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viernes, 26 de enero de 2018

La rueda de la maravilla

A Woody Allen hace años que le faltan el respeto, de modo que no le iban a conceder dos buenas seguidas, aunque lo sean y mucho. Después de aceptar que Café Society era una película notable, los críticos y afines se despacharon con que esta Rueda de la Maravilla era buena a secas. Esta renuencia debió indicarme que era un reconocimiento a regañadientes de sus virtudes. Pero no soy todo lo suspicaz que debería y ahí estaba, con pocas o nulas expectativas, el primer día en que el calor había cedido, con otros cincuenta, me sorprendió ser tantos, un miércoles a las 4 y 20 de la tarde, en un cine platense. Si bien había algunos jóvenes, el resto éramos sub-noventa.


La primera duda se clarificó al ratito de empezada. Allen a veces hace cine A y a veces cine B, y no me refiero a los medios de producción a su alcance sino que a veces plantea las películas con una secuenciación cuidadosa, sofisticada, variada, como en el cine A, y otras, como en el B, está más concentrado en que salga rápido y las secuencias son largas, de un tirón, y si no son planos secuencias puros, casi o con mucho plano y contraplano de dos cámaras y edición. Esta venía para el lado B. Este modo de filmar le viene mejor a los actores teatrales, más acostumbrados que los del cine, a sostener una escena, a darle ritmo, contraste y variación. Y este cuarteto protagónico creo que no tiene mucho teatro encima. Aunque desde su entrada a escena, Kate Winslet está dispuesta a ponerse la película al hombro y salir por los caminos. Desde el inicio mismo nomás, el iluminador (nunca más exacta esta denominación) Vittorio Storaro decide revestir los pocos planos que usarán de fulgores crepusculares. Lo que potencia los colores naturales de esta Coney Island en decadencia, llena de carteles de coca-cola, que son obviamente muy rojos y ya se sabe, al rojo el que más le da pelea es el amarillo, así que tenemos todas las tonalidades del rojo y del amarillo. Storaro se mueve a tour-de-force y llena el ojo de maravilla, como la rueda del título. Que gira en torno de cinco personajes. Ginny (Kate Winslet) una mesera con pasado de actriz incipiente, Richie (Jack Gore) el hijo de su matrimonio anterior con el amor de su vida,  todo un pirómano en ciernes el pibe, Humpty (Jim Belushi)  la actual pareja de Ginny,  un hombre que quiere que lo quieran (¿quién no?) y lo dejen pescar, eso sí, de mala bebida y de prioridades discutibles, Carolina (Juno Temple) hija veinteañera de Humpty, que huye de su marido gangster ya que obligada por la policía reveló secretos que no debía, y Mickey (Justin Timberlake) un bañero narcisista con vocación de dramaturgo.


Y como siempre con Woody Allen hay unas cuantas citas, ecos y sombras de distintas fuentes. Ya que Ginny fue actriz y Mickey quiere escribir teatro, se menciona a O’Neill, Chejov, Shakespeare y Sófocles. De Chejov está esta mala costumbre humana de enamorarse de quien no corresponde o de quien no te corresponde, de O’Neill el empecinamiento norteamericano de soñar pero atarse al error que imposibilita el sueño, de Hamlet que es el personaje de Shakespeare que se menciona, la sensación perenne y pesadillesca de no estar viviendo sino representando un papel y de Edipo, el personaje de Sófocles al que se hace referencia, la inevitabilidad de la tragedia una vez que la falla (en cuanto yerro) esencial de los personajes está planteada. Mickey y Richie son muy O’Neill, Ginny es Shakespeare puro, Humpty y Carolina son Sófocles no diluido y todos son Chejov porque patean su crepúsculo soñando con amaneceres. Y hay, aunque no se lo mencione, mucho Tennessee Williams, Carolina, como la  Blanche du Bois de El tranvía llamado deseo, llega a esta casa como al último puerto, y Ginny desempolva del baúl joyas de fantasía y vestidos de glorias pasadas, como los que desempluma Blanche en algún momento, y en la borrachera final hay también algo de su locura.


Jim Beslushi y Justin Timberlake sorprenden en su solidez para el drama porque uno no imaginaba que la tenían, Juno Temple está a la altura de sus antecedentes que son excelentes, y el pibe Richie (uno de los chicos que hacen de hijos de Damian Lewis en la serie Billions) conmueve con sus huidas hacia el fuego o el cine, cada vez que la vida se le pone brava o sea todo el tiempo. Pero el show es de Kate Winslet que nos agarra de las bolas, perdón, del cuello y nos mete en la historia como una Anna Magnani, o más bien como una Joan Crawford o una Bette Davis, porque con eso juega también Allen, con la evocación de esos melodramas Warner de mujeres cuarentonas de frustraciones trágicas, y como si fuera poca la maravilla, Winslet le agrega en la enajenación de cerca del final un toque Bette Davis, pero no la de la Warner sino la de ¿Qué pasó con Baby Jane?


