer?, Sin límites, Palabras robadas), Chris Tucker (Rush hour, junto a, me pongo de pie, el inmenso Jackie Chan, pero por sobre todo por su gritona estrella de El quinto elemento) y Jackie Weaver (todos los que la vimos en Reino animal, incluida Jennifer Lawrence, queremos levantarle monumentos, rebautizar con su nombre las calles y declarar su cumpleaños fiesta de guardar), no terminaba de entrar en la trama. No había nada que pudiera objetar, pero seguía afuera, sin empatizar. “Seguro que entro cuando aparezca De Niro”, me dije. De Niro apareció en escena y lo vi actuar bien, como siempre, pero sin hacer nada distinto que mereciera tanta alharaca y nominación. Y entonces Bradley Cooper dice que sale y De Niro le pide que se quede, que si sale va a hacer macanas. Es una escenita a la pasada, la cámara casi no se detiene en De Niro, pero hay tanta preocupación, tanto amor, tanto dolor en su mirada, que entré en la historia y me quedé con ellos hasta el final. Comprendí después por qué De Niro gustó con esta labor hasta a sus detractores. Hay verdad y sencillez en lo que hace y desarma y conmueve hasta las muelas. Ni un robot puede permanecer ajeno a su humanidad deslumbrante.
 


Jennifer Lawrence (Lazos de sangre ¡mama mía, qué película! y Los juegos del hambre) ratifica que es una de las mejores actrices jóvenes. Se mueve con un desmaño que la vuelve única, su personaje parece dialogar con el de Amy Adams en el film anterior de Russell (El ganador), ambas crean puentes para que la armonía familiar se establezca. Los ya mencionados más Julia Stiles, John Ortíz (una pareja amiga), Shea Whigham (el hermano), Dash Mihok (el policía) Paul Herman (el señor de la apuesta) y Anupam Kher conforman un elenco ideal.
 


Me sorprende el aplomo de Anupam Kher,  la cámara parece no tener secretos para él. Me pongo a investigar y descubro que es uno de los actores más solicitados de Bollywood, ha aparecido nada más ni nada menos que en ¡338 películas! De Niro que se la pasa de película en película, sólo actuó en 75. Y Michael Caine que pasó más horas en cámara que al sol, apareció hasta la fecha en 154. Y para darle a la comparación un registro local, diré que nuestro máximo trabajador cinematográfico, o sea Ricardito Darín,  hasta ahora estuvo en 60. Con razón el Sr. Kher, que hace del analista de Cooper, anda como pato en un estanque.
 


En resumen, El lado luminoso de las vida es una muy buena comedia romántica que no se queda sólo en el romance, no, amplía el cuadro y nos entrega una familia y un grupo de personajes que será muy difícil olvidar. Y en lo personal me permite acrecentar mi (aunque no lo crean) estrictísima antología de escenas entrañables de un tal Robert De Niro.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros

jueves, 3 de febrero de 2011

Lazos de sangre

Lazos de sangre (Winter’s bone) es un milagro. Participa del retrato social, del cuadro psicológico, del thriller, del film noir, del relato del pasaje de la adolescencia a la madurez, de la descripción de mafias, y hasta de la tragedia griega. Se permite todos estos lujos por el simple trámite de contar una buena historia con el mayor cuidado hacia los personajes y a los ambientes que los determinan. Ambos pueden ser intransferibles, pero las resonancias son universales.

Ree (Jennifer Lawrence) tiene 17 años y está al cuidado de sus hermanos menores. El padre está ausente y la madre, catatónica por una depresión profunda. Un día aparece el sheriff y le dice que a menos que el padre aparezca va a perder la casa. El padre la dio como garantía de su fianza. Ree comienza un peregrinaje tozudo para indagar vecinos con los que lejana o cercanamente está emparentada. Como Antígona desafiará el poder establecido y se pondrá al borde del sacrificio. Como Ifigenia será víctima de los errores y ambiciones de sus mayores. Se condolerán de su desesperación, apreciarán su valentía, pero se empeñarán en el silencio y en ocultarle la verdad. Aunque, claro, se sabe, no hay dique que no desborde. Teardrop (John Hawkes), un tío, jugará un rol decisivo, pero nunca sabremos si va a ayudarla, abusarla o matarla.

La acción transcurre en un rincón de las montañas Ozark, tierra hostil, desolada, empobrecida. Contracara perfecta del sueño americano, raramente visitada por el cine. Sus habitantes ya no sobreviven destilando whisky ilegal sino “cocinando” metanfetamina. Una posible salida para los jóvenes es el ejército, de allí que muchos lugareños lleguen a ser carne de cañón del avaricioso Tío Sam.

La magnífica fotografía de Michael McDonough le da textura, entidad, dignidad y una opaca belleza a ropas y ambientes inmersos en un entorno brutal. Nadie podrá acusarlo de darle pintoresquismo a la miseria.

Del excelente elenco que mezcla profesionales y no, sobresalen entre los primeros la inolvidable protagonista, Jennifer Lawrence, un prodigio de expresividad y comunicatividad, y John Hawkes, impredecible, peligroso; entre los segundos, se destacan el soldado reclutador, que es eso en la vida real y que concibió su diálogo y la señora que canta en la reunión.

La directora, Debra Granik se inscribe en el diccionario de los grandes del cine. Con Lazos de sangre es fácil jugar a la clarividencia y augurarle destino de clásico.

Un abrazo,
Gustavo Monteros