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jueves, 21 de enero de 2016

Leyenda



Los gemelos Ronald y Reggie Kray son una leyenda en la historia criminal inglesa. Reinaron la mafia londinense durante los años sesenta, o sea en pleno swinging London. Y como no es cuestión de que el cine inglés pase por alto una leyenda, esta película se inscribe en lo que ya podríamos denominar como la tradición Kray, y así como hay una serie de filmes sobre El cuento de Navidad de Dickens, los Kray van camino a ser igual de revisitados por la cinematografía. Entre las numerosas películas ya existentes, mi memoria rescata El clan de los Kray que Peter Medak dirigió en 1990 con los hermanos Gary y Martin Kemp en los protagónicos. En esta, los hermanos son interpretados por el mismo actor: Tom Hardy. (Otros ejemplos de histriones que hicieron de gemelos: Jeremy Irons, Pacto de Amor, 1988; George Hamilton, La última locura del zorro, 1981; Bette Davis, Una vida robada, 1946; Jackie Chan, Twins and Dragons, 1992 y Leonardo Favio, Todo el año es Navidad, 1960.) Como sea, para los admiradores de Tom Hardy, no hay nada mejor que dos por el precio de uno.


Y sin más preámbulos digo que esta película es muy buena y no es para menos, porque en el guión y en la dirección está Brian Helgeland, que no será una marca como Tarantino o Hitchcok, pero al que conocemos si vimos alguna película en los noventa. Fue el coguionista de Asesinos, 1995, esa con Stallone y Banderas; de, me pongo de pie, Los Ángeles al desnudo, 1995; el guionista de El complot, 1997, ¿remember? Julita Roberts, Mel Gibson y el grandioso Patrick Stewart: de The postman o El cartero, 1997, esa aventura futurista con el bueno de Kevin Costner; ya en los 2000, para Clint Eastwood guionó Deuda de sangre, 2002, con Clint, Angelica Huston y Jeff Daniels, y, me pongo de pie otra vez: Río Místico, 2003, con los maravillosos Sean Penn, Tim Robbins, Kevin Bacon, Lawrence Fishburne, Marcia Gay Harden y Laura Linney; para el malogrado Tony Scott, guionó Hombre en llamas con Denzel y Dakota Fanning; también fue para Tony la siguiente Rescate del metro 1-2-3 con Denzel (Washington, of course, ¿hay otro?) y John Travolta, 2009; para Paul Greengrass guionó La ciudad de las tormentas con Matt Damon y Jason Isaacs; y para el hermano mayor de Tony o sea Ridley Scott, hizo Robin Hood con Russell “vos cavernosa” Crowe y Cate “puro talento” Blanchett. (Perdonen los que no son de andar down-memory-lane que me ponga “datoso” y por lo tanto latoso, pero hay gente a la que le gusta rememorar películas que han visto).


Como guionista y director hizo Revancha, 1999, una de las mejores películas como actor de Mel Gibson, honor no mejor porque Mel-actor tiene unas cuantas buenas;  Corazón de caballero, 2001, delicia de delicias con el recordado Heath Ledger, y Rufus Sewell, Paul Bettany, Mark Addy, Alan Tudyk, entre otros; Devorador de pecados o The order, 2003, una de exorcismos y esas cosas, otra vez con el inolvidable Heath Ledger; y antes de la que nos ocupa, 42 de 2013, una de beisbol con Chadwick Boseman y Harrison Ford. Como pueden comprobar, alguna que otra película, como guionista o director le vieron. Y sea cual sea la que vieron, ya comprobaron su talento. De modo que para el memorioso, antes incluso de los títulos, Leyenda viene con ventajosa prosapia. A la que no solo desentona sino más bien, honra.


Esta vez el gimmick está en contar la historia desde la perspectiva de Frances (la muy hermosa Emily Browning) quien fuera esposa de Ronald (el “inestable” gemelo Reggie, como el mismo lo declara con involuntario humor más de una vez, era gay). Y al ratito nomás, para que nos vayamos acostumbrando a que habrá líneas brillantes, Frances dice: “Créanme, se necesitó mucho amor para odiarlos como los odio”. Y brillantes serán también las actuaciones del resto del elenco que mezcla a próceres como Christopher Eccleston, Tara Fitzgerald, David Thewlis, Chazz Palminteri, con talentosos recién llegados como Taron Egerton, Colin Morgan o Chris Mason. Brillantes son también la recreación de época, el vestuario, la fotografía y la música.


Y esta vez, sin ningún pero, brillante está Tom Hardy en su doble composición. Hardy es un grande, pero hace notar mucho que se esfuerza, que toma toda la sopa y hace todos los deberes. A veces, como en La entrega o Crímenes ocultos, hasta parece actuar el subtexto, como si aparte de actuar nos estuviera dando una conferencia o un reportaje de lo que él opina del personaje. Como si a la vez fuera actor y comentador. Aquí, como antes en El topo, está muy bien y punto.