Jóvenes y veteranos casi ni respirábamos de lo atrapados que estábamos, al menos en esa tarde no tan calurosa le hicimos justicia a una película, a una fotografía y a una actuación a las que les robaron en las nominaciones para los distintos premios. Pero como se dijo por ahí, por esto de los Óscar, la gloria no está en los premios, sino en la obra. Y esta tiene gloria de sobra, se la descubra ahora o en unos años.


Gustavo Monteros

jueves, 9 de junio de 2016

El poder de la moda


Por estricta definición del diccionario, demiurgo en la filosofía platónica es una divinidad que crea o armoniza el universo. Hay pocos demiurgos más excelsos que lxs diseñadorxs. Y no hablo de cualquiera, hablo de los verdaderos, de los que pueden hacer que te veas, no como sabés que sos, sino cómo te gustaría ser, cómo te imaginás ser. Y que cuando logran crear un traje que te devuelve la línea apolínea que nunca tuviste, pero que siempre supiste que tenías, oculta en tus flaccideces musculares y en tus deformaciones óseas, te sentís feliz con vos, con los demás, como si participaras al fin de la belleza universal. Por nada más que eso, un buen diseñador, una creadora textil, un buen sastre, una buena modista, son demiurgos.


El título original, The dressmaker (La modista) es bueno, y en mucho tiempo, el título elegido para estrenarla no traiciona sino que dimensiona la humilde ironía del original: El poder de la moda. Suena excesivo que algo en apariencia tan leve como la moda tenga el peso del dinero, del sexo o de lo que sea que trasunte poder. Y sin embargo, como bien se ocupa de ilustrar esta historia, también hay mucho poder en la moda.


La directora y guionista Jocelyn Moorhouse está casada con el director y guionista P. J. Morgan. Él dirigió, entre otras, El casamiento de Muriel, 1994, La boda de mi mejor amigo, 1997, Amor incondicional, 2002. Ella, entre otras cosas, dirigió La prueba, 1991 (la australiana, la que es con Hugo Weavin, Genevieve Picot y Russell Crowe, no la que se basa en la obra de teatro y es con Gwyneth Paltrow, Anthony Hopkins, Jake Gyllenhaal y Hope Davis, que es de 2005), Donde reside el amor/How to make an American quilt, 1995, En lo profundo del corazón/A thousand acres, 1997. El suyo debe ser un hogar de lo más divertido en el que se habla mucho de historias, de cine, de cómo contar historias en el cine.


Esta vez ella eligió una novela de Rosalie Ham para que juntos la guionaran y ella la dirigiera. Y lo primero que sobresale es la pasión volcada en contar esta historia, de la mejor manera posible, aunque por momentos pareciera un pastiche de géneros, que pasa por el melodrama del regreso y el reencuentro, el western, el realismo mágico, la historia de venganza, el policial, el cuento de amor y  la superación y unos cuantos etcéteras más que no contamos para no poner a nadie sobre la pista de algunas sorpresas. Pero que una vez terminada, uno comprende la belleza del modelo y que lo anterior fueron la elección de la tela, el diseño, las pruebas, las costuras y los toques finales. Los pasos previos para que la historia se vea cómo se imagina y no cómo es. Parece paradojal, pero no lo es.


Estamos en los cincuenta, uno de los momentos cumbres de la moda, en que Dior y Balenciaga, entre otros, idearon un glamur supremo, con esos sombreros de ala ancha, las cinturas delineadas por costuras que hacía más prominente el busto, y con esas faldas amplias, muy amplias si la silueta no era tan escueta como debiera. Tiempos en los que soltar aquí y ajustar allá hacían la magia y no se necesitaba ser flacx como un palo de escoba o un alambre para ser epítome de la elegancia.


En un pueblito perdido de Australia, de un tren polvoriento baja Myrtle “Tilly” Dunnage (la siempre hermosísima y natural Kate Winslet) y de tan primorosa semeja una Joan Crawford producida para la ocasión. Vuelve al pueblo de donde la echaron de niña para comprobar si es cierto de que fue una asesina, para reencontrarse con su madre, Molly Dunnage (la siempre apabullantemente talentosa, Judy Davis), vengar alguna que otra afrenta, para la que recluta la ayuda del policía local, el sargento Farrat (el siempre camaleónico Hugo Weaving, en otra caracterización memorable) y hasta hallar el amor en Teddy McSwiney (Liam Hemsworth, uno de los galanes del momento en tren de galanazo total).


Por casualidad o a propósito, salvo Kate que es inglesa, aunque uno la crea australiana porque triunfó en un film de esa nacionalidad, Criaturas celestiales, 1994 del fabuloso Peter Jackson, el elenco es un auténtico seleccionado de talentos australianos. Australia, como la Argentina, en cámara es tan fotogénica como Greta Garbo. Lástima que por acá, como en tantas cosas, el puerto domine y la belleza de los escenarios naturales se luzca poco o nada. No es el caso de Australia, que aquí, de nuevo se ve deslumbrante y un escenario para filmar lo que hasta la imaginación más alocada conciba.


