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domingo, 7 de junio de 2009

Bellamy

¡Por fin Chabrol y Depardieu juntos! El slogan de este film bien podría ser: Dos potencias del cine francés se saludan. Durante años planearon hacer una película juntos, pero coincidir en proyectos y esquemas laborales les resultó complicado. Gerard Depardieu es uno de los actores más prolíficos del cine. Claude Chabrol, para nuestro beneplácito, nos entrega un nuevo film todos los años. Por suerte, un día se pusieron firmes, et voilà.

Chabrol eligió para Depardieu un personaje y un argumento de Simenon, pero, travieso y juguetón, transformó a Depardieu en su alter ego, pidiéndole que corporice aspectos de su personalidad y comportamiento.

Y así Bellamy es un oso sabio, mórbido, sensual, romántico, celoso, egoísta, amigo de la buena mesa; respira y camina con dificultad, dormita cuando hace palabras cruzadas o ve televisión, está a un paso del alcoholismo y tiene mucha suerte.

Bellamy, un inspector de policía, está pasando sus vacaciones en la campiña francesa y acepta un caso para no llevar a su mujer en un crucero porque odia viajar. El caso, en realidad, es su segunda excusa; antes se había asegurado la visita de su problemático hermano.

Es un film profundo y maravilloso, estructurado en su mayor parte en base a escenas con no más de tres personajes por vez. En una primera lectura, los vericuetos del caso reflejarán los conflictos de Bellamy con su mujer y su hermano.

Es un film que exige que estemos descansados y atentos. Cuántos más detalles podamos percibir, mayor será nuestra recompensa al final. Porque cuando el film termine, habrá una hermosa cita de Auden que desatará un laberinto de espejos, abrirá un juego de cajas chinas; lo resignificará todo.

Simenon y Chabrol comparten un interés morboso más por los personajes que por la trama. Ésta cerrará con todos los moños en su lugar, pero lo importante será desnudar comportamientos, revelar contradicciones.

Los homenajes son un reconocimiento, pero fundamentalmente son un agradecimiento. Hay tanta ecuanimidad y amor en este film que Chabrol se permitió unos cuantos homenajes. Hay uno explícito, el film está dedicado “a los dos Georges” (Simenon y Brassens), pero el título (como se lo señalara un entrevistador) es un transparente juego de palabras con Bel Ami, la novela de Maupassant que alguna vez adaptara Chabrol. Se recuerda también a Tchaicovsky, hombre torturado y inclinado a la autodestrucción como algún que otro personaje que anda por aquí. Y claro, la autocelabración de poder seguir ejerciendo su arte y la alegría de al fin contar con Depardieu.

Los aspectos técnicos son impecables y luminosos. Todos y cada uno de los actores están maravillosos. Los que a veces esperamos que el cine nos dé algo más que entretenimiento quedaremos felices.

En resumen, lo más cercano a la genialidad que se haya visto este año.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 27 de julio de 2008

Una mujer partida en dos

Según parece la alta burguesía francesa es engreída, soberbia, exclusivista, con aires de grandeza, de superioridad intelectual, de elevación moral. Lo que no presenta duda es que Chabrol la odia. La retrata despiadadamente, desnudando su mezquindad, su miseria, su hipocresía, su ruindad, su vulgaridad, su bajeza. Nos dice: podrán tener muchas de sus necesidades satisfechas, pero no la envidien, es una mierda.

Claude Chabrol es uno de los últimos grandes maestros en plena actividad. Con 77 años cumplidos, hace una película cada uno o dos años. Logra que sus películas se estrenen en los cines y evita que pasen directamente a DVD como les sucede a otros directores interesantes. Si consigue que esa casta tan despiadada, y tan temerosa también, que son los distribuidores cinematográficos siga confiando en él, es porque, sin traicionarse, ha podido actualizarse para continuar dialogando con su público de siempre, a la vez que despierta interés en generaciones más jóvenes. Mantiene un alto nivel de logros. Su producción última oscila entre la excelencia (La ceremonia, Gracias por el chocolate) y lo muy bueno (La flor del mal, La dama de honor, La comedia del poder).

Nos entrega ahora una obra interesante, creo que llamada a perdurar. Perdonen que no sea categórico, pero Chabrol trabaja nuestras emociones indirectamente, hace que sus historias pervivan en nuestra memoria y trabajen por decantación.

Recrea en la Francia (y el Portugal) de nuestros días un crimen ocurrido en New York en 1906.

La chica del título es una rubia (Ludivine Sagnier) ambiciosa, ingenua, pura, algo tarambana, con la curiosidad irreflexiva de algunos jóvenes. La tironean dos hombres. Uno es un novelista exitoso (François Berléand), maduro, egoísta, manipulador, bastante hijo de puta. El otro es un joven millonario (Benoît Magimel) apuesto, caprichoso, desequilibrado. Tantos tironeos llevarán al hecho de sangre.

Tres características sobresalen en este film. Primero, la narración parece asentarse en los esquemas tradicionales de los dramas de triángulo, pero de a poco se resignifican. Es como si Chabrol nos dijera: "Creen estar en terreno conocido, pero no, observen atentamente, nada es lo que parece, miren como recalibro los engranajes." Segundo, hay un notable contraste entre el ambiente y los personajes. El film está fotografiado con una luminosidad desconcertante. Cuanto más claros y nítidos son los ambientes, más oscuras y retorcidas son las motivaciones de los personajes. Tercero, el uso de la banda sonora es discrecional, como los grandes directores clásicos, confía mucho en el guión, los actores y el poder de su puesta en escena, sin subrayados estentóreos que en su afán de manipular reacciones idiotizan la propuesta.

Los actores son excelentes. Benoît Magimel (visto en dos Chabrol anteriores: La flor del mal y La dama de honor) recrea aquí el estilo actoral del primer Sean Penn, un gesto laudatorio. Ponerse en los zapatos de un actor mediocre es ser estúpido, pero citar u homenajear el trabajo de un gran actor es un acto de amor que merece la aprobación.

Llama la atención que Chabrol (como pasa también con Woody Allen) cuando era joven filmaba las escenas de sexo con pudor y discreción. Y ahora que ambos están mayores lo hacen más explícitamente. (La evolución de los tiempos quizá, o algo más personal.) Si bien hay aquí puntos suspensivos que horadan nuestro morbo, los preámbulos son muy gráficos.

De lo que no tengo duda, es que la escena final es absolutamente genial. Parece jugar con la obviedad, pero es de una sutileza y una sensibilidad magistrales. Ratifica lo que fuimos sabiendo, que Chabrol cual un equilibrista audaz, caminó otra vez sobre el alambre tenso entre el thriller y la comedia sarcástica sin perder jamás la pértiga ni caer en el abismo. Merci beaucoup, Monsieur Chabrol.

Un abrazo,
Gustavo Monteros