Sin embargo, tanta brillantez sin casi opacidad no redondea una película inolvidable. Quizá sea porque uno jamás crea empatía con ninguno de los personajes. Por cómo está estructurada quizá deberíamos remitirnos a Frances o sea a la hermosa de Emily Browning, pero algo se nos omite o no está presente del todo, ya que nunca nos identificamos con ella, nuestro punto de acceso a la historia. El narrador, esta vez, crea una distancia brechtiana que nos aparta de lo emocional, que nos hace notar el ascenso, gloria y caída de los Kray, sin involucrarnos. Algo que está muy bien cuando es buscado, y no parece ser este el caso. Ojo, que no enamore, no desmerece ninguno de sus estimables logros. Sin ir más lejos, compáresela con el tremendo bodrio de tema similar que nos propinaron el año pasado, Pacto criminal o Black mass, con Johnny Depp, entre otros notables, eso sí que era padecer una historia de mafia. Esta no entrará en el cuadro de honor, pero si el tema interesa, perdérsela es… un auténtico crimen.

Gustavo Monteros

viernes, 20 de diciembre de 2013

La esencia del amor



Si la calidad de un melodrama lacrimógeno se mide por la cantidad de lágrimas que te hace derramar, concluyo que este film es excelente porque lloré océanos durante casi todo el metraje. La trama se centra en Arthur (Terence Stamp), un setentón duro, hosco, seco; casado (por aquello de la ley de los opuestos) con la luminosa Marion (Vanessa Redgrave). Tiene una tensa relación con su hijo James (Christopher Eccleston) y (por aquello de que los padres malos hacen buenos abuelos) se entiende como el champán con las ostras con su nieta Jennifer (Orla Hill). Arthur (toda la familia, bah) atraviesa un momento difícil (eufemismo si los hay) ya que Marion desanda el último tramo de una enfermedad terminal. Marion ama la vida y endulza el amargor en que está inmersa participando de un coro de ancianos, dirigido por la joven e incansable Elizabeth (Gemma Artenton), quien pone toda su sabiduría y empeño (gratis además) para compensar los malos ratos que le hacen pasar sus alumnitos de la secundaria (cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia). Antes de morir (no develo nada porque esto se sabe desde los títulos casi), Marion hace un solo en la audición pública para un concurso y será su legado para Arthur el duro. Allí comienza la historia a decir verdad, ¿aprovechará Arthur esta posibilidad de una redención?

Como corresponde al género, hay sensibilidad y manipulación intensa. Si estuviéramos ante un producto hollywoodense, lo descartaríamos por cínico, pero no, éste es un proyecto personalísimo del director Paul Andrew Williams, quien luchó largamente para conseguir financiación. A la postre tuvo suerte, los hermanos Weinstein se lo produjeron, lo que garantizó la satisfacción de todos los elementos técnicos y la consecución de un elenco de lujo.

Es precisamente el compromiso del elenco lo que hace que entremos en empatía con los personajes y la historia desde un principio.

Vanessa Redgrave, como ocurre frecuentemente, está superlativa. Canta con una voz endeble, apenas afinada, pero nadie interpreta como ella. Imposible olvidar su Bel di de la Madama Butterfly de Puccini, pelada, esmirriada, famélica, exhausta, en una campo de concentración ante un público de jerarcas nazis en Compás de espera; cualquier cantante decente puede cantar bien esta aria, pero interpretarla así, nada más ella, ni las más grandes de la ópera pudieron eso que ella logra. No me arrepiento de repetir: buena actriz que puede cantar es un peligro, agarrate que cabalgarás al ritmo que te marque, sólo cuando te suelte podrás darte cuenta que te despertó emociones que ni soñabas que existían. Aquí se despacha con una versión de True colors. Además la señora, por una cuestión de edad y de lugares comunes, ha estado moribunda en unas cuantas películas, de modo que sin sarcasmo alguno, podemos decir que nadie muere como ella.

Se suele ser injusto con Terence Stamp, no es nominado en las premiaciones ni figura en las listas de los más grandes actores cinematográficos y sin embargo lo es. A las pruebas (conste que menciono las más recientes) me remito: The hit, El siciliano, Vengar la sangre y su actuación más audaz y lograda: la impecable transexual de Las aventuras de Priscilla, reina del desierto. Aquí, otra vez, está inolvidable.

Gemma (nunca un nombre estuvo mejor puesto) Aterton pertenece a la escuela de Sandra Bullock, desparrama sinceridad de un modo muy poco académico, salvaje casi. Christopher Eccleston está un poco exterior, suple interioridad con histrionismo, no es la elección más feliz para un melodrama, pero esta vez le alcanza. Orla Hill es la nieta, encantadora es decir poco.

En resumen: Préparez vos mouchoirs (Preparen los pañuelos).

Un abrazo, Gustavo Monteros
¿Se puede saber qué ataque de estupidez los aqueja a los distribuidores locales o a sus publicistas? Hace unas semanas rebautizaron Prisoners (Prisioneros) con el anodino e insignificante título de La sospecha. Ahora llaman a esta película de adecuado título original (Song for Marion - Canción para Marion) con el pedorro y rimbombante mote de La esencia del amor. Larguen el mate de fernet en ayunas, muchachos.