El cuento sorprende y encanta. Hay mucho amor por el cine. Y están Kate Winslet, Judy Davis, Hugo Weaving y unos cuantos notables más que engalanarían el reparto más selecto. ¿Qué más se puede pedir? Nada, salvo encontrar a quien nos haga lucir tan hermosos como creemos ser.


Gustavo Monteros

viernes, 1 de enero de 2016

Steve Jobs





Steve Jobs es una película de Danny Boyle (Tumba al ras de la tierra, 1994, Trainspotting, 1996, Vida sin reglas, 1997, La playa, 2001, Exterminio, 2002, Millones, 2004, Sunshine: alerta solar, 2007, Slumdog millionaire-¿Quién quiere ser millonario, 2008, 127 horas, 2010, En trance, 2013) con un guión de Aaron Sorkin (Cuestión de honor, 1992, era esa película con Tom Cruise, Demi Moore y Jack Nicholson, sobre juicios y abogados militares, ¿se acuerdan?), Daños corporales, 1993 (esta era con Alec Baldwin (cuando todavía no se había comido más que el pavo todo el gallinero de Acción de Gracias),  Nicole Kidman (cuando era todavía solo la chica linda y la esposa de) y Bill Pullman (cuando ya era… Bill Pullman), uno de esos thrillers noventosos, muy tramposos con vueltas de tuerca efectistas y muy rebuscadas), Mi querido presidente, 1995 (una comedia romántica presidencial con Michael Douglas de presidente y la deliciosa Annette Bening de enamorada), Juego de poder, 2007, (o La guerra de Charles Wilson, sobre los tratos de un congresista tejano en Afganistán y esas cosas, con el trío súper-estelar  de Tom Hanks, Julita Roberts y Philip Seymour Hoffman), Red Social, 2010 (su guión más recordado sobre el creador de Facebook y protagonizada por el personalísimo Jesse Eisenberg) y El juego de la fortuna, 2011 (esta era en la  que Brad Pitt procuraba reunir un equipo de baseball con un presupuesto limitado y según los análisis de computadora sobre las capacidades de los probables jugadores o algo así, digo, porque en realidad no la vi). Bueno, como se ve, un director y un guionista de encumbrados currículos. Y como bien informa el título, es una biopic sobre Steve Jobs (la segunda en menos de tres años: en 2013 hubo una protagonizada por Ashton Kutcher y dirigida por Joshua Michael Stern, no tuve el gusto o el disgusto de verla, ¿y ustedes?)


Este segundo Steve Jobs es protagonizado por el ya más que ascendente, instaladísimo Michael Fassbender y en vez de seguir una cronología de la corta vida de su sujeto, se acota en tres hitos importantes de su vida profesional (adornados con convenientes flashbacks cuando es necesario). El primero, rodado en 16mm, transcurre en 1984 en los momentos previos a la presentación de la primera Mac. El segundo, rodado en 35mm, transcurre en 1988, en los momentos previos a la presentación del sistema NeXT. Y el tercero, rodado en digital, transcurre en 1998 en momentos previos a la presentación de la iMac.


Hay algo teatral en esta forma de estructurar la película, como si se tratara de tres actos de una pieza de teatro. En las tres partes, Jobs dialoga, se pelea, maltrata, seduce o se reconcilia con un socio del principio de su carrera, Stephen Wozniak (Seth Roger), con un colaborador de toda la vida, Andy Hertzfeld (el talentosísimo Michael Stuhlbarg), un CEO, John Sculley (Jeff Daniels) mezcla de amigo, figura paternal, y riguroso contrincante corporativo. Y en un plano personalísimo, con la expareja, Chrisann Brennan (Katherine Waterson) y con la hija que le dio y que él no reconoció, Lisa (interpretada primero por Makenzie Moss, después por Ripley Sobo y por último por Perla Haney Jardine, “según pasan los años”, como quien dice).


Y en párrafo aparte, su particular relación con su asistente, jefa de prensa, mano derecha o sombra ineludible, Joanna Hoffman, o sea la maravillosa, magnífica, incandescente Kate Winslet. Indiscutiblemente, por lejos, tanto en el armado del personaje como en la soberbia interpretación, lo MEJOR (sí, así con mayúsculas) de la película.


Como se basa en un libro “no oficial” y por lo tanto no panegírico de Walter Isaacson, el retrato tiene, como se dice habitualmente, luces y sombras. Y adentrándonos más en el lugar común, a veces priman las luces y en otras, muchas, para deleite de los chismosos,  las sombras.


En resumen, si a usted le interesa el personaje, la pasará bárbaro de principio a fin; si no le interesa para nada, se quedará con otra historia de superación y reconciliación, y notará que el guión, más allá de su indudable pericia, tiene también luces y sombras, o sea hallazgos remarcables y torpezas evitables. Y si a usted le gustan las películas de “actores”, esas de mucho diálogo, con escenas largas con pocos cortes, en las que se los ve “adentrarse”, “respirar” y “corporizar” el personaje, también la pasará muy bien. Y si usted es admirador o admiradora de Kate Winslet, no se la puede perder, se convertirá en un recuerdo imborrable. La chica tiene mucho talento y aquí lo luce con generosidad.

Gustavo Monteros


 

lunes, 23 de junio de 2014

Contagio




Domingo 22. Mientras espero que llegue el partido de Bélgica contra Rusia (que luego será tan aburrido que me urgirá pasear a Perrito para no dormirme), me pongo a ordenar mis archivos digitales.


Me topo con el Contagio (2011) de Steven Soderbergh que todavía no vi. Digo má sí, abandono el ordenamiento y me pongo a verla. Trata de la propagación de un virus misterioso y letal que diezmará a la población mundial. Podríamos ubicarla, entonces, más que en la ciencia ficción, en una variante que podríamos denominar de salud ficción.


Hay un numeroso elenco de notables que se dividen entre científicos que luchan por hallar una vacuna y víctimas del mal asesino. Entre este segundo grupo se destaca Gwyneth Paltrow, que cae como mosca fulminada por Raid a los minutitos de iniciada la película. Y no solo muere sino que encima le hacen la autopsia, se ve cuando le serruchan el cráneo y le separan el cuero cabelludo como si la hubieran atacado los indios perversos de los viejos westerns, pobre, jamás pensé verla en un estado tan lamentable (y pensar que hubo gente que le criticó el vestido que se puso cuando ganó el Óscar… si la vieran ahora). Me digo qué actuación tan breve, pero después vuelve en un video de hotel que reconstruye el momento en que se pesca el virus (esto lo sabrá el espectador, jamás los científicos, privilegios de la ficción). Gwyneth está casada con Matt Damon (en estado “gordito” y en plan de “si me redondean un personaje capaz que les doy hasta una buena actuación”). Gwyneth le estaba metiendo los cuernos a Matt con un amante que no se ve, mejor, porque mirá que tenés que buscar mucho para hallar a alguien que te dé lo que no te puede dar Matt (aguante Damon, carajo). A Matt le ratifica la cornamenta la científica Kate Winslet, en estado “flaquísima” y en tren de “yo soy tan buena actriz que no pierdo el atractivo ni cuando sufro mucho”). Matt es inmune al virus (¿viste Gwyneth que a Matt no hay quien lo iguale?), pero Kate, no, no la hundió el Titanic y le viene ahora a agarrar un virus letal… No importa, es tan buena y solidaria que prácticamente muere entregando su abrigo al compañero de la cama de al lado que se queja del frío. Kate es la única del equipo científico que sucumbe al virus, los demás que incluyen a Laurence Fishburne (en estado de “hace años que exagero con los postres pero no me importa porque mi peso actoral es mayor que el que marca la balanza”), a Marion Cotillard (en estado “deslumbrante” comme d’habitude y en tren de “denme un papelito que te lo envuelvo en una actuación premiable”), a Jennifer Ehle (en estado “bueno” y en tren de “mírenme qué bien manejo los latinajos científicos ¿no luzco como si los entendiera?”), y a Elliot Gould (querible tal cual acostumbra y que dice el mejor chiste: Bloguear no es escribir, es grafiti con puntuación). Está también el inmenso Bryan Cranston (en estado de “pelo teñido” y en tren de “sigo haciendo secundarios hasta que la miopía de los productores perciba que tengo más temple de protagonista que algunos focos apagados que todavía estelarizan”) como un militar de algo rango. Ah, está también Jude Law (en estado de “se me están volando las chapas pero no lo disimulo” y en tren de “solo me pueden detener con falta porque son el Messi de los actores”) como un periodista bloguero con más ambición que ética.


La trama toca los tópicos habituales de las farmacéuticas especuladoras (a las que la humanidad les importa un comino rojo, solo los negocios las conmueven), de los militares inútiles y los políticos desconcertados (que siempre toman medidas cuando ya es tarde), y las noblezas inesperadas (con las que se redimen los hasta hace dos minutos miserables).


Steven Soderbergh sortea con elegancia las simplificaciones del material, logra que no le quede como esas viejas miniseries basadas en best-sellers con muchas situaciones y personajes. Tampoco exageremos, no es que le dé la espesura de un Bergman, pero al menos evita las superficialidades del sacrosanto melodrama televisivo llamado novela.


Es obvio también que el trámite le salió parecido a Epidemia (Outbreak, 1995) de Wolfgang Petersen con Dustin Hoffman, Rene Russo, Morgan Freeman, Kevin Spacey, Cuba Gooding Jr, Donald Sutherland, y Patrick Dempsey entre otros notables. Y si en el film del 95, el prólogo nos informaba que la culpa del virus la tenía un simpático monito, aquí, el epílogo devela que los responsables son un carismático murciélago y un adorable cerdito. Ah, hay un detalle poco creíble al menos para estas latitudes, en un momento se rompe el tejido social y se producen saqueos, la gente deja de trabajar y se encierra en sus casas a sobrevivir o a morir y ¡la electricidad no se corta!, y por lo tanto hay televisión, internet y esas cosas… Hum…



Contagio gira por el cable. Sin ser una maravilla, entretiene. Ideal para noches de insomnio.

Un abrazo, Gustavo Monteros

jueves, 28 de marzo de 2013

6 estrenos 6

Estas crónicas son ante todo un servicio. Elegimos uno de los títulos que se estrenan y lo analizamos para que ustedes puedan saber si les interesa o no verlos. Esta semana se estrenan no uno ni dos, sino ¡seis! films. Ninguno de los cuales tengo ganas de ver, más que nada porque estoy de ánimo para un policial negro tipo Barrio Chino, El halcón maltés o La novicia rebelde (uy, La novicia rebelde no es un policial negro, pero como hace dos milenios la daban en Semana Santa, se me coló) y no hay. Bueno, la cuestión es que por más que yo no tenga ganas de ver nada, esto no es óbice (óbice, ¡qué linda palabra!) para que no cumplamos con el servicio, así que al menos reseñaremos dichos estrenos. Allá vamos.



 El primero es una película de terror. La memoria del muerto de Valentín Javier Diment con Horacio Acosta, Raquel Albéniz, Jimena Anganuzzi, Lola Berthet, Belén Brito, Ana Celentano, Rafael Ferro y Gabriel Goity. En general, salvo alguna excepción como El orfanato no hacemos crónicas de películas de terror, por tres motivos. 1) No somos adeptos al género. 2) Debido al punto uno, salvo los viejos clásicos como Frankenstein, el Drácula de Lugosi o los de Christopher Lee o los Halloween de John Carpenter no hemos seguido el desarrollo del género y no sabemos mucho, y como ya hay demasiada gente que habla de lo que no sabe, no queremos sumarnos a la sanata generalizada. Y 3) Los fanáticos del género no necesitan análisis para ver un film, se estrena uno y allá van. Lo sé, soy fana del musical y he visto hasta ¡Grease II!


El segundo estreno es Jack, el cazagigantes de Bryan Singer (Los sospechosos de siempre, El discípulo, X - Men, Superman regresa, Operación Walkiria). Reformulación del cuento infantil clásico de Jack y las habichuelas mágicas en versión súper producción pochoclera. Habrá fantasía, hallazgos visuales, alguna humorada lograda y buenas actuaciones. También… ¡con ese elenco!: Nicholas Hoult, Eleanor Tomlinson, Ewan McGregor, Stanley Tucci, Eddie Marsan, Ewen Bremner, Ian McShane.



El tercero es Proyecto 43, película dividida en cortos de Bob Odenkirk, Elizabeth Banks, Steven Brill, Steve Carr, Rusty Cundieff, James Duffy, Griffin Dunne, Peter Farrelly, Patrik Forsberg, Will Graham, James Gunn, Brett Ratner, Jonathan van Tulleken de humor grueso, absurdo, políticamente incorrecto, de espíritu adolescente, escatológico, con afán de escandalizar. La novedad es que cuenta con un elenco de estrellas como Dennis Quaid, Greg Kinnear, Hugh Jackman, Kate Winslet, Liev Schreiber, Naomi Watts, Emma Stone, Richard Gere, Justin Long, Uma Thurman, Gerard Butler, Seann William Scott, o Terrence Howard. No sé el todo, pero en estos casos, uno que otro corto puede estar logrado.


El cuerto es GI Joe el contraataque de Jon M. Chu con Dwayne Johnson, D.J. Cotrona, Channing Tatum y ¡Bruce Willis! O sea la típica película con músculos, testosterona y cosas que explotan cada cuatro minutos. La veremos en algún momento porque siempre hay un domingo a la tarde de lluvia en el que las opciones son planchar las camisas para la semana o ver una peli de acción elemental y ¡adivinen qué elegimos! Y porque siempre vemos las pelis de Bruce Willis, aunque, querido Bruce, no te digo que hagas Shakespeare (bien podrías, talento no te falta) pero de vez en cuando ¿no podrías elegir un proyecto con alguna clase de argumento o con algo que se parezca a personajes? De más está decir que el querido Bruce ya tomó nota de mi objeción y ya está volando a Suecia para buscar con Liv Ullman un guión perdido de Ingmar Bergman y transformarlo en Duro de matar XVIII.

Respecto del quinto y sexto estreno, copiaremos a The guardian (que decimos que es de Londres, aunque por origen es de Manchester) que analiza tráileres (la viejas y queridas colas). Los tráileres son reveladores. Pueden vender mal una buena película, aunque las bondades de la misma trascienden y se “ven”. Se registra en toda la historia del cine que sólo hubo un caso, uno, de una excelente cola que vendió un film malísimo transformándolo en interesante, atractivo, caso del que nos ocuparemos en alguna otra ocasión.




Según el tráiler, Verano del 79 (Le skylab) de Julie Delpy (actriz identificada por la serie de films de Richard Linklater que compartió con Ethan Hawk: Antes del atardecer, Antes del amanecer, Antes de medianoche) es el viejo y querido relato costumbrista-pintoresco de relaciones familiares y del paso epifánico de la niñez a la adolescencia. Si no anduviera en ánimo de policial negro, quizá me hubiera aventurado a verla.



Y por último La reconstrucción de Juan Taratuto (No sos vos, soy yo, ¿Quién dice que es fácil?, Un novio para mi mujer) con Diego Peretti, Claudia Fontán y Alfredo Casero. Este tráiler es muy pero muy singular: cuenta toda la película. Promete ternura, lecciones de vida y por la naturaleza del elenco, actuaciones destacadísimas.

Esperamos haber sido de utilidad. ¡Felices Pascuas! ¡Feliz Fin de Semana Súper Largo!
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 9 de marzo de 2012

Un dios salvaje


Un dios salvaje, la obra de teatro de Yasmina Reza (Art) nació afortunada. No nació con un pan bajo el brazo sino con un  pan, dos docenas de facturas, tres kilos de masas, 400 saladitos y 500 sándwiches de miga. Desde su estreno en París, gozó de éxito y prestigio internacional.

Cuando leí las críticas a poco de su estreno en París y Londres, me entusiasmé. Dos matrimonios de personas ricas, cultas e integradas se reunían para arreglar las diferencias de sus hijos, ambos de 11 años. Uno había golpeado a otro con un palo y le había roto dos dientes. Pronto las máscaras de civilidad caían y los padres revelaban ser  tan salvajes y primitivos como sus hijos. La tesis no era nada nueva, rayale el auto a cualquiera y te aparecerá un hombre de las cavernas, pero en el teatro (bah, en la novela, el cine o lo que fuera) no es la originalidad lo que importa sino el desarrollo. Imaginaba un crescendo dramático que iba despojando los barnices sociales hasta llegar a un clímax de sinceridad salvaje. Estimulaba aun más mi interés el haber sido durante mucho tiempo docente de niños y saber que las reuniones de padres son siempre apasionantes.

Esperé su estreno en la Argentina con ansias. El elenco era impecable: Gabriel Goity, María Onetto, Fernán Mirás y Florencia Peña, con el mejor director imaginable: Javier Daulte. Me llevé una de las mayores decepciones teatrales de mi vida. No había ningún desarrollo dramático, la situación era siempre la misma: un tira y afloje eterno entre la compostura y la sinceridad brutal. Y para proceder al desenmascaramiento se recurre a los trucos más berretas de las obras burguesas bien construidas: el teléfono, en este caso el celular del abogado, que interrumpe permanentemente las conversaciones; la peor escatología, en un momento más o menos clave, la asesora en inversiones vomita, sí, vomita espectacularmente sobre los libros fuera de edición de la experta en arte; y el recurso más antiguo y trillado en el teatro para sincerar a los personajes: emborracharlos, sí, llenarlos de alcohol hasta que no puedan controlar lo que hacen o dicen. Los textos son predecibles y nada imaginativos. Los tópicos como el machismo, la violencia, el brujaje de las mujeres se discuten a nivel de revista femenina de peluquería. Los personajes son bastante miserables y hasta muy despreciables. Sin embargo, la puja entre civilidad y violencia resulta atractiva de actuar, de allí que la obra gozara en todas las capitales cosmopolitas de elencos envidiables, y el público, en ese punto preciso del tiempo, parecía querer oír hablar de eso que la obra trataba. No hay otra explicación para su éxito y respeto. Bueno, hay también ocasionales apuntes interesantes, alguna que otra réplica brillante y algún detalle revelador más o menos atractivo, tampoco Yasmina Reza escribió la magnífica Art de pura casualidad. Pero el resultado final, si se lo analiza, incluso sin mucha profundidad, es pobre y tirando a malo. En mi butaca no podía creer que el público percibiera tamañas obviedades como sesudas peroratas filosóficas, y se dejara conquistar con trucos tan básicos y viejos que ni siquiera Sofovich se atreve ya a usar. Si no me creen o piensan que exagero, aquí expongo la prueba: la versión cinematográfica de Polanski.

A Polanski le gusta jugar con los lugares cerrados: Cul-de-sac (1966), Repulsión (1965), El inquilino (1976) y también con el teatro: en 1994 llevó al cine la obra de Ariel Dorfamn: La muerte y la doncella. Y por todo lo que le ha tocado pasar en la vida, es de esperar que le interesen los desenmascaramientos de los hipócritas.

Como conocía la obra, esperaba que Polanski le hubiera dado al guión, que escribió con Yasmina Reza, un giro más sustancial. No, se limitó a quitarle la hojarasca y las repeticiones inútiles, reteniendo los núcleos de juegos. Si la película les resulta repetitiva, ni quieran imaginar cómo era la obra que duraba unos 50 minutos más. El film, si bien dura unos exiguos 80 minutos, parece largo. Más allá de la comodidad con que Polanski se mueve en los ambientes cerrados, no puede disimular el origen teatral del material.

El cuarteto actoral, soñado como todos los elencos que tuvo la obra, ofrece la curiosidad de las actuaciones enfrentadas. Jodie Foster y Kate Winslet están un poquito sobreactuadas, mientras que John C. Reilly y Christoph Waltz están un poquito subactuados. Aunque siempre es un placer verlos, juntos o separados. Lo que es incuestionable es el hermoso tema musical que compuso Alexandre Desplat y que abre y cierra la película, me quedé a ver hasta el último título final para volver a escucharlo.

Y perdonen esta presunción final, (me conocen, saben que no es soberbia, es sólo ganas de embromar): Los invito a verla de todos modos, aunque más no sea para ver a quien le dan la razón: a los que la consideran una obra valiosa o a este humilde francotirador que lanza dardos de bollitos de papel con una birome Bic transmutada en cerbatana.
Un abrazo, Gustavo Monteros

jueves, 7 de mayo de 2009

El lector

Nunca habrá suficientes films sobre el Holocausto. Así como nunca habrá suficientes films sobre la dictadura argentina. Si no queremos que se repitan, o al menos postergar su repetición lo más posible (porque la historia enseña que el horror es inevitable y cíclico) hay que recordar lo que pasó. Siempre.

El problema con la monstruosidad, es que genera en las sociedades en las que se produjo una culpa latente, difusa, inaprensible. Se alienta entonces lo más fácil, la negación, la desmemoria, el poner la mugre bajo la alfombra. Si no lo veo no existió, fue un mal sueño, ya pasó. Como diría Shakespeare, se incuban los huevos de la serpiente y la monstruosidad vuelve, peor.

El desafío de los creadores es encontrar modos de contar el horror que ayuden a superar la negación y el rechazo. Y el desafío aun mayor es no banalizarlo, trivializarlo, transformarlo en una anécdota, porque si se lo neutraliza, se logra lo opuesto de lo que se propone.

Como con La vida es bella. La aplaudimos sonoramente, celebramos que desde el humor blanco y sentimental se pudiera también esbozar el horror. Hasta que caímos en cuenta que al no mentarlo en su verdadera magnitud, casi lo justificaba. Pobre Benigni. Se le abrieron todas las puertas, pero cuando quiso repetir la visita, descubrió que era persona non grata. Y en vez de enmendarse, persistió en su error.

Una ingratitud, porque gracias a él descubrimos que la ingenuidad no es un buen camino para tratar el horror. Si de humor se trata, el ridículo y el absurdo son efectivos, como bien lo demostraron Chaplin (El gran dictador), Ernest Lubitsch (Ser o no ser) o Mel Brooks (la remake de Ser o no ser y Los productores).

En El lector, el horror se trata con profundidad en la clase sobre los alcances de la ley y en el encuentro final en Nueva York.

La cuestión es que esas escenas son tangenciales, el peligro radica en los ejes del relato.

Al no adentrarse en el pasado del personaje de Hannah (Kate Winslet), ¿no se está eludiendo la cuestión? Al no profundizar en el hecho de que quizá ella no se arrepiente porque a lo sumo se siente tan culpable como la sociedad que la llevó a hacer lo que hizo, ¿no se banaliza el tema?

La cosa es así. Estamos en Alemania, en los 50. Un chico de 15 años es iniciado sexualmente por una hermosa mujer que lo dobla en edad. Se separan, el tiempo pasa. Él estudia abogacía. Un día el profesor los lleva a presenciar un juicio de criminales de guerra, y el pibe descubre que su ex amante perteneció a la SS.

Eso es lo básico, hay muchas cosas más, pero no las cuento para no arruinarles la fiesta.

El film, más allá de su tema tan poco glamoroso, es un glamoroso drama Hollywood para la temporada de premios. Todo es bello, prolijo, elegante. Stephen Daltry (Billy Elliot, Las horas) narra con fluidez y tiene una puesta en escena elocuente.

Kate Winslet reverdece sus laureles de gran actriz. Su perfil de dama de Rubens es un deleite para los ojos. Y desnuda es muy voluptuosa.

A los productores les gusta jugar perversamente con la memoria de los espectadores. Como el profesor atormentado por el pasado está Bruno Ganz, que fuera Hitler en La caída; y el chico se transforma en la adultez en Ralph Fiennes, que fuera el atroz asesino nazi de La lista de Schindler.

La música de Nico Muhly es sencillamente insoportable. Es cursi, invasiva y estúpida.

A pesar de todo, El lector merece verse porque promueve la discusión no por sus logros sino por sus agachadas y cobardías.

Cuando la vean y sepan el secreto de Hannah, ¿no sienten que de algún modo intentan disculparla por haber sido nazi, la pobre?

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 30 de enero de 2009

Sólo un sueño

Para bien o para mal, Kate Winslet y Leonardo DiCaprio son como Romeo y Julieta. Para millones de espectadores de todo el mundo son la encarnación de la perfecta pareja romántica. Por culpa del Titanic, claro. Ella sobrevivió a la hipotermia aferrándose al cubito; y él, convenientemente azulado, se hundió con los ojos abiertos en aguas heladísimas, mientras Celine Dion trinaba estentóreamente hasta quedar sin aliento. Son cosas del cine. Algunos no querríamos ni haber oído hablar de Titanic, para otros es un recuerdo imborrable que agradecerán mientras vivan. Son cosas de los gustos. No critico. No soy quién. A mí si San Pedro me pregunta qué cosa linda traje de esta vida, le diré que vi a Julie Andrews girar en una montaña verde cantando The sound of music (La novicia rebelde, claro). Si no le molestan las sopranos inglesas de dicción perfecta, me dejará pasar. Si tenía que contestar que lloré con Kate Winslet porque perdió a DiCaprio, me quedaré afuera con una mano atrás y otra adelante. Aunque por ahí puedo negociar con Liza Minnelli en Cabaret, que tiene más adherentes o con Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, que es más indiscutible.

Pero pensándolo bien, si la respuesta correcta es Titanic y no La novicia rebelde, por ahí zafo porque también amo profundamente a Kate Winslet, aunque no por haberse subido al Titanic.

A lo que voy es que Kate y Leo (más Kathy Bates, sobreviviente también del Titanic) vuelven a actuar juntos en este film de Sam Mendes (Belleza americana, Camino a la perdición, Soldado anónimo). Y en el fondo es una guachada. Doris Day y Rock Hudson volvían siempre con la misma comedia romántica. Kate y Leo, después de enamorar a medio mundo, vuelven como un matrimonio fracasado que se insulta mucho. No digo que ahora se enamoraran en medio del terremoto de San Francisco, o que se comieran a sus compañeros o uno al otro después de caer de un avión en los Andes, pero al menos podrían habernos evitado este Strindberg de cabotaje ubicado en 1955 en un suburbio norteamericano.

Sólo un sueño se basa en Revolutionary Road, una novela de Richard Yates, que según los yanquis es buena y famosa.Frank Wheeler (DiCaprio) y April (Kate, oh, Kate) son dos tarambanas que se creen mejor de lo que son. No les va nada mal. Él tiene un buen empleo, la casa en la que viven con sus dos hijos es linda, etc. Pero Frank cree que está llamado a cumplir con un destino más importante. Pobre, es tan boludo que ni siquiera tiene claro en que le gustaría destacarse. Ella, que es igual o más boluda, le propone ir a París para “encontrarse y realizarse”. Encerrados en neurosis varias, discutirán mucho, tomarán Martinis y se meterán los cuernos. Todo terminará mal porque el autor, que no les tiene ni cariño ni conmiseración, perderá la poca paciencia que les tiene. Lástima que eso suceda después de ¡dos horas! El material se presta tanto para la tragedia como para la sátira, Mendes elige filmarlo como un drama Hallmark, pero con gran presupuesto. No se me ocurre quién podría haberle sacado más jugo a este drama estúpido, pero Mendes da vergüenza ajena. Se toma tan en serio su fama de director profundo y revelador que cae en la solemnidad barata. Su puesta en escena es tan autoconsciente y obvia, que hace que todo sea frío y parezca más tonto de lo que es. El problema fundamental es que Mendes falla en darle trascendencia humana a un material muy localista.

Porque Revolutionary Road a nosotros no nos dice mucho. Tanto es así, que la novela de Yates, aunque es de 1961, recién se publicó por estos pagos en 2004, cuando se amenazó que este engendro se filmaría. Parece que el autor se propuso con esta novela radiografiar las desilusiones a las que lleva el fracaso del “Sueño Americano”. Parece que critica el conformismo al que se redujeron los ideales que forjaron la “gran” nación yanquilándica. Muy bonito, que los yanquis se flagelen comprando las versiones de su propio fracaso y que no nos jodan.

Nosotros tenemos muchas desilusiones, pero ninguna surge del fracaso de un gran sueño. Más bien estamos empeñados en no fracasar mucho en la creación de una realidad más o menos justa, que por varios factores siempre nos resulta esquiva. Kate y Leo son buenos actores que entregan trabajos encomiables, pero no logran vencer el fastidio que despiertan sus odiosos personajes. El único trabajo actoral inspirado es el de Michael Shannon, justamente nominado para el Óscar como actor de reparto. Hace de un loquito, que como un bufón shakespereano, lanza verdades a puños. Una pena que nadie las escuche.

Si hay algo que me molesta profundamente es el cipayismo cultural. Ese complejo de inferioridad innato que nos lleva a considerar como mejor todo lo que llega de afuera, lo que no nos permite discernir la paja del trigo, la perla de la bosta. Aquí como afuera, hay cosas que son buenas y cosas que son malas. Y ésta, por más nombres lustrosos que tenga, es mala, muy mala.Mi modesto consejo es que no pierdan el tiempo con este auténtico bodrio. Mejor alquilen, pidan prestado o roben, y vuelvan a ver Luna de Avellaneda. Habla de nuestras frustraciones, de lo que perdimos, de lo que aún no perdimos de una manera mucho más entretenida, sin caer en pedanterías pedorras. Además nos permite una identificación inmediata. No nos va a dar un barniz “culturoso”, pero la pasaremos mucho mejor.

Y perdónenme el chiste obvio, pero no me puedo reprimir: Sólo un sueño es una verdadera pesadilla.
Un abrazo
Gustavo Monteros